Cambio de cultura

La primera luz roja que vi fue cuando hace años comencé a oír hablar desde el think tank Family Watch de la gravísima situación demográfica a la que nos estábamos dirigiendo. En diciembre de 2018, el mes pasado, el Instituto Nacional de Estadística presentó los datos definitivos de nacimientos en España en 2017 y los provisionales del primer semestre de 2018, la conclusión: el número de nacimientos en España ha descendido hasta el nivel más bajo desde que se recogen datos, en 1941. Según Alejandro Macarrón, presidente de la fundación Renacimiento Demográfico, la realidad es que el número de nacimientos ha descendido a niveles del siglo XVIII. Como él mismo explica, este cambio en la demografía no puede explicarse por meras cuestiones económicas, sino aludiendo a un profundo cambio cultural que afecta a todas las dinámicas entre las personas.

La segunda luz roja que observo con creciente frecuencia en el trabajo diario en la consulta con familias, es el cambio en sus prioridades, en las relaciones entre los padres y los hijos y entre los cónyuges. Es evidente que hay una búsqueda cada vez más marcada de que sean otros los que solucionen los problemas de la familia: padres que llevan a su hijo a urgencias del hospital porque se ven incapaces de que se tome la medicina y pretenden que sea el médico de guardia quien se la de; padres que contestan e-mails o mensajes de whatsapp mientras están atendiendo a la consulta de su hijo; padres que piden que les escribamos la carta de los Reyes Magos de sus hijos, porque ellos no saben qué les conviene; hijos que imponen a sus padres aficiones, horarios, menús y caprichos bajo amenaza y cumplimiento de auténticas agresiones verbales y en ocasiones físicas.

La tercera luz roja es la puesta en marcha de políticas educativas y sociales neocomunistas enmascaradas bajo los términos de ideología de género y feminismo de género, impuestas en la sociedad bajo el esquema cultural del “pensamiento único”: Quienes no estamos de acuerdo con esas ideas no podemos formar parte de la sociedad que están pretendiendo crear y debemos ser condenados al ostracismo. Desde esta visión el estado tiene la potestad de educar a los niños ya que los padres no son profesionales y están por tanto incapacitados para ejercer la educación. Se les educará de acuerdo a los principios de esta ideología, aún cuando los padres no quisieran.

Es evidente que se está produciendo un profundo cambio cultural.

La característica fundamental de esta nueva cultura y que puede servir para denominarla es el individualismo.

El objetivo fundamental de los miembros de esta sociedad es la realización personal a través de la autosatisfacción.

YO soy el centro de mi vida. El objetivo fundamental de cada individuo debe ser su propia realización y todo lo demás (y todos los demás) puede(n) servir a este fin.

Desde esta perspectiva puede haber diferentes niveles de complejidad. Si tengo un nivel de inmadurez suficiente, me conformaré con tener alimento – que me idealmente proveerán mis padres – y un trabajo que me satisfaga y a su vez que cubra las aficiones que me plazcan y me acerquen a un sentimiento momentáneo de saciedad.

Si por el contrario tengo una organización mental más elaborada, puedo aspirar a tener satisfacciones más complejas, tales como el prestigio, el reconocimiento social – merecido o sencillamente mediático, vía facebook, instagram, etc. incluso aspirar a la satisfacción a través de la cultura o incluso del voluntariado.

Desde que en los años 60 y 70 se desarrolló el concepto de “sentirse realizado” y a las mujeres se les dijo que para lograrlo debían incorporarse al mundo laboral se nos ha inculcado que únicamente en ese ámbito podemos alcanzar la “realización personal”. Es el trabajo, y no la familia, el que nos permite sentirnos realizados. Más aún, con frecuencia la familia es un obstáculo para la realización personal.

Así se entiende que el matrimonio como prioridad vital sea un absurdo. ¿Cómo voy a comprometerme para toda la vida?, yo estaré a tu lado mientras tú me sirvas para satisfacer mi desarrollo personal y, recíprocamente, ¿cómo te voy a pedir que te cases conmigo para siempre, si tengo plenamente asumido que no soy lo más importante en tu vida?

¿Y los hijos?, ya no son el fruto natural de una unión vital entre un hombre y una mujer, sino que son uno más de los elementos de satisfacción para mi desarrollo personal. Si tengo hijos será si me apetece y cuando me convenga: cuando mi carrera profesional esté encauzada y tenga las posibilidades de darles una red de atención que me permita continuar con el objetivo de sentirme realizado: guardería y colegio de 8:00 hasta las 17:00 y después, si hace falta, actividades extraescolares.

Los hijos ahora son considerados – de manera completamente irreal – un derecho individual. Nada ni nadie puede privarme de tener un hijo cuando quiera, sean cuales sean mis circunstancias: casado, soltero o con 61 años, y por tanto cualquier método es igualmente legítimo: adopción, fecundación in vitro o compra de un niño a través de la mal llamada “maternidad subrogada”.

De igual manera se nos impone como un derecho el poder terminar con la vida del no nacido si “no es el momento adecuado a mis circunstancias”.

En esta cultura individualista todos, TODOS – novios, cónyuge, padres, hijos, vecinos – somos únicamente medios potenciales para satisfacer al otro en su búsqueda de sentirse realizado.

Resulta completamente lógico en este entorno la aparición y el crecimiento de idealismos ecologistas, animalistas y veganos. El ser humano, por su capacidad de abstracción y raciocinio necesita ideales a los que mirar y con los que vivir, pero en una sociedad característicamente individualista y con una carga ideológica neocomunista tan fuerte, en la cual la persona es despreciada, se hace necesario buscar ideales en otros lares: el planeta y sus animalitos. En la búsqueda de la trascendencia – inevitable en el ser humano – carece de sentido seguir mirando a nuestros congéneres y menos aún a Dios, y se vuelve, como en las creencias de las culturas primitivas, a la tierra y al resto de sus habitantes.

Lógicamente una sociedad apoyada en estos principios tiene como perspectiva un crecimiento de la soledad hasta dimensiones pandémicas.

Cuando el ser humano, después de una vida cuyo objetivo haya sido primordialmente su realización personal a través de la autosatisfacción, se vea incapacitado para alcanzarla deberá recurrir casi inevitablemente a la eutanasia, de ahí la urgencia de algunos por aprobarla en nuestro país.

Los economistas insisten en que muy pronto no va a haber dinero para pagar las pensiones de los jubilados, y nos azuzan con el miedo a la pobreza en la vejez, pero estoy convencido de que ese es el menor de los problemas. Oía en la radio que en Japón, que tiene unas características demográficas similares a las nuestras, se venden ya más pañales para ancianos que para niños. La cuestión no está en si tendremos dinero para comprarlos, sino quién estará ahí para cambiarnos los pañales cuando seamos viejos.

Buscar la realización personal a través de la autosatisfacción es una visión castrante del ser humano.

El ser humano, como animal, es esencialmente social y como ser racional es inevitablemente espiritual.

Negar esas dos dimensiones, hacer al individuo el fin de sí mismo, es negar la posibilidad de alcanzar el potencial inherente a su código genético, a su esencia.

Yo no soy la persona más importante en mi vida. Mi realización personal está en lo que aporto a los demás, no a la sociedad, sino a personas concretas, mi cónyuge, mis padres, mis hijos, mis hermanos, mis amigos y, en mi caso, mis pacientes, aun cuando lo que aporte sean únicamente necesidades.

Hay quien dice que el momento que vivimos es el comienzo de la era del poscristianismo. Si contraponemos esta sociedad esencialmente individualista a la frase que D. José Pedro Manglano afirma que caracteriza(ba) a los (primeros) cristianos: “sabe decir sí a los hermanos quien sabe decir no a sí mismo”, sin duda la cultura del poscristianismo ha llegado.

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Regalos de Navidad.

¿Cómo podrán los Reyes Magos transportar tantísimos regalos? ¿De verdad sólo usan tres camellos, o esos son sólo los que nos enseñan? Son misterios que nunca llegaremos a descubrir pero que cada año despiertan mi curiosidad.

Me gustaría, desde la más sincera humildad, poner mi pequeño granito de arena y dar alguna idea a los Reyes Magos para que, conservando todo su amor, no hagan más locuras de las estrictamente necesarias.

1) A pesar de que las listas que escriben los niños a los Reyes pueden están cercanas al concepto matemático de GOOGLE – “número más alto conocido sin llegar a ser infinito” -, no es en absoluto recomendable intentar cubrirla. Así que al margen del presupuesto que podamos haber establecido por cabeza, mi recomendación es marcar un MÁXIMO de regalos por persona, muy especialmente si es niño. En concreto mi recomendación son, como MÁXIMO, cinco regalos (5).  Cinco en TOTAL. La cuestión entonces está en distribuirlos.

Veamos, si nuestros hijos tienen la suerte de tener a sus cuatro abuelos, es habitual que los Reyes dejen alguno en cada una de sus casas (ya van dos regalos). También es frecuente que dejen un regalo en casa de los padrinos – pensemos que son un matrimonio – (ya van tres), así que bastaría con que en casa los Reyes Magos trajeran 2 regalos. (Si los padrinos no son matrimonio y cada uno le pide a los Reyes un regalo, en casa basta con que los Reyes dejen un regalo). Si, si, ha leído bien, basta con que en casa dejen UN (1) regalo.

CINCO REGALOS EN TOTAL como máximo, si no lo alcanzamos y nos quedamos en UNO, es fantástico. – (no vale hacer la trampa de pedir 5 al Niño Jesús para que lo traiga el 25 de diciembre y otros 5 a los Reyes).

Cinco regalos es la cantidad que  el cerebro del niño (y también un adulto) puede asumir sin provocar ninguna sobredosis de egoísmo, autosuficiencia, o “melomerezcotodo”.

Cada vez conozco más niños con el síndrome de “melomerezcotodo”. Son niños difícilmente soportables hasta para sus padres quienes, en ocasiones, también lo sufren: “me merezco ir al gimnasio” (o a padel o a la “desconexión” que sea), “me merezco un trabajo que no sea mileurista (y por eso llevo tres años en el paro)”, “me merezco una pareja que no se le hayan caído las carnes (y por eso cambio tan a menudo)”, “me merezco cambiar de móvil, porque en el que tengo ya no me caben más selfies”.

El síndrome de “melomerzcotodo” está causando estragos en los matrimonios, en las relaciones entre los padres y los hijos y en las relaciones laborales.

2) Regalar algo que si no se lo traen los Reyes Magos, nunca lo tendría. ¡SEAN SORPRENDENTES! ¿Un móvil? ¿De verdad? ¡Vaya regalo cutre!. Por caro que sea. ¡Va a tener uno el resto de su vida!. No solo va a tener móvil el resto de su vida, sino que lo va a tener ¡como máximo! a 3 metros de distancia. (Mire ahora a su alrededor y localice el suyo, ¿a qué distancia está?). Un querido amigo que regenta varios tanatorios confirma mis sospechas: “Ya no tiene nada de raro que pidan que se les entierre con el móvil”. Ahí lo dejo.

Reyes Magos, por favor, que se note vuestra condición, regalar algo que pueda recordarse muchos años más tarde. (Ya ni me acuerdo cuándo me regalaron dos entradas para ir al teatro, pero el regalo nunca lo olvidaré).

Regalen flores, aunque sean efímeras. Pero el mensaje es evidente: Te quiero.

Regalen algo que pueda ser recordado porque en su esencia conlleva belleza.

Regale algo que no se encuentra en amazon. Verá como sorprende.

3) Sería buenísimo que los Reyes Magos trajeran a cada miembro de la familia un regalo de tiempo. Sí. Que trajeran una tarde o un fin de semana.

“Vale por una tarde entera dedicada a jugar a lo que tu quieras con tu padre – ¡SIN MÓVILES, TABLETS, VIDEOJUEGOS, NI NADA!”.

“Vale por un día y una noche con tu cónyuge en un lugar tranquilo – ¡SIN MÓVILES NI NADA!”. (El lugar tranquilo puede ser nuestra casa, sin niños, sin armarios que ordenar, sin “temas urgentes que responder”, solos tu y yo). Si esto le suena a aburrimiento y no sabría que hacer 24 horas a solas y “sin nada que hacer” con su cónyuge, busque ayuda urgente. Muy urgente. NO lo digo de manera retórica, lo digo muy en serio. Si pasar 24 horas en casa con su cónyuge le huele a aburrimiento su vida está en grave peligro. Busque ayuda.

“Vale por una tarde entera con la abuela en donde ella elija”.

Por supuesto los regalos de tiempo deben cumplir dos requisitos:

a) Debe ser tiempo compartido – nada de tiempo para ti solo.

b) Deben llevarse a cabo en un máximo de un mes desde que se entregan, ya que de lo contrario lo más probable es que duerman el sueño de los deseos no cumplidos.

4) Si su hijo todavía está en edad de juguetes: ¡QUÉ SEA DIVERTIDO!. Qué manía les ha dado a algunos padres con los dichosos “juguetes didácticos”. ¡Qué pesados!. El juguete debe divertir NO enseñar.

De verdad que estamos locos. Ahora está de moda el “juguete didáctico” y a la vez “la enseñanza lúdica”. ¿Por qué no dejamos las cosas en su sitio natural?: “juguete lúdico” y “enseñanza didáctica”?

5) Cuando los hijos son mayores, no importa la edad que tengan – como si tienen 44 años , padres, por favor os lo pido, no os los llevéis de compras a “hacer de Rey Mago”. Es la forma más triste de matar una de las pocas ilusiones que nos quedan. No hagáis “como si no”. No hagáis como si los Reyes Magos no existieran.

Feliz Navidad.

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Cuestión de sentimientos

La noticia del día (8 de noviembre de 2018) es que Emile Ratelband, un holandés cuyo parto ocurrió hace 69 años, ha emprendido acciones legales para que se le reconozca como persona veinte años más joven. Así se siente y por tanto se considera discriminado cuando en plataformas digitales de relaciones personales no accede a las mujeres que le gustaría y cuando en las ofertas de trabajo le descartan por “su edad”.
Me uno moralmente a Emile. Más aún, tengo sólidos argumentos a mi favor. Ya el psicólogo de mi colegio explicó a mi madre que yo era “muy inmaduro”. Como si ella no lo supiera. Probablemente se debe a las circunstancias de mi parto, que no vienen al caso relatar. Esa inmadurez siempre me ha acompañado. Así que aunque mi cuerpo está a punto de cumplir 50 años mi organización neurológica y mi madurez afectivo-emocional está aproximadamente entre los 38 y los 41 años.
Sin duda, yo me siento mucho más joven de lo que mi documento nacional de identidad dice que soy.
Y no tengo el más mínimo interés en ligar – ni por redes sociales ni en vivo y en directo – (los que conocen a mi mujer saben que no hay ninguna otra que pueda acercarse a sus virtudes ni a mi corazón), ni tengo ganas de encontrar trabajo, por lo que a este tema respecta preferiría tener 16 años más y estar disfrutando ya de la jubilación.
No tengo un interés particular en tener menos edad, sencillamente me siento un hombre de aproximadamente 40 años, uno arriba o uno abajo. ¡Me siento así!
Y la cosa va de sentimientos, ¿o no?
Rachel Dolezal (hoy llamada Nkechi Amare Diall) es hija de madre y padre caucásicos y hasta donde se sabe en su familia no ha habido ningún afroamericano, pero ella siempre se ha sentido una persona de piel negra. Llegó a ser presidenta de la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color (NAACP – por sus siglas en inglés), hasta que alguien se enteró del color de piel de sus ancestros y le hicieron dimitir. Esa es solo una de las múltiples discriminaciones que ha sufrido por culpa de que no se le hayan respetado sus sentimientos.
Leanne una australiana que – si no tiene problemas con su fecha de nacimiento – ha cumplido ya 40 años, afirma que siente que es una yegua (llamada Shyanne) atrapada en el cuerpo de una mujer (pueden encontrar videos suyos en Youtube). Y no es la única persona en situación similar. Al parecer hay más animales humanos que sienten que no pertenecen a nuestra especie.
Y un número de personas nacidas en el Bajo Ampurdán o en Segarra o en el Alto Penedés y otras comarcas cercanas afirman NO sentirse españoles a pesar de haber nacido en un lugar que desde los romanos ha sido parte de Hispania, Al Andalus o España, o como se le haya querido llamar.
Y “naturalmente” hoy no es cuestionable si una persona con un pene de significativo tamaño y unos testículos como los del caballo de Espartero se siente mujer.
Al parecer hoy lo único que importa son los sentimientos. El cuerpo (con pene o con vagina, con forma humana o equina, nacido en aquí o allá) es indiferente, lo que importa es lo que “yo me siento”.
Y ahí quería yo llegar. Porque a pesar de haber nacido en 1968 me considero un hombre de aproximadamente 40 años, pero lo que es más importante es que a pesar de haber nacido en Madrid, siempre me he sentido Caimanés. Concretamente Boddenense – oriundo de Bodden Town. Es por esto que no entiendo porqué tengo que pagar impuestos, los ciudadanos de las Islas Caiman estamos exentos de hacerlo, pero no le entra en la cabeza a los inspectores del del ministerio de hacienda de España que año tras año me persiguen y me discriminan tratándome como si fuera un súbdito español cualquiera.
Y no solo me siento 10 años más joven y ciudadano Caimanés, también me siento asqueado. ¡Asqueado hasta la médula! de esta sociedad falaz y manipuladora, que intenta imponer el pensamiento único – enmascarado tras la ideología de la posverdad.
El ser humano se define a sí mismo como animal racional – dotado de capacidad para el razonamiento – pero hoy se nos dice que el razonamiento es irrelevante, lo único que importa es el sentimiento. Pretenden convencernos de que realidad hay que ignorarla y son los sentimientos lo que define quién eres.
Y si hay alguien que esté dispuesto a poner en cuestión esta aberración ideológica debe ser considerado un retrógrada con ínfulas totalitarias y se le debe prohibir la libertad de expresión – que solo existe para los que están dispuestos a expresar opiniones acordes con el pensamiento único.
Una vez más el diccionario de la Real Academia de la Lengua viene en mi auxilio:
“Posverdad: Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.
Pues eso: si alguien se siente eternamente joven, de sexo líquido, caimanés, y equino, ¿quién son los demás para cuestionarlo? Nadie, no somos nada ni nadie.
Pero aunque te sientas eternamente joven el tiempo sigue avanzando; aunque te sientas únicamente catalán, vasco o madrileño, la historia, la legalidad y tu pasaporte es el que es; aunque te sientas hombre, mujer, caballo, perro, blanco o negro, tu genética no se altera por tus sentimientos.
Nadie te puede decir cómo te debes sentir. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Pero la realidad es tozuda, el ser humano es racional, aunque tantas veces demuestre que es irrazonable y la posverdad es una distorsión con el fin de manipular.

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21 de marzo. Día del síndrome de Down.

El 21 de marzo celebramos el día internacional de las personas con síndrome de Down, un día dedicado a celebrar – repito a CELEBRAR – su vida, su existencia, su ser.

Es un día característicamente agridulce. Los que tenemos el privilegio de vivir junto a personas con trisomía 21 sabemos que nuestras vidas han sido enriquecidas con su presencia. Nos han aportado una riqueza que es difícil que otras personas hubieran podido dar. Esto nos llena de alegría, aunque sabemos que lo importante NO es todo lo que nos aportan, sino que lo importante es, sencillamente, su ser.

A la vez es un día amargo ya que no podemos olvidar los cientos – repito CIENTOS – de niños con trisomía 21 que no llegan a nacer por culpa de un sistema nacional de “salud” diseñado, dirigido y obsesionado con eliminar completamente su existencia.

¿De cuántos muertos estamos hablando?

En el año 2015, el último del que tenemos registros de nacimientos de personas con trisomía 21, nacieron en España un total de 427.017 niños. De acuerdo a los datos de incidencia de síndrome de Down en España en años previos a la aprobación del aborto (15 por cada 10.000 nacimientos), en 2015 habrían nacido 640 niños con síndrome de Down. Lo cierto es que nacieron 269, un 58 % menos de lo que era esperable.

371 niños abortados en el vientre materno en el año 2015 por tener trisomía 21.

371 madres que no olvidarán y que sufrirán los remordimientos que otros debían asumir en solitario.

Es difícil CELEBRAR cuando se tiene en mente que son más los asesinados que los nacidos.

Podría escribir sobre lo maravillosa que es la vida. Con y sin síndrome de Down.

Podría hablar de Blanca, de Rocío, de Bruno, de Jimena, de Juan Pablo, de los cientos de personas con síndrome de Down que he tenido el privilegio de conocer a lo largo de mi vida.

Podría ignorar los abortos.

Pero si los ignoro sería cómplice.

Cuando pienso en lo difícil que es para unos padres en España (y en tantas partes del mundo) lograr que su hijo con discapacidad llegue a nacer – con TODO el sistema de “salud” en su contra, al que hay que sumar la presión de familiares, compañeros de trabajo, medios de comunicación, etc. no puedo evitar recordar un poema:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,                                                                  guardé silencio,                                                                                                                                      ya que no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
ya que no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
ya que no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
ya que no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.”

Martín Niemöller, pastor luterano.

El aborto de personas con discapacidad en España y en el resto del mundo es el nuevo HOLOCAUSTO.

Mi hijo me pregunta muchas veces cómo es posible que los alemanes de bien permitieran la atrocidad del nacional socialismo. La respuesta es actual: de la misma manera que los españoles de bien estamos permitiendo la atrocidad del aborto.

El 21 de marzo tenemos mucho que celebrar, pero desgraciadamente también mucho de lo que avergonzarnos.

Celebremos sin olvidar. Disfrutemos de la alegría que significa vivir. La maravilla que es compartir este planeta con personas de toda raza, religión, edad, ideología y condición genética. De cualquiera. Luchemos porque no se excluya a nadie. A NADIE.

Las personas con trisomía 21 nos recuerdan que si nosotros tenemos derecho a vivir, ¿quién puede ser tan arrogante como para negárselo a ellos?

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Soy un héroe. O no.

Llevo años pensando que soy un héroe. A veces incluso un súper héroe.

Llego a casa, los niños cada uno en su cuarto, se supone que estudiando pero vete tú a saber.

Voy a ponerme un vaso de algo … saco el friegaplatos y me cuelgo una medalla.

Mi esposa todavía no llega.

Voy al tendedero. La ropa tendida ya está seca, hay una lavadora puesta que ya ha terminado y el cesto sigue lleno.

Destiendo la ropa tendida, incluso enrollo los calcetines (mira que lo odio), saco la ropa limpia de la lavadora (pierdo el tiempo en buscar siempre las pinzas del mismo color para cada prenda, sé que es una tontería, pero alguna manía hay que tener) y meto toda la ropa blanca dentro de la lavadora para ponerla al día siguiente (si la pongo ahora se nos va a olvidar sacarla antes de acostarnos y la ropa húmeda, toda la noche ahí dentro, huele fatal).

Termino y doy una vuelta al ruedo. Dos orejas. El público se viene arriba.

A veces incluso llevo a algún niño al médico, ¡y en horas de trabajo! Superman será más guapo, pero no es más héroe que yo.

Mientras yo hago todo eso ella ha ido a la tintorería, ha pasado por la papelería a comprar lo último que han pedido del colegio de la pequeña, ha pasado por la carnicería, y no sé qué más. Todo después de sus siete horas y media de trabajo remunerado (1/3 de lo que le corresponde de acuerdo a la responsabilidad que asume. Cobra exactamente 1/3 de lo que le corresponde. Es maestra) Antes de ir al trabajo (remunerado) había dejado toda la casa recogida.

Ella no se considera ninguna heroína. Al contrario. Piensa que nunca llega a todo y le agobia.

Ella hace lo que toca. Y yo pienso, “no aprecia todo lo que hago”.

Por fin llega. ¿Qué cenamos? A mí solo se me ocurre preguntarlo. La respuesta o salta a la vista al abrir la nevera o yo no soy adivino.

Los fines de semana no perdono la siesta. Mientras ella “recoge” la cocina. Eso significa que le da un “fregao” de arriba abajo. Logra limpiar azulejos que en mi vida se me hubiera ocurrido que existían. Eso sí, desde antes de comer ya me está diciendo “tienes ojitos de siesta”. Y yo me dejo querer. Soy un super héroe.

Hace años, bueno meses, que aprendí a no darle cuenta de cada tarea doméstica que hago. Su mirada lejos de reflejar la admiración que yo esperaba, alternaba entre la incredulidad (por contárselo, no porque lo hubiera hecho) y la paciencia al borde del agotamiento.

Si cada vez que hago lo que me corresponde me creo que le estoy haciendo un favor y de cada diez tareas que ella realiza yo me entero de una, ¿soy un héroe o un imbécil?. Pregunta retórica: evidentemente lo segundo.

No soy mala persona. Sencillamente no veo el mundo ni la vida como la ve mi mujer. Podría culpar a mi educación, pero creo que ya tengo añitos como para asumir mi propia conducta sin mirar al cementerio.

No, no basta con hacer lo que me corresponde. ¡Me queda tanto por mejorar / madurar!:

  • Entender que lo que ME corresponde no LE correspondía. No es ningún favor.
  • Entender que ella hace mucho más de lo que me doy cuenta, y por tanto abrir más los ojos, a ver si consigo enterarme de algo.
  • Hacer todo lo que pueda, porque por mucho que haga, nunca voy a alcanzar todo lo que ella ya ha hecho.
  • Reconocer, de manera explícita, todos los días, muchas veces, con cada cosa que haga y que ¡por fin! me de cuenta, que lo ha hecho y agradecérselo y
  • Por último dejarme de tonterías, hacer todo y hacerlo por un único motivo: por amor. A ella, a los niños y a mi mismo. Sé que ese es el motivo por el que ella lo hace todo. No se lo cuestiona. No se trata de ser más o menos responsable, es cuestión de cómo y cuánto amo. Mientras siga haciéndolo por ganar puntos frente a alguien (incluido yo mismo) significará que todavía estoy en un grado de madurez propia de seguir llevando pañales.

¡Qué vergüenza haber pensado alguna vez que soy un héroe!

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Matrimonio y felicidad

¡Qué difícil es el matrimonio!

Decir lo contrario sería naïf o falaz.

¿Conocen algo que merezca la pena y que sea fácil?

Todo lo que merece la pena implica una dificultad. Más aún, cuánto más valioso, mayor dificultad conlleva.

Por eso el matrimonio es tan difícil, porque es de las pocas cosas que realmente merecen la pena.

Cuando los niños son pequeños, menores de seis, ocho años, los padres viven bajo una obligación constante de entrega.

Los hijos pequeños nos obligan a olvidarnos de nosotros mismos para estar constantemente pendientes de ellos. Si lloran a media noche, si hay que cambiarles el pañal, si hay que llevarles al médico (sea la hora que sea del día o de la noche),  ahí estás, ni te planteas no hacerlo. Y por supuesto ni padel, ni pilates, ni cenita romántica los dos solos, ni cine, ni fútbol (salvo a veces en la TV).

Es una obligación. Ni nos lo cuestionamos.

¿Y mi felicidad? ¿Y mi tiempo? ¿Y mi vida?, esas cosas no nos las planteamos cuando se trata de ocuparnos de los niños. Tenemos la obligación de estar con ellos, por ellos y para ellos y punto. En ese momento nuestra felicidad es verlos crecer sanos, sin demasiadas rabietas y sin sobresaltos.

Es una fase agotadora que a menudo nos hace plantearnos si estamos haciendo lo correcto, pero nunca se nos ocurriría poner a nuestros hijos en el punto de mira. Ellos, sin duda, no son el error.

Pero cuando se trata de nuestro cónyuge … ¡Esa es la maravilla del matrimonio!

Ya no es obligatorio. Su vida no depende de nuestras atenciones, ahora se las podemos dar por el simple hecho de que ¡ME DA LA GANA!.

¿Y mi felicidad? ¿Y mi tiempo? ¿Y mi vida? Todo eso, es dártelo.

¿Para qué te casaste?. ¿Para ser feliz o para hacer feliz al otro?

Si te casaste para ser feliz, lo lamento, te lo explicaron mal. Pero que muy mal. Se me ocurren mil formas mucho más sencillas de encontrar la felicidad.

Si buscas tu propia felicidad … si tú eres el sujeto, objeto, actor y receptor de tu búsqueda de la felicidad … te vas a quedar más solo que la una.

Si te casaste para hacer feliz al otro … ¡enhorabuena! esa es la clave. Ahora tienes un un objetivo que te va a durar toda una vida y la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro: cada vez que consigas tu objetivo lo más probable es que tú también estés disfrutando de un momento de felicidad.

Creo que fue José Antonio Marina quien aseguró que “la felicidad se encuentra haciendo otras cosas”.

NO creo en la felicidad salvo como estado emocional transitorio: creo en los momentos felices, poco más; pero tengo claro que los momentos felices se encuentran cuando otros logran satisfacciones:

  • cuando nuestros hijos tienen éxito (no hay nada equiparable a esto).
  • cuando nos reunimos los hermanos y compartimos la conversación, los intereses (la vida) como cuando éramos niños.
  • cuando nuestro cónyuge nos dice “qué feliz soy a tu lado” (no hay nada equiparable a esto).
  • cuando nuestro equipo de fútbol gana.

Siempre he defendido que la causa más frecuente de divorcio – aunque no la única – es el egoísmo. Cuando uno de los dos (o los dos) centran la búsqueda de SU propia felicidad en SÍ mismos, en lugar de en el otro, las probabilidades de fracaso son máximas.

Si nos entregamos a nuestro cónyuge con las mismas ganas, con la misma GRATUIDAD con que nos entregamos a nuestros hijos, pero ahora sí, con toda la libertad del mundo al NO hacerlo por obligación, es muchísimo más fácil encontrar la felicidad.

Una entrega así no es fácil. Exige NO ponerme como prioridad. Exige buscar SU bienestar antes que el mío, SU felicidad (sus momentos felices) antes que mis deseos, sus gustos antes que mis necesidades (acaso no hacemos eso con los hijos), su PERSONA antes que la mía.

Una entrega así pone de manifiesto que el amor es UN ACTO VOLUNTARIO, teñido por un sentimiento que a veces alcanza el grado de emoción. Si seguimos pensando que el amor es SOLO un sentimiento, vamos a estar al albur de una realidad sobre la que no tenemos el más mínimo control.

No puedo evitar sentir alegría al ver a mis hijos tener éxito, no puedo evitar sentir miedo al ver un animal salvaje que se me acerca (más aún si es humano), no puedo evitar sentir asco cuando veo un vómito en la calle.

Los sentimientos son espontáneos, inevitables y sin duda incontrolables. ¿Voy a apostar mi vida entera a algo basado únicamente en puros sentimientos? Ni loco.

Gracias a Dios que el amor – y por tanto el matrimonio – no se basa en algo tan voluble como los sentimientos. Gracias a Dios que el amor, si es amor, es un ejercicio de libertad.

El matrimonio no es nada fácil, pero no conozco nada en la vida que sea más gratificante.  Nada que merezca más la pena.

¿Exige muchos sacrificios? Sin duda, pero NO tienen punto de comparación con sus recompensas.

Además, si el amor no fuera sacrificado ¿cómo podría crecer?, ¿cómo podría madurar?.

El matrimonio no aporta la felicidad, pero para muchos de nosotros es sin duda el camino más seguro para alcanzarla.

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Lecciones del independentismo

Se supone que en España llevamos casi 40 años de democracia. Se fija la fecha en la aprobación de la constitución en diciembre de 1978. Desde entonces, ya plasmado en la ley magna, aparecen reflejadas concesiones políticas a la ideología independentista y a sus seguidores.

El independentismo antiespañol ha obtenido beneficios de los españoles desde entonces.

A lo largo de estos cuarenta años de democracia (el independentismo y el terrorismo asociado es anterior) ha habido dos ideas que han facilitado la extensión de la ideología secesionista.

La primera idea, que se repetía hasta el hastío durante los años sangrientos de E.T.A. y de Terra Lliure (E.T.A. y Terra Lliure siguen existiendo, pero ahora vivimos sus años políticos a través de Bildu y de Ezquerra Republicana) era que “cualquier idea es defendible, siempre y cuando se haga por vías pacíficas y democráticas”.

Como entonces era joven semejante idea me parecía un absoluto escándalo. Ahora que soy mayor se me hace evidente que es una mentira infumable.

Hay ideas que NO son admisibles ni siquiera por vía pacífica.

Así por ejemplo defender la supremacía blanca, o la supremacía vasca, o catalana no es admisible, de ninguna forma.

Defender la pena de muerte para personas con delitos de sangre no es admisible, de ninguna forma.

¿Acaso sería (moralmente) lícito un referéndum para decidir si se aplica la pena de muerte a los condenados por asesinato?

¡Fíjense qué arrogancia!. Implicaría admitir que porque una mayoría de votantes introducen una papeleta con un SI, sería legítimo matar a una persona.

Sencillamente es inadmisible. Asombrosamente eso va a ocurrir el año que viene en Irlanda. Van a hacer un referéndum sobre el aborto. ¡Asombroso!. Como si legitimidad de dar muerte de un ser humano pudiera sustentarse en la opinión de una o de millones de personas. Increíble. Carece de cualquier tipo de lógica formal.

Si hay quien cree que un referéndum puede ser una herramienta válida para legitimar la muerte de un no nacido, ¿cómo no van a considerar que puede valer para segregar una parte del territorio de una nación?

¿Quién publicitó la idea de que cualquier idea es defendible siempre y cuando se haga por vías pacíficas? No fueron los independentistas, fueron los constitucionalistas en un intento desesperado de frenar los asesinatos de E.T.A. y de Terra Lliure. Los secesionistas lo asumieron y ahora están intentando aplicar la mentira tantas veces repetida. De esos polvos vienen estos lodos.

La segunda idea que ha facilitado el crecimiento descontrolado de la ideología segregacionista y que aún pervive es que los que no vivimos ni en la comunidad autónoma vasca ni en Navarra ni en Cataluña no podemos hablar del proceso separatista, ya que (supuestamente) no sabemos de lo que hablamos, mientras que los que allí viven no pueden hablar – no ya por miedo, que sería legítimo – sino por riesgo real a perder su casa, su trabajo, cuando no sus amigos o incluso familiares.

Así que ni los que viven allí, ni los que vivimos en el resto de España podemos hablar.

¿Entonces quién habla?. Es evidente, solo pueden hablar los secesionistas.

Y eso es lo que han hecho durante estos cuarenta años. Mientras los demás guardábamos silencio, unos por respeto, porque nos habíamos creído que de verdad “no tenemos derecho a hablar si no vivimos allí”, y otros en defensa propia, los independentistas han puesto los altavoces de las televisiones públicas y de la educación y han llenado la sociedad – acojonada – de sus mentiras.

¿Cómo no iba a crecer el independentismo si todos los demás permanecíamos en silencio?

Permítanme, por tanto, negar la mayor a las dos ideas tan frecuente como erróneamente inculcadas:

1º – No, no cualquier idea es legítima por ser defendida desde una posición de ausencia de violencia.

Por cierto, aunque E.T.A. y Terra Lliure lleven años sin asesinar, las ideas independentistas siguen siendo defendidas, tanto por el P.N.V, como por Bildu, Geroa Bai, Izquierda Republicana de Cataluña, Cataluña si se puede, candidatura de unidad popular (C.U.P) y Podemos con métodos violentos y amenazantes.

Si los partidos políticos secesionistas – todos los anteriormente mencionados – no utilizaran violencia (aunque no sea física, que también) y amenazas ¿Qué sentido tendría que a día de hoy siguiera habiendo miedo en la población vasca, navarra y catalana?

Hoy cientos de miles de vascos, navarros y catalanes siguen teniendo miedo a dar públicamente su opinión. Y más les vale seguir teniendo miedo. Eso les salva. Los independentistas siguen siendo violentos. Y mucho. Ya no asesinan, no les hace falta, pero siguen ejerciendo una gran violencia.

2º – Los que no vivimos en las comunidades que están dominadas por el separatismo, no solo tenemos derecho sino que tenemos obligación de hablar en defensa de los que están oprimidos y del conjunto de España. Por favor, no volváis a intentar callarnos.

Para terminar dos ideas que me parecen fundamentales para poder defender la democracia, no vaya alguien a tacharme de políticamente correcto:

1º Los votos no legitiman ni a las ideas ni a las personas. No olvidemos que en 1933 Adolf Hitler logró 12.777.180 votos (un 47,2% de los votos válidos).

2º En ocasiones la defensa de una nación – su territorio, su legislación y sobre todo su población – requiere el uso de la fuerza. En esos casos no ejercer la fuerza solo se puede entender como cobardía o colaboracionismo.

“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”. Matin Luther King.

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