Dios es músico.

Dios compone conciertos. Un concierto específico para cada ser humano.

En la actualidad hay más de 8 mil millones de conciertos sonando al unísono. Cada concierto distinto, pero todos interconectados. Compartimos notas, compases, acordes con los que estamos cerca; a veces son solo un par de notas – una mirada con aquel con quien nos cruzamos – otras veces compartimos los acordes de un gran movimiento, como con nuestros padres, nuestro cónyuge, nuestros hijos o nuestros hermanos.

Cada uno nuestro concierto, concierto para un solo instrumento, que es a la vez solista y acompañamiento de la orquesta de quien está a tu lado, todo integrado en la gran sinfonía humana.

Hay violines, violas, pianos, oboes, guitarras, tubas, banjos, chistus, clavicordios, ukeleles, harpas de boca, etc. Imagina cualquier instrumento y habrá cientos de miles sonando en alguna parte de la tierra, siguiendo la sinfonía que Dios está escribiendo con ellos.

También hay platillos, timbales y triángulos. Parece que tienen poco que decir, pero si no sonaran, la sinfonía de la humanidad estaría incompleta.

Dios escribe a la vez que suena la música. Completamente al unísono, Dios y cada uno de nosotros. No la ha escrito de antemano, eso sería predestinación, ni la escribe después de oírla, entonces no sería Dios, sería un simple escribano.

Dios compone el concierto con cada uno de nosotros. Cuando más dejamos que sea Él quien guíe nuestras notas, cuanto más acompasamos nuestro ritmo a la melodía que Él desea para nosotros, más libres nos sentimos y probablemente lo seamos. No significa que la sinfonía, en esos compases, esté libre de dramatismo, de tristeza, o incluso de sufrimiento o de incertidumbre por cómo acabará ese movimiento, pero nos sentimos confiados de que la música no depende de nosotros, solo la ejecutamos y sabemos que el epílogo será bello.

Pero también nos permite tomar por completo las riendas de la partitura, nos permite llevar la melodía allá donde queramos, nos permite hasta pensar que somos los únicos autores de nuestro concierto. Él escribe, siempre atento, siempre aportando luz hacia lo más alto, hacia lo más sublime, hacia lo que desea que lleguemos a ser … y por eso completamente libres de Él, si eso es lo que queremos, pero entonces tocaremos la música completamente apegada a nuestros miedos, a nuestros deseos, a nuestras inseguridades o, sencillamente, intentando que suene como desean aquellos a quienes, por miedo o por deseo, les hemos dado poder sobre nuestra vida.

Dios compone sinfonías, rapsodias, fantasías, fugas, poemas sinfónicos, oberturas, sinfonías y sonatas. Algunas son tan breves que ni siquiera la madre del artista es consciente de la música que ha vibrado en su interior, otras trascienden a generaciones.

Creemos que cuando morimos nuestra música se apaga. No es cierto, nuestra música sigue resonando, como un eco, en los corazones de los que nos han amado, e incorporarán algunas de las notas que nosotros tocamos a su propio concierto y mientras, del otro lado, nuestro concierto deja de ser único, aislado, y nos convertimos en miembros de esa gran y maravillosa orquesta que perfectamente armonizada y acompasada tocan una misma obra, la más obra más bella que jamás podamos oír, la obra que suena en el Corazón de Dios desde la eternidad. Todos los Santos de la historia unidos a los ángeles en una sola armonía, perfecta, sublime, todos en éxtasis por oír nuestra voz que se eleva hasta Él, al que veremos por fin, amándonos y recibiendo nuestro amor, tal y como Él siempre lo ha pensado.

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