Octava entrega de Jesús. La humanidad y su Madre.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Octava entrega. Desde la cruz. Jesús entrega la humanidad a su Madre y su Madre a la humanidad.

“Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»” (Jn 19, 26-27).

¿Quién es ese al que tu amabas?, ¿no tiene nombre? Lo tiene, tiene el nombre de todo aquel te mira y cree en ti, a quien tu amas.

¡Qué delicado eres! No quisiste que apareciera ningún nombre para que cada uno supiéramos que somos nosotros “el discípulo al que ama”.

No podría vivir de otro modo, ¿cómo vivir pensando que no me amas?

Y me lo dices ahí, en tu agonía. Me entregas a tu madre. Me diste la vida, estás entregando la Vida, y te quedan fuerzas para dar el más preciado bien que nadie puede tener.

Pero a veces la mediocridad se hace fuerte en mí y pienso ¿quién se cree este para entregarme, acaso le pertenezco, acaso soy yo su hijo?, ¿quién eres tú Jesús, acaso tú eres mi Padre?, y me respondes “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?, quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 13, 9).

Y vuelvo a mirarte queriendo ver al Padre, pero veo tu cuerpo completamente llagado, te veo completamente entregado.

Ahora miro a María y veo a mi Madre, y veo sus ojos clavados en ti y me abrazo a ella queriendo consolarla, pero en mi abrazo es ella mi consuelo.

“No os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18) Lo tenías todo previsto. Por eso querías que estuviera aquí, frente a ti, junto a nuestra Madre. Quieres que me entregue a ella.

Y María, que tiene el alma tan llagada de dolor como tu cuerpo oye tus palabras y cierra los ojos, como asintiendo; ahora no puede pensar en otro más que en ti, no piensa ni en Juan, ni en mi, ni en ninguno de sus otros hijos, pero “conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2,51). Conserva tus palabras y conserva a tus hijos, a sus hijos.

“Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn, 19, 27) ¿Quién recibió a quién?

María nos recibió desde el primer instante, ella también aceptó la voluntad del Padre, “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). Juan te acogió. Sí Madre, yo también deseo acogerte en mi corazón “como algo propio”.

Y viendo el enorme dolor que sientes ante Jesús entregado sé que sigues sufriendo, ¡Cuánto dolor tienes Madre por todos esos hijos que no te quieren recibir en su corazón!, ¡Cuánto dolor hay en esos corazones que no te han acogido!

“Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5), si tan solo te recibiéramos, si fuéramos capaces de acoger esta entrega, ¡qué vida tan plena tendríamos contigo en nuestro corazón!

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Séptima entrega de Jesús. Sus vestiduras.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Séptima entrega. Monte Calvario. Jesús entrega sus vestiduras.

“Los soldados cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida de unas sola pieza de arriba abajo” (Jn, 19, 23).

Ya estás elevado en la cruz pero ellos ni te miran. Les has entregado tu ropa y desnudo entregas la Vida al mundo. Ellos ni te miran. Están pendientes del “botín”. ¿No estaba allí María, tu madre?, podrían, al menos, haberle dado a ella lo que a ti te pertenece, pero después de lo que te han hecho, ¿qué respeto te van a dar? ¿cabe esperar alguna compasión por ti?

Hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Como si el reparto equitativo de lo robado hiciera justicia.

Y la túnica “No la rasguemos, sino echémosla a suertes, a ver a quién le toca” (Jn 19, 24). ¡Ignorantes!, no sabían que esa túnica no podía rasgarse, así lo había ordenado Dios: “Confeccionarás el manto del efod todo él de púrpura violácea. Llevará en el centro una abertura para la cabeza, con un dobladillo alrededor, como la abertura de un coselete, para que no se rasgue” (Ex 28, 31).

Caifás se rasgó las vestiduras, él ejercía de sumo sacerdote ese año. Pero su cargo, su vestido, su honra eran mundanas. Efímeras. Rompibles.

Tu llevas la túnica de Sacerdote eterno y hoy por tres veces te has despojado de ella.

La primera para lavarnos los pies. “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía” (Jn 13, 16). Te hiciste nuestro criado al lavarnos los pies, por eso te quitaste el manto, para que viéramos tu humillación hasta en tu vestido.

La segunda para preservar tu manto de los latigazos “lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura. Y terminada la burla le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar” (Mt 27, 28, 31). Sufriste sobre tu piel el daño de nuestro pecado, pero cuidaste como sagrado el símbolo de tu sacerdocio.

Por fin, entregas a los que te vamos a matar también tu túnica, tu sacerdocio.

¡Pero volverás a llevarlo! “y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro” (Ap 1, 13) y en ella veremos escrito quién eres: “En el manto y en el muslo lleva escrito un título: «Rey de reyes y Señor de señores»” (Ap 19, 16)

Avergonzado me atrevo a mirarte, solo queda en ti la corona de espinas, como diadema, como había ordenado el Señor que debía llevar el Sumo Sacerdote: “Harás también una diadema de oro puro, y grabarás en ella, como en un sello: «Consagrado al Señor»” (Ex 28, 36) y la llevas para indicar que cargas con nuestras culpas al ofrecerte como Cordero Pascual al Padre: “Estará sobre la frente de Aarón, pues Aarón cargará con la culpa en que hayan incurrido los hijos de Israel al hacer sus ofrendas sagradas” (Ex 28, 38).

Entregaste las vestiduras de Sacerdote Eterno, pero dejaste sobre tu piel el símbolo de tu entrega.

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Sexta entrega de Jesús. Su Cruz.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Sexta entrega. Camino del Calvario. Jesús entrega su Cruz.

“Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús” (Lc, 23, 26).

Entregas tu Cruz. Incluso tu Cruz. Simón tuvo miedo. ¡Claro!, ¡cómo no tener miedo!

¿Quién no ha tenido miedo de cargar una cruz, más aún si no es la suya? Si ayudo a enfermos de sida ¿no me contagiaré?; si llevo a las personas con discapacidad al cine ¿no me tendrán por uno de ellos?; yo no voy los domingos a casa de mi suegra, para que no se acostumbre y no vaya a creerse que es mi obligación. Paso de ir de voluntaria con las monjas, no vaya a escuchar la vocación del Señor.

¡Qué miedo da la Cruz! ¡Que no, que yo no la quiero!

Pero Simón cargó con tu Cruz. El cirineo fue el primero en seguir tus pasos hacia el calvario “y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús” (Lc, 23, 26). Déjame ir detrás de ti, Simón. Te llamas igual que Pedro …

Cargar con la Cruz de Jesús. Hoy sabemos que es el mayor privilegio. Tú nos habías dicho “a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga»” (Lc, 9, 23).

Pero ahora entregas tu Cruz.

Tal y cómo nos dijiste, para llevar la Cruz hay que negarse a sí mismo. No puedo decir “esa no es mi cruz”. Para llevar la Cruz de Cristo, la cruz de mi hermano, de mi hijo, de mi cónyuge, de mis padres, “yo” no importo, mi cruz no importa.

“Niégate a ti mismo” me dices. Como el cirineo. Ya no es Simón. Ahora es el que lleva tu Cruz.

Así me enseñas: no basta con que tome mi cruz de cada día. Tengo que tomar la cruz de mi prójimo.

Entregaste tu Cruz a Simón, a uno que pasaba por ahí. Señor, enséñame a cargar la Cruz del que pase a mi lado. Permíteme ver en su desdicha tu Cruz, para cargarla y llevarla “detrás de Jesús”.

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Quinta entrega de Jesús. Su perdón.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Quinta entrega. Casa de Anás. Jesús entrega su perdón a Pedro.

“El Señor, volviéndose, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces»”. (Lc 22, 61).

Pedro cumplió tu palabra. “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!” (Pregón Pascual del Sábado Santo). ¡Gracias Pedro!, arrancaste del Señor la mirada de perdón.

Esa noche hacía frío pero el único que busca el calor del fuego era Pedro. El Corazón de Jesús estaba encendido por amor a los hombres. El corazón de los del sanedrín ardía de odio. Pero Pedro estaba encerrado en sí mismo, en su egoísmo. Estaba atento a sí mismo, ¡qué frío!

Todos reconocen a Pedro, le han visto tantas veces con Jesús, siempre ahí, a su lado. Pero ahora le niega. También todos me conocen. Siempre en la parroquia, todos los domingos en Misa, en todos los saraos místicos, pero cuando llega la hora de la pasión … cuando llega el momento de la entrega … cuando creo que nadie me conoce …

Más tarde Jesús suplicará el perdón del Padre por los que no saben lo que hacen, pero tú sí sabías lo que hacías ¿verdad Pedro?, Él te lo había avisado. ¡Te entiendo tan bien! ¿Tres veces? ¡Incontables las veces que yo le he negado!, ¡incontables!

El Señor mira a Pedro, como me mira a mí cada vez que le niego. Pero no juzga, no nos juzga. “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 17); El Señor no juzga, no condena. Jesús perdona. Con solo una mirada Jesús salva.

Señor, ¡enséñame a mirar sin juzgar!, ¡enséñame a no condenar! Jesús, si tan solo supiera perdonar …

“Y, saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc, 22, 62). ¿Cómo no llorar? Lágrimas de vergüenza. Ese será el dolor por mi pecado, porque la culpa, la expiación ha caído entera sobre tu carne. Entregas tu cuerpo para que yo solo tenga que pedir perdón.

Ahora me entregas tu mirada. Entregas tu perdón.

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Cuarta entrega de Jesús. Su humanidad.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Cuarta entrega – Jesús entrega su humanidad a los hombres.

“Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús «yo soy»” (Jn, 18, 4-5).

Yo soy. “Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues si no creéis que “Yo soy” moriréis en vuestros pecados” (Jn, 8, 24).

Aquellos hombres te creyeron y te prendieron, pero pensaron que eras solo un nazareno, solo un hombre. No entendieron que “Yo soy” es tu nombre, “Yo soy el que soy” (Ex, 3, 14).

Prendieron a Jesús el nazareno, al que se señaló a sí mismo con el nombre de Dios. Así ya no morirán en su pecado, ahora, hasta los que te prendemos, los que salimos a por ti en la oscuridad de la noche, hasta los que nos ocultamos tras las antorchas para llevarte a la tortura seremos salvados, porque eres Tú quien morirás por nuestros pecados.

No es creíble, ¡no es creíble a qué te vas a entregar!

¿De verdad vas a sufrir semejante tortura? ¿De verdad lo quieres hacer por mí? ¿De verdad una vez más?

¿Hasta cuándo Señor?, ¿hasta cuándo?, ¿Cuántas Misas más vas a entregarte?

Entregas tu humanidad a mi pecado que se crece y se engríe, te escupe, te abofetea y te flagela. ¿Y mi amor por ti? Escondido. Aterrorizado. Avergonzado. Cobarde, muy cobarde.

 “Y a Jesús lo entregó a la voluntad de ellos” (Lc, 23,25).

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Tercera entrega de Jesús. Su voluntad.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Tercera entrega – Huerto de Getsemaní. Jesús entrega su voluntad.

“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú” (Mt. 26, 39).

Entregas tu voluntad. Este es tu alimento: “Mi alimento es hacer su voluntad y llevar a término su obra” (Jn, 4, 34).

Jesús verdadero Dios y verdadero hombre. Y el hombre se entrega a la voluntad de Dios.

Tres veces repites la misma oración al Padre. Como las veces que preguntaste a Pedro si te amaba. Como las veces que eleva el sacerdote tu cuerpo en la Santa Misa.

Para esto has venido. Para hacer Su voluntad. Para enseñarnos a hacer Su voluntad.

Tiemblas y te estremeces. Y sudas sangre. Aceptas el castigo de los pecadores, Tú, que no has cometido pecado.

¿Cómo no vas a temblar al entregar tu voluntad?

¿Existe algo más íntimo que la voluntad? ¿Si entrega su voluntad, qué queda del hombre?

Y pienso … ¿Cuántas veces he pedido a Dios que cumpla MI voluntad? ¿Cuántas veces he llorado – de rabia – y he temblado – de impotencia – porque Tú, sí Tú, Dios, no has querido cumplir mi voluntad?

Y he creído acercarme a Ti solo para reprocharte que parece, una vez más, que te has dormido.

Míralos, ahí están, Juan, Santiago y Pedro, los tres dormidos, como yo, como todos. Quizás sea necesario dormir para no ver lo que no podemos comprender. ¡Entregar tu voluntad!

Entregas tu voluntad para hacer la Suya, pero ¿cuál es la voluntad del Padre?: “que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn, 6, 40).

“No se haga como yo quiero, sino como quieres Tu” (Mt. 26, 39). Necesitas decirlo tres veces. Ya no hay duda. La entrega es total. Te entregas Tú para que no se pierda ninguno. Para encontrar la oveja perdida. Para rescatar a todo pecador. Para resucitarnos en el último día. Tres veces para que el Padre acepte tu entrega: entregas tu voluntad en rescate por todos.

“Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” (Mt, 26, 45).

Ya podemos dormir y descansar. Vas a cumplir la voluntad del Padre. Has aceptado ser pago de nuestra salvación.

Ya podemos descansar.

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Segunda entrega de Jesús. Su sangre.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Segunda entrega – En el cenáculo. Jesús entrega su sangre.

“Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo «Bebed todos, porque esta es mi sangre de la alianza»” (Mt 26, 27). Las alianzas se sellan con sangre. Y Tú eres el Cordero elegido. Tú entregas tu sangre “que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt, 26, 27).

Ya nos lo había anunciado hacía tres años Juan el bautista con solo verte: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

“Mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55).

Al verte con el cáliz en la mano y oírte decir “bebed”, vienen como un trueno tus palabras a Santiago y Juan “Mi cáliz lo beberéis” (Mt 20, 23) – les anunciaste lo que habría de pasar para que pudieran entrar en el cielo … Es necesario beber tu sangre para entrar en tu reino.

Entregas tu sangre para que te bebamos. No es un símbolo. No es una metáfora: Es tu sangre. Es nuestra bebida.

Cuando yo sangro mancho, pero tu sangre limpia nuestros pecados para que podamos estar ante el trono de Dios en el cielo. “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (Ap. 7, 14). Quiero beber tu sangre para limpiar mis pecados.

Pienso en tu sangre derramada – entregada. En el patio de la casa de Pilatos. En el camino hacia el calvario. Sobre las piedras en las que apoyan la cruz mientras te clavan. La sangre hecha savia del madero en el que te alzan … ¡si con una sola de esas gotas se salva el mundo, que terrible desperdicio!, ¡que no se pierda ni una gota! y entonces veo tu sangre derramada en el Cáliz que bebo y me doy cuenta: ¡cuántas veces ha caído tu sangre sobre mi corazón hecho piedra, sobre mi alma alicatada como el patio de Pilatos!

¿Cuántas veces he pensado que yo “soy inocente de la sangre de este Hombre” (Mt 27, 24)? ¿De qué me tiene que salvar ese?

Tu sangre por mis pecados. Y no logro verlo, quizás no quiero verlo.

Si entendiera que cada gota de tu sangre derramada ha sido entregada por mis pecados, ¿podría seguir viviendo como si nada?

Pero sigo pecando y Tú sigues sangrando. Sigues lavando con tu sangre mis pecados. Y me dices: “toma y bebe” … y resuenan en mis oídos tus palabras “y en adelante no peques más” (Jn, 8, 11).

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Primera entrega de Jesús. Su cuerpo.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Primera entrega – En el cenáculo. Jesús entrega su cuerpo.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn, 6, 51)

Ha llegado el momento: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”. (Mt, 26, 26).

Para esto has venido. Para darnos tu cuerpo como alimento.

Entregas tu cuerpo para que te comamos. No es un símbolo, no es una metáfora: es tu cuerpo, es nuestro alimento.

Convertiste la mesa de tu última cena en el altar de tu sacrificio y conviertes el altar de la Iglesia en la mesa de nuestra santa cena.

Nos das tu cuerpo – y solo vemos pan – pero tus palabras nos lo explican: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc, 22, 19).

He oído tantas veces decirlo: “se entrega por vosotros”. Siempre en presente; no dicen “hace dos mil años se entregó por vosotros”. “Se entrega”, te entregas. En presente. Libremente.

Tú eres presente en el tiempo, tú estás presente en la hostia. Hoy estás aquí, aquí te entregas.

Los discípulos te pidieron “Señor, danos siempre de este pan” (Jn, 6, 34), y como si el hombre tuviera algún poder sobre ti, como si hubieras querido obedecerles, te quedas en la Eucaristía. Siempre este pan. Siempre tu carne. Siempre entregándote.

¡Cuantos días paso sin probar bocado! Y mi cuerpo sigue vivo. Sin tu carne. Mi cuerpo. Solo mi cuerpo.

¡Cuántas almas mueren de inanición!, no te comen, no te escuchan, no te creen: “Yo soy el Pan de vida” (Jn, 6, 35).

¿Hay una entrega mayor? Entregas tu cuerpo y nos das la Vida. La Vida Eterna. Y para que podamos vivir YA esa vida, te quedas entregado.

Al oírte en la consagración me vienen a la memoria las palabras que nos enseñaste a decir a nuestro Padre “que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas …”

Y no puedo evitar pensar: ¡lo está cumpliendo!:

“La víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos y, elevando los ojos hacia ti”, que estás en el Cielo; “ … Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo …”, santificado sea Tu nombre; “ … lo partió …”, hágase tu voluntad; “ .. y lo dio a sus discípulos …”, venga a nosotros tu reino; “tomad y comed todos de él …”, danos hoy nuestro pan de cada día; “… que será entregado por vosotros … para el perdón de los pecados”, y perdona nuestras ofensas. (Entrecomillado y en negrita el texto de la Plegaria Eucarística I).

¡Lo está cumpliendo!

Te entregas una vez y te entregas siempre. En cada Misa otra vez la entrega. “Haced esto en conmemoración mía”.

Y lo hacemos sin pensar. Tú te entregas libremente. Aceptas entregarte aunque no entendamos lo que estás haciendo. Aunque podamos vivir, seguir viviendo, como si nunca te hubieras entregado, como si nada hubieras cambiado, como si tu cuerpo fuera solo un trozo de pan, tu cuerpo, tu entrega.

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Entrega de Jesús. Introducción.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Introducción.

Amor es sinónimo de entrega. Dios es Amor, por eso “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16), toda la vida de Jesús, desde la concepción en el vientre inmaculado de María hasta su muerte en la cruz es una entrega, y por ello “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los su­yos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), por ello entre el Jueves y el Viernes Santo la entrega del Señor se hace concreta, patente, por partes, poco a poco, sin guardarse nada. Es la entrega total – hasta el extremo.

Jesús ya había anunciado su entrega: “Por eso me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este es el mandato que he recibido de mi padre” (Jn 10, 17-18).

Jesús se entrega libre. Entrega cada parte de su ser. No se reserva nada. Nadie le quitará nada. Todo lo da.

Te entregas constantemente. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn, 15, 13). Nadie tiene amor más grande que tú. Tú eres amor.

ÍNDICE

Primera entrega. Última cena. Jesús entrega su cuerpo. (Mt 26, 26).

Segunda entrega. Última cena. Jesús entrega su sangre. (Mt 26, 27).

Tercera entrega. Huerto de Getsemaní. Jesús entrega su voluntad. (Jn 18, 11; Mt 20, 22-23).

Cuarta entrega. Huerto de Getsemaní. Jesús entrega su humanidad. (Jn 18, 4-5).

Quinta entrega. Casa de Anás. Jesús entrega su perdón a Pedro. (Lc 22, 61).

Sexta entrega. Camino del Calvario. Jesús entrega su Cruz. (Lc 23, 26).

Séptima entrega. Monte Calvario. Jesús entrega sus vestiduras. (Jn 19, 23).

Octava entrega. Desde la cruz. Jesús entrega la humanidad a su Madre y entrega su Madre a la Humanidad. (Jn 19, 26 – 27).

Novena entrega. Desde la cruz. Jesús entrega su Espíritu al Padre. (Lc 23, 46).

Décima entrega. Desde la cruz. Jesús muerto entrega la Misericordia en la sangre y el agua que brotan de su corazón. (Jn, 19, 33-34).

Acogimiento. Monte Calvario. La Virgen María, san Juan, san Nicodemo, san José de Arimatea y las santas mujeres acogen a Cristo. (Jn 19, 38-40).

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Los fantasmas del coronavirus

Doy por hecho que cualquiera que lea este post conoce el “Cuento de Navidad” de Charles Dickens.

Todos recordamos los tres fantasmas que se aparecen a Ebernezer Scrooge, el de las Navidades pasadas, el de la Navidad presente y el de las Navidades futuras, y cómo la visión de estos tres personajes consigue su conversión en una persona distinta a quién había sido hasta ese momento. Logran acercarle a la mejor versión posible de quién era Ebenezer Scrooge.

Llevo días con la sensación de que el Cuento de Navidad se está replicando en mi vida, y tengo la impresión de que está ocurriendo algo similar en muchas personas, aunque la escenografía se ha trasladado de la Navidad de 1843 al confinamiento por el coronavirus de 2020.

Nos llegan fantasmas, pero no uno cada noche, sino que van apareciendo a lo largo del día, haciendo guardia para recordarnos que debemos tomar decisiones, que en el pasado vivimos como como si todo nos viniera dado, que hoy apenas podemos elegir qué hacer y qué tener, pero que en el futuro habrá quienes se decidan a elegir como ser, en lugar de aceptar la vida como venga, como si nos fuera algo ajeno, impuesto.

El fantasma de los días pasados me lleva a momentos muy cercanos, no me trae recuerdos del año pasado, ni siquiera de hace meses, tan solo hace dos o tres semanas, cuando vivía dando por hecho todo: mi trabajo, mi seguridad económica, mi familia, mis amigos; el recuerdo de la comida que hace menos de un mes nos reunió a casi todos los hermanos …, y por supuesto daba por hecho la vida de los míos y la mía propia. Parecía que todo estaba garantizado. Todo estaba seguro. Vivía en la confianza de que nada podía cambiar …

Y ahora cada día me visitan los fantasmas del presente. Son muchos. Las noticias, los mensajes de whatsapp, los ojos de las personas que hacen la compra asomando sobre una máscarilla, los coches de policía, que parecen haberse multiplicado, los aplausos que vienen desde la calle y que me recuerdan que ya son las ocho …

Hay momentos en los que es inevitable tener un sentimiento de irrealidad, como si estuviéramos en medio de un sueño del que vamos a despertar de un momento a otro …

Y está el fantasma que vive con nosotros en casa, encerrado, y me dice … “aquí estás bien, tranquilo”.

Y los fantasmas del futuro. Son muchos, los hay catastrofistas y los hay optimistas. Hay fantasmas que me hablan de finales: el fin del capitalismo, el fin de la globalización, el fin de la libertad de movimientos, de la limitación drástica de comida, el regreso del racionamiento, algunos fantasmas hablan de guerras por la supervivencia, de un mundo sin ancianos, incluso del fin del mundo.

Y los hay que hablan de esperanza, de salir fortalecidos, de mayor solidaridad y de nuevas prioridades: familia, amigos, entrega, etc.

Lo cierto es que Ebenezer Scrooge después de tres noches recibiendo visitas de fantasmas logró una gran transformación, logró ser quien podía llegar a ser.

Pero la transformación de Ebenezer no se produjo por sentimentalismo, ni por miedo, o por obtener algún beneficio, su transformación, como toda transformación profunda y real, fue fruto de una comprensión sincera de quién había sido hasta ese momento, de quién quería ser realmente e, inevitablemente, de la DECISIÓN de serlo.

Hay quienes piensan que tras la visita del fantasma del coronavirus saldrán a la calle siendo diferentes, siendo mejores, y eso es positivo y es bueno, pero para que sea realista, para que la transformación se produzca más allá de su imaginación o de sus deseos debe existir la férrea decisión de cambiar, debemos concretar en qué y cómo vamos a mejorar y debemos comenzar HOY con esa transformación.

Si el fantasma del pasado te muestra lo duro que eras con tus compañeros, con tus hijos o con tu cónyuge; o si te hace ver que había muchas ocasiones en las que ibas a tu rollo, que tus miedos te llevaban a ser excesivamente individualista, o te das cuenta que le dabas importancia a cosas que hoy se te hace evidente que eran banales – el fútbol, el ahorro, ciertas formalidades, la práctica de algún deporte, el reconocimiento profesional, el buscar la aprobación ajena – y estás descubriendo la importancia de las relaciones personales … si esperas a que termine el confinamiento para cambiar no esperes alcanzar ser lo que hoy anhelas.

El ser humano tiene un poder muy limitado sobre sus rasgos de personalidad. El que era impulsivo antes de la cuarentena lo seguirá siendo después, el desordenado seguirá sin saber mantener orden, el extrovertido seguirá siendo capaz de relacionarse con cualquiera que se cruce … no vamos a lograr cambiar de personalidad, pero si podremos ser mucho mejores siendo nosotros mismos.

No estoy hablando de simples cambios de hábitos: hacer ejercicio todos los días, dejar de fumar, escribir un diario, etc. Estoy pensando en un cambio profundo de nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Pero para lograr ser quien nos gustaría ser debemos tomar la decisión de hacernos a nosotros mismos. Debemos reconocer nuestras limitaciones, buscar qué y cómo podemos mejorar y poner en acción desde HOY los medios para el cambio.

Cambiar es difícil, requiere objetivos claros, paciencia consigo mismo y perseverancia. Estamos en las mejores condiciones para lograrlo. Considera este tiempo un momento de entrenamiento, el ensayo general para salir al gran teatro del mundo y demostrar quién eres realmente.

Nada de hacer promesas, eso solo sirve para castigarte cuando fallas. Se trata de tomar decisiones, asumir el deseo y la intención firme de mejorar un aspecto concreto y poner en ello todo lo que esté en tu mano. Hoy, y mañana, y así hasta que te olvides de que un día comenzaste a hacerlo como fruto de una decisión consciente.

La verdad es que si tras las visitas de todos los fantasmas que nos acompañan estos días desaprovechamos los avisos que nos están dando y seguimos con los mismos errores que cometíamos antes de este confinamiento, este periodo de la historia y de nuestras vidas habrá sido solo una tragedia.

Debemos recordar la advertencia que nos dio el gran filósofo José Ortega y Gasset: “Es falso decir que en la vida deciden las circunstancias. Al contrario: las circunstancias son el dilema, siempre nuevo, ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter.”

Es tiempo de decidirse y de actuar. No esperes al fin del confinamiento, no esperes a mañana, no vaya a ser que te conviertas tú en el fantasma cuya única posibilidad sea alarmar a los demás de la necesidad de cambiar.

Y repitiendo las últimas palabras que escribió Charles Dickens en su Cuento de Navidad: “Y así, como dijo Tiny Tim «que Dios nos bendiga, ¡a todos!»”.

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