Bilingüismo y síndrome de Down

En los últimos meses han aumentado significativamente las demandas y las ocasiones que he tenido para enfrentarme a la cuestión de la enseñanza bilingüe de niños con síndrome de Down y otras alteraciones neurológicas.

Cronológicamente comenzó el curso pasado, cuando atendí a unos padres de un niño con un alteración neurológica severa que habían venido a trabajar a España. El padre es francés y la madre polaca, recién aterrizados y haciéndose a su nuevo hogar. El segundo caso eran unos padres portugueses con una niña con síndrom de Down. En ambos casos una de las primeras medidas que tomaron fue escolarizar a sus hijos en un jardín de infancia y los dos matrimonios recibieron el mismo “insistente” consejo: si querían que el niño se adaptara a su nuevo entorno y querían NO perjudicarle en el desarrollo de su lenguaje DEBÍAN hablarles en español.

Se daba la circunstancia de que ninguno de los cuatro hablaba el español ni para pedir la hora, por lo que ese “consejo” generó gran inquietud en los padres. Por la información que habían recibido, hablar a sus hijos en el idioma que ellos conocían les iba a perjudicar.

Cuando les atendí hice lo posible por tranquilizarles. En primer lugar era absolutamente ridículo que les intentaran hablar en un idioma que ellos apenas conocían, eso sí que podía ser perjudicial.

En segundo lugar hablar a un niño, a cualquier niño, tenga o no una alteración neurológica, de manera CONSITENTE en dos, tres o cuatro idiomas, es NEUROLÓGICAMENTE altamente beneficioso.

Si un niño tiene problemas de lenguaje, NO se va deber a ser expuesto a dos idiomas.

La CLAVE. El punto fundamental es que si un niño (tenga o no una alteración neurológica) es expuesto a dos (o tres o cuatro) idiomas NUNCA, JAMÁS, se le debe exigir expresarse en ninguno de los dos. Debe ser el niño el que elija en todo momento el idioma que quiere utilizar.

Soy profesional, pero por encima de todo soy padre. A mis tres hijos mayores les hablé en inglés desde el día de su nacimiento hasta que la tercera cumplió tres años (la  mayor y el segundo tenían 5 y 4 años respectivamente). El desarrollo del lenguaje de los dos mayores fue precoz y muy rico (exclusivamente en español, ya que aunque comprendían absolutamente TODO cuando se les decía en ingles, apropiado naturalmente a su edad, NUNCA quisieron usar el inglés y NUNCA se lo exigimos –aunque en el colegio demostraban un dominio completo del idioma). Por el contrario el desarrollo del lenguaje de la tercera mostró un severo retraso. Sus respuestas al lenguaje hablado eran limitadas y con tres años no decía ni diez palabras. Tuve miedo y a pesar de que estaba convencido del enorme beneficio del bilingüismo dejé de hablar en inglés. Hasta la fecha no me lo he perdonado.

El retraso del lenguaje de María no era por estar expuesta a un padre anglo-parlante. Tenía otros motivos de mucha más entidad y si yo hubiera seguido hablándoles a todos en inglés NO hubiera agravado en lo más mínimo la situación. Tuve miedo. Soy padre.

La semana pasada tuve el enorme privilegio (todo, absolutamente todo en mi vida es un privilegio) de estar en Laredo, Texas, y estuve con un gran número de niños con síndrome de Down. Todos ellos viven en un entorno familiar hispano hablante (sus padres son mexicanos, residentes bien en México o bien en Estados Unidos), pero algunos de ellos están escolarizados en jardines de infancia (0 – 6 años) o colegios exclusivamente angloparlantes.  Varios de ellos, no sé bien si fueron cuatro o cinco, de entre tres y 8 años demostraron, SIN PEDÍRSELO, que eran completamente capaces de pasar de un idioma a otro sin la más mínima dificultad. Hablaban los dos idiomas con un acento precioso, bien mejicano o bien estadounidense.

Los niños que vi tenían los mismos problemas de lenguaje que otros niños con síndrome de Down que viven en un entorno monolingüe. Me ayudó muchísimo a confirmar lo que siempre he creído: el bilingüismo es beneficioso para los niños en general y para los niños con algún problema neurológico en particular.

Insisto siempre y cuando se cumplan dos premisas:

1)     La persona que les habla en el segundo idioma SOLO debe usar ese idioma y;

2)     NUNCA se les debe exigir utilizar un idioma concreto para expresarse.

Perdonar, hijos míos, por no haber sido fiel a mis conocimientos y haberos robado el privilegio del bilingüismo. Soy padre y los profesionales consiguieron hacerme dudar.

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Mi hijo no sabe jugar.

Ya no puedo más. Estoy dispuesto a jugarme el todo por el todo. Puede que después de este artículo EDUCARCONSENTIDO no sólo se quede sin lectores, sino que incluso me clausuren o quizás me pongan alguna demanda. Voy a atacar al Todopoderoso.

Cada vez son más los niñOs que NO SABEN JUGAR. Sólo juegan al fútbol o a juegos de pantalla (wii, xbox, ordenador, o lo que sea). A nada más.

Y los Padres, encantados. “¿Cuál es el problema?”.

Cambiemos la situación.

Pongamos que un niño sólo juega con coches de fórmula1. Sólo. Y colecciona cada año los cromos de fórmula1. Y se sabe tooooodos los miembros de tooooodas las escuderías de formula1. Y siempre que puede sale a la calle con su mono de conductor de formula1. Y le gusta que los lunes su padre le compre el periódico de más tirada en España: “boxes”.

Y cuando no juega con sus coches de formula1, juega o con la nintendo, o con el móvil.

¿Y no sabe jugar al parchís?, “Sí, pero no le gusta”.

¿Y no sabe jugar a las chapas o a las canicas?, “No saben que existen”.

¿Y no juega a polis y cacos?, “No”.

¿Y en los recreos qué hace?, “Juega con sus amigos con sus coches de fórmula1”.

¿Y no va a actividades extraescolares? “Si, va a fórmula1 dos tardes por semana, y los fines de semana tiene competición de cochecitos”.

“¡Pues a ver si es bueno y te jubila!”.

Si un niño SOLO juega a un juego, o a juegos de pantalla tiene un problema. Aunque sea fútbol.

“Menos mal, ¡mi hijo sabe jugar a otras cosas!”.

“¿A qué?”

“ ¿… aaaaah?, ¡al monopoly! ”

“¿Y cuándo juega?”

“Algún fin de semana”.

“Ya veo”.

Si le ocurre, reconózcalo. Su hijo tiene un problema: sólo juega al fútbol. O a juegos de pantalla.

¿Y qué tiene de malo el fútbol?. Nada. Absolutamente nada. Igual que los coches de formula1, las canicas o las construcciones. Pero si es a lo único que juega, se está perdiendo muchísimas cosas MUY importantes en la infancia, en su desarrollo y en su construcción como persona. Ha desaparecido de su vida el juego simbólico, la imaginación, la capacidad de crear, la necesidad de compartir, etc.

Y reconozcámoslo, lo veo todas las semanas en la consulta:

Si un chico en el cole no juega al fútbol es un rarito.

Y si encima se apunta a coro: “marica seguro”.

En cierta ocasión hablé con un miembro de la Asociación de Padres de Alumnos de un colegio privado de titularidad religiosa. Le dije: “¿Desde el APA no podríais proponer que haya un día, SÓLO un día a la semana SIN fútbol?”.

La respuesta fue tajante: “Antes quitan la Misa un día que el fútbol”.

Nada tiene que ver con la religión. Tiene todo que ver con el estatus anómalo que un deporte ha alcanzado en nuestra sociedad.

Recientemente España ganó el mundial de balonmano. Fue un hito absolutamente histórico. ¿Se colapsó alguna calle con gente disfrazada de la selección de balonmano tocando el claxon de sus coches?. ¿Cuántas personas fueron a recibir a la selección al aeropuerto?.

Muchos niños son marginados en sus clases por no jugar al fútbol o por hacerlo mal. ¡Ya está bien!.

Hagamos un favor a nuestros hijOs. Enseñémosles a jugar a más cosas. Reivindiquemos el día sin fútbol en los colegios. Es posible. Algunos colegios ya lo están haciendo. Más aún, conozco un colegio público en La Peña, Bilbao, donde sólo se permite jugar al fútbol un día por semana. Y, pásmense, los niños no están saliendo tarados.

Estoy convencido de que si no hubiera fútbol esta sociedad sería peor. También lo estoy de que con MENOS fútbol sería mejor. Nunca lo sabremos.

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Ocio juvenil

Las recientes tragedias ocurridas en el Madrid Arena el pasado 31 de octubre y en la discoteca Kiss, de la ciudad de Santa María, en Brasil, el 26 de enero de este año, han  encendido las alarmas y en muchos casos ha servido para despertar la atención de los padres sobre qué hacen, dónde van y cómo pasan las horas de ocio sus hijos.

En el inconsciente colectivo existe una asociación entre ocio juvenil, particularmente el ocio nocturno,  y las situaciones y conductas de riesgo. Los hechos mencionados han confirmado esta asociación que,  sin embargo,  los análisis objetivos desmienten. Estadísticamente hablando, existe una relación muy baja entre ocio nocturno y situaciones graves. No quiero con esto decir que debemos dejar de preocuparnos por el ocio de nuestros hijos, sino que nuestra atención debe partir de la serenidad, de la objetividad y de la sana preocupación por la vida de nuestros hijos, no sólo en situaciones potencialmente peligrosas.

Lo sucedido tanto en Madrid como Brasil no sólo ha elevado la atención y la preocupación por parte de los padres, también los jóvenes se han sentido conmocionados y en cierto modo aludidos por estas trágicas situaciones. Debemos aprovechar esta situación de mayor concienciación por parte de la globalidad de la sociedad, de todas las generaciones afectadas para facilitar la comunicación y, en definitiva la prevención.

Todos los estudios que se acercan a la prevención de conductas de riesgo en los jóvenes apuntan a la comunicación entre padres e hijos como uno de los factores de éxito más importantes.

Al referirnos a comunicación no significa simplemente que oigan nuestras preocupaciones acerca de los peligros de la noche y que les llenemos de prevenciones y consejos. Lo vital es abrir un auténtico diálogo donde lleguemos a conocer qué piensan, cómo enfocan aquellos aspectos de su vida que a nosotros nos generan preocupación, y que comprendan que nuestra conversación parte de un genuino interés por ellos.

También es importante eliminar esa falsa seguridad del teléfono móvil. Muchos padres se quedan tranquilos por el hecho de que sus hijos están localizables y que pueden responder a un mensaje o a la pregunta “¿dónde estás?”. No basta con poder comunicarnos con ellos cuando están lejos, fuera de casa, debemos asegurarnos que el móvil es útil realmente sólo para emergencias, porque el resto de las ocasiones, sabemos dónde y con quién están.

Resulta fundamental que los jóvenes no consideren que existe una fractura entre su vida familiar y el resto de sus actividades, tanto académicas como de amistad. Nuestra casa, su casa, debe estar abierta a sus amigos, deben sentir que quienes son en familia, es quién pueden y deben ser cuando cruzan el umbral de nuestra puerta. Por ello es muy importante que no dudemos en ofrecernos para facilitarles ir y venir de allí donde van a salir. Hacer de chófer puede realmente sacrificado, pero es uno de los mejores modos de conocer dónde y con quién salen. En los trayectos, lo mejor es la música bajita y los oídos abiertos. Atender a sus conversaciones es tener vía directa a qué interesa y cómo perciben la vida los jóvenes.

Por otro lado no debemos tener miedo a ejercer plenamente nuestra labor de padres. No, no somos mejores por no fijar una hora prudente a la que deben llegar, ni por aceptar un: “por ahí” como una respuesta válida a la pregunta:  “¿dónde has estado?”.

Si nos abrimos al diálogo sincero, podremos expresarles nuestras opiniones sin esperar que ellos las acepten, ni siquiera que las entiendan. Tampoco nosotros tenemos que entender ni plegarnos a las suyas, pero si mostramos nuestra desaprobación al punto de generar una discusión, dejaremos de saber lo que piensan y dificultaremos que ellos nos escuchen. Puede que al hablar con los jóvenes no se muestren coincidentes con nosotros, no importa, lo importante es que nos oigan.

Es cierto que en los últimos desastres aludidos se dieron una confluencia de circunstancias imprevistas, entre las que destaca el exceso de aforo, pero también debemos explicarles que, aunque un local cumpliera con todas las medidas de seguridad, en ellos no se hacen simulacros de evacuación, ni nadie se dedica a buscar las posibles salidas de emergencia, ni hay azafatas como en los aviones para indicarles la vía de escape más próxima.

Nuestra opinión debe estar bien fundamentada, aunque no tiene porqué ser desapasionada. Así por ejemplo, refiriéndonos al caso del Madrid Arena, es importante que les hagamos entender que “macro fiesta”, “macro concierto” o “macro discoteca” es fácilmente convertible en “macro problema”.

Debemos darles claves de cómo actuar en caso de necesidad. Son muchos los testimonios de aquel fatídico 31 de octubre han trascendido a la prensa. El exceso de aforo era patente antes de que la tragedia tuviera lugar. Si allí donde estén sienten que la situación es agobiante, deben salir sin esperar a qué suceda algo malo. De igual manera, si a la hora de regresar a casa todos aquellos con quién están han bebido alcohol deben sentirse absolutamente seguros de poder llamarnos para que vayamos a recogerles sin temor a que nos enfademos, ya que han tomado la decisión adecuada.

En definitiva, como en la mayoría de los temas relacionados con la educación, al contemplar el ocio de los jóvenes, lejos de llevarnos por hechos puntuales, es vital  fundamentar nuestra relación en la confianza, desterrar la ingenuidad, y hacerles comprender que nuestro rigor es el puente hacia la única forma válida de disciplina. No deben de olvidar que la autodisciplina y la responsabilidad es algo individual y que son el anverso de la libertad.

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Cómo educar en sobriedad

Lamento escoger un tema tan antipático, pero hay que hablar de todo, de lo que nos gusta y de lo que no, y lo cierto es que de todas las virtudes que debemos esforzarnos en vivir con el fin de alcanzar una vida lo más plena Y SATISFACTORIA posible, la virtud de la sobriedad es la más antipática.

Además, si ya es antipática de por sí, tenemos que admitir que la sobriedad es una virtud profundamente anti-española, que no nos va, que nos cuesta. Nos gusta “vivir bien”, “vivir al día”: nos resulta difícil dejar de gastar el dinero que tenemos, comprar menos de lo que podemos, y hasta comer menos de lo que debemos.

Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí?. Los españoles no siempre hemos sido así de manirrotos, de hecho hace tan solo una o dos generaciones (según la edad que usted tenga, querido lector) vivieron y sufrieron la posguerra. Entonces no hacía falta hablar de sobriedad – no había elección. Pero en tan poco tiempo hemos pasado de una economía de posguerra – de comer lo que haya en el plato, a la generación del pan de molde sin corteza.

Los que vivieron entre los años 40 y 70, después de haberlas pasado canutas como no podemos llegar a imaginarnos, hicieron todo lo posible porque a la siguiente generación no le faltara de nada, y trabajaron como tampoco podemos imaginar para dejarnos en la mejor situación posible. Nosotros, acostumbrados a haberlo recibido todo nos hemos creído que esa forma de hacer es la adecuada, pero lo hemos hecho en una situación económica, hasta hace bien poco, muy desahogada, llegando a ver como normal que los niños solo coman el pan blandito (de molde) y que si no les gusta la corteza paguemos entre 86 céntimos y un euro más por paquete, con tal de no cortar nosotros el borde.

Estamos haciendo la generación más blanda de la historia. Estos ya no saben ni lo que es un bocadillo de panceta (ellos se lo pierden), ni lo que es el palo de regaliz – ahora es todo bollería industrial, bien blandita.

Pero ¿qué importancia tiene vivir la sobriedad en la educación de nuestros hijos?. Resulta una pregunta que en los tiempos de crisis que estamos viviendo puede resultar superflua. ¿Tenemos opción? ¿Podemos seguir viviendo como si siempre fuéramos a tener “de sobra”?

La virtud de la sobriedad tiene un objetivo bien claro: enseñarnos a resaltar lo importante frente a lo superfluo.

La sobriedad, o la austeridad, nos ayuda a diferenciar lo necesario de lo innecesario. Eric Fromm nos enseñó que la única razón para dar un capricho es “¡¿y por qué no?!”.

Los niños por su naturaleza (infantil) van a buscar la satisfacción inmediata, van a intentar cubrir sus deseos YA, sea lo que sea. La sobriedad no es una virtud propia de la infancia, sino que es propia de la madurez. De la madurez, NO de la edad.

En primaria los niños ya conocen el valor de los bienes materiales. No quiere esto decir que conozcan cuánto cuestan los objetos, sino que saben que un Audi es más caro que un Twingo, un smartphone es más caro que un Motorola (de esos que tenían antena extraíble), y que un chalet es más caro que un apartamento. Y saben que los bienes materiales nos sirven para establecer un status frente a los demás, por eso les gustaría tener todo lo posible y lo mejor posible.

Empiezan a ver la importancia de TENER. La austeridad es la virtud que nos permite enseñarles la importancia del SER. La sobriedad nos facilita enseñarles que la cuestión NO es cuánto tienes, y que “porqué sí” no es razón suficiente.

Los bienes tienen un precio y las personas un valor. Si pretendemos satisfacer todos nuestros deseos, sin considerar ambas cuestiones, van a dar valor a lo superfluo – objetos, satisfacciones – y a poner precio a sí mismos – tú (y todos los demás) sois lo realmente importante.

Debemos recordar, además, que los niños tienen dificultades para comprender la enorme escala que hay entre “ser rico” y “ser pobre”. Para ellos, a grandes rasgos, si eres pobre vives en la calle, y si tienes casa, eres rico. No entienden cuánto ganan mamá y papá. “Mis papás tienen dinero, y si no lo tienen que vayan al cajero, que ahí se lo dan”. Además nos oyen decir que no tenemos dinero para caprichos, pero ven que al hacer la compra, en el carrito caben cervezas o Coca-colas, y saben que esas cosas no son necesarias, lo que les permite comprender que en realidad sí podemos comprar de todo, pero todo depende de que mamá o papá quieran.

Hay una medida de saber si en casa vivimos o no la austeridad: ¿cuántos alimentos distintos hay en la mesa de desayuno?. Cuando nosotros crecíamos había dos, o como mucho tres: leche y galletas (y algunas familias también ponían mantequilla). Hoy hay familias que en la mesa de desayuno tienen varios tipos de galletas, magdalenas, y con frecuencia varios tipos de cereales. Y mermelada. Cuantos más alimentos, menos austeridad.

Y ¿cómo podemos enseñarles a ser austeros? (aunque les cueste).

1)     Convencernos de la importancia de la austeridad para que puedan vivir de la manera más plena posible. Si no estamos convencidos ¿cómo podremos vivirlo?.

2)     Tener claro que el NO les ayuda a madurar. Los llantos son parte del crecimiento.

3)     Preguntarnos antes de “claudicar”: ¿y por qué se lo voy a comprar?. Si la respuesta es “¿y por qué no?”, no lo necesita. Piénsatelo.

4)     Momentos clave:

  1. Cumpleaños: NO, NO es obligatorio comprar chuches para los invitados.
  2. Reyes. Bastan 5 regalos. En total. Entre abuelos, padrinos, tíos, y demás familia. 5 en total, 5 como máximo. SÍ, SE PUEDE. SÍ, ES BUENO. ES MUY BUENO PARA ELLOS.
  3. Primera comunión: Centrarnos en LO IMPORTANTE. Es imposible que lo hagan si la celebración y/o los regalos están desproporcionados (y es MUY difícil que no lo estén). Dos GRAVES errores en la primera comunión: regalar móvil o regalar dinero. Ninguno de los dos son adecuados para un niño de 8 o 9 años. Cualquiera de los dos regalos a un niño de esa edad debe ser considerado una ordinariez o una horterada.

Y siempre que sea posible hacerlo en positivo: “tienes lo que necesitas”; “eso cuesta demasiado y tu vales mucho más”. 

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La calidad de nuestro sistema educativo – 2ª parte.

Cuando escribí la primera parte de este artículo sabía que el tema es demasiado amplio como para poder abarcarlo en una sola entrada de este blog, ya que desgraciadamente si quiero que sea leído por muchos debo mantener un número muy limitado de palabras. Sin embargo pensaba yo que la segunda parte sería otra muy distinta. Desde entonces he tenido acceso, y me siento obligado a pedir perdón por el retraso, a los tres informes Mckinsey sobre enseñanza (educación dicen ellos). Por la razón aludida – cuánto está dispuesto a leer una persona promedio hoy en día – solo haré referencia al primer informe, del 2007, titulado «Cómo hicieron los sistemas con mejor desempeño del mundo para alcanzar su objetivo» –   http://mckinseyonsociety.com/downloads/reports/Education/Como_hicieron_los_sistemas_educativos.pdf – que me tuvo levantado hasta altas horas de la madrugada. Me resultó absolutamente esclarecedor y sus 82 páginas más apasionantes que la mejor novela de intriga.

En dicho informe se analizan las causas que subyacen al éxito de los 11 sistemas de enseñanza con mejores resultados de la OCDE (Alberta – Canada -, Bélgica, Finlandia, Hong Kong, Japón, Holanda, Nueva Zelanda, Ontario, Singapur y Corea del Sur), así como las medidas implementadas por 10 distritos de enseñanza donde ha habido una trayectoria de mejora sustancial, entre las que están: Atlanta, Boston, Chicago, Inglaterra, Jordania, Nueva York y Ohio.

El análisis llega a tres conclusiones:

«1. La calidad de un sistema educativo (sic) tiene como techo la calidad de sus docentes.

2. La única manera de mejorar sus resultados es mejorando la instrucción.

3. El alto desempeño requiere el éxito de todos los niños.»

Lógicamente se requiere la lectura del informe completo para no llegar a conclusiones precipitadas y, sobre todo, superficiales. Me explico: NO, el informe NO CULPA a los profesores del nivel de enseñanza de un país.

Por razones profundamente personales y profesionales me quiero centrar en primer lugar en la tercera de las conclusiones: «El alto desempeño requiere el éxito de todos los niños».  Permítanme que copie un párrafo del informe: «Estos sistemas fijan altos objetivos a alcanzar por todos y cada uno de los niños, y luego monitorean (sic) su desempeño en comparación con las expectativas, interviniendo allí donde estas últimas no son satisfechas. Los sistemas educativos con alto desempeño intervienen eficazmente a nivel de cada escuela e identifican aquellas que no tienen un desempeño satisfactorio con el objetivo de elevar los estándares de desempeño. Los sistemas de excelencia intervienen a nivel de cada alumno, y desarrollan dentro de las escuelas procesos y estructuras capaces de identificar cuándo un estudiante está comenzando a retrasarse, interviniendo para mejorar el desempeño del niño

Es decir, la conclusión a la que llega el informe Mckinsey, es que los mejores sistemas de enseñanza logran desarrollar procesos y estructuras dentro de los colegios para facilitar el éxito de TODOS los niños, no solo de aquellos que por sus características tendrían éxito en cualquier escuela.

Esta visión es diametralmente opuesta a la que prevalece en España. La tan manida «excelencia educativa» se asocia a los resultados, olvidando procesos, estructuras y, desgraciadamente también a los alumnos. Aquí se fija la atención en cuántos alumnos de nuestro colegio aprueban la selectividad y, desde hace algunos años, en qué posición salgo en el ranking de las pruebas de mi comunidad o del diario «El Mundo». Si para lograrlo tengo que quedarme únicamente con los mejores, siempre puedo argumentar: «nuestro colegio no tiene los recursos necesarios, su hijo se merece un centro que pueda atenderle adecuadamente» – ¿a qué parece que el interés está en el alumno?.

El informe Mckinsey – quizás por eso ha sido silenciado por el sistema de enseñanza español – pone de manifiesto que si un colegio no tiene los recursos para TODOS los alumnos, será incapaz de alcanzar la excelencia. Los alumnos con dificultades son enormemente molestos para algunos colegios porque RESALTAN  las deficiencias de su sistema, no solo para ellos, sino para el conjunto de los alumnos.

Este Darwinismo social, en el que los menos dotados fracasan porque el sistema se niega a generar recursos para ellos, tan extendido en la mayoría de los colegios privados – con honrrosísimas y orgullosísimas excepciones – y entre tantos colegios concertados e incluso públicos, está en las antípodas del humanismo cristiano sobre el que se ha construido Europa y, muy particularmente, que dio lugar al sistema de enseñanza que hoy disfrutamos.

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Matrimonios rotos.

No sé en qué momento se produce el cambio. Cuándo alguien con quien has compartido todo – o al menos eso decías o eso creías – se convierte en un absoluto extraño, que lejos de pasar indiferente junto a ti, como corresponde a los desconocidos, hace todo lo posible por destrozarte o, al menos, no quita el pie cuando ve que vas a tropezar.

En los últimos meses estoy viendo el fuego cruzado que intercambian personas que fueron matrimonio y que dicen querer poner tierra de por medio, pero más bien parece que hay quien quisiera poner de la primera a la última paletada de arena sobre el cuerpo inerte que antaño amaron – o al menos desearon lo suficiente como para decir «Si, venimos LIBREMENTE. TE ACEPTO como esposo/a y ME ENTREGO a ti».

Que los ajenos a esta situación veamos las balas volando es lo de menos, la tragedia está en que los hijos, sus hijos, están siendo acribillados, en ocasiones desde un único frente, en otras desde todos los bandos, y están quedando emocionalmente malheridos, convirtiendo sus heridas en nuevos campos de batalla donde hay quien se permite echar sal con tal de que los gritos impidan dormir al «enemigo».

El origen de tanto daño es conocido. Es el mismo que el de cualquier guerra, batalla o pelea, es el pecado original que nos conforma a todos los humanos: el egocentrismo. El ser humano es el animal que tiene plena conciencia de su existir, como individuo y como especie, en el tiempo y en el espacio, pero no podemos disfrutar tal privilegio sin pagar el precio del ego, del YO, del mío.

Mi lengua, mi tierra, mi país, mi creencia, mi río, mi mar o mi cielo. Los que quieren llamarse EX a costa del sufrimiento ajeno hablan de «mi vida» – «Quiero recuperar mi vida». Y llegan a decir «en realidad nunca te he querido». No les falta razón. Solo han tenido capacidad para quererse a sí mismos y si en algo han querido al otro ha sido en función del beneficio que les aportaba.

Afortunadamente la cura del egocentrismo nos llega a todos. Lo malo es que nos alcance tan tarde, cuando todos los que están a nuestro alrededor no hacen más que glosar lo buenos que fuimos.

Perdonen mi pesimismo, pero dado que no sé como alguien tan roto que sólo puede tenerse en cuenta a sí mismo pueda salir de su cárcel, permítanme al menos dar algún consejo para los que seguimos convencidos de que no hay nada más maravilloso en la vida que amar a quien un día, y para siempre, decidimos aceptar y entregarnos:

1) Todas las mujeres son iguales. Los hombres no digamos. Al menos una vez a la semana dedica unos minutos a recordar y recrearte en aquellas dos o tres cosas que hacen a tu cónyuge absolutamente único. Si quieres sacar más provecho a este consejo bobo, díselo.

2) No desesperes si crees que no es feliz. Eso no depende de ti. Haz todo lo posible por hacerle cada día la vida lo más agradable posible. Ya decidirá ella (o él) si es o no feliz.

3) Mírala,  ¿ha cambiado?, ¿ya «no te gusta»?. Mírate, ¿y ahora qué?, tú, ¿si «te gustas»?. Ha cambiado por vivir a tu lado, y probablemente ha cambiado por ti y para ti. ¿Y tu?, ¿porqué y para quien has cambiado?

4) ¿Qué prefieres, reírte tu o verla(le) sonreír?. Si prefieres lo primero, háztelo mirar urgentemente. Estás en grave peligro.

5) «Los días son largos pero la vida es corta». ¿Cuántas veces le has dicho hoy que le quieres?. No te equivoques, no es por ella (por él) es por ti, deja de decirlo – no solo con palabras, sobre todo con gestos, miradas, detalles – y verás que pronto dejas de hacerlo.

6) No dejes de darle las gracias cada día por quererte.

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Cómo enseñar inglés a mis hijos

La cultura china está expandiéndose rápidamente. Hace pocos años hablar de «ir a un chino» era sinónimo de ir a un restaurante, hoy sin embargo puede indicar también ir a una tienda de todo tipo de baratijas, o ir a un local para hacerte las uñas, o ir a una peluquería, o ir a lo que siempre se llamó una tienda de «ultramarinos».

El chino está en auge y, cómo no, parte de esta expansión incluye también el idioma. Cada vez son más los colegios que ofrecen la enseñanza del chino como actividad extra-escolar y cada vez son más los niños que se apuntan.

Dicen que es el «idioma del futuro». No lo creo. Pero a ver cómo iban a conseguir que se apuntaran los niños si dijeran que no lo es.

En cualquier caso, en los últimos meses he conocido varios niños que van a clases de chino. ¡Les encanta!. En todos los casos me llamó la atención el gran dominio que parecían mostrar los niños, no porque les entendiera ni palabra, sino porque, si no me engañaban, decían frases bastante sofisticadas. Me intrigó comprobar que estos niños hablaban más chino, asistiendo uno o dos días a la semana a clases extra-escolares que inglés, que tenían clase a diario.

Intrigado por el dominio que mostraban comencé a cuestionarme y a indagar cómo era posible que aprendieran tanto tan rápido. La respuesta se hizo evidente rápidamente: los caracteres chinos son tan complejos que en las clases han renunciado a enseñar la escritura y/o la gramática. Solo les enseñan a entender y a hablar. ¡Es brillante!

Al eliminar la lectura, la escritura y la gramática los niños pueden centrarse en aprender «el idioma», igual que cualquier niño aprende su idioma materno antes de los cuatro o cinco años, sin tener que haber visto una letra, sin haber visto la conjugación de un verbo (ni regular ni irregular) ni saber qué es un adverbio.

Si en los colegios se dedicaran a enseñar el inglés, en lugar de empezar por el «to be» con seis años, nuestros hijos serían capaces de entender y hablar mucho más inglés de lo que hoy están siendo capaces.

Si en los colegios se dedicaran EXCLUSIVAMENTE a enseñar el idioma – sin ni siquiera enseñar como se escribe a lo largo de todo la etapa de primaria (¡Tiene bemoles un idioma que el sonido TU se escribe de tres formas distintas y ninguna incluye la U!), llegarían a secundaria hablando inglés y perfectamente preparados para aprender rápidamente a leerlo y escribirlo – como un niño promedio de 6 años que está preparado para aprender a leer y escribir el idioma que lleva seis años oyendo y cinco expresándolo.

Si el inglés se escribiera con caracteres chinos … ¡que buen nivel de inglés tendríamos los españoles!

P.D.: Si conoce algún profesor de inglés, le agradecería que le haga llegar mi idea.  A lo mejor conseguimos que haya alguno lo suficientemente intrépido como para intentar enseñar el idioma en lugar de la gramática.

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Mi hijo es muy infantil

El día después de Reyes Magos es el mejor día del año. Acabadas las visitas, las comilonas y las prisas, ¡por fin! llega el momento de disfrutar con los regalos. Ese día tuve el privilegio de participar en lo que será recordado en los anales familiares como «la batalla del Pardo». Y perdí. Me mataron por lo menos tres veces. Pero lo mejor es que todos, vencedores y vencidos, alcanzamos el objetivo: disfrutamos absolutamente como enanos.

Mi hijo – de trece años – había pedido una NERF (el rifle de juguete de moda), igual que el año pasado, así que a mi me tocó el «viejo». Su equipo contaba además con walkitalkies. También los habían traído los Reyes Magos.

Me dicen que los niños de 13 años ya no juegan a los soldaditos, ni a cosas por el estilo. Ahora chatean y acceden a internet a través del móvil de última generación y pasan las tardes de los sábados en el centro comercial. Con esa edad me dicen que «lo normal» es que los juegos queden limitados al ordenador o a la play station de turno.

Mi hijo, me dicen, es muy infantil.

Y él me explica – y alguno de sus profesores me lo corrobora – que hay compañeros en su clase que «se olvidan» la ropa de gimnasia para tener una hora en la que estar viendo pornografía en el móvil. Un amigo suyo – también de segundo de la E.S.O. – le dijo que «ya ha conseguido desengancharse del porno».

Esté niño tan infantil fue el que el curso pasado se puso entre los cuatro chicos «maduros» de clase y el pobre chaval relegado, victima propiciatoria, y consiguió terminar con un acoso escolar que llevaba semanas machacándole. Esta Navidad recibí una felicitación del padre, agradeciéndome una vez más, muchos meses más tarde de que todo terminara, la gesta de mi hijo.

Este niño tan infantil es el que le dice a su profesor de matemáticas, mirándole a los ojos, que los castigos a toda la clase no tienen sentido y que se nota mucho la manía que muestra hacia algunos alumnos.

Mi hijo, ya lo he dicho, tiene 13 años. Y está viviendo y disfrutando hasta el último sorbo sus trece años. Hay personas que consideran «normal» que chicos de 10 años tengan conductas propias de adolescentes, y para justificarlo se inventan un termino: «pre-adolescencia».

Pues bien señores, lo que está ocurriendo es que un gran número de niños están viendo reducida su infancia a la mínima expresión. Comienzan a tener horarios escolares con cuatro meses, deberes con cinco años, extraescolares con seis, exámenes con siete, móviles con la (primera) comunión y con 10 años ya les gustaría ser como Justin Biber o Hannah Montana.

Pues será «lo normal» – termino estadístico que hace referencia a frecuencia – pero no es lo más sano para su desarrollo.

La prueba es que esta famosa «pre-adolescencia» no está logrando que alcancen antes la  madurez, la evidencia y los estudios sobre el tema indican precisamente lo contrario. Ahora se habla de adolescencia desde los 11 hasta los 19 años. ¡Toma nísperos!.

Pues que pena, porque no hay vuelta atrás. Si con 11 años ya sólo juegas con una pantalla o con un balón, te han robado al menos dos años de infancia. Si con trece años no juegas a muñecas (aunque sea con la puerta cerrada, como hacía mi hija) te has empezado a aburrir demasiado pronto.

¿Qué podemos los padres hacer para lograr que la infancia dure lo que debe durar, a pesar de las presiones sociales?. Estos son algunos consejos:

1) Retrasa lo máximo posible la exposición a los juegos de pantalla – tanto de ordenador como de consolas, y cuando hayan entrado en casa, lucha por ser tu quien controle el tiempo y el contenido y no que tu hijo sea controlado por el dichoso aparatito. No, los niños no «necesitan» ni i-touch, ni i-pad, ni ordenador, ni nada de eso antes de los 10 años.

2) Naturaleza, naturaleza y naturaleza. Los fines de semana salir lo más posible. Planes familiares, planes en familia. Planes todos juntos. Facilitar el acceso a juegos de grupo.

3) De lunes a jueves nada de tele (ni de pantalla). Jugar, jugar y jugar. Cuando vean la tele presta MUCHA atención al contenido.

4) No refuerces las conductas inadecuadas de su hijo diciendo que está «pre-adolescente». Les encanta oírlo (les hace sentirse mayores) y les anima a repetir ese tipo de conductas.

5) Si tienes varios hijos, con edades muy distantes, intenta evitar que los pequeños «se suban al carro de los mayores», intenta que mantengan su infancia.

Mi hijo tiene 13 años. No está ni pre ni adolescente. Está donde debe estar. Le queda muy poco tiempo para disfrutar su infancia. Que la disfrute, la vida es muy larga para empezar a  «hacerte mayor» tan pronto.

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La calidad de nuestro sistema educativo – 1ª parte.

No lo he comprobado, pero me da en la nariz de que si preguntara a las próximas 100 personas que me cruzara en el camino «¿cómo valora la calidad de nuestro sistema de enseñanza?», la mayoría pondrían el nivel entre «malo» y «muy malo». Quizás, dependiendo de los conocimientos y la honestidad de los entrevistados, debería abundar también la categoría de «no sabe, no contesta»; pero me atrevo a apuntar que serían pocas las respuestas que lo consideran «bueno» o «muy bueno».

Si además les pidiera que justificaran su respuesta estoy seguro de que abundarían las alusiones a los informes PISA, que periódicamente exhiben nuestras vergüenzas, y también a aquello que llamamos «en mis tiempos». Estoy seguro de que habría alusiones a la autoridad de los docentes y … poco más.

Pero creo que si preguntara: «¿cuáles son las tres principales causas que subyacen a esta situación?», sería dificilísimo encontrar respuestas concretas, tangibles y mensurables.

Soy de los que en mi particular encuesta diría que la calidad de nuestro sistema de enseñanza es malo, pero también creo que para la mayoría de las personas esta opinión esta más basada en lo que han oído en alguna tertulia radiofónica o en una noticia de algún telediario, que en su experiencia cercana, o en su conocimiento objetivo.

La enseñanza se ha convertido en el saco de boxeo al que cualquiera lanza dos puñetazos mal dados y se queda tan contento ya que no solo nadie le contesta, sino que obtiene el aplauso del respetable, quizás tan ignorante sobre el tema como él.

Pues bien, por no caer en el error al que me he referido mencionaré tres de los problemas más graves que considero subyacen a nuestro sistema de enseñanza:

1) Tiene como objetivo primario que el alumno apruebe (objetivo a corto plazo), no que el alumno aprenda (objetivo a largo plazo).

2) Está basado en un tratamiento estandarizado de todos los alumnos, mostrando una rigidez patológica que le impide adaptarse a sus diferencias individuales.

3)  Parte de una visión cada vez más pretendidamente pragmática de la enseñanza – «prepararles para el mercado laboral», lo que está llevando, por ejemplo, a considerar la enseñanza del idioma inglés como medida principal de la calidad de un colegio, cuando en realidad falla estrepitosamente en desarrollar vocaciones, que son la auténtica base del éxito laboral.

Dicho esto, me parecería terriblemente injusto poner aquí el punto y final. No soy capaz de plantar esta crítica sin hacer referencia a uno de los aspectos que con frecuencia son absolutamente ignorados en las conversaciones sobre enseñanza.

A pesar de las enormes deficiencias de nuestro sistema, sigue contando -y probablemente gracias a ello mantiene el nivel -, con un altísimo número de profesionales que se dejan cada día la piel en las aulas. Profesores que son merecedores de ser llamados maestros, quienes luchan cada día por dar lo mejor de sí y de facilitar que cada uno de sus alumnos alcance el nivel más alto posible.

Son personas que desarrollan su labor en medio de un sistema anómalamente inflexible, donde los padres a menudo han dejado de conferirles la autoridad debida, los alumnos no han logrado otorgarles el merecido respeto y la sociedad en general los ha relegado al escalafón más bajo del mercado laboral. Y en estas circunstancias siguen adelante conscientes de que nadie como ellos puede contribuir a mejorar el futuro. A ellos, a esos grandes maestros, gracias.

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El sentido de la Navidad

Llega la Navidad, y un año más vuelve a asaltarme la misma pregunta que desde hace muchos años me ronda por estas fechas, ¿qué celebran los que no creen en Navidad?.

Qué es la Navidad lo sabemos todos, cristianos, musulmanes, ateos o cualquiera. Es el nacimiento de Dios hecho niño en Belén. Lo creas o no.

Porqué nació Dios también lo sabe cualquiera. Se encarnó por amor a los hombres. A todos y cada unos de los que han existido y existirán. Dios es Amor y naciendo dio ser a su esencia.

La cuestión no es por qué sino para qué. ¿Para qué nació Dios?. Y aquí es donde no alcanzo a entender la celebración de los que no se creen la Navidad. El Evangelio dice «Hoy os ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es Cristo, el Señor»  (Lucas, 1,11). Jesús, el niño Dios, ha nacido para salvarnos.

«¿Salvarnos? ¿de qué tiene que salvarnos?.» Hoy en día el ser humano considera que no necesita ser salvado de nada. Los únicos pecados vigentes son las conductas que aparecen tipificadas en el código penal, y gracias a Dios, son pocos los que roban, los que matan, los que violan y los que maltratan. Nosotros no estamos entre ellos, así que no necesitamos ser salvados de nada. Más aún, nosotros ayudamos a todo el que podemos, y hacemos el bien allá donde vamos.

Pero si Dios no ha venido a salvarnos a todos, solo «a los malos», ¿a qué tanta alegría?. ¡Qué se alegren los malos, yo no!.

Pues no sé ustedes, pero yo estoy que no quepo dentro de mi porque Dios ha nacido y ha venido al mundo a salvarme. A mi en persona. Y mi alegría es mayor porque también ha venido a salvar a toda mi familia. Lo cierto es que no cometemos delito alguno y nos esforzamos por ser lo mejor que podemos, pero que quieren que les diga, al menos yo tengo un orgullo que no me cabe en el cuerpo. Y de vez en cuando me entra una envidia que no veas. Y hay ciertos personajes (algunos no los conozco más que en la tele), pero es que no los trago oiga.

Y que quieren que les diga, pero eso de «Amarás a Dios con toda tu mente, con todo tu alma y con todo tu corazón» … yo lo intento (a veces), pero menos mal que Dios me conoce y se dio cuenta de que o enviaba a su Hijo, o yo, así, por mi cuenta … como que no.

En fin, que Feliz Navidad a todos, a los que saben que tienen que ser salvados, pues enhorabuena, que Dios ha nacido por nosotros, y a los que no lo creen así pues nada, que celebren la Navidad, al menos también por nosotros, que si no llega a ser porque Dios ha nacido para salvarnos ¿para qué la Navidad?.

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