Matrimonios rotos.

No sé en qué momento se produce el cambio. Cuando alguien con quien has compartido todo – o al menos eso decías o eso creías – se convierte en un absoluto extraño, que lejos de pasar indiferente junto a ti, como corresponde a los desconocidos, hace todo lo posible por destrozarte o, al menos, no quita el pie cuando ve que vas a tropezar.

En los últimos meses estoy viendo el fuego cruzado que intercambian personas que fueron matrimonio y que dicen querer poner tierra de por medio, pero más bien parece que hay quien quisiera poner de la primera a la última paletada de arena sobre el cuerpo inerte que antaño amaron – o al menos desearon lo suficiente como para decir “Si, venimos LIBREMENTE. TE ACEPTO como esposo/a y ME ENTREGO a ti”.

Que los ajenos a esta situación veamos las balas volando, es lo de menos, la tragedia está en que los hijos, sus hijos, están siendo acribillados, en ocasiones desde un único frente, en otras desde todos los bandos, y están quedando emocionalmente malheridos, convirtiendo sus heridas en nuevos campos de batalla donde hay quien se permite echar sal con tal de que los gritos impidan dormir al “enemigo”.

El origen de tanto daño es conocido. Es el mismo que el de cualquier guerra, batalla o pelea, es el pecado original que nos conforma a todos los humanos: el egocentrismo. El ser humano es el animal que tiene plena conciencia de su existir, como individuo y como especie, en el tiempo y en el espacio, pero no podemos disfrutar tal privilegio sin pagar el precio del ego, del YO, del mío.

Mi lengua, mi tierra, mi país, mi creencia, mi río, mi mar o mi cielo. Los que quieren llamarse EX a costa del sufrimiento ajeno hablan de “mi vida” – “Quiero recuperar mi vida”. Y llegan a decir “en realidad nunca te he querido”. No les falta razón. Solo han tenido capacidad para quererse a sí mismos y si en algo han querido al otro ha sido en función del beneficio que les aportaba.

Afortunadamente la cura del egocentrismo nos llega a todos. Lo malo es que nos alcance tan tarde, cuando todos los que están a nuestro alrededor no hacen más que glosar lo buenos que fuimos.

Perdonen mi pesimismo, pero dado que no sé como alguien tan roto que sólo puede tenerse en cuenta a sí mismo pueda salir de su cárcel, permítanme al menos dar algún consejo para los que seguimos convencidos de que no hay nada más maravilloso en la vida que amar a quien un día, y para siempre, decidimos aceptar y entregarnos:

1) Todas las mujeres son iguales. Los hombres no digamos. Al menos una vez a la semana dedica unos minutos a recordar y recrearte en aquellas dos o tres cosas que hacen a tu cónyuge absolutamente único. Si quieres sacar más provecho a este consejo bobo, díselo.

2) No desesperes si crees que no es feliz. Eso no depende de ti. Haz todo lo posible por hacerle cada día la vida lo más agradable posible. Ya decidirá ella (o él) si es o no feliz.

3) Mírala,  ¿ha cambiado?, ¿ya “no te gusta”?. Mírate, ¿y ahora qué?, tú, ¿si “te gustas”?. Ha cambiado por vivir a tu lado, y probablemente ha cambiado por ti y para ti. ¿Y tu?, ¿porqué y para quien has cambiado?

4) ¿Qué prefieres, reírte tu o verla(le) sonreír?. Si prefieres lo primero, háztelo mirar urgentemente. Estás en grave peligro.

5) “Los días son largos pero la vida es corta”. ¿Cuántas veces le has dicho hoy que le quieres?. No te equivoques, no es por ella (por él) es por ti, deja de decirlo – no solo con palabras, sobre todo con gestos, miradas, detalles – y verás que pronto dejas de hacerlo.

6) No dejes de darle las gracias cada día por quererte.

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Una respuesta a Matrimonios rotos.

  1. SOCORRO dijo:

    Coincido plenamente contigo. Por desgracia lo he sufrido en mis carnes y sí, uno se pregunta en qué momento se produce el cambio para al final descubrir que todo ha sido una mentira, desde el principio.

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