Primera entrega de Jesús. Su cuerpo.

Oración de acompañamiento a Jesús en su entrega del Jueves y el Viernes Santo.

Primera entrega – En el cenáculo. Jesús entrega su cuerpo.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn, 6, 51)

Ha llegado el momento: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”. (Mt, 26, 26).

Para esto has venido. Para darnos tu cuerpo como alimento.

Entregas tu cuerpo para que te comamos. No es un símbolo, no es una metáfora: es tu cuerpo, es nuestro alimento.

Convertiste la mesa de tu última cena en el altar de tu sacrificio y conviertes el altar de la Iglesia en la mesa de nuestra santa cena.

Nos das tu cuerpo – y solo vemos pan – pero tus palabras nos lo explican: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc, 22, 19).

He oído tantas veces decirlo: “se entrega por vosotros”. Siempre en presente; no dicen “hace dos mil años se entregó por vosotros”. “Se entrega”, te entregas. En presente. Libremente.

Tú eres presente en el tiempo, tú estás presente en la hostia. Hoy estás aquí, aquí te entregas.

Los discípulos te pidieron “Señor, danos siempre de este pan” (Jn, 6, 34), y como si el hombre tuviera algún poder sobre ti, como si hubieras querido obedecerles, te quedas en la Eucaristía. Siempre este pan. Siempre tu carne. Siempre entregándote.

¡Cuantos días paso sin probar bocado! Y mi cuerpo sigue vivo. Sin tu carne. Mi cuerpo. Solo mi cuerpo.

¡Cuántas almas mueren de inanición!, no te comen, no te escuchan, no te creen: “Yo soy el Pan de vida” (Jn, 6, 35).

¿Hay una entrega mayor? Entregas tu cuerpo y nos das la Vida. La Vida Eterna. Y para que podamos vivir YA esa vida, te quedas entregado.

Al oírte en la consagración me vienen a la memoria las palabras que nos enseñaste a decir a nuestro Padre “que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas …”

Y no puedo evitar pensar: ¡lo está cumpliendo!:

“La víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos y, elevando los ojos hacia ti”, que estás en el Cielo; “ … Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo …”, santificado sea Tu nombre; “ … lo partió …”, hágase tu voluntad; “ .. y lo dio a sus discípulos …”, venga a nosotros tu reino; “tomad y comed todos de él …”, danos hoy nuestro pan de cada día; “… que será entregado por vosotros … para el perdón de los pecados”, y perdona nuestras ofensas. (Entrecomillado y en negrita el texto de la Plegaria Eucarística I).

¡Lo está cumpliendo!

Te entregas una vez y te entregas siempre. En cada Misa otra vez la entrega. “Haced esto en conmemoración mía”.

Y lo hacemos sin pensar. Tú te entregas libremente. Aceptas entregarte aunque no entendamos lo que estás haciendo. Aunque podamos vivir, seguir viviendo, como si nunca te hubieras entregado, como si nada hubieras cambiado, como si tu cuerpo fuera solo un trozo de pan, tu cuerpo, tu entrega.

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