Sin papá o sin tablet, ¿qué es peor?

No existe en este momento ninguna labor honesta, generosa y abnegada que sea más denostada, criticada o menospreciada que la de ser padres.

Los padres somos criticados por psicólogos, psiquiatras, profesores, “educadores”, periodistas, presentadores de televisión y radio y vecinos en general.

¿Por qué? Eso habría que preguntárselo a ellos. Supongo que todo comenzó hace algo más de cien años, cuando Sigmund Freud comenzó a publicar su obra, culpando a los padres de las patologías de sus pacientes. Y puede que tuviera razón, al fin y al cabo vivía en Austria en la época Victoriana, en un momento en que las relaciones entre padres e hijos, hombres y mujeres y entre esposos se establecían de acuerdo a costumbres y reglas no escritas muy distintas (y muy distantes) de aquellas con las que hemos crecido nosotros y, sin duda, de las costumbres y formas de relación que hoy imperan.

Quizás la educación que caracterizaba a la Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pudiera facilitar la aparición de ciertas patologías, pero sin duda no es ese el estilo educativo que hoy practicamos.

Lo que sí ha quedado en nuestra sociedad es el hábito de culpabilizar a los padres de los problemas de sus hijos. Sin duda ninguna la frase que más he oído a profesores, psicólogos, psicopedagogos y directores de colegio, cuando he ido a interesarme por la evolución de un niño ha sido: “el problema de este niño son sus padres”.

La labor de los padres no sólo es criticada de manera habitual, sino que hoy en día es claramente menospreciada y se considera perfectamente prescindible. ¿Exagero?. Les propongo que hagan un pequeño ensayo. La prueba que les voy a proponer consta de dos partes, y la explicación será algo prolija, les ruego que me sigan.

Primera parte: La próxima vez que tenga ocasión plantee la siguiente situación a un grupo de amigos: cuente que su hermano, o su prima o un amigo, da igual, ha decidido tener un hijo a pesar de estar soltero y sin compromiso. Ya ha cumplido treinta años, ya tiene una buena posición laboral y cree que ha llegado el momento de tener un hijo, pero al no estar ni casado o casada, ni convivir con nadie, ni tener una relación estable con otra persona ha decidido tenerlo solo, bien adoptando, o bien, si es mujer, por fecundación in vitro o sencillamente, buscando alguien con quien tener una relación sexual completa en una fecha en la que sea fértil para quedarse embarazada.

Existen diferentes variables que van a influir en las opiniones que recoja sobre esta historia:

En primer lugar, naturalmente, está cómo plantea usted la historia. Si usted la plantea permitiendo que bien el tono o bien las palabras que utiliza denoten que está a favor o en contra de la decisión de “su amigo”, es muy posible que influya en la respuesta, así que le recomendamos que intente mantener un tono neutro y que cuide que sus palabras no incluyan juicios de valor, así facilitará que sus amigos expresen lo que piensan sin temor a contrariarle a usted, que es quién ha contado la historia.

En segundo lugar es muy probable que las opiniones sean distintas si el protagonista de la historia es hombre o mujer. Para comprobarlo puede hacer este pequeño ensayo en diferentes círculos, cambiando de protagonista. Habitualmente recibe una opinión mucho más positiva cuando contamos que es una mujer quien ha decidido tener un hijo soltera. La mujeres, se asume, tienen ese instinto maternal, esa necesidad biológica de ser madres, e incluso este instinto les dota de unas habilidades naturales para ejercer de madres que les facilita la tarea. Por el contrario si es un hombre el que ha decidido tener un hijo soltero la historia parece ser menos creíble, menos natural. Es probable que haya incluso quien piense que ese sujeto que quiere tener un hijo él solo es homosexual. Extraiga usted de esos comentarios sus propias conclusiones.

En tercer lugar es probable que las opiniones también sean distintas si plantea esta situación exclusivamente a un grupo de hombres o exclusivamente a un grupo de mujeres. La situación ideal es en la que en el grupo hay tanto hombres como mujeres, normalmente los de puntos de vista son mucho más variados y enriquecen mucho la conversación. Extraiga usted de este hecho sus propias conclusiones.

Y sin duda un aspecto que influirá significativamente en las opiniones que tengan sus amigos sobre el hecho que una persona haya decidido tener un hijo estando soltero, será el medio escogido para ser padre o madre. Naturalmente si es hombre sólo podrá optar por la adopción, ya que la opción denominada “vientre de alquiler” no es legal en España, pero si el protagonista de su historia es una mujer podría optar por adoptar, o por quedarse embarazada a través de la fecundación in vitro, o podría estudiar su ciclo menstrual para así mantener relaciones sexuales completas con un hombre durante el periodo fértil y así quedarse embarazada de manera natural. El hombre (el donante como se le llama en los “bancos de semen”) no tendría por qué saber que estaba siendo utilizado concebir un hijo (e incluso es probable que prefiriera no saberlo). Si plantea esta última situación a un grupo de hombres, que su amiga va a buscar a alguien para poder mantener relaciones sexuales y quedarse embarazada, verá como no tarda alguno de ellos en ofrecerse voluntario. Extraiga usted de ese comentario sus propias conclusiones.

Pero al margen del “voluntarismo” de algunos hombres por dejar embarazada a una mujer sin asumir la responsabilidad que ello conlleva, fíjese en las opiniones que despierta la decisión de “su amigo” (o “amiga”).

Las opiniones que reciba pueden variar desde el rechazo completo a que nadie tenga hijos estando soltero, independientemente de que sea adoptado o concebido por otra vía, hasta la opinión de que es una idea maravillosa, que denota “valentía” y provoca admiración. En cualquier caso hoy en día no es extraño conocer a alguna persona soltera que ha adoptado a uno o varios niños, mucho menos extraño es hablar de “familias monoparentales”. Esta situación está siendo aceptada en nuestra sociedad sin excesivas dificultades.

Hasta aquí la primera parte de nuestra pequeña investigación. La segunda parte es más sencilla. El modus operandi es el mismo, plantee en una conversación con amigos que usted ha decidido eliminar todas las televisiones y pantallas (tablets) de su casa; indique que ha pensado, junto con su cónyuge (o usted sola si es madre soltera) que no quiere que sus hijos estén expuestos diariamente a las pantallas, más allá de lo necesario para los estudios o el trabajo. Apunte que naturalmente no le importa que la vean de vez en cuando, si van a casa de amigos o de los abuelos, pero que prefiere que en su casa no haya pantallas, ni televisiones ni tablets. A continuación reclínese y escuche atentamente. Por mi experiencia le diré que es probable que oiga opiniones poco ponderadas, incluso alguien eleve el tono de voz. Será muy poco probable que oiga que su decisión es “valiente” y en cambio es fácil que alguien diga que sus hijos “van a salir raritos”. En mi experiencia ha ocurrido siempre que lo he planteado.

El resultado más frecuente de nuestro pequeño ensayo es que una gran parte de las personas que forman nuestra sociedad consideran que tener un hijo siendo soltero o soltera es una decisión “valiente”, que crecer sin padre o sin madre no afectará significativamente al desarrollo del niño, ni a sus relaciones con los demás, y sin embargo crecer sin televisión y sin tablet hará que el niño crezca “siendo rarito”, que alterará su desarrollo y que tendrá dificultades en las relaciones sociales. Extraiga usted sus propias conclusiones, y permítame que exprese las mía.

La conclusión es que, en opinión de muchas personas, en una casa, en un hogar, puede faltar sin ningún problema el padre o la madre, pero bajo ningún concepto debe faltar la televisión y las tablets, ya que conllevaría graves riesgos para el desarrollo normal del niño.

Si efectivamente, tal y como muchas personas afirman, no existe ninguna carencia ni ningún problema por que un niño crezca sin padre o sin madre, y da igual crecer en una familia monoparental o en una familia formada por un padre y una madre, entonces la labor de uno de los dos, del padre o de la madre, es absolutamente prescindible.

La sociedad actual propone que los padres o las madres no hacemos ninguna falta. Basta con que haya uno de los dos, tal y cómo decíamos al comienzo de este razonamiento: el padre (o la madre) es prescindible, sobra. Esto es grave. Más aún. Es muy grave. (Y si le molesta mi opinión cambie de blog, pero permítame ejercer mi libertad de pensamiento y de expresión).

Esta es la situación de la sociedad actual. No sólo considera en gran medida que los padres somos los culpables de los problemas, e incluso de las patologías mentales que puedan sufrir nuestros hijos, sino que, además, somos prescindibles.

Ahora, querido lector, piense en términos personales, piense en usted mismo. ¿Quién es usted?, ¿cómo ha llegado a ser quién es?. ¿Qué influencia ha tenido en usted y en quién es, su padre y su madre? ¿Sería usted el mismo si hubiera crecido sin su madre o su padre? ¿De cuál de los dos podría haber prescindido, sin que hubiera tenido la más mínima influencia en usted?

Quizás usted ha crecido siendo huérfano de padre o de madre, o, sencillamente, es usted hijo de una madre o de un padre soltero. ¿Cree que hubiera sido distinto, hubiera crecido en un entorno distinto, si hubiera tenido a su madre o a su padre junto usted?

Por otro lado, si usted ya es madre o padre, ¿cree que sus hijos crecerían igual sin usted?. Si prescindiéramos de usted y sus hijos crecieran únicamente con su cónyuge, ¿crecerían exactamente igual?.

Esto es lo que la sociedad actual está gritando: usted o su cónyuge son prescindibles. Reflexione pausadamente sobre esta idea y extraiga usted sus propias conclusiones.

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Acogimiento de la entrega de Jesús.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Acogimiento. Monte Calvario. La Virgen María, San Juan, San José de Arimatea, San Nicodemo y las Santas Mujeres acogen a Cristo.

“Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar.” (Jn 19, 38-40).

¿De qué sirve darse si no hay quien te quiera recibir?

Toda entrega necesita ser acogida para no quedar estéril.

Tu entrega fue acogida.

Primero María.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16) y “Dijo María: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra»”  (Lc 1, 38).

María te acogió, primero tu Palabra y le dio cuerpo y sangre para el mundo, dándote la vida y recibiéndote en tu muerte.

María hace fecunda toda tu entrega.

José de Arimatea

“Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, población de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después de descolgarlo, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, en el que nadie había sido enterrado todavía” (Lc 23, 50-53).

José junto a María. Se llama como tu padre en la tierra, así José está junto a ella.

José junto a ti. “Esperaba el Reino de Dios”, por eso pide tu cuerpo, es tu discípulo: “Señor, danos siempre de este pan” (Jn 6, 34).

José de Arimatea nos enseña cómo vivir la esperanza. Acogiendo tu cuerpo junto a María.

Puso tu cuerpo en un sepulcro en el que nadie había sido enterrado todavía.

Señor, pon tu cuerpo en mi corazón, que es una roca, y dale Vida a mi vida.

Nicodemo

“Fue también Nicodemo — aquel que anteriormente había ido a verle de noche — con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras.” (Jn, 19, 39)

A él le anticipaste todo (Jn 3, 1 – 21) y ahora vive según tu palabra. Actúa como Dios quiere, por eso se acerca a ti, que eres la luz del mundo, para que quede manifiesto que obra la verdad. (Jn, 3, 21).

Te ha visto elevado sobre el mundo, y ahora cree en ti, para poder alcanzar la vida eterna (Jn 3, 14-15).

Ha nacido de nuevo del agua de tu costado, para entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 5).

El que te buscó en la noche y no entendió tu palabra, perseveró hasta el final, hasta verla cumplida.

Nicodemo nos enseña cómo vivir la fe. Perseverando junto a ti, aunque no comprendamos toda tu palabra.

Las Santas Mujeres

“Las mujeres que habían venido con él desde Galilea fueron detrás, para ver dónde estaba el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo.” (Lc 23, 55).

Nunca te dejaron, habían venido contigo desde Galilea, desde el principio, y no huyeron ni te abandonaron, se quedaron a ver cómo fue colocado tu cuerpo. “Regresaron y prepararon aromas y ungüentos” (Lc 23, 56).

Siempre a tu lado. Siempre procurando tu cuidado. Amor puro.

Las santas mujeres nos enseñan a amarte. Yendo donde Tú quieras ir, manteniéndonos cerca, sin que sea necesario que se nos note, pero siempre atentos, preparando lo que Tú necesites.

¿Y yo?

¿Haré que tu entrega sea estéril o acogeré toda tu entrega en mi vida?

Te has entregado por mí, pero si no acepto tu entrega, tu tortura y tu muerte serán estériles en mi vida.

Es necesario que como María acoja tu palabra en mi interior, en lo más profundo de mí y la haga carne de mi carne. Tu eres el Verbo, en ti está la Vida y eres la Luz de los hombres (Jn 1, 1-5), pero si no acojo tu Palabra, ni la luz ni la vida tendrán cabida en mí.

Quiero como José, acoger tu cuerpo, quiero vivir para siempre en tu reino. Quiero venerar tu Eucaristía como mi único alimento.

Ayúdame a perseverar como Nicodemo, hasta nacer de nuevo del agua de tu costado y lavar en tu sangre mi pecado. Que vaya a buscarte en mi noche y mi oración sea escucharte. Que viva acogiendo tu corazón abierto, que ese sea mi refugio. Yo soy el mísero al que tú has entregado su corazón. Que nunca dude de tu misericordia y que nunca me aleje de ella.

Señor Jesús, quiero cuidarte como las santas mujeres, seguirte a donde vayas y procurar siempre tu cuidado, en tu cuerpo, en todos los que me has puesto a mi lado.

¡Señor Jesús!, Dame a comer tu cuerpo, dame a beber tu sangre, dame tu cruz para que yo la cargue … María … ven a mi vida y acógeme en tu amor. ¡Padre! dame tu misericordia, permíteme refugiarme en tu corazón abierto … lava mi pecado y llévame a tu Reino.

Amen.

Esta oración se terminó de escribir el día 2 de junio de 2019, Fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor al Cielo – la culminación de su entrega.

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Décima entrega de Jesús. Muerto, entrega la Misericordia.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Décima entrega. Desde la cruz. Jesús muerto entrega la Misericordia en la sangre y el agua que brotan de su corazón.

“Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.” (Jn, 19, 33-34).

El profeta Zacarías lo había anunciado: “En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por el hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito. … Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza” (Zc 12, 10; 13, 1)

Creíamos que todo había terminado, que ya no podías entregarte más. Jesús, el nazareno, el hombre, ha muerto, pero Dios sigue vivo. ¡Dios está vivo! y en el instante en que nos damos por perdidos, entregas tu esencia. Dios es Misericordia, Dios nos entrega su Misericordia.

“En el último día, el más solemne de la fiesta estaba Jesús y clamó:

– Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la escritura de sus entrañas brotarán ríos de agua viva -. Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Todo estaba escrito. Debías primero entregar tu Espíritu para glorificar al Padre y a tí en Él, y así, al darnos a beber el agua “que Yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que Yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 14).

Porque es tu misericordia la fuente de agua viva que nos lleva hasta la vida eterna.

 “«Misericordia», palabra latina cuyo significado etimológico es «miseris cor dare», «dar el corazón a los míseros»” (Discurso del Santo Padre Francisco a la Confederación Nacional de Las Misericordias de Italia en el aniversario de la audiencia del 14 de junio de 1986 con el Papa Juan Pablo II. Plaza de San Pedro, sábado 14 de junio de 2014).

Quisiste que Juan, que vio brotar sangre y agua de tu costado diera testimonio para pudiéramos creer (Jn 19, 35).

Pero frente a nuestro olvido, nuestra dureza de corazón, nuestro rechazo, volviste a abrirnos los ojos:

“Mi Corazón desborda con gran Misericordia para las almas, y especialmente para los pobres pecadores. Si solo pudieran entender que Yo soy el mejor de los Padres para ellos y que para ellos es que la Sangre y el Agua fluyeron de Mi Corazón como de una fuente llena de Misericordia” (Santa Faustina Kowalska, Diario 367).

Y como si estuvieras dando luz a un nuevo sacramento, entregas tu sangre y tu agua, como signos de tu gracia. Abres tu corazón y entregas tu misericordia.

Señor, lava mis pecados con tu sangre “para tener derecho al árbol de la vida” (Ap. 22, 14), ¡Ven!, que tengo sed, dame el agua de la vida (Ap. 22, 17).

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Novena entrega de Jesús. Su Espíritu.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Novena entrega. Desde la cruz. Jesús entrega su Espíritu al Padre.

“Y Jesús, clamando con voz potente dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu»” (Lc 23, 46).

Nos has entregado tu cuerpo y tu sangre, tu humanidad, tu cruz … pero tu Espíritu debes entregárselo al Padre, nosotros no estamos todavía preparados.

“Y en esto el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo y la tierra tembló y las piedras se partieron” (Mt 27, 51) Pero, ¿acaso se rasga mi alma?, ¿acaso tiembla, o se parte mi corazón?, ¿o me quedo impasible, viendo estremecerse todo a mi alrededor, como si las piedras y las telas tuvieran más conciencia que yo?.

Nada. No puedo hacer nada. Mi vida, que es la tuya, se ha quedado vacía. Ni tiemblo ni me rompo porque no hay ya nada en mí.

Si Tú no tienes vida, a mí ¿qué me queda?

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Octava entrega de Jesús. La humanidad y su Madre.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Octava entrega. Desde la cruz. Jesús entrega la humanidad a su Madre y su Madre a la humanidad.

“Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»” (Jn 19, 26-27).

¿Quién es ese al que tu amabas?, ¿no tiene nombre? Lo tiene, tiene el nombre de todo aquel te mira y cree en ti, a quien tu amas.

¡Qué delicado eres! No quisiste que apareciera ningún nombre para que cada uno supiéramos que somos nosotros “el discípulo al que ama”.

No podría vivir de otro modo, ¿cómo vivir pensando que no me amas?

Y me lo dices ahí, en tu agonía. Me entregas a tu madre. Me diste la vida, estás entregando la Vida, y te quedan fuerzas para dar el más preciado bien que nadie puede tener.

Pero a veces la mediocridad se hace fuerte en mí y pienso ¿quién se cree este para entregarme, acaso le pertenezco, acaso soy yo su hijo?, ¿quién eres tú Jesús, acaso tú eres mi Padre?, y me respondes “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?, quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 13, 9).

Y vuelvo a mirarte queriendo ver al Padre, pero veo tu cuerpo completamente llagado, te veo completamente entregado.

Ahora miro a María y veo a mi Madre, y veo sus ojos clavados en ti y me abrazo a ella queriendo consolarla, pero en mi abrazo es ella mi consuelo.

“No os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18) Lo tenías todo previsto. Por eso querías que estuviera aquí, frente a ti, junto a nuestra Madre. Quieres que me entregue a ella.

Y María, que tiene el alma tan llagada de dolor como tu cuerpo oye tus palabras y cierra los ojos, como asintiendo; ahora no puede pensar en otro más que en ti, no piensa ni en Juan, ni en mi, ni en ninguno de sus otros hijos, pero “conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2,51). Conserva tus palabras y conserva a tus hijos, a sus hijos.

“Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn, 19, 27) ¿Quién recibió a quién?

María nos recibió desde el primer instante, ella también aceptó la voluntad del Padre, “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). Juan te acogió. Sí Madre, yo también deseo acogerte en mi corazón “como algo propio”.

Y viendo el enorme dolor que sientes ante Jesús entregado sé que sigues sufriendo, ¡Cuánto dolor tienes Madre por todos esos hijos que no te quieren recibir en su corazón!, ¡Cuánto dolor hay en esos corazones que no te han acogido!

“Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5), si tan solo te recibiéramos, si fuéramos capaces de acoger esta entrega, ¡qué vida tan plena tendríamos contigo en nuestro corazón!

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Séptima entrega de Jesús. Sus vestiduras.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Séptima entrega. Monte Calvario. Jesús entrega sus vestiduras.

“Los soldados cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida de unas sola pieza de arriba abajo” (Jn, 19, 23).

Ya estás elevado en la cruz pero ellos ni te miran. Les has entregado tu ropa y desnudo entregas la Vida al mundo. Ellos ni te miran. Están pendientes del “botín”. ¿No estaba allí María, tu madre?, podrían, al menos, haberle dado a ella lo que a ti te pertenece, pero después de lo que te han hecho, ¿qué respeto te van a dar? ¿cabe esperar alguna compasión por ti?

Hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Como si el reparto equitativo de lo robado hiciera justicia.

Y la túnica “No la rasguemos, sino echémosla a suertes, a ver a quién le toca” (Jn 19, 24). ¡Ignorantes!, no sabían que esa túnica no podía rasgarse, así lo había ordenado Dios: “Confeccionarás el manto del efod todo él de púrpura violácea. Llevará en el centro una abertura para la cabeza, con un dobladillo alrededor, como la abertura de un coselete, para que no se rasgue” (Ex 28, 31).

Caifás se rasgó las vestiduras, él ejercía de sumo sacerdote ese año. Pero su cargo, su vestido, su honra eran mundanas. Efímeras. Rompibles.

Tu llevas la túnica de Sacerdote eterno y hoy por tres veces te has despojado de ella.

La primera para lavarnos los pies. “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía” (Jn 13, 16). Te hiciste nuestro criado al lavarnos los pies, por eso te quitaste el manto, para que viéramos tu humillación hasta en tu vestido.

La segunda para preservar tu manto de los latigazos “lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura. Y terminada la burla le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar” (Mt 27, 28, 31). Sufriste sobre tu piel el daño de nuestro pecado, pero cuidaste como sagrado el símbolo de tu sacerdocio.

Por fin, entregas a los que te vamos a matar también tu túnica, tu sacerdocio.

¡Pero volverás a llevarlo! “y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro” (Ap 1, 13) y en ella veremos escrito quién eres: “En el manto y en el muslo lleva escrito un título: «Rey de reyes y Señor de señores»” (Ap 19, 16)

Avergonzado me atrevo a mirarte, solo queda en ti la corona de espinas, como diadema, como había ordenado el Señor que debía llevar el Sumo Sacerdote: “Harás también una diadema de oro puro, y grabarás en ella, como en un sello: «Consagrado al Señor»” (Ex 28, 36) y la llevas para indicar que cargas con nuestras culpas al ofrecerte como Cordero Pascual al Padre: “Estará sobre la frente de Aarón, pues Aarón cargará con la culpa en que hayan incurrido los hijos de Israel al hacer sus ofrendas sagradas” (Ex 28, 38).

Entregaste las vestiduras de Sacerdote Eterno, pero dejaste sobre tu piel el símbolo de tu entrega.

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Sexta entrega de Jesús. Su Cruz.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Sexta entrega. Camino del Calvario. Jesús entrega su Cruz.

“Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús” (Lc, 23, 26).

Entregas tu Cruz. Incluso tu Cruz. Simón tuvo miedo. ¡Claro!, ¡cómo no tener miedo!

¿Quién no ha tenido miedo de cargar una cruz, más aún si no es la suya? Si ayudo a enfermos de sida ¿no me contagiaré?; si llevo a las personas con discapacidad al cine ¿no me tendrán por uno de ellos?; yo no voy los domingos a casa de mi suegra, para que no se acostumbre y no vaya a creerse que es mi obligación. Paso de ir de voluntaria con las monjas, no vaya a escuchar la vocación del Señor.

¡Qué miedo da la Cruz! ¡Que no, que yo no la quiero!

Pero Simón cargó con tu Cruz. El cirineo fue el primero en seguir tus pasos hacia el calvario “y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús” (Lc, 23, 26). Déjame ir detrás de ti, Simón. Te llamas igual que Pedro …

Cargar con la Cruz de Jesús. Hoy sabemos que es el mayor privilegio. Tú nos habías dicho “a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga»” (Lc, 9, 23).

Pero ahora entregas tu Cruz.

Tal y cómo nos dijiste, para llevar la Cruz hay que negarse a sí mismo. No puedo decir “esa no es mi cruz”. Para llevar la Cruz de Cristo, la cruz de mi hermano, de mi hijo, de mi cónyuge, de mis padres, “yo” no importo, mi cruz no importa.

“Niégate a ti mismo” me dices. Como el cirineo. Ya no es Simón. Ahora es el que lleva tu Cruz.

Así me enseñas: no basta con que tome mi cruz de cada día. Tengo que tomar la cruz de mi prójimo.

Entregaste tu Cruz a Simón, a uno que pasaba por ahí. Señor, enséñame a cargar la Cruz del que pase a mi lado. Permíteme ver en su desdicha tu Cruz, para cargarla y llevarla “detrás de Jesús”.

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Quinta entrega de Jesús. Su perdón.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Quinta entrega. Casa de Anás. Jesús entrega su perdón a Pedro.

“El Señor, volviéndose, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces»”. (Lc 22, 61).

Pedro cumplió tu palabra. “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!” (Pregón Pascual del Sábado Santo). ¡Gracias Pedro!, arrancaste del Señor la mirada de perdón.

Esa noche hacía frío pero el único que busca el calor del fuego era Pedro. El Corazón de Jesús estaba encendido por amor a los hombres. El corazón de los del sanedrín ardía de odio. Pero Pedro estaba encerrado en sí mismo, en su egoísmo. Estaba atento a sí mismo, ¡qué frío!

Todos reconocen a Pedro, le han visto tantas veces con Jesús, siempre ahí, a su lado. Pero ahora le niega. También todos me conocen. Siempre en la parroquia, todos los domingos en Misa, en todos los saraos místicos, pero cuando llega la hora de la pasión … cuando llega el momento de la entrega … cuando creo que nadie me conoce …

Más tarde Jesús suplicará el perdón del Padre por los que no saben lo que hacen, pero tú sí sabías lo que hacías ¿verdad Pedro?, Él te lo había avisado. ¡Te entiendo tan bien! ¿Tres veces? ¡Incontables las veces que yo le he negado!, ¡incontables!

El Señor mira a Pedro, como me mira a mí cada vez que le niego. Pero no juzga, no nos juzga. “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 17); El Señor no juzga, no condena. Jesús perdona. Con solo una mirada Jesús salva.

Señor, ¡enséñame a mirar sin juzgar!, ¡enséñame a no condenar! Jesús, si tan solo supiera perdonar …

“Y, saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc, 22, 62). ¿Cómo no llorar? Lágrimas de vergüenza. Ese será el dolor por mi pecado, porque la culpa, la expiación ha caído entera sobre tu carne. Entregas tu cuerpo para que yo solo tenga que pedir perdón.

Ahora me entregas tu mirada. Entregas tu perdón.

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Cuarta entrega de Jesús. Su humanidad.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Cuarta entrega – Jesús entrega su humanidad a los hombres.

“Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús «yo soy»” (Jn, 18, 4-5).

Yo soy. “Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues si no creéis que “Yo soy” moriréis en vuestros pecados” (Jn, 8, 24).

Aquellos hombres te creyeron y te prendieron, pero pensaron que eras solo un nazareno, solo un hombre. No entendieron que “Yo soy” es tu nombre, “Yo soy el que soy” (Ex, 3, 14).

Prendieron a Jesús el nazareno, al que se señaló a sí mismo con el nombre de Dios. Así ya no morirán en su pecado, ahora, hasta los que te prendemos, los que salimos a por ti en la oscuridad de la noche, hasta los que nos ocultamos tras las antorchas para llevarte a la tortura seremos salvados, porque eres Tú quien morirás por nuestros pecados.

No es creíble, ¡no es creíble a qué te vas a entregar!

¿De verdad vas a sufrir semejante tortura? ¿De verdad lo quieres hacer por mí? ¿De verdad una vez más?

¿Hasta cuándo Señor?, ¿hasta cuándo?, ¿Cuántas Misas más vas a entregarte?

Entregas tu humanidad a mi pecado que se crece y se engríe, te escupe, te abofetea y te flagela. ¿Y mi amor por ti? Escondido. Aterrorizado. Avergonzado. Cobarde, muy cobarde.

 “Y a Jesús lo entregó a la voluntad de ellos” (Lc, 23,25).

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Tercera entrega de Jesús. Su voluntad.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Tercera entrega – Huerto de Getsemaní. Jesús entrega su voluntad.

“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú” (Mt. 26, 39).

Entregas tu voluntad. Este es tu alimento: “Mi alimento es hacer su voluntad y llevar a término su obra” (Jn, 4, 34).

Jesús verdadero Dios y verdadero hombre. Y el hombre se entrega a la voluntad de Dios.

Tres veces repites la misma oración al Padre. Como las veces que preguntaste a Pedro si te amaba. Como las veces que eleva el sacerdote tu cuerpo en la Santa Misa.

Para esto has venido. Para hacer Su voluntad. Para enseñarnos a hacer Su voluntad.

Tiemblas y te estremeces. Y sudas sangre. Aceptas el castigo de los pecadores, Tú, que no has cometido pecado.

¿Cómo no vas a temblar al entregar tu voluntad?

¿Existe algo más íntimo que la voluntad? ¿Si entrega su voluntad, qué queda del hombre?

Y pienso … ¿Cuántas veces he pedido a Dios que cumpla MI voluntad? ¿Cuántas veces he llorado – de rabia – y he temblado – de impotencia – porque Tú, sí Tú, Dios, no has querido cumplir mi voluntad?

Y he creído acercarme a Ti solo para reprocharte que parece, una vez más, que te has dormido.

Míralos, ahí están, Juan, Santiago y Pedro, los tres dormidos, como yo, como todos. Quizás sea necesario dormir para no ver lo que no podemos comprender. ¡Entregar tu voluntad!

Entregas tu voluntad para hacer la Suya, pero ¿cuál es la voluntad del Padre?: “que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn, 6, 40).

“No se haga como yo quiero, sino como quieres Tu” (Mt. 26, 39). Necesitas decirlo tres veces. Ya no hay duda. La entrega es total. Te entregas Tú para que no se pierda ninguno. Para encontrar la oveja perdida. Para rescatar a todo pecador. Para resucitarnos en el último día. Tres veces para que el Padre acepte tu entrega: entregas tu voluntad en rescate por todos.

“Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” (Mt, 26, 45).

Ya podemos dormir y descansar. Vas a cumplir la voluntad del Padre. Has aceptado ser pago de nuestra salvación.

Ya podemos descansar.

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