¿Qué puedo regalar esta Navidad?

Ya queda poco tiempo para la Navidad y menos aún para que nos volvamos locos con las compras.

En este tiempo, especialmente bajo los efectos de la maldita pandemia, me voy a permitir hacer una sugerencia para los regalos – de este año y del resto de los tiempos.

Te sugiero que no compres cosas. Ni móviles, ni relojes, ni bufandas, ni guantes, ni camisas, ni pantalones. Ni juguetes.

Por prácticos que sean, NO regales cosas: regala TIEMPO o regala EXPERIENCIAS.

Regala una mañana, una tarde o un día entero contigo en el lugar que más le pueda apetecer al destinatario.

Llévatelo al teatro, a un parque de atracciones, a un paseo por el campo, a una conferencia, a ver una película al cine, a pasear por el jardín botánico, al zoo, al circo, a patinar sobre hielo, o a montar en bicicleta, en globo o a caballo, llévatelo a tomar un café con el bollo o la tarta que más le guste, a comer a un restaurante que nunca pensó que podría ir o quédate en casa y comeros un pollo asado sin usar cubiertos.

Regala TIEMPO contigo. Regálale una EXPERIENCIA que pueda conservar para siempre en su corazón.

Todos los objetos se rompen o se pierden o se desgastan o lo que es peor: se cambian al día siguiente de que lo hayas regalado; pero esas cuatro o cinco horas contigo, haciendo eso que tanto le apetece nunca se romperá, nunca se perderá, nunca se desgastará y lo que es seguro: NUNCA QUERRÁ CAMBIARLO. Lo guardará para siempre en su corazón, volverá a ello cuando necesite recuperar un poco de alegría.

Si después de todos estos meses de pandemia y, lo que es peor, de confinamiento obligado o voluntario no hemos aprendido que lo único importante en nuestras vidas son las personas que tenemos alrededor, son las experiencias que construyen nuestra vida y es el tiempo compartido y entregado a los demás, habremos perdido una oportunidad inigualable.

Esta Navidad NO regales cosas. Regala tiempo y regala experiencias. Y asegúrate que TÚ eres parte del regalo.

Será EL MEJOR REGALO.

P.D. La idea de este post no es mía, se la debo a Alicia Bastos. Ella me hizo este regalo.

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¿Por qué rezo?

Estaba yendo de una habitación a otra de mi casa, cuando esa pregunta “¿por qué rezo?” vino a mi mente sin conexión ninguna ni con lo que estaba haciendo ni con lo que estaba pensando.

Asombrosamente la respuesta apareció de manera tan automática y espontánea como la pregunta: “Porque me voy a casar con Cristo”.

Nunca se me hubiera ocurrido dar esa respuesta. Nunca había pensado en mi relación con Cristo, ni en este mundo ni en el cielo, como una unión matrimonial, pero esos pensamientos tan inesperados como espontáneos me llevaron a toda una reflexión.

Lo primero que pensé, ahora ya sí de manera reflexiva, fue que al fin y al cabo probablemente esa es la unión que tendremos con el Señor en la vida eterna; y me llevó a considerar cómo es mi oración y por qué pudo venirme esa idea.

Me di cuenta de que efectivamente la oración es una comunicación con quien me ama y a quien quiero amar, y que dedico mucho tiempo a intentar conocerle, bien a través de la lectura de la Biblia, especialmente del Evangelio, como en la oración de contemplación.

¿Acaso no es a eso a lo que se dedican los amantes: contemplarse buscando conocer y abarcar todo del amado?

Busqué en la Biblia los versículos en los que se refiere a la relación con el Señor como una relación esponsal, encontrando palabras bellísimas, llenas de fuerza:

”Y oí como el rumor de una muchedumbre inmensa, como el rumor de muchas aguas, y como el fragor de fuertes truenos, que decían: «Aleluya. Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias. Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, y se le ha concedido vestirse de lino resplandeciente y puro —el lino son las buenas obras de los santos—». Y me dijo: «Escribe: “Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero”». Y añadió: «Estas son palabras verdaderas de Dios»”, Apocalipsis, 19, 7-9.

“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas». Y dijo: «Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas».” Apocalipsis 21, 1-5.

“Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.” Isaías, 62,5.

“Tengo celos de vosotros, los celos de Dios, pues os he desposado con un solo marido, para presentaros a Cristo como una virgen casta” 2 Corintios, 2.

Todas estas lecturas me hicieron a entender que quien se casa con el Señor es la Iglesia. Pero, ¿qué es la Iglesia sino todos los bautizados, desde el Papa hasta el más pequeño de los bebés que acaba de recibir al Espíritu Santo? Los bautizados somos los miembros de la Iglesia, cada uno de nosotros debemos casarnos con el Señor para conformar la boda.

Me di cuenta de que, en realidad, casi toda la Biblia se puede leer en clave de amor conyugal. El Padre entrega a su Hijo como esposo a los hombres, y por si fuera poco, también nos entrega Su amor, el Espíritu Santo, para que podamos corresponderle. Es impresionante.

Seguí reflexionando sobre mi oración y me di cuenta de lo egocéntrica que a menudo es. Me di cuenta que soy como el novio que en cuanto tiene un momento con su amada se dedica a hablarle nada más de lo que ha hecho en su día, de lo que le ha salido mal, de los planes que tiene y de las preocupaciones que le invaden, pero apenas escucha a su amada ni busca corresponderla, tan solo ser escuchado.

Ya hacía messes que en una ocasión, cuando acababa de regresar tras una infidelidad hacia el Señor (cuando volvía de confesarme, quiero decir), pensaba en cómo era posible que él Señor me perdonara siempre. Entendí que Cristo es como una esposa maltratada, que a pesar de mis infidelidades y de mi maltrato no deja de amarme y siempre está a la espera de mi arrepentimiento, nunca me niega el perdón, siempre me vuelve a acoger en sus brazos. Más aún, entendí que como la esposa del borracho que una y otra vez llega a casa en un estado deplorable, no sufre tanto por el desprecio y el maltrato al que le someto, sino por el lamentable estado al que me abandono. Y su felicidad cuando regreso no es por Él, como si necesitara mi amor, sino por verme restaurado y capaz de acoger Su amor.

Entendí entonces que Jesús realmente estaba enamoradísimo de mí, y lógicamente de todo el mundo; que la mejor forma de entender qué siente por cualquiera de nosotros es esa: «está locamente enamorado», como un adolescente, solo que Él no idealiza a nadie, muy al contrario, nos conoce plenamente y de ahí la perfección de su amor, su amor es total, sin límites ante nuestras debilidades.

Seguí pensando en mi oración y me di cuenta que, como cualquier novio, también paso mucho tiempo hablando con Su Madre, mi Madre. Conocer a la madre del amado es necesario para poder llegar a conocerle en su más profunda intimidad. Y también dedico tiempo a hablar (y escuchar) a los que han sido sus amigos, a los apóstoles, sin duda y sus discípulos, pero también los amigos que ha tenido a lo largo de los siglos, los santos. Ellos me hablan de cómo se han relacionado con Jesús y consecuentemente de cómo es Él, y ellos, que ya han llegado a la meta, la boda con el amado, me ayudan, me guían por el camino hacia Él.

Pero es Él quien más me habla. Rezo para escucharle. Cada minuto frente Él en el sagrario, o mejor aún, cara a cara, cuando está expuesto en la custodia. Cada Eucaristía la cena de bodas, como si fuera el “ensayo” del banquete definitivo. En cada Misa mi amado se me entrega. ¡¡Como quisiera yo recibirle como Él desea que yo lo haga!!

¿Por qué rezo?, porque me voy a casar con Cristo. Amén.

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Dios NO castiga

Lectura de verano. Una entrevista en un periódico digital (libertaddigital.com) a una sra. llamada Laura Riñón Sirera a la que no tengo el gusto ni de conocer ni de haber leído ninguna de las novelas que ha publicado. Por algún motivo que desconozco el periodista hace una entrevista en clave evangélica, a golpe de versículos como pregunta. Hacia el final de la misma aparece el siguiente diálogo:

Periodista ¿En qué creyó alguna vez y, a partir de un momento equis, dejó de creer?

R: En el dios de la religión cristiana. Creí hasta los 24 o 25 años. Iba a misa los domingos y rezaba todos los días. Un día, me pregunté: «Este señor, ¿quién es?». Y, más que dejar de creer, lo transformé en otra cosa distinta. No puedes dejar de creer en algo que, al final, te ha ayudado. El dios que las religiones han creado es un dios para agarrarte, para dar esperanza y para generar culpa. «No puedo hacer esto; si lo hago, Dios me castiga».”

De manera automática pienso: “Otra a la que se lo han explicado mal”.

Y comienzo un monólogo que me gustaría compartir con ustedes.

A mi también me lo explicaron mal. Lo de que Dios castiga … y todo eso. “Los buenos van al cielo, los malos al infierno” y tal y cual.

Pero oye, que esta señora ya tiene una edad (y le concedo el beneficio de pensar que al ser novelista algo de cultura debería tener). Quizá podría haber contrastado algo las fuentes ¿no?

Es cierto que durante siglos, muchos siglos, la leyenda negra del “Dios castiga” ha sido transmitida de generación en generación por parte de algunos miembros activos de la Iglesia (sacerdotes, obispos y consagrados) y los miembros pasivos (los fieles) se lo tragaron con un amén, pero vamos, que basta con escuchar atentamente cada frase de Misa, leer detenidamente el evangelio (y si es necesario escuchar alguno de los muchos comentarios que hoy se encuentran en las redes a diario) y leer a los grandes (San Pedro, Santa Teresa de Jesús (o de Calcula, o de Liseux), San Rafael Arnaiz, San Ignacio de Loyola, al Santo Cura de Ars, Santa Faustina Kowalska, ¡¡y tantos más!!), para comprender que el nombre de Dios es Misericordia, no castigo.

Aquellos que hablan de que Dios castiga han debido tener una experiencia terrible (equivocada) con no sé qué dios.

Ni Dios creó al ser humano (perdón por utilizar un término políticamente correcto) para condenarle ni Cristo vino al mundo para castigarle.

Más aún Dios NO castiga, Dios REDIME.

Fijémonos tan solo en las últimas horas de Jesús en la tierra (antes de su resurrección). Especialmente en lo vivido en cada Eucaristía, en las palabras pronunciadas por Él: “Este es mi cuerpo” … “esta es mi sangre” … “que será entregada por vosotros” … y dicho y hecho, no se queda en meras palabras, sino que realmente se entrega, ¡¡qué sí!! ¡¡que se entregó!!, pero no solo a los judíos y a los romanos, ¡¡Cristo se entrega al Padre!!, ¡¡ por nosotros !!

Eso es redimir.

Según la Real Academia de la Lengua:

“1. Librar a una persona de una obligación, de un dolor o de una situación penosa.

2. Conseguir la libertad de una persona o sacarla de la esclavitud mediante el pago de un precio.”

Nos liberó del castigo merecido por nuestra falta de amor a Dios y al prójimo. Él ha pagado el precio.

Mire un crucifijo. Mire a Cristo crucificado. ¿qué mal cometió?, y usted, ¿ha cometido alguna vez algún mal?

¿Quién ha recibido el castigo? Él.

¿Cómo puede haber gente que sigue creyendo que Dios castiga a los hombres?

¿Y lo del juicio y lo del infierno?, ¿acaso todo eso es mentira, como ahora dicen algunos?

Me parece a mi que ni el juicio ni el infierno son mentira. ¡¡Claro que al morir nos enfrentaremos a un juicio sobre nuestra vida!!, pero ya conocemos la sentencia.

San Juan de la Cruz nos pasó las preguntas del juez y del fiscal: “Al atardecer de la vida, nos examinarán del amor”.

La verdad es que ya nos lo había avisado el mismo Jesús:

«Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la Ley? Él le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los profetas» Mt. 22, 36-40.

Así que me imagino sentado en el estrado:

“¿Me has amado?”

“¿Cómo me has amado?, ¿qué has hecho para entregarme tu amor?”

“¿Has amado a tus hermanos, a todos tus prójimos?”

¿Cómo les has amado?, ¿qué has hecho para entregarles tu amor?”

Y poco más, supongo.

Es un juicio un poco … amañado.

A ver, ¿quién puede tener miedo a un juicio en el que el Sr. Juez es tu Padre; tu abogado defensor es Jesucristo y (perdón por lo que voy a decir, porque esto sí que es cosecha mía y – lógicamente – no tengo la más mínima evidencia, pero creo que) el fiscal es la Divina Misericordia?

Más aún, encima la sentencia la establece el propio reo.

Solo hay dos opciones:

1. Aceptas la culpabilidad: “Señor mío y Dios mío, soy culpable de no haberte amado con todo mi corazón, ni con toda mi alma ni con toda mi mente. Además he faltado al amor a todos mis prójimos, anteponiendo mis deseos, intereses y caprichos a las necesidades de los demás”.

Y el Señor dirá: “Dices bien, has fallado al amor, ¿estás arrepentido?”

Y ante nuestro arrepentimiento el Señor Jesucristo aceptará en su carne el castigo que merece nuestro pecado y entraremos en su seno.

2. Renuncias a la defensa: “A lo largo de mi vida oí hablar de ti, pero nunca creí en ti. Nunca te amé, ni tuve el deseo o la necesidad de hacerlo. Más aún, aunque en algún momento hubiera creído en ti, te rechacé. Hice el bien a mis congéneres en lo que pude, pero nunca por ti, solo lo hice por mi propia voluntad”.

Y el Señor dirá: “Dices bien, has fallado al amor, ¿estás arrepentido?”

Y entonces el reo dirá: “No tengo nada de lo que arrepentirme. Viví la vida sin ti, viviré la eternidad sin ti.”

Y nuestro Padre Dios respetará ese último acto de libertad, como ha respetado todos y cada uno de los cometidos en vida, para bien o para mal.

Jesucristo nos redime, pero solo si aceptamos su redención. No la impone.

¿Cómo es posible que un Dios que es REDENTOR, que bajó del cielo para salvar a los hombres y en particular a los pecadores «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» · (San Mateo 9,9-13), haya pasado a la historia como un Dios que castiga?

Me resulta asombroso. Sin duda ninguna es la falacia más extendida y menos cuestionada de todas en la historia.

Creo que es, evidentemente, obra del maligno, el “príncipe de la mentira”. Y le ha salido redonda.

Pero ya esta bien, ¿no?, ya vamos siendo mayorcitos. Ya es hora de ir leyendo … viviendo la Misa … y siguiendo “el Camino, la Verdad y la Vida”.

Dios NO castiga, Dios redime. Que no te confundan, que no te mientan.

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Navidad, covid y miedo.

Regresa la Navidad y, de nuevo, el confinamiento voluntario. Cada uno en su casa. ¿Y Dios?, ¿estará en la de todos?

Dicen “es lo más prudente”.

Este maldito virus ha disparado el miedo. En España tenemos el dicho que “el miedo es libre”, pero esa afirmación es completamente falsa.

Nadie es libre para tener miedo o para no tenerlo. Yo estoy incapacitado para tener miedo a nada relacionado con este virus, no sé porqué, pero ni me da miedo el virus ni me da miedo los efectos secundarios de las vacunas. No tengo miedo a morir; y en lo que se refiere al cuándo, eso está en manos de Dios y, al cómo, solo sé que no será tan duro como Su muerte, así que no veo porqué preocuparme.

Por eso me asombra el miedo en los demás. Me llama poderosamente la atención las reacciones que el miedo están provocando en tantas personas.

Conozco muchos fumadores con un profundo miedo al COVID y que están tomando medidas extremas para no contagiarse del virus, mientras siguen fumando un cigarro detrás de otro como si no hubiera mañana.

La estadística es caprichosa. Resulta que según el Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo el tabaco provoca anualmente 69.000 muertes prematuras al año, y según el Instituto Nacional de Estadística el COVID en 2020 provocó 60.358 muertes.

Más muertes por tabaco que por COVID, pero a muchos fumadores parece que eso no les importa.

Yo me puse la vacuna contra el tabaco con 16 años.

¿Hay vacuna contra el tabaco? Sí, la hay, se lo he explicado a mis cuatro hijos cada vez que se acercaban a la edad de caer en la tentación de empezar a fumar. Siempre me gustaba ver la expresión de asombro en sus caras de asombro cuando se enteraban de que existe esa vacuna.

Les explicaba: “Cuando tenía 16 años vi enfermar y morir a mi padre por cáncer, después de toda una vida fumando. Eso me vacunó contra el tabaco”. Sus caras de sorpresa cambiaban por caras de tristeza y varios lloraron, sabían que lo que les estaba contando no era ningún “slogan”.

Como las vacunas solo protegen al que se inocula, nunca a los demás, dos de mis hijos fuman. Mi vacuna a ellos no les ha servido de nada.

Luego están los que están completamente vacunados, hiperprotegidos contra el COVID, usan mascarilla FPP2 incluso cuando van conduciendo solos en su conche, pero eso sí, tras el volante consideran que no existen normas ni de circulación ni de prudencia, y conducen poniendo en riesgo a cualquiera que se cruce en su camino.

O algunos pobres enfermos de adicción al alcohol, que viven bajo estrictas medidas de rehusar el contacto con cualquiera, por no contagiarse del virus, pero siguen sin entender que su vida es un riesgo constante.  Según el estudio realizado por el Ministerio de Sanidad respecto a los fallecimientos en España entre 2001 y 2017, se considera que anualmente han muerto una media de 15.489 personas por alcoholismo.

Líbreme el cielo de juzgar a los fumadores o a los adictos al alcohol. Nada me infunde más comprensión que las adicciones. Eso sí que es una auténtica pandemia. Lo que no entiendo es que personas que tienen conductas tan claras de riesgo contra su propia salud y la de los demás (se calcula que en España mueren anualmente alrededor de 3.000 personas por tabaquismo pasivo) se permitan juzgar a los que no desean vacunarse.

Pero les diré lo que sí que me da miedo.

Me da miedo que esta Navidad, otra vez, vamos a echar no solo a nuestros padres, a nuestros hermanos, cuñados y sobrinos de casa, sino también a Dios.

No vamos a poner al Niño Dios en el pesebre, sino que vamos a poner al señor Pfizer en un trono; a las máscaras y la distancia social en un pedestal y vamos a darles el título de “Salvadores del mundo”.

Que el Señor me perdone, y usted también si le ofende lo que voy a escribir, pero me alegra enormemente que las vacunas NO hayan tenido el efecto deseado. Me alegro profundamente. De haberlo hecho el ser humano hubiera caído de nuevo en la tentación de endiosarse, de pensar que “podemos con todo sin Dios”.

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.” (Mt, 10, 28).

Este virus está haciendo que todo el mundo sospeche del que tiene al lado. No debo ni puedo amar a mi prójimo porque es alguien potencialmente contagiado y contagiador (aunque sea mi madre, aunque sea mi hijo, aunque sea mi hermano). Al comenzar la pandemia se señaló a los chinos y a los italianos como los que había que evitar. El año pasado se hizo toda una campaña contra los jóvenes que se reunían con amigos, este año contra los no vacunados – hasta que se han publicado que ha habido tres focos con decenas contagios en cenas de Navidad de profesionales de la salud dejando a las claras que la vacuna no protege contra la infección, y entonces ya TODO EL MUNDO ES SOSPECHOSO – por cierto, se están anulando cenas de Nochebuena y comidas de Navidad en familia a diestro y siniestro, pero aquí no anula nadie la cena de empresa … ni el aperitivito con los amigos.

¿Y ya?, ¿así ya estamos seguros?, cenaremos solos en casa, pero ¿acaso no estoy infectado de aquello que puede llevar mi cuerpo y mi alma a la gehenna?

Muchos con tres vacunas puestas, mascarilla FPP2 hasta para ir a la ducha y untados en gel hidroalcohólico llevan años sin hablar con su hermano … ¡¡y tan tranquilos, oye!!

Personas hiper cuidadosas de su salud y la de los demás, pero que son férreos activistas a favor del aborto y la eutanasia.

Conozco personas “empanicadas” con el maldito virus, pero no dudan ni un minuto en usar y abusar de sus congéneres a través de la pornografía y la prostitución …

Llega la Navidad, otra Navidad en plena pandemia. ¡¡Y ¿cómo no vivir felices?!!

Vacúnese (o no lo haga – haga lo que le dé la real gana); use máscara FPP2 o quirúrgica; use gel hidroalcohólico o lávese las manos, haga lo que quiera, pero por Dios Bendito, NO cierre la puerta a Dios.

Cuide su alma tanto como su cuerpo. Asegúrese de que se confiesa esta semana para celebrar el próximo sábado una Navidad con Dios Eucaristía en su corazón.

Ponga paz en su corazón, con su hermano, con su jefe, con su compañero, con su cónyuge, con sus hijos.

Es Navidad. Con virus o sin virus. Nos nace el Salvador. El verdadero y único Salvador. NO permita que ni el virus ni el miedo acabe con ella.

Ponga al Niño Dios en el pesebre de su corazón, verá como desaparecen muchos de sus miedos.

Feliz Navidad. Nos ha nacido el Salvador.

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¿Me vacuno o no?

Hace bastantes años apareció una noticia en los periódicos españoles informando del “hallazgo” de un profesor de una universidad estadounidense, creo recordar que era Harvard, según el cual se demostraba que la elección de una opción política respondía a cuestiones emocionales más que racionales.

Entonces me pareció que el supuesto “descubrimiento” era una obviedad tan evidente como el hecho de que por el día hay más luz que por la noche.

Si hubiera un criterio racional universalmente válido para elegir una opción política, solo existiría esa opción. Es obvio que elegimos nuestras opciones políticas por criterios emocionales, pero parece que este dato sorprende.

El ser humano es tan emocional como racional, y aunque nos gusta pensar que hacemos elecciones basados únicamente en motivos objetivos, coherentes, y lógicos, la realidad es que la emoción es la base de nuestras elecciones.

Si el ser humano fuera racional no existiría el tabaco, nadie se tomaría la tercera copa, nadie excedería de velocidad en el coche, ni se saltaría los semáforos en rojo. Si fuéramos racionales las urnas estarían vacías en cada elección (¿qué político se merece racionalmente nuestro voto?). Si el ser humano fuera racional seríamos caracterizados de austeros (al menos no despilfarraríamos como estamos acostumbrados), y la cirugía estética sería únicamente reconstructiva.

La emoción nos lleva a la acción; la razón nos sirve para buscar los datos que apoyen nuestras decisiones.

Exactamente igual ocurre con la elección de vacunarse o no hacerlo. Nos gusta pensar que atendemos a criterios racionales, pero lo cierto es que los motivos vacunarse son mucho más emocionales que racionales.

La mayoría de las personas se vacunan por miedo. Miedo a enfermar y miedo a morir.

Y la mayoría de las personas que NO se vacunan ¡¡ utilizan el mismo argumento: miedo a los efectos secundarios de las vacunas – miedo a enfermar y miedo a morir !!

El miedo es una emoción y, como tal, puede provocar reacciones extremas, como se ha visto en los antivacunas y en los defensores de las vacunas.

A nadie puede extrañar que el miedo sea el origen de nuestra toma de decisiones. Desde principios de marzo de 2020 hemos estado bajo una situación de incertidumbre, de cambios, de percepción de riesgo. Se crearon hospitales especializados, se habilitaron pistas de hielo como morgues temporales, estuvimos encerrados en casa, con necesidad de salvoconductos para circular … ¡¡ ¿cómo no tener miedo? !!

Gracias a ese miedo y al uso que de él han hecho los estados y las agencias internacionales (O.N.U.; O.M.S; etc.) ha sido fácil lograr que una mayoría de la población quiera ser vacunada. Sin embargo es poco habitual preguntar a las personas que se vacunan “¿por qué te has vacunado?”, esa pregunta se reserva a los que no han querido hacerlo. Se asume que la vacunación es “racional”, es “lo adecuado”.

Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de las personas vacunadas no han contrastado datos, no han hecho un análisis de las evidencias, no han buscado más allá de lo que los medios de comunicación les han informado. No lo critico, sencillamente constato de que su decisión no ha sido tomada “concienzudamente”, sino más bien “mediáticamente”. Han encontrado una forma de reducir su miedo y creo que esa razón por sí sola no solo es válida, sino que es la MÁS valida de todas. Somos emocionales.

Por el contrario, muchas de las personas que no desean vacunarse, y no digamos ya de los llamados “antivacunas”, buscan y manejan información, datos y resultados. Aunque no podemos asegurar que esos datos sean ciertos, válidos o útiles, pero los buscan. Tampoco podemos dar por hecho que los datos que se nos aportan las fuentes “oficiales”, o mejor dicho las fuentes “estatales” o “supra estatales” sean ciertas, válidas ni útiles.

Todos, TODOS, tanto los estados y las agencias internacionales como los antivacunas están utilizando los datos con el fin de inculcar el máximo miedo a la población con tal de lograr su objetivo.

Sin necesidad de hacer una investigación profunda y detallada, sencillamente estando abierto a fuentes de información disponibles al público en general, tengo datos más que suficientes para desear vacunarme y tengo datos más que suficientes para querer evitarlo a toda costa.

Por parte de los estados si el miedo no es suficiente para lograr el objetivo entonces se recurre a medios coercitivos – negar acceso a servicios, señalar en los medios a un grupo determinado de personas como vectores de trasmisión, etc. – con tal de obtener su objetivo, pero esos medios no hacen más que demostrar que la vacunación no se está llevando a cabo por cuestiones racionales.

Por tanto, ¿podemos establecer una discusión para llegar a una conclusión inequívoca sobre si debemos o no vacunarnos? Para mi es evidente que no se puede. Esa discusión utilizaría datos con el fin de intentar convencer a la otra parte de su error, pero la decisión no se basa en los datos, sino en cuestiones emocionales, de ahí la imposibilidad de un acuerdo.

Incluso cuando se presentan datos objetivos, en uno u otro sentido, la parte contraria los pone en duda, bien por su procedencia, bien por los métodos de análisis utilizados. Y a la luz de los análisis que he realizado personalmente, estoy convencido de que la parte que duda de los datos y de las conclusiones que de ellos se pretenden extraer tiene razón en hacerlo.

¿Podemos entonces llegar a un encuentro? Sí, sin duda. El único posible: el encuentro del respeto.

Mi corazón me pide que escriba: “no juzgue”, pero sería ir en contra de la tesis central de este artículo. El ser humano es emocional y por tanto juzga. Usted no puede evitar pensar que los que actúan diferente a usted se están equivocando, pero no permita que nadie utilice su criterio como medio de enfrentamiento con su congénere.

Vacúnese, o no lo haga, pero no crea que usted tiene razón. Usted tiene emoción y su emoción le ha llevado a tomar esa decisión. Ahora asuma las consecuencias.

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¿Cuál es tu vocación?

Nota para los lectores: esta reflexión versa sobre la vocación en la fe, no sobre la vocación profesional.

Tradicionalmente cuando se habla de vocación siempre se ha considerado la vida religiosa: sacerdocio, vida consagrada, monacal … Como si solo aquellos que viven entregados en exclusividad al Señor son los que reciben la llamada de Dios.

Como forma de corrección, como contrapeso, desde hace ya muchos años que desde casi cualquier foro de la Iglesia se ha repetido la máxima de que “el matrimonio también es una vocación”. Suena bien, pero queda cojo.

Está bien como … ¿cliché?, pero salvo que nos conformemos con la idea de que “es un camino de santificación”, verdaderamente es un lema con pobre contenido.

Así he vivido a lo largo de todos estos años, considerando que había respondido a mi vocación a partir del día que me casé, hasta que hace algunas semanas el padre Luis Manuel Romero Sánchez, Director de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española nos dio una plática sobre «el papel de los Retiros de Emaús en la Iglesia de hoy» en la que aportó una explicación de qué es la vocación; la dijo como un breve apunte … una digresión, como si fuera algo obvio, sin importancia, pero enormemente esclarecedora.

La explicación venía a decir: “La vocación es la llamada de Dios a cada uno de nosotros a una misión concreta en la vida de Cristo, en su cuerpo místico, que es la Iglesia”.

¡Amigo!, esto es algo muy concreto y que se aplica a todos, absolutamente todos.

¿Cuál es TU misión en la Iglesia, es decir, cómo vas a contribuir a la construcción del cuerpo místico del Cristo?

Pensar que la Iglesia puede construirse solo a través de la labor de obispos, sacerdotes, y demás consagrados es tener una visión muy pobre de la Iglesia.

Es cierto que Jesús constituyó a Pedro, y consiguientemente a sus sucesores, la piedra sobre la cual debe ser edificada, pero ahora se me hace obvio que cada uno de nosotros tendremos que participar en su construcción. Si no ponemos el ladrillo de nuestra labor, nunca estará completa.

Posteriormente, hace apenas un mes, participé en una conversación que contribuyó enormemente a ahondar en esta concepción de qué es la vocación.

Oí como alguien le decía a un amigo: “Chico, es que tú estás metido en todo, no paras”. Se refería a que este amigo participa activamente en varios apostolados y actividades eclesiales. Cuando se fue el interlocutor, mi amigo me preguntó retóricamente: “¿Sabes por qué estamos metidos en tantas cosas?; porque él no está metido en ninguna”.

Esta reflexión me impacto, y comprendí que tenía mucha razón.

Si cada feligrés, cada persona que acude a Misa los domingos escuchara y aceptara la misión que Dios le encomienda para la construcción de Su cuerpo, la Iglesia sería enormemente más grande, más rica, más vibrante, más veraz, ¡mucho más bella!.

Resulta ridículo pensar que Dios, que a través del bautismo nos constituye en sacerdotes, profetas y reyes, nos llama únicamente a ir a Misa los domingos, a casarnos, tener hijos, “educarles en la fe” … y a rezar tres avemarías cada noche.

Me da la sensación que cada vez que oímos el evangelio de San Lucas: “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad por tanto al señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10, 2), pensamos automáticamente en los sacerdotes y en la falta de curas que hay. Pero en la Iglesia no solo faltan curas, falta de todo. TODOS somos obreros de su mies, pero son muy pocos los que se dan por aludidos.

Ahora veo evidente que Dios tiene una misión para cada uno de nosotros EN Su Iglesia y que si no respondemos a esa vocación, nadie puede hacerlo en nuestro lugar.

Puede que sea dar catequesis en la parroquia, ayudar en Cáritas, ser miembro de alguno de las decenas de apostolados que existen o ser adorador, pasando una hora cada semana ante el sagrario, alabando, dando gracias, y rogando por toda la Iglesia.

Lo que sea para lo que Dios nos llame. Pero de que nos llama, nos llama. Y si nos conformamos con ir a Misa los domingos y rezar tres oraciones simples, es que nos hemos quedado espiritualmente sordos y no Le oímos.

Somos llamados – tenemos una vocación – y debemos responder. No es lícito pensar que “ya lo hacen los demás”. Nadie va a cumplir con tu vocación. ¿No Le oyes?, pues pídele que se incline sobre ti, diga “¡Effetá!” y te abra los oídos. Y tú ¡responde a su llamada!, cumple con tu misión. “Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros. … Si comprendéis esto y lo cumplís, seréis bienaventurados” Jn 13, 14-15, 17.

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Ley Trans – la verdad vs. la legalidad

Mañana, 29 de junio de 2021, el gobierno de España aprobará en consejo de ministros la conocida como «Ley Trans», según la cual cualquier ciudadano español podrá conseguir ser reconocido legalmente como hombre o como mujer, a todos los efectos, con el solo hecho de expresar su preferencia ante un funcionario del registro civil. Sin ningún otro requisito. Sus sentimientos serán los que establezcan ante el mundo su identidad sexual.

No hay argumentación posible en su contra. Cualquier intento de argumentación contra el absurdo es caer en el error de que el razonamiento puede aportar luz a la irracionalidad. Sería el ejemplificación perfecta de una de mis citas favoritas: «What’s the sense of wrestling with a pig? You both get all over muddy . . . and the pig likes it.” («¿Qué sentido tiene pelearse con un cerdo?, los dos quedáis completamente embarrados … y el cerdo encantado». Cita de Cyrus Stuart Ching, director del Servicio Federal de los Estados Unidos para la Mediación y la Conciliación, publicado en el 3 de enero de 1948 en el periódico “The Saturday Evening Post”.

Así qué lo único que deseo es, una vez más, expresar mis sentimientos, tal y como ya publiqué el 12 de noviembre de 2018 en este mismo blog. Transcribo integro el artículo publicado bajo el título: «Cuestión de Sentimientos»:

La noticia del día (8 de noviembre de 2018) es que Emile Ratelband, un holandés cuyo parto ocurrió hace 69 años, ha emprendido acciones legales para que se le reconozca como persona veinte años más joven. Así se siente y por tanto se considera discriminado cuando en plataformas digitales de relaciones personales no accede a las mujeres que le gustaría y cuando en las ofertas de trabajo le descartan por “su edad”.

Me uno moralmente a Emile. Más aún, tengo sólidos argumentos a mi favor. Ya el psicólogo de mi colegio explicó a mi madre que yo era “muy inmaduro”. Como si ella no lo supiera. Probablemente se debe a las circunstancias de mi parto, que no vienen al caso relatar. Esa inmadurez siempre me ha acompañado. Así que aunque mi cuerpo está a punto de cumplir 50 años mi organización neurológica y mi madurez afectivo-emocional está aproximadamente entre los 38 y los 41 años.

Y no tengo el más mínimo interés en ligar – ni por redes sociales ni en vivo y en directo – (los que conocen a mi mujer saben que no hay ninguna otra que pueda acercarse a sus virtudes ni a mi corazón), ni tengo ganas de encontrar trabajo, por lo que a este tema respecta preferiría tener 16 años más y estar disfrutando ya de la jubilación.

Rachel Dolezal (hoy llamada Nkechi Amare Diall) es hija de madre y padre caucásicos y hasta donde se sabe en su familia no ha habido ningún afroamericano, pero ella siempre se ha sentido una persona de piel negra. Llegó a ser presidenta de la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color (NAACP – por sus siglas en inglés), hasta que alguien se enteró del color de piel de sus ancestros y le hicieron dimitir. Esa es solo una de las múltiples discriminaciones que ha sufrido por culpa de que no se le hayan respetado sus sentimientos.

Leanne una australiana que – si no tiene problemas con su fecha de nacimiento – ha cumplido ya 40 años, afirma que siente que es una yegua (llamada Shyanne) atrapada en el cuerpo de una mujer (pueden encontrar videos suyos en Youtube). Y no es la única persona en situación similar. Al parecer hay más animales humanos que sienten que no pertenecen a nuestra especie.

Y un número de personas nacidas en el Bajo Ampurdán o en Segarra o en el Alto Penedés y otras comarcas cercanas afirman NO sentirse españoles a pesar de haber nacido en un lugar que desde los romanos ha sido parte de Hispania, Al Andalus o España, o como se le haya querido llamar.

Y “naturalmente” hoy no es cuestionable si una persona con un pene de significativo tamaño y unos testículos como los del caballo de Espartero se siente mujer.

Al parecer hoy lo único que importa son los sentimientos. El cuerpo (con pene o con vagina, con forma humana o equina, nacido en aquí o allá) es indiferente, lo que importa es lo que “yo me siento”.

Y ahí quería yo llegar. Porque a pesar de haber nacido en 1968 me considero un hombre de aproximadamente 40 años, pero lo que es más importante es que a pesar de haber nacido en Madrid, siempre me he sentido Caimanés. Concretamente Boddenense – oriundo de Bodden Town. Es por esto que no entiendo porqué tengo que pagar impuestos, los ciudadanos de las Islas Caiman estamos exentos de hacerlo, pero no le entra en la cabeza a los inspectores del ministerio de hacienda de España que año tras año me persiguen y me discriminan tratándome como si fuera un súbdito español cualquiera.

Y no solo me siento 10 años más joven y ciudadano Caimanés, también me siento asqueado. ¡Asqueado hasta la médula! de esta sociedad falaz y manipuladora, que intenta imponer el pensamiento único – enmascarado tras la ideología de la posverdad.

El ser humano se define a sí mismo como animal racional – dotado de capacidad para el razonamiento – pero hoy se nos dice que el razonamiento es irrelevante, lo único que importa es el sentimiento. Pretenden convencernos de que la realidad hay que ignorarla y son los sentimientos lo que define quién eres.

Y si hay alguien que esté dispuesto a poner en cuestión esta aberración ideológica debe ser considerado un retrógrada con ínfulas totalitarias y se le debe prohibir la libertad de expresión – que solo existe para los que están dispuestos a expresar opiniones acordes con el pensamiento único.

Una vez más el diccionario de la Real Academia de la Lengua viene en mi auxilio: “Posverdad: Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Pues eso: si alguien se siente eternamente joven, de sexo líquido, caimanés, y equino, ¿quién son los demás para cuestionarlo? Nadie, no somos nada ni nadie.

Pero aunque te sientas eternamente joven el tiempo sigue avanzando; aunque te sientas únicamente catalán, vasco o madrileño, la historia, la legalidad y tu pasaporte es el que es; aunque te sientas hombre, mujer, caballo, perro, blanco o negro, tu genética no se altera por tus sentimientos.

Nadie te puede decir cómo te debes sentir. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Pero la realidad es tozuda, el ser humano es racional, aunque tantas veces demuestre que es irrazonable y la posverdad es una distorsión con el fin de manipular.

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La educación especial en la nueva ley de educación en España

Es importante considerar la situación actual de la educación especial en España a la luz de la recién aprobada Ley de Educación, no solo para los niños con algún tipo de discapacidad o sus padres y sus familias, sino para toda la sociedad, porque la educación afecta a la sociedad en su conjunto.

La recién aprobada Ley de Educación en España pretende, de forma lenta pero segura – en un plazo máximo de diez años – colocar a TODOS los estudiantes con necesidades especiales en escuelas de integración, en las mismas aulas en las que están los estudiantes sin discapacidad intelectual.

Esta ley está escrita siguiendo las premisas de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, convención que la propia Unión Europea ha firmado y ratificado, por lo que lo que estamos viendo ahora en España pronto se extenderá por toda Europa.

Como ejemplo, la Organización No Gubernamental “Inclusion Europe” (bajo cuyo paraguas trabaja la organización española Plena Inclusión), ha presentado una propuesta en la Comisión Europea que incluye:

«Garantizar el acceso a la educación general y prohibir la educación segregada (es decir, la educación en diferentes entornos; la educación en la escuela ordinaria pero en un aula diferente al del conjunto de compañeros; la educación en el mismo aula que el resto pero sin apoyo) proporcionando los medios necesarios a los estudiantes (apoyo adecuado) y la formación de los profesores»

(subrayado y cursiva míos)

Y esta organización no gubernamental está trabajando en una campaña para el año 2022 llamada: “acabar con la segregación”.

Por otro lado, el 23 de marzo de 2021, en la reunión de la Comisión de Peticiones de la Unión Europea se discutirán cinco peticiones que plantean la cuestión de los derechos y libertades de la familia en el ámbito de la educación y sobre el derecho a la educación de los estudiantes con discapacidad en los centros especializados de España.

Parece que la batalla ha comenzado.

La idea que aparece en la nueva ley de educación en España, y entiendo que también la idea detrás de la campaña de “Inclusión Europa” tiene como objetivo cumplir al pie de la letra el artículo 24 de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD):

“1. Los Estados firmantes reconocen el derecho de las personas con discapacidad a la educación (…)”

Entiendo que todos estamos de acuerdo con eso.

“(…) Con miras a la realización de este derecho, sin discriminación sobre la base de la igualdad de oportunidades, los Estados firmantes garantizarán un sistema educativo inclusivo en todos los niveles y un aprendizaje permanente (…).

Y aquí es donde se introduce el sesgo.

Asume que la igualdad de oportunidades solo puede lograrse mediante la educación inclusiva – entendiéndose por esta exclusivamente la educación en la que se integran alumnos con y sin discapacidad (lo cual es ya de por sí un reduccionismo sesgado).

Creo que sólo desde un desconocimiento TOTAL o terriblemente parcial de cómo se enseña en un aula, cómo se logra realmente el aprendizaje y qué implica la escolarización, tanto para los estudiantes sin discapacidad como para los estudiantes con discapacidad, pueden pensar que la educación inclusiva garantiza que no se limite la igualdad de oportunidades para todos.

La igualdad de oportunidades solo puede lograrse dando a cada estudiante el tipo de educación acorde a sus capacidades y habilidades.

En el mencionado artículo de la convención de la ONU se considera que la educación inclusiva es la única posibilidad para alcanzar los objetivos propuestos, que son:

«a. El pleno desarrollo del potencial humano y el sentido de la dignidad y la autoestima, y ​​el fortalecimiento del respeto por los derechos humanos, las libertades fundamentales y la diversidad humana;

B. El desarrollo de las personas con discapacidad de su personalidad, talentos y creatividad, así como de sus capacidades mentales y físicas hasta su máximo potencial;

C. Permitir que las personas con discapacidad participen de manera efectiva en una sociedad libre”.

Este artículo refleja varias incongruencias que están en la raíz del problema que hoy estamos tratando.

Hace referencia a las libertades fundamentales y la diversidad humana, pero niega la libertad de elegir qué tipo de educación consideran los padres adecuada y mejor para sus hijos.

En la base de toda la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad radica la idea de que los estados son los únicos con el derecho y con la respuesta a las necesidades de las personas con discapacidad, sin considerar a la persona misma ni a su tutor legal, generalmente sus padres, ni sus necesidades y deseos.

El estado, ya sea cada estado individual o la suma de ellos reunidos en las Naciones Unidas, se considera con el derecho de decidir por los individuos, sin permitirles opciones.

Desde esa perspectiva anulan al individuo. Tanto al sujeto en sí como sus necesidades individuales.

Es una absoluta contradicción hablar de una “sociedad libre”, en el mismo articulado donde se prohíbe la elección entre diferentes tipos de educación y se priva a los padres del derecho a elegir.

En cierta ocasión pedí una definición accesible para un lego, como soy yo, de qué es el derecho y me dieron dos definiciones:

1) Asegurar que cada cual acceda a lo que le pertenece y por tanto le corresponde de suyo.

2) Tratar por igual a quienes comparten las mismas necesidades, pero de manera diferente a quienes tienen necesidades diferentes.

La pregunta es «¿cómo se satisfacen mejor las necesidades educativas del niño con discapacidad?».

Para responder a esta pregunta debemos considerar no solo sus necesidades de aprendizaje, sino también sus necesidades sociales, de autoestima, de juego y muchas otras necesidades.

Y debemos considerarlo no desde una perspectiva meramente teórica sino basándonos en hechos reales, del día a día, de lo que está sucediendo hoy tanto en las escuelas consideradas de integración como en las escuelas de educación especial.

Debe considerarse cada individuo y cada colegio.

Solo a través del estudio y el conocimiento de lo que realmente está sucediendo en ambos sistemas escolares, la educación ordinaria y la educación especial, podremos encontrar respuestas a lo que verdaderamente necesitan las personas con discapacidad, más aún: exactamente qué necesita este estudiante, qué escuela puede satisfacer sus necesidades y cómo los deseos de sus padres concuerdan con estos datos.

Estoy convencido de que para los docentes que están día a día en el aula no existe una confrontación entre la educación inclusiva y la educación para estudiantes con necesidades especiales. Los profesionales que trabajan en cualquiera de los sistemas educativos son plenamente conscientes de las necesidades de sus alumnos y, salvo raras excepciones, en su mayor parte comprenden la necesidad de ambos tipos de enfoques, porque no puede haber una única respuesta para una situación tan compleja.

En mis 28 años de práctica de psicología con niños con discapacidad, he tenido el privilegio de trabajar tanto con niños que asisten a los llamados colegios de educación ordinaria como con niños que asisten a escuelas de educación especial.

He tenido el privilegio de ver el éxito en ambos entornos, y he tenido la decepción de ver el fracaso también en ambos entornos.

Durante todo un año escolar fui el psicólogo en una escuela de educación especial. En esa escuela los niños tenían muy poco tiempo para aprender a leer, a escribir o aprender matemáticas, o para dominar cualquiera de estas habilidades si ya habían comenzado a desarrollarlas porque semanalmente tenían lecciones de equitación, natación, golf y excursiones varias.

Cada vez que insistía en esa escuela que tenían los estudiantes necesitaban más tiempo para aprender a leer y escribir y aprender matemáticas, y necesitaban aprender historia y geografía y muchas otras cosas, la respuesta que obtuve sistemáticamente fue: “Nacho, relájate, solo necesitan ser felices”.

Con lo cual estoy totalmente de acuerdo, deberían ser felices, pero por alguna extraña razón constantemente me encuentro con personas que a pesar de que leen, escriben y manejan las matemáticas y tienen una cultura amplia, logran ser felices.

En mi experiencia, cuanto más se acerca alguien a su potencial intelectual y cuanto más logra desarrollar sus habilidades intelectuales, más formas tienen de disfrutar la vida y mejor ha cumplido la escuela su propósito.

He visto fracasos en las escuelas de educación especial cuando los niños con algún tipo de discapacidad no logran alcanzar su potencial intelectual solo porque algunos pensaban que la cultura y el conocimiento son accesorios e innecesarios para ellos.

Las bajas expectativas dan bajos resultados.

Pero también he visto fracasos en la educación ordinaria, en algunos casos porque las expectativas que tenían los profesores eran igualmente bajas, otras porque no tenían el personal docente adecuado, o carecían de las herramientas o el tiempo de enseñanza necesario, y en muchos casos porque carecían de la voluntad docente para alcanzar el potencial de los estudiantes con discapacidad.

Han sido demasiadas las ocasiones en que un docente de un colegio de enseñanza ordinaria me ha dicho sin sonrojarse “tengo a 21 alumnos, y al niño con discapacidad”, como si el alumno con discapacidad no fuera uno de sus alumnos.

Es frecuente que los estudiantes con discapacidad sufran la sensación de extravío al compararse con el resto de sus compañeros.

Además la cuestión es: ¿está teniendo éxito la escuela ordinaria con TODOS los estudiantes sin discapacidad?

De ninguna manera. Si medimos el fracaso por el número de alumnos que abandonan prematuramente la escuela, podemos decir que en 2019 el 10,2% de los europeos de entre 18 y 24 años había abandonado el colegio antes de completar la educación secundaria. Si solo miramos a la población española, lamento mucho decir que tiene la tasa de abandono escolar más alta de toda la Unión Europea: un 17,3%.

Si la educación ordinaria es incapaz de tener éxito con el conjunto de los alumnos sin discapacidad, ¿tiene sentido esperar éxito cuando introduzcamos a TODOS los estudiantes con discapacidad, sin considerar el tipo de discapacidad, el diagnóstico y sus necesidades en esos colegios?

Creo que esa idea es ingenua o malvada. O tiene como objetivo cumplir con una agenda oculta. La agenda de una ideología cuyo objetivo es ignorar y aniquilar cualquier tipo de diferencia individual.

Hace unos años una madre (mis mayores maestras siempre han sido madres) me decía: “Odio los procedimientos médicos que se aferran a un protocolo. Cuando el único criterio es un protocolo, ignoras la individualidad del paciente”.

¿Y acaso no es eso lo que se nos propone? No solo “siga el protocolo”, sino que “siga el único protocolo”.

No ha habido ni habrá en toda la historia dos seres humanos iguales. Todos somos diferentes y pretender tratar a todos como si fueran iguales es negar la naturaleza humana.

Todos tenemos los mismos derechos y los mismos deberes, y entre ellos el derecho a la educación es un derecho inalienable, pero para alcanzarlo debemos asegurarnos de que se tengan en cuenta las necesidades individuales.

Jonhn Taylor Gatto, quien fue nombrado Profesor del Año de la Ciudad de Nueva York en los años 1989, 1990 y 1991 y Profesor del Año del Estado de Nueva York en 1991, propuso que así como la democracia había logrado la separación del estado y la religión, era necesario lograr la separación entre estado y la educación. El señor Gatto falleció en 2018 sin ver cumplido tal objetivo y creo que los nietos de mis bisnietos tampoco lo verán porque la educación es el arma más poderosa que tiene cualquier estado para el control de sus ciudadanos y es impensable que los políticos estén dispuestos a apartar sus (________) manos de semejante herramienta de poder, de la posibilidad de tener control sobre el presente y el futuro quienes consideran sus súbditos. Es por ello que debemos asegurarnos de que NOSOTROS, EL PUEBLO, especialmente NOSOTROS LOS PADRES, ejercemos nuestros derechos y no dejemos que los políticos nos quiten el futuro de nuestros hijos.

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Padre Nuestro

Padre.

Padre Nuestro.

Padre mío.

Mi Padre. Creador mío, Quien me ha dado la vida,

Y vida en abundancia (Jn. 10, 10)

Quien me dio la vida y lucha por que alcance también la Vida eterna.

Que estás en el cielo.

Que estás ante mí, sacramentado.

Santificado sea tu nombre.

Que en mi vida santifique tu nombre.

Que el amor en mis actos santifique tu nombre.

Que sea como el incienso que se eleva hasta el cielo.

Venga a nosotros tu Reino.

Tu Reino está entre nosotros (Lc. 17, 21)

Ahora es nuestra tarea acogerlo.

Vivir como miembros de tu Reino.

Ser esclavo de tu Reino

Haciendo tu voluntad.

Tu Voluntad en tu Reino en la tierra,

Como la hacen tus ángeles en el Cielo.

Danos hoy nuestro Pan de cada día.

Nos das tu Pan. Nos das tu Cuerpo.

Pero no solo de Pan vive el hombre,

Sino de toda palabra que procede de tu boca (Mt. 4, 4).

Cada día nos das tu Cuerpo y nos das tu Palabra. Nos das a tu Hijo.

Cada día, una Misa. Tu Cuerpo y tu Palabra.

Y cada día nuestras ofensas.

Y cada día tu perdón.

Me perdonas cada día, no 7 veces, sino 70 veces 7.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos.

Tanto perdono, tanto seré perdonado.

Así nos lo has enseñado.

Aquel a quien menos se le perdona, menos ama (Lc. 7, 47)

Cuanto más amo, más perdono.

Cuanto más perdono, más me será perdonado.

No me dejes caer en la tentación.

¡Sácame del abismo de la tentación!

La tentación de no amarte.

La tentación de vivir para mí.

No me dejes caer en la tentación de no permitirte impedirme caer en ella.

Y líbranos del mal.

¡Líbranos del mal!

Tu pasión, tu muerte y tu resurrección nos liberó del mal.

Por tu Santa Cruz liberaste al mundo.

Danos hoy nuestra Cruz de cada día,

Niégueme a mí mismo y te siga.

Tu Cruz nos libera del mal.

Hágase en mí según tu Palabra,

Venga a nosotros tu Cruz

Y líbrenos del mal, amén.

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Celebrar la Navidad

El próximo jueves es Noche Buena y el viernes, Navidad.

La mayor parte de nosotros vamos a celebrarlo de una manera muy distinta a la que estamos acostumbrados. Vamos a ser menos personas reunidas, quizá incluso celebraremos la Navidad solo con nuestra familia inmediata, ni abuelos, ni hermanos, ni cuñados, ni sobrinos ni nadie más que los de casa.

Lógicamente esto está generando una cierta tristeza, la sensación de que este año “no celebraremos la Navidad”; “ya lo celebraremos cuando podamos”.

¿Te imaginas celebrar tu cumpleaños a los siete meses de la fecha de tu nacimiento?, es ridículo.

El día 24 de diciembre es Noche Buena y el 25 Navidad. Ni se puede retrasar ni se puede cancelar. Esto no es una cena de amigos o una reunión de antiguos alumnos.

Podemos sumarnos a la tristeza generalizada, a esta sensación de que “este año, lo mejor es olvidarlo, ya el año siguiente lo celebraremos como Dios manda. Al fin y al cabo, ya están las vacunas”.

Es cierto que la Navidad para muchas personas tiene un cierto carácter melancólico, les lleva a pensar en aquellos que ya están en el cielo; en las Navidades pasadas; recuerdan cuando eran niños y todo era ilusión, y ahora que son ellos quienes deben traerla a los demás, sienten que les faltan motivos.

Pues bien, yo hago una enmienda a la totalidad de esta actitud quejicosa, apesadumbrada y resignada.

Yo estoy decidido a pasar LA MEJOR NAVIDAD DE TODA MI VIDA.

¡¡ LA MEJOR !!

Precisamente porque eso es lo que Dios manda.

Dios manda a Su Hijo, nos envía a un salvador. ¿Un salvador de qué?

Pues precisamente de esta actitud, un salvador de pensar que esto no merece la pena. Parece que o nos llenamos la panza de langostinos, de pavo, de turrón y de alcohol, y la mente de chistes y bromas del año (este año, efectivamente, tenemos menos de lo que reírnos) y de discusiones, habladurías y críticas con la familia política o parece que realmente no estamos celebrando nada.

Parece que o lo celebramos como si no hubiera mañana, o no tenemos nada que celebrar.

Pero precisamente Jesús nace para decirnos que ¡¡sí hay un mañana!!, que esta vida NO tiene un final, sino que tiene una maravillosa eternidad y que estaremos a Su lado.

Él nace la madrugada del 25 para decirnos: el pasado, tú pasado, por terrible que haya sido, por mal que lo hayas pasado o por mal que se lo hayas hecho pasar a los demás no determina tu vida. Tu vida depende de que encuentres el amor (que es Él), lo acojas en tú corazón y se lo trasmitas a los demás.

Aunque este año ha sido terrible, incluso aunque ha fallecido alguien tan querido de la familia, esta Navidad tenemos mucho que celebrar: los que han fallecido se han encontrado con la misericordia de Dios, los que les echamos de menos sabemos que hemos sido bendecidos por Su amor, y a TODOS, a pesar de NO ser dignos, Dios nos envía UN SALVADOR.

Esta Navidad tan rara nos obliga a pensar qué vamos a celebrar.

Para los que viven la Navidad como una mera tradición social, como una reunión familiar pero sin ningún sentido sobrenatural, puede que esta Navidad sea algo absurdo y les de igual reunirse el 24 de diciembre o el 8 de marzo.

Pero para los que hemos recibido y hemos acogido el mensaje del ángel esta Navidad tenemos TODO que celebrar.

Él ángel se presentó a María, a José y a los pastores, y a los tres les dio el mismo mensaje: “NO temas”, el que nace del vientre de María es el Hijo de Dios y viene salvar a todos, a cada uno de nosotros.

¡¡NO temas!! En Navidad te nace un salvador.

La Navidad es un hecho tan maravilloso y tan asombroso que es imposible vivirlo y estar triste. Estoy convencido de que la melancolía y la tristeza que algunas personas sienten son argucias y estratagemas del demonio que quiere impedir que vivamos la Navidad con la felicidad que Dios desea para nosotros. La cuestión será decidir si nos dejamos engañar por el príncipe de la mentira o escuchamos a quien es la Verdad y la Vida y celebrar con Él su nacimiento.

Feliz Navidad. Feliz y Santa Navidad. Celébralo por todo lo alto, celébralo como Dios manda.

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