Dios no existe

Un día de agosto (2016) escuchaba por la radio una entrevista a José Luis Cuerda, director de cine español que ha dirigido películas tan irreverentes y tan divertidas como “amanece, que no es poco” y “así en el cielo como en la tierra”. Vi ambas películas cuando era joven y también irreverente. Entonces me gustaron.

Me gustan las entrevistas y las biografías. Son una forma sencilla de acercarse a quién es una persona, y como la naturaleza humana es inabarcable al conocimiento, poquito a poquito, leyendo y oyendo a cerca de seres humanos individuales, es posible ir acercándose a saber algo de quienes somos.

Decía cosas interesantes, quizás sobrecargadas, pero esperables en el personaje. Sin embargo en un momento dado cayó en una simpleza mayúscula. Me sorprendió. Dijo algo así como que le sorprende que haya quien crea en un Dios todopoderoso y que acepten que muera un niño de dos años. “Si existiera Dios, todopoderoso y todo bondad no hubiera permitido eso, porque salvarle hubiera sido bueno para el niño, para sus padres y para la humanidad en general”. Así que para José Luis Cuerda la existencia de tragedias y desgracias personales es el criterio suficiente para determinar la no existencia de Dios.

Como no pude escuchar la entrevista completa, desconozco si el niño en cuestión era su hermano, su hijo, o un caso hipotético. De ser lo primero entiendo entonces de dónde parte. Como decía John Powell, “el dolor es el mayor enemigo del amor”, el dolor te obliga a mantener la atención en ti mismo, por lo que todo y todos los de a tu alrededor dejan de tener importancia.

En mi caso, cuando murió mi hermano mi madre se ocupó de enseñarnos que “A Dios no hay dios que le entienda”. Con eso nos bastó.

Aunque hablara de un caso hipotético, le comprendo perfectamente ya que utilicé ese mismo criterio para llegar a la misma conclusión durante años. Luego descubrí que no era nada original. Muchos adolescentes a los que di catequesis de confirmación usaban el mismo criterio.

Años más tarde un estudioso del tema me explicó que efectivamente Dios NO existe. Al parecer es algo conocido por cualquier teólogo. Solo existe lo creado, por tanto Dios no existe, Dios es (Éxodo 3:14).

Así que para hablar con un mínimo de coherencia no debemos hablar de la existencia o no de Dios, sino de la esencia de Dios, si es o no es. Esa es la cuestión.

Volviendo a la opinión de José Luis Cuerda, como ejemplo de la opinión de tantos, salvando las distancias y como simple comparación, creo que es algo así como la opinión que pudiera tener mi perro sobre mi conducta. Mi perro, si pudiera tener una opinión sobre mí, sería en base a su criterio perruno y por tanto llegaría a una conclusión canina, pero no estoy seguro de que fuera acertada.

José Luis Cuerda llega a una conclusión humana a través de un criterio humano, así que no creo yo que esté en lo cierto – más allá de insistir en que efectivamente Dios NO existe, Dios es.

Su idea – como piensan tantos – es: si Dios existiera se comportaría como un humano. Más aún, si Dios fuera todopoderoso, opinan muchos, actuaría como YO pienso. Ahora bien, si a esos muchos les preguntas: ¿y tú actúas como Dios quiere? – por dejar el tema en lo más básico, pensemos en los mandamientos – entonces pensarían que hacerlo sería signo de un sometimiento absolutamente injustificable en el hombre, al menos en ellos.

Curioso.

Pero ya sabemos lo que Dios opina de eso, de los que con criterios humanos piden a Dios (quizás incluso exigen) que se comporte como lo haríamos cualquiera de nosotros (Mateo 16, 23). A San Pedro por hacerlo le llamó Satanás.

La idea de que un ser humano puede determinar que Dios no es (no existe) da cuenta del orgullo tan grande que somos capaces de alcanzar: yo, que soy humano, determino que tú, que eres Dios, no existes.

¡Y nos quedamos tan anchos!

A mi me cuesta comprender casi todo. No entiendo por qué hay playas en las que no notamos las mareas y otras en las que son tan diferenciadas. Tampoco entiendo cómo podemos ver la luz de una estrella que se apagó hace cientos de años. Realmente apenas entiendo algo que tenga un mínimo de dificultad, así que con respecto al tema en cuestión me tengo con conformar con decir que reconozco que no acierto a entender el misterio de Dios.

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Educar en valores

Agosto de 1978. Aeropuerto de Madrid – Barajas. Unos padres acompañaban a su hijo de 16 años hasta el avión (entonces eso era posible). Iba a cursar 3º de B.U.P. (hoy conocido como 1º de Bachillerato en España / 2º de Preparatoria en México). No era la primera vez que se iba de casa, de hecho dejó su hogar hacía muchos años, llevaba viviendo en un colegio interno desde 7º de E.G.B., esa fue la decisión que tomó él solo después de pasar un allí un verano por “buen” estudiante. Además de la maleta el padre entregó a su hijo un mensaje:

“Nunca olvides que eres Calderón, que eres católico y que eres español”.

Siempre me ha impresionado como pudo mi padre, con tan solo tres palabras, trasmitir todo un ideario de vida, todo un modelo, que sin duda era reflejo de cómo mi padre vivió cada día. Esa frase no hubiera significado nada sin su ejemplo diario, pero junto a él explicitaba perfectamente todo lo que esperaba de cada uno de nosotros.

Hoy me pregunto si sería capaz de trasmitir a mis hijos en una sola frase, con solo tres palabras, la esencia de cómo vivir y cómo ser.

Hoy les diría: “Nunca dejes de servir, de entregarte, de respetarte y de luchar por ser libre”.

Quizás sea una excusa, pero creo que la heterogeneidad que caracteriza a la sociedad actual dificulta muchísimo poder explicar a mis hijos aquello a lo que aspiro cada día con tan solo tres o cuatro palabras. No puedo limitarme a tres palabras. Las cuatro ideas que me gustaría trasmitir a mis hijos son:

  • Vive una vida de servicio. Nunca dejes de servir. A todos. En primer lugar a Dios, y para servirle a Él sirve muy especialmente a tu cónyuge y a tus hijos (si alguna vez los tienes), pero sirve también a todo aquel que se acerque a ti (aunque viva a miles de quilómetros).
  • Vive de manera entregada. Nunca dejes de entregarte. A todos. En primer lugar a Dios, y para entregarte a Él entrégate de manera total a tu cónyuge y a tus hijos (si alguna vez los tienes), pero entrégate también a todos los demás. Y entrégate en todo lo que hagas, en tu trabajo, en tu familia, en tu diversión, en tu día a día. ¡Hasta al dormir debes procurar entregarte!.

Por no dejar cabos sueltos diré que aunque entregarse y servir pudieran ser considerados por algunas personas como sinónimos creo que no siempre podemos servir, pero sí entregarnos. Hay ocasiones en que ese es nuestro mejor y quizás único servicio. Entregarnos para que los demás puedan servir. Puede llegar incluso el momento en que nuestra entrega no sea voluntaria, pero aun así podremos ser el vehículo que permitirá que los demás cumplan con su labor de servidores.

  • Vive con respeto. En primer lugar a ti mismo. Procura siempre actuar de acuerdo a tus creencias y a tus valores. Si no lo haces no solo te será difícil a ti respetarte, también lo será para los demás.

Y no pienses nunca eso de “¿sabe usted con quién está hablando?”. Eso solo lo puede pensar quien cree que hay personas más dignas que otras. Si te crees más digno que cualquier otro, tendrás que admitir que habría quien pudiera ser más digno que tú. Todos somos igual de dignos. TODOS. Todos somos hijos de Dios. Todos hijos de María. No hay mayor dignidad posible.

  • Vive siempre luchando por tu libertad. ¡Nunca olvides la libertad!. Eso significa que debes mantener una lucha constante contra todo aquello que la limite. A veces tendrás deseos que serán tu mayor enemigo. Muchas veces desearás aquello que te esclavizaría. Recuerda que solo el que es capaz decir ¡NO!, puede mantener su libertad.

Rechaza el pensamiento único, eso que se llama lo “políticamente correcto”, una de las formas más extendidas hoy de esclavitud. Esa expresión esconde la imposición de la mentira en la sociedad. Tú se siempre crítico, en primer lugar contigo mismo, con tus actos y tus omisiones, y después con los demás, pero intenta ser siempre tan indulgente con los demás como lo debes ser contigo.

Pero recuerda siempre que la libertad es el anverso de la responsabilidad. Si no asumes tus responsabilades, si huyes de ellas, no aspires nunca a ser libre.

Considerando las cuatro ideas que me gustaría que vivieran mis hijos – servicio, entrega, respeto y libertad – me hago plenamente consciente que eran cuatro de las características esenciales de mi padre. Es lo que caracterizaba a los Calderón (al menos los de la generación de mi padre).

Pero curiosamente servicio, entrega, respeto y libertad también son palabras que también caracterizan lo que mi padre sabía que significa ser católico y ser español. Eso es lo que realmente nos enseñó mi padre – coherencia de vida. Él siempre fue servicial, siempre se entregó – hasta el último instante -, siempre tuvo un gran respeto por sí mismo y por los demás y siempre luchó por la libertad, porque para él era todo lo mismo: era Calderón, era católico y era español.

Educar en valores a nuestros hijos es, en esencia, vivir de tal manera que cuando consideren una virtud piensen de inmediato en nosotros, sus padres, por haber sido los modelos que se la enseñaron, porque nos vieron vivirla cada día. Lo demás, las charlas, las discusiones, los premios y los castigos, tendrán un peso bastante limitado, la mayoría de las veces insignificante. Lo que realmente importa, lo que de verdad cuenta, es que ven cómo vivimos. Les educamos con nuestra vida.

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¡No serás del Opus!

Pocas cosas hay en la vida que estén más sujetas a la opinión gratuita y sin pedirla de los demás que el número de hijos que tiene un matrimonio.

Hace poco me comentaban unos amigos que no han tenido hijos que están convencidos que después de preguntar “¿cómo te llamas?”, la pregunta más frecuente es “¿cuántos hijos tienes?”. Si la respuesta es, como en su caso “no tenemos hijos”, comienza todo un elenco de preguntas, comentarios y opiniones, siempre impertinentes, que dificultan muchísimo poder establecer una relación que merezca la pena con quien pregunta.

Si un matrimonio tiene un hijo, no falta quien pasado un tiempo pregunte la estupidez de “¿No vais a por la parejita?”. Como si los hijos fueran periquitos o guardias civiles.

Cuando tienes dos hijos parece que el común se queda tranquilo. Has cumplido con lo social (y estúpidamente) aceptable y nadie te cuestiona del porqué no tienes más o por qué no te quedaste con uno. Es una elección tan buena como otra cualquiera que además tiene la ventaja de librarse de cuestionarios desagradables por parte del vecindario.

Cuando le conté a un vecino que mi esposa y yo estábamos esperando nuestro tercer hijo me preguntó:

“¿Ya pararéis, no?”.

Obviamente no me conocía lo suficiente como para intuir cual podría ser mi reacción.

Mi respuesta fue tajante:

“El número de hijos que vamos a tener es la decisión más íntima que puedo tomar con mi mujer y obviamente no pensaba comentarla contigo”.

¡Zas!, en toda la boca.

Se quedó perplejo, quizás incluso molesto. Bueno. Confío en que no volviera a soltar una impertinencia como esa a nadie más.

Años más tarde, haciendo la compra en Carrefour mi mujer chocó accidentalmente su carrito con el de otra señora que se sintió sorprendida al verla con tres niños tan pequeños y tan seguidos (tenían tres, cuatro y cinco años).

“¡Tienes tres!” – le dijo – “¡y tan seguidos!”.

A lo que mi mujer le puntualizó contenta: “¡Y estoy esperando el cuarto!”.

“¡¿Cuatro?!, ¡¿no serás del Opus?!”, dijo sin rubor.

Afortunadamente yo no estaba allí para responderla.

Estos son solo un par de ejemplos de las muchas impertinencias que tenemos que soportar aquellos matrimonios que, en ejercicio de nuestra libertad, decidimos tener más de dos hijos.

La pregunta “¿no serás del Opus?”, denota una absoluta falta de cultura religiosa (y por supuesto una absoluta falta de educación). Podría haber preguntado: ¿No estarás en el Camino Neocatecumenal, o no pertenecerás a los Focolares, a la Acción Católica, a los Matrimonios de Nuestra Señora, al Instituto Seglar Notre Dame de Vie, a Comunión y Liberación, a los Heraldos del Evangelio, o no serás adoradora nocturna o  Misionera Laica de la Caridad?”.

Pido disculpas a los cientos de movimientos y carismas que enriquecen la Iglesia hoy en día por no haberles citado, pero la memoria no me da para más.

En Estados Unidos, como el porcentaje de católicos es pequeño y tampoco andan muy sobrados de cultura (y menos religiosa) resumen su visión de una manera mucho más simple. Aquellos que tenemos más de tres hijos se nos denomina “buenos católicos”. La estupidez es sublime. Como si no tener hijos o tener tres o menos implicara una falta de calidad en la fe o viceversa. Insisto, una simplicidad.

Pero analicemos esta visión tan simplista que muchas personas tienen de vivir con fe.

Así que si tengo tres, cuatro o más hijos, debe ser porque “el Papa dice que no podéis usar condón”. ¡Toma nísperos!. Ahora resulta que tenemos al Papa metido en la cama.

Bien. En aras de la discusión admitamos que es cierto. Admitamos que, en un acto de libertad – no de sumisión, mi mujer y yo decidimos no utilizar métodos anticonceptivos artificiales – decidimos que ella no alterara sus niveles naturales de hormonas tomando una píldora, ni poner un plástico que separara nuestra piel, ni meterle un dispositivo en su vagina (DIU), ni alterar funciones fisiológicamente perfectamente funcionales y sanas a través de una ligadura de trompas o una vasectomía – porque de esa manera vivimos de una manera coherente nuestra fe en Dios como principio y fin de nuestras vidas y de nuestro matrimonio.

¿Cuál es la opción contraria?. ¡Ah! La opción es que si no hubiéramos tenido esa fe en Dios o no hubiéramos entendido esa opción como el medio pertinente para vivir nuestra fe,  hubiéramos utilizado algún método de los antes mencionados para tener menos hijos. ¿Cuántos menos?. De nuevo, por mantener simple la discusión digamos que uno menos.

En concreto significa que si no hubiéramos vivido nuestra fe en Dios como lo hacemos mi hija Teresa nunca hubiera nacido.

¡Ah … !.

Confieso que solo de pensarlo me provoca un profundo vacío y se me ponen los pelos como escarpias.

¿Y cuál es la ganancia?.

¿Cuál hubiera sido la ventaja de que mi hija Teresa no hubiera nacido?.

A bote pronto, me imagino – sin conocer datos concretos – pero supongo que entre 6.000 y 12.000 euros al año.

¿Y eso hubiera merecido la pena?. Les aseguro que ni eso, ni esa cifra multiplicada por infinito hubiera hecho que mi vida fuera mejor sin mi hija Teresa.

¿Existe otra posible ventaja? ¿Hubiéramos tenido más tiempo para nosotros?. Pues seguro, pero ¿y qué?. Ni un solo minuto, ni una vida entera al completo hubiera satisfecho la alegría de ser el padre de Teresa.

Siempre he pensado que si no hubiera tenido cuatro hijos o incluso si no me hubiera casado hubiera sido mucho más prolífico escribiendo, hubiera aprendido mucha más neuropsicología y hubiera sido más útil a mis pacientes. Estoy seguro de que también hubiera dedicado mucho más tiempo a estar tumbado perdiendo el tiempo, a ver la TV y quizás incluso hubiera llegado a practicar algún deporte (lo dudo). Pero ¿y qué?, ¿acaso cualquiera de esos bienes, que sin duda lo son, son comparables con uno solo de mis hijos o con mi matrimonio?.

Si fuera cierto que tenemos cuatro hijos por cómo vivimos nuestra fe, entonces puedo decir ¡bendita fe!. Aunque al morir me diera cuenta que Dios no existe, y que todo aquello en lo que he creído fuera una simple quimera, la fe ya me habría dado mucho más de lo que cualquier otra cosa en la vida hubiera podido ofrecerme: me hubiera dado mi cuarta hija, y quién sabe si también la tercera.

Podría concluir este artículo confrontando mi forma de vivir con la alternativa que propone la sociedad. Podría juzgar cómo se vive sin fe, o sin permitir que la fe empape cada una de las decisiones de nuestra vida. Podría decir:

“¿Cuál es la alternativa?

¿Que en lugar de la fe sea mi situación profesional / laboral la que determine cuándo comenzar a tener hijos y cuántos hijos tener?, ¿Tener dos o cómo máximo tres hijos y a partir de ahí permitir que la química o la mecánica interfiera en mi vida conyugal / sexual / familiar, en definitiva – en mi VIDA?

Era una opción, pero entonces mi vida hubiera sido mucho más pobre y mucho peor aprovechada.”

Si escribiera eso y peor aún, si lo pensara, hubiera caído en aquello que critico: hubiera juzgado cómo vive cada cual su vida y me hubiera entrometido en la intimidad de los demás.

Sí, que nadie dude que vivir la fe católica del modo en que la vivimos ha permitido que tengamos cuatro hijos y disfrutemos de una vida enormemente rica y magníficamente bien aprovechada. Y si cada uno de mis hijos, desde el primero hasta el último, no hubiera sido suficiente regalo tengo el mayor de todos, la mayor de mis riquezas: tengo la fe en Dios y tengo la conciencia de Su amor.

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Calidad de vida (II)

“Estudia para llegar a ser un hombre de provecho”. Esa era la consigna. La única consigna que se daba a los (varones) jóvenes sobre cómo ser, cómo comportarse y cómo vivir. En algunos casos se especificaba más: “para mantener a tu familia”.

Al menos tres generaciones de hombres crecimos con esa consigna. No había otra. Era la única.

¿Es mala? No, mala, per se, no es. Pero me pregunto qué hubiera pasado si no nos lo hubieran dicho (y repetido) hasta convertirlo en un elemento imborrable del inconsciente colectivo. ¿Acaso si no nos lo llegan a decir nos hubiéramos quedado tirados en el sofá, esperando que cayera el dinero del cielo? o ¿acaso hubiéramos pensado que el dinero de nuestro salario era solo para nuestros caprichos, no para el sustento de la familia?

Era una consigna absolutamente irrelevante. Parecía que se nos estaba diciendo algo vital, increíblemente importante y en realidad no era en absoluto necesario.

Más aún, la maldita consigna, por ser la única que recibimos, ha hecho un daño gravísimo a al menos tres generaciones (y por supuesto a las que les siguen).

Conozco decenas de padres que han cumplido perfectamente con ella, se han convertido en grandes hombres de provecho que mantienen magníficamente bien a su familia y, con eso, se dan por satisfechos. Son hombres que pueden ser un modelo de lo que un padre debe ser: “hombres de provecho que mantienen (económicamente) a sus familias”, pero no aportan absolutamente nada más. Son absolutos incompetentes afectivos, tanto para su esposa como para sus hijos. No les puedes pedir nada más allá de su aporte económico ya que se sentirían perdidos. Nadie les dijo todo lo que su cónyuge y sus hijos iban a necesitar. Nadie les dijo “Te necesitan a ti, no tu dinero”.

Lo que ellos aportan a la familia podría aportarlo cualquier otro hombre con su mismo salario.

Además, esa dichosa consigna es falsa. ¿Acaso un hombre que está sin trabajo y no puede aportar nada económicamente a su familia es un inútil, no merece la pena, es un fracasado?. Muchos hombres así lo sienten. Incluso hay muchos hombres que cuando su salario es inferior al de la mujer se sienten heridos, sienten que no están cumpliendo con el cometido se les había asignado.

¿Qué hubiera pasado si a esas tres o cuatro generaciones de hombres se nos hubiera dicho, con la misma insistencia y con el mismo aplomo: “lo más importante es que te entregues por completo y sin ningún resquicio a tu mujer y a tus hijos, vive para ellos”?. ¿Es que acaso no hubiéramos salido a buscar trabajo? Naturalmente que lo hubiéramos hecho, pero hubiéramos sabido que la familia está por encima del trabajo. Hubiéramos sabido que ganar un salario, bueno o malo, es muy importante, pero NO es condición suficiente para ser considerados buenos padres y cónyuges.

“Trabaja para no depender (económicamente) nunca de un hombre”. Esa era la consigna para ellas. ¡Qué horror!. Esa era (y es) la única consigna que durante generaciones se ha dado a cientos de miles de mujeres, que han sido lanzadas a la vida adulta con la mirada puesta tener una vida plena, pero siempre “económicamente independiente de los hombres”. Por si acaso.

Algo así como enamórate, cásate si quieres o simplemente cohabita, pero no dependas NUNCA de él. Deja siempre la puerta abierta.

¡Pues menuda perspectiva!.

Me asombra que con esa consigna la mitad de la población (la femenina) no haya decidido quedarse soltera y sin compromiso.

¿Por qué no se les dijo algo positivo?

Conozco decenas de madres que se sienten absolutamente engañadas por esa maldita consigna. Han luchado con todas sus fuerzas para ser económicamente independientes, pero como a los hombres se nos ha tranquilizado con la idea de que basta que seamos “hombres de provecho”, no ha habido forma de que nos impliquemos ni en casa ni en la familia, no todo cuánto debemos, y ellas han tenido que asumir el doble de carga. Siguen entregándose por completo y sin resquicios a los hijos. Del marido siguen esperando el máximo y ellas lo normal es que lo den, pero le miran con el rabillo del ojo. Es alguien prescindible. Y simultáneamente intentan dar el máximo de sí mismas en un trabajo que rara vez les reconoce del todo su valía y en el que, si se les ocurre ejercer su naturaleza, si se les ocurre ser madres, van a verse seriamente perjudicadas.

Muchas mujeres dan prioridad al éxito (o al menos al intento de éxito) laboral frente a la maternidad. El trabajo, se nos ha enseñado a todos, es más importante que la familia. Pero si con 52 años te dan la patada en el trabajo y te que quedas en la calle, ya no puedes reclamar: “¡Pospuse la maternidad hasta los 37 por esta empresa!, ¡Renuncié a tener más hijos por esta empresa!, ¿y ahora me tratáis así?”

“¡Ah! Haber pensado mejor tus prioridades. De todas formas, te llevas una buena indemnización”.

También conozco decenas de madres que han decidido desarrollarse plenamente como esposas y madres. En muchos casos es una elección libre, pero también conozco casos en los que ha sido una elección forzada por las circunstancias del mercado laboral. En cualquier caso el peor enemigo de estas mujeres son las demás mujeres.

El retroprogresismo feminista considera que una mujer que “solo” trabaja en casa, sin tener un trabajo remunerado, es una esquirol de la condición femenina y de la lucha contra el machismo opresor. Si además ha tomado esa decisión conscientemente será porque tiene el síndrome de Estocolmo.

Al final, si una mujer no tiene un trabajo remunerado va a sufrir el juicio y el desprecio por renunciar a “realizarse plenamente”. Y si una mujer además de trabajar en su casa (no conozco a ninguna madre que no trabaje en casa, frente a los cientos de padres que conozco que se conforman con “ser hombres de provecho”) tiene un trabajo remunerado, es muy fácil que sienta la presión de que no llega como quisiera a sus hijos y no alcanza el nivel exigido en su trabajo.

Al final, esas malditas consignas, han dado lugar a la sociedad actual. Una mierda de sociedad, en la que los hombres seguimos en la atalaya de la satisfacción por nuestro trabajo, sin haber sabido disfrutar de la maravilla que es entregarte, implicarte y dar el 100% a nuestras familias, y las mujeres sufren porque no llegan a ser todo lo que pueden ser, ni en la familia ni en un trabajo que les exige renunciar a ella.

Las consignas recibidas, las únicas que reconocemos miles de adultos de manera inequívoca, han creado una sociedad profundamente egoísta, donde lo importante es el trabajo, el éxito laboral y la auto-realización, y nunca nos han hablado de la satisfacción de entregarnos al 100% a los que más queremos.

Somos una generación en la que si no obtenemos una satisfacción personal tangible somos capaces de romper con todo, culpando a aquello (o aquellos) con lo que rompemos de nuestra situación y de la ruptura.

Ahora los abuelos se rasgan las vestiduras por la cantidad de divorcios que se producen (desde hace varios años al menos 1 de cada dos matrimonios acaba roto). “Los matrimonios de hoy en día no aguantan nada” dicen. ¿Qué esperaban? ¿Acaso nos hablaron del sacrificio (NO hablo de sufrimiento, hablo de sacrificio), de entrega, de lo divertidísimo que puede ser el matrimonio, siempre  los dos aportemos el máximo de nosotros mismos?.

P.D. Para comprobar que me repito y me repito y me repito, o si tienen interés por este tema, pueden leer el post del 13 de abril de 2015 titulado “educar con sentido”.

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Calidad de vida

Querida mamá,

¡Vaya sorpresa ¿eh?!, A ver si entiendes mi letra … después de tantos años acostumbrada al teclado, ya ni sé si voy a saber escribir a mano.

Bueno, estaba aquí sentada, por fin un rato sola y sin nada que hacer, y no sé por qué me he puesto a pensar en todo lo que me enseñaste y en lo muy agradecida que debo estar.

¿Sin nada que hacer?, sí, por increíble que te parezca. Juan tenía esta semana un “encierro”. Así le llaman cuando se van a todo el equipo directivo a un hotel a analizar el año y preparar el año siguiente. Siempre pienso que podrían encerrarse algo más cerca, pero bueno. Este año están en Marrakech. La verdad es que están de trabajo, pero les encanta. Siempre van a un hotel con campo de golf, así también pueden descansar.

El niño está con su padre el fin de semana y Alejandra está en el cumpleaños de un compañerito de su clase. Al dejarla he visto a algunas madres que llevaban a otros niños y ahora que por fin tengo un rato para mí y me he dado cuenta de cuánta razón tenías cuando crecía.

Al llegar al cumpleaños estaba la madre de María, una amiguita de Alejandra, y llevaba a otros 3 niños con ella. ¡La pobre!, si no debe tener ni 35 años ¡y ya tiene cuatro! ¡y la mayor solo tiene 8 años! ¡Qué horror!, va con todos de arriba abajo todo el día.

Me ha dado que pensar que esa hubiera podido ser mi vida si no hubiera contado con vosotros y vuestros sabios consejos. Me he acordado de papá diciéndole a Marcos: “Estudia para llegar a ser un hombre de provecho” y tú siempre aprovechabas la ocasión para apoyarme “y tú trabaja duro para no depender nunca de un hombre”.

Menos mal que os hice caso. No sé qué hubiera sido de mi si hubiera dependido alguna vez de Diego y no hubiera podido separarme. La verdad es que es un buen padre. Nunca le niega nada al niño, todo lo que le pido para él lo tiene de inmediato. Conmigo tampoco se portó mal, pero creo que nunca nos supimos entender. Siempre diciéndome que teníamos que tener familia pronto. ¡Qué fácil! ¡Como a él no le frenaban en su trabajo por tener hijos!. Y al final, ¿ves?, yo he tenido razón. Tuve a Alfonso con 37, a Alejandra con 42 y sigo teniendo mi puesto y mi proyecto. Ha habido tiempo para todo.

Y gracias a todo lo que yo he sacrificado y he luchado ahora los niños están fenomenal. Van a uno de los mejores colegios – es bilingüe, todos los años logran un 100% de aprobados en selectividad, y siempre está entre los 20 primeros colegios en la lista del periódico el Mundo. ¿Quién me va a decir que no he sabido educarles?. Incluso Alfonso, el pobre, que como coge todo, pues también ha cogido este famoso TDA, está yendo fenomenal. Toma su pastillita y con la profesora particular, que viene todos los días hora y media y el kárate que hace en el colegio, consigue aprobar todo y va fenomenal.

Ya sé lo que te habrán dicho los tíos, tus queridísimos hermanos, que si una separación, ¡una separación!, que si eso hace daño a los niños … ¡pues mira! Alfonso está encantado teniendo dos casas, el fin de semana que está con su padre también está con el niño de Lucía, su actual pareja y se llevan fenomenal. Tanto que Diego y Lucía han decidido que unificar los fines de semana que están a cargo de los niños para que disfruten juntos. (Claro que así también tienen cada dos semanas un fin de semana para ellos solos, que yo eso nunca lo puedo disfrutar porque tengo a Alejandra siempre conmigo; los hijos de Juan son ya mayores y no se ocupan de su hermana. En realidad casi ni vienen a ver a su padre. Y ahora que no nos oye, confieso que me alegro.)

El que me da pena es Marcos. Mira que ha trabajado y ha luchado. ¡Y había llegado lejos!. Oye, los años que pasó como delegado del banco en Francia fueron estupendos, y luego como director ventas para Europa, fenomenal. La mala suerte han sido las malditas fusiones. Con 57 años y 3 años fuera del mercado, ya no hay quien le coja. ¡Pero menos mal que os hizo caso!. Ha llegado a ser un hombre de provecho y ahora disfruta de su tiempo … Su mujer es la que lo está pasando peor, claro que el bajón que han tenido que pegar … pobre. ¡No hubieran tenido tanto bajón si se hubiera puesto a trabajar en lugar de dedicarse todo el día a los niños!

Yo ya estoy enseñando a tus nietos lo mismo que tu me inculcaste: a Alfonso le insisto en que lo más importante es estudiar para poder trabajar y ser un hombre de provecho – bueno como no entiende esa palabra, es pequeño, yo le digo “hombre de éxito”. Le insisto en luchar y trabajar duro para poder ser el primero. Ya tienen los dos reservado un campamento en Michigan para todo julio. Allí son los únicos españoles que van y así aprenden inglés de verdad, no como esos pobres que van a Irlanda, que en verano es una auténtica colonia española.

Y a Alejandra le insisto en la importancia de no depender económicamente de ningún hombre. Ella sabe perfectamente que Juan trabaja y yo también trabajo, y que somos iguales en todo. Ninguno depende del otro, compartimos todo pero hacemos una vida perfectamente independiente.

La verdad es que tengo mucho que agradeceros. Dale un beso a papá.

Por cierto, habrás visto que la carta iba sin sello. He pensado que lo mejor es dejárosla en el buzón sin pasar por correos. Tengo el gimnasio de Pilates al ladito de vuestra casa y así recibís noticias mías enseguida.

¡Qué lástima que no sepáis usar WhatsApp!, podríamos comunicarnos todas las semanas, o incluso todos los días. Un besitoooooooo,

Sol

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Día del orgullo gay

Estamos en plena semana del orgullo gay. El próximo sábado será la ya famosa “cabalgata”, en inglés “parade” y reconozco que desde hace años cuando llega esta fecha no puedo evitar sentir una profunda envidia y ansias de réplica.

Me encantaría que existiera un movimiento similar, con la misma repercusión social y mediática que pusiera en primera plana y que abriera los noticieros de las televisiones con las personas con discapacidad.

Antes de que los retroprogres se lancen a desenterrar el hacha de guerra y a pedir mi cabeza, voy a aclarar los términos de la comparación.

Sé que habrá quien se escandalice porque estoy equiparando a personas con una determinada orientación sexual – homosexuales, gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, y otras formas que se me escapan – con personas con una alteración de salud, ya sean genéticas o por otras causas.

Lo único que pretendo equiparar es a un grupo de personas – aquellas con discapacidad (física, intelectual y/o sensorial) – a otro grupo de personas – personas que NO se consideran heterosexuales.

De hecho son dos conjuntos no excluyentes. Estoy seguro de que habrá personas con discapacidad que no son heterosexuales, así que pertenecen a los dos grupos.

Son dos grupos de personas que tienen una característica en común. Ambos grupos de personas – homosexuales, bisexuales, gays, lesbianas, transexuales y otras formas de sexualidad que escapan a mi conocimiento e imaginación – y las personas con discapacidad han sido históricamente perseguidos, culpados, vejados, maltratados, escondidos, mancillados y ridiculizados. Aún hoy lo son.

Las conductas homosexuales siguen estando prohibidas en un gran número de países (musulmanes y comunistas) y las personas que las ejercen siguen siendo perseguidos e incluso ajusticiados. Las personas con discapacidad siguen siendo perseguidos y ajusticiados también en un gran número de países del mundo (primer, segundo y tercer mundo, todo el mundo).

Para que se me entienda claramente. En mi humilde comprensión no existe ninguna diferencia entre el brutal asesinato cometido el pasado 12 de junio por Omar Mateen a 49 personas bajo la justificación de que eran gays y/o lesbianas y el aborto cometido a un ser humano bajo la justificación de que tiene algún tipo de discapacidad. Además en ambos casos cada asesinato provoca un mínimo de dos víctimas: el muerto y la madre. En el primer caso sin embargo el ejecutor es simplemente un mal nacido y en el segundo es también un mal nacido pero cuenta con una licenciatura obtenida supuestamente para mejorar la salud, pero que la ha asumido como una licencia para matar.

No sé de dónde salió la expresión “salir del armario”, que tan claramente entendemos referidas a personas no heterosexuales, pero creo que se podría aplicar a miles de casos con personas con discapacidad que durante siglos y aún en este, han sido encerrados cuando no en un armario en una habitación, alejados de cualquier contacto social y de las miradas de cualquier miembro de la sociedad que no fuera sus padres y así evitar el escándalo y la vergüenza que provocaría en sus familias.

Me encantaría que de una vez por todas se permitiera, se facilitara, se subvencionara (con idénticas cantidades) y se reconociera la importancia que las personas con discapacidad tienen en y para nuestra sociedad.

Según la última estadística ofrecida por el Instituto Nacional de Estadística (I.N.E.) que data de 2008 en España había 3.847.900 personas con discapacidad, es decir, un 8,33% de la población española ese año. Es imposible saber la estadística de personas no heterosexuales, ya que según quién haga el estudio los datos son más o menos abultados y más o menos fiables, así que no haré comparaciones. Solo dejo el dato.

Como decía al principio siento envidia del “día del orgullo gay, etc.” y me encantaría que la COCEMFE (Confederación de personas con discapacidad física y orgánica) la FEAPS (Federación española de organizaciones a favor de las personas con discapacidad) y otras asociaciones, federaciones y confederaciones que trabajan y defienden los derechos con todo tipo de personas con discapacidad se unieran para organizar una jornada similar, y que se organizara una grandísima cabalgata de personas con discapacidad, con música, globos y todo tipo de muestras de orgullo por ser PERSONAS. Naturalmente en dicha cabalgata no tendría que haber disfraces. No hay nada que disfrazar. En realidad estoy convencido de que los disfraces – aunque sean simples exageraciones de la condición que pretendo representar – son una muestra histriónica de ocultamiento, y más que mostrar orgullo en realidad disfrazan algún tipo de complejo o vergüenza.

Me encantaría que mi ayuntamiento y los miles de ayuntamientos de España colgaran banderas que representen a las personas con discapacidad, tal y como hay hoy una bandera multicolor colgada en la plaza de Cibeles. Me encantaría que los políticos defendieran con la misma contundencia la dignidad y los derechos de las personas con discapacidad – nacidas o que todavía viven en el vientre de sus madres. Me encantaría que hubiera tantas personas con discapacidad representadas en las series de televisión y presentando programas como las que hay hoy en televisión que son homosexuales, lesbianas, etc.

Me encantaría que se extendiera el término discapacifóbico para referirse a todas aquellas personas que al ver a una persona con discapacidad piensan “más le valdría a su madre haber abortado”. Para aquellos que piensan que por no tener un código genético “estándar” está justificado acabar con la vida de un ser humano en el vientre de su madre. Para todos aquellos que nunca contratarían a una persona con algún tipo de discapacidad, o los que prefieren no trabajar con uno de ellos. También considero discapacifóbicos a aquellos que no permiten la integración de personas con discapacidad en los colegios, en sus colegios.

Me gustaría que las personas con discapacidad tuvieran los derechos y el reconocimiento que han logrado otros colectivos. Me encantaría que sintiéramos alegría al ver a una persona con discapacidad, ya que hay una forma más de ser humano que no es la estándar, la gris, la vulgar, la que es cualquiera.

Yo celebro el día del orgullo de las personas con discapacidad. Y no lo celebro un día al año, lo celebro cada día. Gracias por iluminar el mundo.

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Carta a unos abuelos

Queridos abuelos,

En primer lugar quería felicitarles por la maravilla de nieta que tienen, es una niña no solo preciosa sino también divertida y simpática.

Sé que con su nieta surgen muchas dudas e incertidumbres a cerca de su desarrollo, su futuro y sus capacidades. Ante todas estas cuestiones no falta quien piensa que ese tercer cromosoma en el su mapa genético ha escrito ya cuál será en gran medida su el futuro, hasta dónde podrá llegar, qué podrá hacer (sobre todo que NO podrá hacer) y por tanto que lo más importante para ella es “que sea feliz”, como si la felicidad fuera el único objetivo vital alcanzable en las personas con síndrome de Down y como si la felicidad fuera de algún modo incompatible con la capacidad de escribir, de leer, de aprender en general. Como si el esfuerzo, el ánimo de superación, y la adquisición de cada vez mayores conocimientos y habilidades que debe caracterizar el desarrollo de todo niño estuviera limitado a los niños “normales” y además interfiriera con la felicidad.

Afortunadamente es imposible saber quién será su nieta cuando sea adulta, ni siquiera podemos intuir quién será cuando tenga 10 años o cuando tenga cinco años, y ya no queda tanto para que los cumpla. Sí sabemos, sin embargo, que quién llegue a ser y cómo se comporte depende, todavía, en gran medida de cómo la tratemos nosotros en estos vitales años de su infancia.

Su nieta, como cualquier otra niña de tres años, es una maestra en la manipulación de los adultos, es una seductora implacable que sabe exigir, en ocasiones explícitamente y en otras de manera muy sutil, lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere.

No es nada malo, tiene tres años y forma parte de las reglas del juego de crecer. Los niños tan pronto descubren que en el mundo y sobre todo en sus casas hay normas van a intentar imponer las suyas. ¿Por qué obedecer si puedo mandar?

La desobediencia de los niños a las normas de sus padres y abuelos y sus intentos de mandar a edades tan tempranas son el medio que ha establecido la naturaleza para que aprendan, de mano de aquellos que somos quienes más les queremos, que existe una jerarquía de autoridad, que las normas deben tener como objetivo el bien propio y el bien común, y no pueden tener como única justificación “porque quiero”, “porque me apetece” o, tan frecuente en los niños, “para que no olvides que aquí, mando yo”.

Si los niños no aprenden todo esto en sus casas van a sufrir la desagradable experiencia de tener que aprenderlo de manos de personas que, por mucho que les quieran, nunca lo van a hacer ni tanto ni tan bien como su familia.

Pensar que con solo tres años una niña “no se entera”, que es “demasiado pronto”, que “no pasa nada” y permitirle hacer lo que le viene en gana, no ponerle límites y cumplir siempre con su santa voluntad implica un desconocimiento de las etapas de desarrollo de los niños y, sobre todo, demuestra una baja consideración de sus habilidades intelectuales.

Les aseguro que cualquier niño de tres años, cualquiera, tiene herramientas más que suficientes para conseguir imponerse a los adultos, conseguir que le obedezcan bajo la amenaza – que siempre cumplen – de castigarnos con un berrinche de increíbles proporciones, y agotar nuestra paciencia con su aparentemente infinita terquedad.

Cuando un niño “normal” consigue doblegar a sus mayores, consigue dominar a sus papás o sus abuelos y consigue que le obedezcan crecerá para convertirse en un niño, y posteriormente un adulto, bastante desagradable, impositivo, con dificultad para establecer relaciones en las que él o ella no ejerzan el control. En resumen alguien a quien es mejor no tener cerca.

Si a este tipo de personalidad le añadimos, no la condición de trisomía 21, sino todos los prejuicios que le acompañan, estamos preparando un estrepitoso fracaso personal en todas las áreas del desarrollo.

Desgraciadamente la sobreprotección y la “pena” que muchos niños con síndrome de Down provocan en no pocos adultos hace que algunos niños y jóvenes con síndrome de Down se conviertan en personas mal educadas, de difícil trato e incluso desagradables. Este tipo de personalidad limita muchísimo más que el tercer cromosoma su acceso a la escolarización normalizada, al aprendizaje de la lectura, la escritura y las matemáticas y la capacidad para relacionarse con los demás. Realmente la falta de educación o la educación equivocada es el auténtico freno a que puedan llegar a ser felices. Viven siempre atados a sus caprichos, a la inmediatez de sus deseos, les convierte en personas egoístas, insensibles a las necesidades de los demás, muy especialmente las de sus padres, que no cesan en mantenerles contentos cediendo a todas sus absurdas demandas.

Por estos motivos es fundamental que comprendan que su nieta sí entiende todo. Con tres años, les aseguro, que ya está imponiéndose con pleno conocimiento de qué objetivos busca y cómo conseguirlos. Entiende las normas, entiende las consecuencias y puede y debe entender que hay ocasiones en las que no podemos hacer lo que nos da la gana, o cuándo nos apetece. Debe entender que somos los adultos quienes ponemos las normas ya que siempre están basadas en buscar lo mejor para ella.

Estoy seguro que otros, mamás de compañeritos del colegio, vecinos, incluso profesores, no dudarán en conceder a su nieta cualquier capricho por el mero hecho de que tiene unas facciones que delatan que tiene un cromosoma de más y dificultarán enormemente la labor educativa de sus padres. Ocurre siempre. Por ello es más importante todavía que en casa, su familia, tenga las más altas expectativas y se esfuercen en conseguir que siga siendo la niña preciosa, simpática y divertida que es hoy, pero que además sea educada, conozca la jerarquía de autoridad y sepa, a su pesar pero por su bien, que los abuelos no son ni los que obedecen ni los que malcrían a los nietos.

Reciban un cariñoso abrazo,

Nacho Calderón

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