Décima entrega de Jesús. Muerto, entrega la Misericordia.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Décima entrega. Desde la cruz. Jesús muerto entrega la Misericordia en la sangre y el agua que brotan de su corazón.

“Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.” (Jn, 19, 33-34).

El profeta Zacarías lo había anunciado: “En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por el hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito. … Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza” (Zc 12, 10; 13, 1)

Creíamos que todo había terminado, que ya no podías entregarte más. Jesús, el nazareno, el hombre, ha muerto, pero Dios sigue vivo. ¡Dios está vivo! y en el instante en que nos damos por perdidos, entregas tu esencia. Dios es Misericordia, Dios nos entrega su Misericordia.

“En el último día, el más solemne de la fiesta estaba Jesús y clamó:

– Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la escritura de sus entrañas brotarán ríos de agua viva -. Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Todo estaba escrito. Debías primero entregar tu Espíritu para glorificar al Padre y a tí en Él, y así, al darnos a beber el agua “que Yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que Yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 14).

Porque es tu misericordia la fuente de agua viva que nos lleva hasta la vida eterna.

 “«Misericordia», palabra latina cuyo significado etimológico es «miseris cor dare», «dar el corazón a los míseros»” (Discurso del Santo Padre Francisco a la Confederación Nacional de Las Misericordias de Italia en el aniversario de la audiencia del 14 de junio de 1986 con el Papa Juan Pablo II. Plaza de San Pedro, sábado 14 de junio de 2014).

Quisiste que Juan, que vio brotar sangre y agua de tu costado diera testimonio para pudiéramos creer (Jn 19, 35).

Pero frente a nuestro olvido, nuestra dureza de corazón, nuestro rechazo, volviste a abrirnos los ojos:

“Mi Corazón desborda con gran Misericordia para las almas, y especialmente para los pobres pecadores. Si solo pudieran entender que Yo soy el mejor de los Padres para ellos y que para ellos es que la Sangre y el Agua fluyeron de Mi Corazón como de una fuente llena de Misericordia” (Santa Faustina Kowalska, Diario 367).

Y como si estuvieras dando luz a un nuevo sacramento, entregas tu sangre y tu agua, como signos de tu gracia. Abres tu corazón y entregas tu misericordia.

Señor, lava mis pecados con tu sangre “para tener derecho al árbol de la vida” (Ap. 22, 14), ¡Ven!, que tengo sed, dame el agua de la vida (Ap. 22, 17).

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Novena entrega de Jesús. Su Espíritu.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Novena entrega. Desde la cruz. Jesús entrega su Espíritu al Padre.

“Y Jesús, clamando con voz potente dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu»” (Lc 23, 46).

Nos has entregado tu cuerpo y tu sangre, tu humanidad, tu cruz … pero tu Espíritu debes entregárselo al Padre, nosotros no estamos todavía preparados.

“Y en esto el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo y la tierra tembló y las piedras se partieron” (Mt 27, 51) Pero, ¿acaso se rasga mi alma?, ¿acaso tiembla, o se parte mi corazón?, ¿o me quedo impasible, viendo estremecerse todo a mi alrededor, como si las piedras y las telas tuvieran más conciencia que yo?.

Nada. No puedo hacer nada. Mi vida, que es la tuya, se ha quedado vacía. Ni tiemblo ni me rompo porque no hay ya nada en mí.

Si Tú no tienes vida, a mí ¿qué me queda?

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Octava entrega de Jesús. La humanidad y su Madre.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Octava entrega. Desde la cruz. Jesús entrega la humanidad a su Madre y su Madre a la humanidad.

“Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»” (Jn 19, 26-27).

¿Quién es ese al que tu amabas?, ¿no tiene nombre? Lo tiene, tiene el nombre de todo aquel te mira y cree en ti, a quien tu amas.

¡Qué delicado eres! No quisiste que apareciera ningún nombre para que cada uno supiéramos que somos nosotros “el discípulo al que ama”.

No podría vivir de otro modo, ¿cómo vivir pensando que no me amas?

Y me lo dices ahí, en tu agonía. Me entregas a tu madre. Me diste la vida, estás entregando la Vida, y te quedan fuerzas para dar el más preciado bien que nadie puede tener.

Pero a veces la mediocridad se hace fuerte en mí y pienso ¿quién se cree este para entregarme, acaso le pertenezco, acaso soy yo su hijo?, ¿quién eres tú Jesús, acaso tú eres mi Padre?, y me respondes “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?, quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 13, 9).

Y vuelvo a mirarte queriendo ver al Padre, pero veo tu cuerpo completamente llagado, te veo completamente entregado.

Ahora miro a María y veo a mi Madre, y veo sus ojos clavados en ti y me abrazo a ella queriendo consolarla, pero en mi abrazo es ella mi consuelo.

“No os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18) Lo tenías todo previsto. Por eso querías que estuviera aquí, frente a ti, junto a nuestra Madre. Quieres que me entregue a ella.

Y María, que tiene el alma tan llagada de dolor como tu cuerpo oye tus palabras y cierra los ojos, como asintiendo; ahora no puede pensar en otro más que en ti, no piensa ni en Juan, ni en mi, ni en ninguno de sus otros hijos, pero “conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2,51). Conserva tus palabras y conserva a tus hijos, a sus hijos.

“Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn, 19, 27) ¿Quién recibió a quién?

María nos recibió desde el primer instante, ella también aceptó la voluntad del Padre, “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). Juan te acogió. Sí Madre, yo también deseo acogerte en mi corazón “como algo propio”.

Y viendo el enorme dolor que sientes ante Jesús entregado sé que sigues sufriendo, ¡Cuánto dolor tienes Madre por todos esos hijos que no te quieren recibir en su corazón!, ¡Cuánto dolor hay en esos corazones que no te han acogido!

“Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5), si tan solo te recibiéramos, si fuéramos capaces de acoger esta entrega, ¡qué vida tan plena tendríamos contigo en nuestro corazón!

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Séptima entrega de Jesús. Sus vestiduras.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Séptima entrega. Monte Calvario. Jesús entrega sus vestiduras.

“Los soldados cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida de unas sola pieza de arriba abajo” (Jn, 19, 23).

Ya estás elevado en la cruz pero ellos ni te miran. Les has entregado tu ropa y desnudo entregas la Vida al mundo. Ellos ni te miran. Están pendientes del “botín”. ¿No estaba allí María, tu madre?, podrían, al menos, haberle dado a ella lo que a ti te pertenece, pero después de lo que te han hecho, ¿qué respeto te van a dar? ¿cabe esperar alguna compasión por ti?

Hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Como si el reparto equitativo de lo robado hiciera justicia.

Y la túnica “No la rasguemos, sino echémosla a suertes, a ver a quién le toca” (Jn 19, 24). ¡Ignorantes!, no sabían que esa túnica no podía rasgarse, así lo había ordenado Dios: “Confeccionarás el manto del efod todo él de púrpura violácea. Llevará en el centro una abertura para la cabeza, con un dobladillo alrededor, como la abertura de un coselete, para que no se rasgue” (Ex 28, 31).

Caifás se rasgó las vestiduras, él ejercía de sumo sacerdote ese año. Pero su cargo, su vestido, su honra eran mundanas. Efímeras. Rompibles.

Tu llevas la túnica de Sacerdote eterno y hoy por tres veces te has despojado de ella.

La primera para lavarnos los pies. “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía” (Jn 13, 16). Te hiciste nuestro criado al lavarnos los pies, por eso te quitaste el manto, para que viéramos tu humillación hasta en tu vestido.

La segunda para preservar tu manto de los latigazos “lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura. Y terminada la burla le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar” (Mt 27, 28, 31). Sufriste sobre tu piel el daño de nuestro pecado, pero cuidaste como sagrado el símbolo de tu sacerdocio.

Por fin, entregas a los que te vamos a matar también tu túnica, tu sacerdocio.

¡Pero volverás a llevarlo! “y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro” (Ap 1, 13) y en ella veremos escrito quién eres: “En el manto y en el muslo lleva escrito un título: «Rey de reyes y Señor de señores»” (Ap 19, 16)

Avergonzado me atrevo a mirarte, solo queda en ti la corona de espinas, como diadema, como había ordenado el Señor que debía llevar el Sumo Sacerdote: “Harás también una diadema de oro puro, y grabarás en ella, como en un sello: «Consagrado al Señor»” (Ex 28, 36) y la llevas para indicar que cargas con nuestras culpas al ofrecerte como Cordero Pascual al Padre: “Estará sobre la frente de Aarón, pues Aarón cargará con la culpa en que hayan incurrido los hijos de Israel al hacer sus ofrendas sagradas” (Ex 28, 38).

Entregaste las vestiduras de Sacerdote Eterno, pero dejaste sobre tu piel el símbolo de tu entrega.

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Sexta entrega de Jesús. Su Cruz.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Sexta entrega. Camino del Calvario. Jesús entrega su Cruz.

“Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús” (Lc, 23, 26).

Entregas tu Cruz. Incluso tu Cruz. Simón tuvo miedo. ¡Claro!, ¡cómo no tener miedo!

¿Quién no ha tenido miedo de cargar una cruz, más aún si no es la suya? Si ayudo a enfermos de sida ¿no me contagiaré?; si llevo a las personas con discapacidad al cine ¿no me tendrán por uno de ellos?; yo no voy los domingos a casa de mi suegra, para que no se acostumbre y no vaya a creerse que es mi obligación. Paso de ir de voluntaria con las monjas, no vaya a escuchar la vocación del Señor.

¡Qué miedo da la Cruz! ¡Que no, que yo no la quiero!

Pero Simón cargó con tu Cruz. El cirineo fue el primero en seguir tus pasos hacia el calvario “y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús” (Lc, 23, 26). Déjame ir detrás de ti, Simón. Te llamas igual que Pedro …

Cargar con la Cruz de Jesús. Hoy sabemos que es el mayor privilegio. Tú nos habías dicho “a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga»” (Lc, 9, 23).

Pero ahora entregas tu Cruz.

Tal y cómo nos dijiste, para llevar la Cruz hay que negarse a sí mismo. No puedo decir “esa no es mi cruz”. Para llevar la Cruz de Cristo, la cruz de mi hermano, de mi hijo, de mi cónyuge, de mis padres, “yo” no importo, mi cruz no importa.

“Niégate a ti mismo” me dices. Como el cirineo. Ya no es Simón. Ahora es el que lleva tu Cruz.

Así me enseñas: no basta con que tome mi cruz de cada día. Tengo que tomar la cruz de mi prójimo.

Entregaste tu Cruz a Simón, a uno que pasaba por ahí. Señor, enséñame a cargar la Cruz del que pase a mi lado. Permíteme ver en su desdicha tu Cruz, para cargarla y llevarla “detrás de Jesús”.

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Quinta entrega de Jesús. Su perdón.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Quinta entrega. Casa de Anás. Jesús entrega su perdón a Pedro.

“El Señor, volviéndose, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces»”. (Lc 22, 61).

Pedro cumplió tu palabra. “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!” (Pregón Pascual del Sábado Santo). ¡Gracias Pedro!, arrancaste del Señor la mirada de perdón.

Esa noche hacía frío pero el único que busca el calor del fuego era Pedro. El Corazón de Jesús estaba encendido por amor a los hombres. El corazón de los del sanedrín ardía de odio. Pero Pedro estaba encerrado en sí mismo, en su egoísmo. Estaba atento a sí mismo, ¡qué frío!

Todos reconocen a Pedro, le han visto tantas veces con Jesús, siempre ahí, a su lado. Pero ahora le niega. También todos me conocen. Siempre en la parroquia, todos los domingos en Misa, en todos los saraos místicos, pero cuando llega la hora de la pasión … cuando llega el momento de la entrega … cuando creo que nadie me conoce …

Más tarde Jesús suplicará el perdón del Padre por los que no saben lo que hacen, pero tú sí sabías lo que hacías ¿verdad Pedro?, Él te lo había avisado. ¡Te entiendo tan bien! ¿Tres veces? ¡Incontables las veces que yo le he negado!, ¡incontables!

El Señor mira a Pedro, como me mira a mí cada vez que le niego. Pero no juzga, no nos juzga. “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 17); El Señor no juzga, no condena. Jesús perdona. Con solo una mirada Jesús salva.

Señor, ¡enséñame a mirar sin juzgar!, ¡enséñame a no condenar! Jesús, si tan solo supiera perdonar …

“Y, saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc, 22, 62). ¿Cómo no llorar? Lágrimas de vergüenza. Ese será el dolor por mi pecado, porque la culpa, la expiación ha caído entera sobre tu carne. Entregas tu cuerpo para que yo solo tenga que pedir perdón.

Ahora me entregas tu mirada. Entregas tu perdón.

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Cuarta entrega de Jesús. Su humanidad.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Cuarta entrega – Jesús entrega su humanidad a los hombres.

“Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús «yo soy»” (Jn, 18, 4-5).

Yo soy. “Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues si no creéis que “Yo soy” moriréis en vuestros pecados” (Jn, 8, 24).

Aquellos hombres te creyeron y te prendieron, pero pensaron que eras solo un nazareno, solo un hombre. No entendieron que “Yo soy” es tu nombre, “Yo soy el que soy” (Ex, 3, 14).

Prendieron a Jesús el nazareno, al que se señaló a sí mismo con el nombre de Dios. Así ya no morirán en su pecado, ahora, hasta los que te prendemos, los que salimos a por ti en la oscuridad de la noche, hasta los que nos ocultamos tras las antorchas para llevarte a la tortura seremos salvados, porque eres Tú quien morirás por nuestros pecados.

No es creíble, ¡no es creíble a qué te vas a entregar!

¿De verdad vas a sufrir semejante tortura? ¿De verdad lo quieres hacer por mí? ¿De verdad una vez más?

¿Hasta cuándo Señor?, ¿hasta cuándo?, ¿Cuántas Misas más vas a entregarte?

Entregas tu humanidad a mi pecado que se crece y se engríe, te escupe, te abofetea y te flagela. ¿Y mi amor por ti? Escondido. Aterrorizado. Avergonzado. Cobarde, muy cobarde.

 “Y a Jesús lo entregó a la voluntad de ellos” (Lc, 23,25).

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Tercera entrega de Jesús. Su voluntad.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Tercera entrega – Huerto de Getsemaní. Jesús entrega su voluntad.

“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú” (Mt. 26, 39).

Entregas tu voluntad. Este es tu alimento: “Mi alimento es hacer su voluntad y llevar a término su obra” (Jn, 4, 34).

Jesús verdadero Dios y verdadero hombre. Y el hombre se entrega a la voluntad de Dios.

Tres veces repites la misma oración al Padre. Como las veces que preguntaste a Pedro si te amaba. Como las veces que eleva el sacerdote tu cuerpo en la Santa Misa.

Para esto has venido. Para hacer Su voluntad. Para enseñarnos a hacer Su voluntad.

Tiemblas y te estremeces. Y sudas sangre. Aceptas el castigo de los pecadores, Tú, que no has cometido pecado.

¿Cómo no vas a temblar al entregar tu voluntad?

¿Existe algo más íntimo que la voluntad? ¿Si entrega su voluntad, qué queda del hombre?

Y pienso … ¿Cuántas veces he pedido a Dios que cumpla MI voluntad? ¿Cuántas veces he llorado – de rabia – y he temblado – de impotencia – porque Tú, sí Tú, Dios, no has querido cumplir mi voluntad?

Y he creído acercarme a Ti solo para reprocharte que parece, una vez más, que te has dormido.

Míralos, ahí están, Juan, Santiago y Pedro, los tres dormidos, como yo, como todos. Quizás sea necesario dormir para no ver lo que no podemos comprender. ¡Entregar tu voluntad!

Entregas tu voluntad para hacer la Suya, pero ¿cuál es la voluntad del Padre?: “que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn, 6, 40).

“No se haga como yo quiero, sino como quieres Tu” (Mt. 26, 39). Necesitas decirlo tres veces. Ya no hay duda. La entrega es total. Te entregas Tú para que no se pierda ninguno. Para encontrar la oveja perdida. Para rescatar a todo pecador. Para resucitarnos en el último día. Tres veces para que el Padre acepte tu entrega: entregas tu voluntad en rescate por todos.

“Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” (Mt, 26, 45).

Ya podemos dormir y descansar. Vas a cumplir la voluntad del Padre. Has aceptado ser pago de nuestra salvación.

Ya podemos descansar.

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Segunda entrega de Jesús. Su sangre.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Segunda entrega – En el cenáculo. Jesús entrega su sangre.

“Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo «Bebed todos, porque esta es mi sangre de la alianza»” (Mt 26, 27). Las alianzas se sellan con sangre. Y Tú eres el Cordero elegido. Tú entregas tu sangre “que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt, 26, 27).

Ya nos lo había anunciado hacía tres años Juan el bautista con solo verte: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

“Mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55).

Al verte con el cáliz en la mano y oírte decir “bebed”, vienen como un trueno tus palabras a Santiago y Juan “Mi cáliz lo beberéis” (Mt 20, 23) – les anunciaste lo que habría de pasar para que pudieran entrar en el cielo … Es necesario beber tu sangre para entrar en tu reino.

Entregas tu sangre para que te bebamos. No es un símbolo. No es una metáfora: Es tu sangre. Es nuestra bebida.

Cuando yo sangro mancho, pero tu sangre limpia nuestros pecados para que podamos estar ante el trono de Dios en el cielo. “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (Ap. 7, 14). Quiero beber tu sangre para limpiar mis pecados.

Pienso en tu sangre derramada – entregada. En el patio de la casa de Pilatos. En el camino hacia el calvario. Sobre las piedras en las que apoyan la cruz mientras te clavan. La sangre hecha savia del madero en el que te alzan … ¡si con una sola de esas gotas se salva el mundo, que terrible desperdicio!, ¡que no se pierda ni una gota! y entonces veo tu sangre derramada en el Cáliz que bebo y me doy cuenta: ¡cuántas veces ha caído tu sangre sobre mi corazón hecho piedra, sobre mi alma alicatada como el patio de Pilatos!

¿Cuántas veces he pensado que yo “soy inocente de la sangre de este Hombre” (Mt 27, 24)? ¿De qué me tiene que salvar ese?

Tu sangre por mis pecados. Y no logro verlo, quizás no quiero verlo.

Si entendiera que cada gota de tu sangre derramada ha sido entregada por mis pecados, ¿podría seguir viviendo como si nada?

Pero sigo pecando y Tú sigues sangrando. Sigues lavando con tu sangre mis pecados. Y me dices: “toma y bebe” … y resuenan en mis oídos tus palabras “y en adelante no peques más” (Jn, 8, 11).

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Primera entrega de Jesús. Su cuerpo.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Primera entrega – En el cenáculo. Jesús entrega su cuerpo.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn, 6, 51)

Ha llegado el momento: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”. (Mt, 26, 26).

Para esto has venido. Para darnos tu cuerpo como alimento.

Entregas tu cuerpo para que te comamos. No es un símbolo, no es una metáfora: es tu cuerpo, es nuestro alimento.

Convertiste la mesa de tu última cena en el altar de tu sacrificio y conviertes el altar de la Iglesia en la mesa de nuestra santa cena.

Nos das tu cuerpo – y solo vemos pan – pero tus palabras nos lo explican: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc, 22, 19).

He oído tantas veces decirlo: “se entrega por vosotros”. Siempre en presente; no dicen “hace dos mil años se entregó por vosotros”. “Se entrega”, te entregas. En presente. Libremente.

Tú eres presente en el tiempo, tú estás presente en la hostia. Hoy estás aquí, aquí te entregas.

Los discípulos te pidieron “Señor, danos siempre de este pan” (Jn, 6, 34), y como si el hombre tuviera algún poder sobre ti, como si hubieras querido obedecerles, te quedas en la Eucaristía. Siempre este pan. Siempre tu carne. Siempre entregándote.

¡Cuantos días paso sin probar bocado! Y mi cuerpo sigue vivo. Sin tu carne. Mi cuerpo. Solo mi cuerpo.

¡Cuántas almas mueren de inanición!, no te comen, no te escuchan, no te creen: “Yo soy el Pan de vida” (Jn, 6, 35).

¿Hay una entrega mayor? Entregas tu cuerpo y nos das la Vida. La Vida Eterna. Y para que podamos vivir YA esa vida, te quedas entregado.

Al oírte en la consagración me vienen a la memoria las palabras que nos enseñaste a decir a nuestro Padre “que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas …”

Y no puedo evitar pensar: ¡lo está cumpliendo!:

“La víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos y, elevando los ojos hacia ti”, que estás en el Cielo; “ … Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo …”, santificado sea Tu nombre; “ … lo partió …”, hágase tu voluntad; “ .. y lo dio a sus discípulos …”, venga a nosotros tu reino; “tomad y comed todos de él …”, danos hoy nuestro pan de cada día; “… que será entregado por vosotros … para el perdón de los pecados”, y perdona nuestras ofensas. (Entrecomillado y en negrita el texto de la Plegaria Eucarística I).

¡Lo está cumpliendo!

Te entregas una vez y te entregas siempre. En cada Misa otra vez la entrega. “Haced esto en conmemoración mía”.

Y lo hacemos sin pensar. Tú te entregas libremente. Aceptas entregarte aunque no entendamos lo que estás haciendo. Aunque podamos vivir, seguir viviendo, como si nunca te hubieras entregado, como si nada hubieras cambiado, como si tu cuerpo fuera solo un trozo de pan, tu cuerpo, tu entrega.

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