Colegios con integración

Hace algunas semanas me refería a los colegios que acogen alumnos aunque tengan dificultades de aprendizaje versus aquellos que escogen a aquellos alumnos que, en definitiva, aprobarían en cualquier colegio y con cualquier profesor.

Si profundizamos en las dificultades y en la escolarización “selectiva” nos encontramos de lleno con la diferencia entre los colegios con integración (en Hispanoamérica les llaman “colegios integradores”) versus colegios sin integración (a mi me gusta llamarles, lógicamente, “colegios desintegradores”).

Qué duda cabe que los colegios sin integración dan una visión completamente limitada de la riqueza del ser humano. Dan una sensación de homogeneidad tan apabullante que resulta absurdo extrañarse de que los niños crezcan con miedo a las diferencias individuales. El acoso escolar (“bulling”) se ejerce sobre aquel que no cumple los estándares – el gordo o el flaco, el empollón o el que suspende hasta el recreo, el que lleva gafas o el que tiene unas pestañas tan grandes que si parpadea mueve el aire – lo digo sin exagerar ¿verdad J?. Si todos somos “estándar”, pesar un poco más o un poco menos, sacar notas por encima o por debajo de la media o llevar gafas se convierte en “diferencias significativas”.

En los colegios sin integración los profesores pueden llegar fácilmente a la conclusión de que un solo estilo de enseñanza puede valer para todos, y si algún alumno se queda descolgado el problema es del niño, porque “a los demás se lo explico exactamente igual y todos lo entienden”. De esa manera la creatividad, el reto y la necesidad de adaptación queda significativamente cercenada en los docentes.

En los colegios con integración los alumnos crecen sabiendo que los seres humanos tenemos dos piernas, pero no siempre corremos, y tenemos boca, pero puede que no sea fácil entendernos.

Los alumnos de colegios integradores aprenden que, por muchas dificultades a las que nos enfrentemos suele haber otro que le cuesta más y por eso siempre puedes ayudar. Pierden el miedo a ser.

¿Es la integración una panacea? ¿Es el bálsamo de Fierabrás para cualquier alumno con discapacidad? Ni muchísimo menos.

Cualquiera que se haya acercado al mundo de la integración o de la inclusión sabe que es un camino lleno de imperfecciones, de dificultades y de sinsabores. La integración está en pañales, muy a pesar de que la conocida “declaración de Salamanca” de la UNESCO ha cumplido ya 21 años. Son muchos más los retos y los avances que quedan por alcanzarse que los que se han logrado hasta ahora.

Conozco decenas de colegios y profesores que piensan que “integrar” se limita a “ponga a un discapacitado en su aula”, y que unas cuantas ceras (crayolas) o unos trozos de plastilina son las únicas herramientas necesarias mientras el niño no esté “en al aula de apoyo”. Muchos profesores se excusan en el alto número de alumnos “normales” a los que tienen que atender y a los que apenas llegan.

No les falta razón en que a la inmensa mayoría de los profesores que tienen alumnos con discapacidad en sus aulas nadie les ha dado la más mínima formación y que por tanto desconocen qué se debe esperar de estos niños y cómo alcanzarlo.

Con frecuencia me quejo de los maestros que lejos de ver a un niño ven un síndrome con piernas y tan pronto ven una cara un poco rara dicen “angelito, lo importante es que sea feliz”.

“¿Pero para qué quieres que aprenda … – a leer, a escribir, a sumar, a restar, a multiplicar, geografía, el sistema digestivo o las partes de una flor?”.

Desde hace más de 20 años mi respuesta es la misma: “quiero que aprenda a leer, a escribir, a sumar, a restar y a multiplicar porque todas ellas son funciones que caracterizan al ser humano, y si no consigo trasmitírselas, estoy mermando su humanidad”

¿Para qué quiero que aprenda geografía, el sistema digestivo o las partes de una flor? No tengo ni idea. No sé para qué le va a servir. Pero el sistema exige que lo aprendan mis hijos – y tampoco sé para qué – así que si a mis hijos se les exige aprenderlo, yo exijo al sistema que AL MENOS se lo enseñe, aunque no lo aprendan, o mejor dicho, no pueda demostrar cuánto ha aprendido.

“Pero lo importante es que sean felices”. Conozco personas que han conseguido aprender a leer, a escribir e incluso han obtenido un título universitario y, curiosamente, parece que a veces son felices.

No encuentro por ningún lado la lógica que existe en contraponer (no) enseñar a leer o a multiplicar con la felicidad. Era de noche y sin embargo llovía.

Sí, la integración tiene MUCHÍSIMO que mejorar, pero eso no hace mejores a los colegios sin integración.

Los colegios sin integración son un jardín con flores de un solo color, como mucho de un solo tono, pero rechazan la enorme riqueza humana.

La tan manida frase de “la democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno” es perfectamente aplicable a este contexto: “la integración (o mejor aún la inclusión) es el menos malo de los sistemas educativos”.

Ya sé que “no tenemos los recursos necesarios”. Por recursos necesarios se refieren a logopeda, profesional de pedagogía terapeútica (PT), de audición y lenguaje (AL) y fisioterapeuta. Conozco varios colegios PRIVADOS donde NO tienen ninguno de esos profesionales pero están acogiendo en sus aulas a niños con discapacidad y están teniendo UN GRAN ÉXITO.

Conozco MUCHOS colegios con logopeda, PT, AL y el sursum corda y a pesar de ello el niño sigue sin ser INTEGRADO.

El recurso imprescindible, el que marca el éxito frente al fracaso NO es contar con más o menos profesionales. El recurso IMPRESCINDIBLE es la voluntad.

Mi mujer tiene 28 niños de cinco años en su clase. Algunos tienen dificultades, bien de lenguaje, o de manualidad o de atención. Una de las alumnas es una niña con síndrome de Down. No hay PT, ni AL, ni logopeda, pero hay voluntad. Una férrea voluntad y el alma y la piel a jirones en cada pupitre.

No escribo desde la teoría. Escribo desde la lucha diaria contra el fracaso de los colegios desintegradores.

Cualquier colegio con integración, CUALQUIERA, aporta más a sus alumnos que un colegio SIN integración.

Publicado en Colegio, Discapacidad | Etiquetado , , , | 2 comentarios

Exámenes fiables

Llevo años diciendo a los alumnos que si estudias para sacar un 5 en un examen lo más probable es que saques un 3, y si estudias para sacar un 7, llegarás al 5, y así sucesivamente.

¿Cómo puede entonces un alumno sacar más de un 8 en un examen?. Para poder alcanzar el sobresaliente en un examen deben darse dos condiciones:

  • Sabértelo a nivel de sobresaliente (por encima de un 8) y
  • Tener un sistema nervioso central (S.N.C) lo suficientemente bien organizado como para poder expresar tus conocimientos de una manera fiel a su nivel real.

La mayoría de los alumnos – pensemos en una distribución según la campana de Gauss – serán capaces de expresar en un examen un porcentaje de lo aprendido, pero no la totalidad de sus conocimientos.

Acaso no se reconoce a usted mismo intentando explicar algo y acabar admitiendo: “no sé cómo explicártelo, pero yo me entiendo”. ¿Quiere eso decir que en realidad no lo sabe? En absoluto, usted lo sabe y lo entiende, pero su cerebro, más o menos promedio, no tiene la capacidad suficiente como para organizar su conocimiento de una manera que sea trasmisible a otra persona.

Cuanto mejor esté organizado su S.N.C. más capaces serán los alumnos de expresarse. Habrá alumnos, aproximadamente el 20% que tendrán tan buena organización neurológica que serán capaces de expresar prácticamente todo lo que saben. Gracias a tener un cerebro tan bien organizado, además, serán capaces de aprender sin excesiva dificultad. Serán los alumnos que destaquen.

El resto de los alumnos – estoy hablando del 80%, por tanto de la generalidad del alumnado – lograrán expresar solo una parte de lo aprendido, pero desgraciadamente no todo. Cuanto más desorganizados estén, más diferencia habrá entre lo que plasmen en el papel y lo que realmente conocen. Para más inri también les costará más aprender, y por tanto la brecha entre esfuerzo y resultados será cada vez mayor.

Es injusto, como la vida misma.

Entonces – ¿reflejan los exámenes el nivel de aprendizaje real de los alumnos?, en mi opinión solo en el 20% de los casos. En el resto son una mera aproximación a sus conocimientos. Los exámenes reflejan los conocimientos mínimos que el alumno ha adquirido, pero no todos.

¿Cómo pueden los profesores lograr que sus exámenes tengan un índice mayor de fiabilidad – es decir, medir lo que realmente el alumno conoce?

Aunque soy enemigo de las recetas, me siento obligado a aportar el listado de sugerencias que manejo para los exámenes. Son tantas que algunas son incompatibles unas con otras:

  • Uno o dos días antes (para que pueda realizarlo en varios días) enviar el examen a casa, para que lo complete en casa como si fueran deberes.
  • Presentar una pregunta por página. – ESTA MEDIDA SE HA DEMOSTRADO EXTREMADAMENTE EFECTIVA EN LAS AULAS DONDE SE HA USADO PARA LOS ALUMNOS DE PRIMARIA.
  • NO entregar todas las preguntas al inicio, entregar cada pregunta según va contestando.
  • Leer en voz alta, a toda la clase, la pregunta que se entrega en ese momento para facilitar la comprensión del texto. – ESTA MEDIDA SE HA DEMOSTRADO EXTREMADAMENTE EFECTIVA EN LAS AULAS DONDE SE HA USADO PARA TODOS LOS ALUMNOS DE PRIMARIA.
  • Subrayar aquellas palabras que son claves para la comprensión del texto.
  • Valorar cada unidad de información que el alumno es capaz de transmitir, es decir no dar únicamente por válida la respuesta completa a una pregunta.
  • Valorar únicamente las respuestas del examen que el alumno tiene tiempo de responder. Es decir puntuar sobre las respuestas contestadas, no sobre las que por falta de tiempo no ha podido demostrar sus conocimientos.
  • Hacer los exámenes sin límite temporal.
  • En exámenes de matemáticas: Valorar el desarrollo del problema, no exclusivamente el resultado.
  • En exámenes de inglés: Distinguir exhaustivamente qué estamos valorando: si hacemos un examen de vocabulario, no penalizarle por spelling, etc.

Y por supuesto, entregar SIEMPRE el examen corregido a todos los alumnos junto con un examen completamente correcto, para que pueda comparar y aprender. Permítale que se lo lleve a su casa. Recuerde por favor que si un examen no sirve para que el alumno aprenda, es una herramienta absolutamente inútil para el alumno.

Sé que la primera medida tiende a generar escándalo. ¡que ya hayan hecho el examen antes en casa!. Si, lo ha leído bien. Lo peor que puede ocurrir es que aprenda aquellos conceptos que el profesor considera tan importantes que son los que van a plasmar en el examen y si está bien organizado, quizás hasta los recuerde y los pueda plasmar el día del examen.

Ninguna de esas medidas sugiere la respuesta correcta a ningún alumno. Lo único que sirven es para que le sea más fácil centrarse en el examen, comprender lo que se le pide y posibilita que pueda demostrar más fácilmente lo que realmente ha aprendido. En definitiva, mejora la fiabilidad de los exámenes.

En todos los años que llevo utilizándolas creo que no llegan a diez los profesores que han decidido aplicar alguna de esas medidas, pero por lo menos yo he cumplido con mi labor.

Si usted es profesor le animo a que se arriesgue a usarlas. Quizás vea que sus alumnos demuestran mejor lo aprendido, sacan mejores notas, se sienten más motivados e intentan aprender más.

Publicado en Colegio, exámenes | Etiquetado , | 2 comentarios

La responsabilidad en los niños

Una de las preguntas que más hago en consulta a padres de niños mayores de ocho años es “¿qué responsabilidades tiene en casa?”

La respuesta más frecuente es “ninguna” – siempre expresada con una expresión entre perplejidad y vergüenza.

La segunda respuesta más frecuente es “recoge la mesa”, que en realidad significa “lleva SU plato hasta un punto cercano al fregadero” – el vaso rara vez va incluido en el paquete y todavía estoy esperando conocer algún niño coloque el plato dentro del friegaplatos.

Cuando hablo de la relación que he encontrado entre los niños que se hacen la cama y el sentimiento de responsabilidad personal y auto-estima lo que encuentro es:

  • Una increíble proporción de niños que duermen en la litera superior y que les resulta “imposible” acceder a ella.
  • Una asombrosa cantidad de padres que NO se hacen la cama.
  • Una desproporcionada capacidad de excusarse en falta de tiempo (entre 3 y 5 minutos, que es lo que cuesta)
  • Un limitadísimo número de niños que a esa edad se hacen la cama si quiera los fines de semana.

Cuando el que viene a consulta es un joven mayor de 14 años afectado por un estrepitoso fracaso escolar o un nivel de depresión que empieza a tener signos clínicos graves la respuesta a “¿qué responsabilidades tiene en casa?” la respuesta casi unánime es: “su única responsabilidad es estudiar”.

¡Pues la han fastidiado!. Esos padres han limitado toda la estrategia para desarrollar a un ser humano responsable (condición indispensable para poder decir que aspira a ser libre) a una única herramienta, y encima la más tediosa y la menos atractiva para un niño. Seamos honestos, pocos niños (tan pocos como adultos) entienden la relación entre lo que estudian, su vida cotidiana y sus opciones de un futuro halagüeño.

¿Solo con el estudio quieren que su hijo llegue a ser una persona responsable?. Eso es como pedir a un adulto que ejerza su responsabilidad ciudadana realizando únicamente la declaración de la renta y eximiéndole del pago del IVA en cada cosa que compra, liberándole de poner el papelito del estacionamiento vigilado, subvencionándole el 100% del IBI y permitiéndole que haga pis en cualquier esquina de la calle.

El resultado de esta lacra de padres sobreprotectores, ya-te-hago-yo-todo-que-no-tengo-tiempo-que-perder, o que-lo-haga-la-muchacha-que-para-eso-me-paso-el-día-trabajando y convencidos de que “el niño con estudiar ya hace todo lo que debe”, son generaciones de inútiles con el único objetivo de alcanzar el éxito académico (en el mejor de los casos) e incapaces de hacer la O con un canuto. Eso sí, con el first o el advanced bajo el brazo, que para eso han ido a un colegio bilingüe – lo que por otro lado es inevitable, ya que si un español quiere escolarizarse en su idioma materno hoy en día la única opción que tiene es irse a alguno de los Colegios Cervantes que el ministerio de educación y ciencia tiene repartidos por el mundo, porque en España la enseñanza en español – salvo en matemáticas, que en realidad constituye un idioma propio – ha desaparecido casi por completo.

Si una persona no desarrolla sus habilidades de “auto-cuidado” – hacerse la cama, limpiarse los zapatos, colocar su plato, su vaso, sus cubiertos en el friegaplatos (bien puestos, no donde caigan), recoger su cuarto, preparar su ropa para el día siguiente, etc. ¿cómo va a tener capacidad de cuidar a  los demás?.

Se va a convertir en un egoísta asqueroso que cuando le pidas que haga algo por algún hermano te mirará con incredulidad y gracias a su falta de cultura no podrá decirte “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”.

Una gran proporción de la población infantil alcanzará la edad de emancipación sin haber roto un plato – no habrán colocado uno en su vida, aunque dirán que la cocina se les da bien (habría que probarlo), no por responsabilidad, sino por puro gusto – me apetece, me gusta – fruto la sobre abundancia de programas de “chefs” en la TV.

Les mandaremos al matrimonio – o a la cohabitación, que es lo que impera en estos tiempos – sin haber hecho nada por sí mismos – más que estudiar – y por supuesto sin haber hecho nada por ni un solo miembro de su familia.

¿Podrán asumir en esas condiciones la responsabilidad inherente a una convivencia? Ni en sueños. Miren las estadísticas de separaciones y divorcios actuales y verán a qué me refiero.

“Yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”.

¡Pues dele un mínimo de responsabilidad señora!, que lo único que podemos decir de su hijo es que es muy mono, muy simpático y muy inútil. Que si le quita la tablet o el móvil de la mano no sabe qué hacer con su vida.

¡Por favor, den responsabilidades a sus hijos! Me estoy haciendo mayor, la vida pasa muy rápido y pronto voy a estar en manos de personas que van a tener que ocuparse de mí, de mi salud y de mi bienestar, y no quiero solo un buen profesional que sepa cambiarme el pañal o the diaper, quiero a alguien que lo haga no solo por un puñado de euros, quiero que lo haga alguien porque sabe que es su responsabilidad – es decir, como pleno ejercicio de su libertad – aunque ya no esté en su horario de trabajo -, porque es lo que sus padres le enseñaron a hacer desde que era pequeñito: cuídate tú, y cuando ya lo sepas hacer, cuida a los que están cerca de ti y cuando ellos estén cuidados cuida a tu vecino y luego a los necesitados de terceros países a los que jamás vas a conocer.

Padres asumir vuestra responsabilidad: ¡educar a vuestros hijos, darles responsabilidades!

Publicado en Educación, Relación padres - hijos | Etiquetado , | 6 comentarios

Colegios con excelencia académica.

Hay muchas formas de clasificar a los colegios: bilingües o monolingües, laicos o religiosos, de educación mixta o de educación diferenciada, privados, concertados, o públicos, de integración o de no integración. Sin embargo desde hace ya meses cada vez se me hace más evidente otro criterio de clasificación: colegios que acogen vs. colegios que escogen.

Naturalmente me refiero a alumnos.

Quizás esta diferenciación se entiende entre los colegios con integración y los colegios sin integración – pero esta diferenciación NO llega a abarcar a los colegios que escogen. Ya profundizaré más adelante en esa diferencia.

Al pensar en la diferencia entre los colegios que escogen y los que acogen estoy pensando en alumnos SIN discapacidad. Alumnos que no tienen una patología que requiere personal con una particular especialidad, sino que requieren profesores con una ADECUADA formación.

Estoy pensando en esos alumnos a los que por algún motivo, y pueden ser muchos, les cuesta aprender, o al menos les resulta difícil demostrar lo aprendido.

Alumnos que se distraen con facilidad, que les cuesta mantenerse sentados en la silla, que leen y no se enteran, que escriben con una caligrafía ilegible y con más faltas de ortografía que letras hay en el texto. Que no se enteran. Estoy pensando en alumnos con dificultades de aprendizaje. Esos que hasta el recreo les cuesta, porque además de leer mal, escribir peor y no atender en clase, no tienen ni idea de jugar al fútbol y no tienen las habilidades sociales necesarias para ser del grupo de las “populares”.

Cuando esos alumnos entran en primero de infantil (con tres años recién cumplidos y a veces ni siquiera), nadie les pondría la más mínima pega para acogerles en sus aulas pero poco a poco, en algunos casos antes de que lleguen a primaria y en otros luchando, a trancas y barrancas, llegando hasta secundaria, se hace evidente que “les cuesta mucho el colegio”, y es entonces cuando el profesor, o el jefe de estudios o la encargada del departamento de orientación, con toda su buena intención, les recomienda “llevarle a un colegio más pequeño”.

A menudo ni siquiera es necesario que alguien “les invite” a buscar otras opciones escolares, los mismos padres entienden que en ese colegio su hijo no encaja en los estándares fijados por la dirección.

Son colegios que en el frontispicio de su publicidad siempre exhiben en letras bien grandes el número de aprobados en selectividad (siempre superior al 98%). Cada vez que veo esa cifra pienso en cuántos alumnos habrán tenido que dejar el colegio a lo largo de los años para que puedan mantener esa estadística.

Lo interesante del caso es que la mayoría de los alumnos que dejaron el colegio – y es inevitable hacerlo con una marcada sensación de fracaso, tanto para el alumno como para los padres – encontraron otro centro donde terminaron bachillerato y ¡aprobaron selectividad!. Encontraron, quizás después de mucho buscar un colegio donde estuvo dispuesto a acogerles a pesar de sus dificultades y a luchar por sacar de ellos el máximo potencial.

Es la diferencia entre los colegios que escogen alumnos – se quitan de en medio a los que “no dan la talla”, los que ponen de manifiesto que su personal docente tiene la formación básica para enseñar a alumnos sin dificultades, esos que enseña cualquier maestro (lo cual, ya lo sé, es una contradicción en términos, ya que ser maestro no lo es cualquiera) y los colegios que, quizás con menor renombre, quizás con peores instalaciones y seguro que con peores estadísticas al final del proceso, acogen y acompañan al alumno hasta el final.

Conseguir que alumnos SIN dificultades aprueben NO es el mejor criterio para valorar la calidad de un colegio. Los buenos colegios y los buenos maestros son aquellos que enseñan, que luchan y que llevan hasta el final a TODOS los alumnos, a los que aprenden solos y a los que para meterles un concepto en la cabeza hay que explicárselo más de 20 veces y cada vez de manera distinta.

Es cierto que no solo los colegios son selectivos. Muchos padres se muestran molestos si en la clase de sus hijos hay alumnos con dificultades – no digo de conducta – sino académicas ya que “lastran al resto de los alumnos”.

Los colegios que escogen buscan una uniformidad de seres humanos – todos capaces, todos rápidos (muchos de mis pacientes tienen como mayor dificultad la velocidad, y si simplemente les dejaran más tiempo para completar los exámenes podrían demostrar su auténtica capacidad). Son colegios cuyo primer objetivo es una buena estadística de grupo, no un buen desarrollo de cada miembro.

A mi primer maestro, Glenn Doman, le gustaba repetir que “los juguetes son inventos de los adultos para quitarse del medio a los niños”. No se puede afirmar que sea cierto en todas las ocasiones, pero sin duda eso ocurre con cierta frecuencia. Igualmente cada vez me resulta más obvio que la “excelencia académica” es un invento de los directivos de los colegios y de malos docentes para quitarse de en medio a los alumnos con dificultades.

Hace algunos meses un alumno de cuarto de primaria (10 años) me explicaba que al día siguiente tenía la recuperación de un examen. “¿Has suspendido?” le pregunté, “no pasa nada, seguro que mañana apruebas”, me apresuré a consolarle.

“No ha suspendido”, me explicó su madre, “de hecho ha sacado un 8 en el examen, pero el director del colegio ha decidido que la nota media de la clase debe estar por encima de 9, y por tanto todos los que hayan sacado menos nota deben volver a presentarse”.

¿Cómo van a conseguir notas medias por encima de nueve si no es eliminando a un cierto número de alumnos?

Colegios que escogen. Consiguen los mejores resultados académicos en las pruebas de sus respectivas comunidades autónomas y en selectividad pero ¿educan?. ¿Tiene mérito su labor? ¿Está justificado el orgullo con que pavonean sus resultados? Mi respuesta es NO, NO y NO.

Publicado en Colegio | Etiquetado , , | 10 comentarios

Educar con sentido

La semana pasada oía, por primera vez en muchos años, la frase que considero base de muchos de los males de la sociedad actual. Le decía una madre a su hija de 16 años: «tu estudia para poder trabajar y no depender nunca económicamente de un hombre».

La contrapartida masculina que sufrimos era «tu estudia para poder trabajar y llegar a ser un hombre de provecho» – nunca se dice pero la frase completa debería terminar con la palabra «propio», «provecho propio».

Así hemos crecido varias generaciones. Se nos ha inculcado que lo importante es tener provecho propio e independencia económica. Lo importante es el trabajo (remunerado, no el doméstico) y, a través de él, la «realización personal».

Nadie nos dijo la importancia de llegar a ser el mejor cónyuge posible. Nadie nos dijo que nuestra labor más fructífera debe estar en nuestra casa, con nuestros hijos.

Trabajo (remunerado, fuera de casa). Provecho. Independencia, Sentirte realizado/a (fuera de casa). Todo centrado en la individualidad. En el YO.

Y así hemos crecido.

En gran medida las personas de entre 35 y 55 años hemos crecido bajo esas consignas, y el resultado es el que ahora estamos sufriendo. En mi opinión: una MIERDA de sociedad.

¿Por qué nadie nos habló del valor de la entrega?, ¿Cómo pudieron hacer creer a tantos que sacrificio equivale a sufrimiento?

La generación actual ha aprendido la lección. Siguiendo la enseñanza de uno de los más grandes pensadores del siglo XX, Marx, los jóvenes ya no se casan, saben que «la causa más frecuente de divorcio es el matrimonio», Groucho Marx dixit.

Me permito añadir algo a tan ilustre pensador. La segunda causa más frecuente de divorcio es el egoísmo. El YO. El vivir para ser «un hombre de provecho propio», vivir con el objetivo de «ser económicamente independiente». Buscar como santo grial «la realización personal» – y siempre fuera de casa.

Eso es lo que nos han inculcado, y ahora estamos viviendo las consecuencias.

Afortunadamente cada vez va a haber menos divorcios. Es la consecuencia de que cada vez hay menos matrimonios. Ahora cohabitan – manteniendo cada uno su independencia.

La nueva Sagrada Trinidad, en inglés, porque la consigna de la sociedad que ahora estamos creando es que si no hablas inglés no tienes ningún futuro es: Me, myself and I.

Pues yo hago una enmienda a la totalidad.

Mis queridos 4 hijos, aprender algo muy importante: debéis estudiar para llegar a ser útiles a los demás. Por encima de vuestro provecho y por encima de vuestra independencia económica. Por encima de vuestra realización personal está el servicio a los demás.

La persona más importante en tu vida NO ERES TÚ. Tú eres el medio para que los demás tengan una vida más plena.

La persona más importante en tu vida son tu cónyuge, tus hijos, tus padres y tus hermanos. Y si no estás casado o no tienes hijos la persona más importante en tu vida sigues sin ser tú, siguen siendo tus padres, tus hermanos y cualquiera que se te acerque con una necesidad.

Vive para ser útil. En primier lugar a tu familia. Tu sueldo NO es tuyo, es de toda la familia. Si después de cubrir todas las necesidades sobra algo, entrégalo a quien lo necesite. O date un capricho. Pero tuyo, tuyo de veras, como mucho, las sobras.

En segundo lugar debes ser útil a tu cliente, a tu paciente, a tu alumno, a tu votante, a tu jefe, a tu compañero, a tu asalariado o a tu feligrés.

Si en el proceso de servir a los demás recibes tu justa contrapartida enhorabuena, pero no pienses que ese era el fin.

Una de las dificultades más grandes de convivir con un adolescente (tenga 15 años o tenga 45 años, que también los hay), es que viven centrados en sí mismos. Con 15 años es lo adecuado, lo necesitan en su proceso de construcción personal. Pero si alcanzados los 20 sigues considerándote la persona más importante en tu vida y vives centrado en ti, buscas como objetivo primordial tu auto-realización, tu independencia económica o tu propio provecho, rápidamente a tu alrededor comenzarán a sufrir tu inutilidad.

Una magnífica frase, pero cuya supuesta autoría me atrevo a poner en duda, ya que me resulta demasiado dura para que ella la dijera es el adagio: «Si no vives para servir, no sirves para vivir». Se atribuye a la Beata Teresa de Calcuta. Dudo la autoría, pero la frase es una verdad como un puño.

Edúcate (implica mucho más que estudiar) para ser útil. En primer lugar a tu familia y luego a tu prójimo. No me refiero a esa máxima tan famosa: «No preguntes que puede hacer tu país por ti, pregúntate más bien qué puedes hacer tú por tu país». Es una frase de quién por aquel entonces acababa de alcanzar la presidencia de los Estados Unidos, John F. Kennedy. «Tu país» es una entelequia, aunque reconozco que cuestiono cualquier consejo que venga de un adúltero.

Tu esposa, tu marido y tus hijos. Y tus padres y tus hermanos. Y tu vecino y tu paciente y tu cliente y tu alumno y tu jefe y tu asalariado y tu feligrés. Es a ellos a quien debes servir.

No, lo más importante no es «ser un hombre de provecho», ni «ganar lo suficiente para no depender de un hombre», ni  «sentirse realizado/a en el trabajo (remunerado, no el doméstico)». La persona más importante en tu vida NO eres tú.

Pero hoy la persona que más veces aparece en tus fotos eres tu mismo. Los famosos «selfies». La traducción al español es autorretrato. La traducción literal de «selfie» es «yo mismito». Y la gente tiene su página de facebook, para hablar de sí mismo, y su instagram para colgar sus selfies, y su twiter, para dar su opinión – ¿cómo puede girar el mundo sin saberla?, y su likedIn para que todo el mundo conozca su currículum.

Me, myself, and I.

No puedo ser optimista. Esta sociedad actual es profundamente individualista, pero la omnipresencia de pantallas, smartphones, tablets, smartwatches, etc. desde las aulas de infantil hasta los geriátricos va a dar lugar a la sociedad más solitaria que ha conocido occidente.

Mis queridísimos 4 hijos. salir de vosotros mismos, vivir siempre de cara a los demás, no de cara a una pantalla, entregaros, sacrificaros y trabajar duro (fuera de casa y dentro de ella) por ser útiles a los demás.

Recordar, «Si no vives para servir, no sirves para vivir».

Publicado en Educación, Relación padres - hijos | Etiquetado , | 12 comentarios

Mi mamá es profesora

La escolarización en casa está prohibida en España. Todos los niños deben asistir al colegio entre los 6 (Si, ha leído bien: entre los seis – ¡NO ANTES!) y los 16 años.

Sin embargo la enseñanza no es obligatoria. La educación o el aprendizaje, tampoco.

Lo único obligatorio es que asistan a un centro escolar homologado. Que allí se les enseñe, que ellos aprendan, o que sus padres les eduquen, eso, sería imposible imponerlo por ley.

En cualquier caso. La mayoría de las personas que componen esta sociedad asumen como sinónimo “escolarización” y “enseñanza”. Error. Y también consideran sinónimo “enseñanza” y “educación”. Error aún más grave.

Por el bien de la argumentación me voy a sumar, sin que sirva de precedente y solo por un momento, al error de equiparar “escolarización” y “enseñanza”.

Desde esta perspectiva resulta paradójico prohibir la escolarización (enseñanza) en casa. Es lo que en realidad está ocurriendo en al menos (por lo bajito, por lo muy bajito), en el 20% de los casos.

Al menos el 20% de los niños en España aprenden los conceptos académicos fundamentales en sus casas.

Llego ayer a mi casa: en un cuarto está mi hija de 2º de la E.S.O. con mi cuñado que está explicándole matemáticas. En otro está mi hija de 4º de primaria con su profesora particular, explicándole matemáticas, lengua, cono, e inglés. En el cuarto que queda libre está mi sobrina de 2º de primaria con mi mujer, quien le está enseñando sumas, restas, multiplicaciones y desarrollando su lectura.

¿Por qué está mi sobrina en casa?, Porque en la suya su madre se ocupa de enseñar, repasar, tomar la lección, ayudar a hacer esquemas y comprobar los deberes de los tres mayores y, sencillamente, ya no da para más. Aunque el mayor tiene, también, profesora particular.

Si mis hijos y mis sobrinos – y por supuesto mis pacientes – no tuvieran este tipo de apoyo en casa engrosarían inevitablemente las cifras de fracaso y abandono escolar de España.

Llevo años diciendo que las madres – con la colaboración excepcional de algún padre – las madres mantienen el nivel académico de este país.

Si consiguiéramos que un día las madres se pusieran de acuerdo e hicieran huelga el batacazo que se iba a meter el sistema escolar español tendría consecuencias durante semanas. Si las madres pudieran hacer huelga una semana – solo una semana – el sistema escolar se venía abajo (¡Tengo que reconocer que solo de escribirlo mi corazón late con más esperanza!).

¿Quiero con ello decir que los profesores no hacen (sirven para) nada?. Ni muchísimo menos. Si alguien pretende llegar a esa conclusión, o tiene una comprensión lectora muy pobre, o se cree más listo de lo que realmente es, o tiene muy mala uva.

Los profesores establecen el nivel de enseñanza de un país mediante su abnegada e increíblemente difícil labor que fructifica entre el 60 y el 70% de la población. Con el resto (como mínimo, con 30 – 40% de los escolares), la labor del profesor necesita el apoyo de las madres porque si no su trabajo quedaría reducido a un esfuerzo y una entrega baldía.

Si no fuera por la labor de miles de madres y algunos cientos de padres los resultados que España obtiene el los tristemente famosos informes P.I.S.A. serían todavía mucho más devastadores.

De hecho, si analizamos el fracaso y abandono escolar encontraremos miles de alumnos con dificultades de aprendizaje cuyas madres no pueden ayudarles por carecer del nivel cultural suficiente para reforzar su aprendizaje en casa y por faltarles el nivel económico para proveerles del apoyo necesario a través de profesores particulares.

Aun así, en cualquier sala de profesores de cualquier colegio de España, público, concertado o privado, al hablar de un alumno con dificultades sigue resonando de manera sistemática la manida frase: “El problema de este niño son sus padres.” Y la idea se refuerza con el recurso de la repetición: “Son sus padres”.

Es un análisis puerilmente insuficiente de una situación grave en lo personal y en lo colectivo. El problema de su alumno, querido profesor o jefe de estudios, es el siguiente:

  • Tiene un sistema nervioso inmaduro.
  • Es víctima de un sistema de formación del profesorado absolutamente insuficiente.
  • Sufre un sistema de evaluación del alumnado obsoleto.
  • La didáctica utilizada con él está demostrando su ineficacia, pero dado que funciona “con la mayor parte de los demás alumnos” adaptarlo, eso que dicen “educación personalizada”, se plantea como imposible.
  • Vive inmerso en un sistema escolar diseñado para el procesamiento con el hemisferio izquierdo y que ignora la labor del hemisferio derecho.
  • Sus padres, por nivel cultural, por nivel económico (ojo, por exceso o por defecto) o por estar centrados en su vida laboral – ¿acaso no está escolarizado en un colegio bilingüe este chico para llegar lo más lejos en su vida laboral? no le están atendiendo como necesita – pero seguro que lo harían si pudieran / supieran cómo hacerlo.
  • Está creciendo en una sociedad donde la omnipresencia de medios audiovisuales – TV, tablet, ordenador, smart phone, etc. está mermando a velocidad de vértigo la capacidad de mantener la atención, la capacidad de analizar datos y extraer conclusiones por parte de los alumnos – aunque este hecho contrastado queda soterrado bajo el epígrafe de: “déficit de atención = el problema es del niño”.

Lamento dejarme el resto de causas en el tintero, pero resulta que si quiero que alguien lea este artículo completo no debe exceder las 1000 palabras, ya que la mayoría de los adultos hoy en día no somos capaces de leer un texto si le tenemos que dedicar más de tres minutos de nuestro tiempo, por lo que prefiero ser escueto.

Así que sirva este pequeño artículo para mostrar mi agradecimiento a Mónica, a Gemma, y a las miles de madres y cientos de padres que con su abnegada, silenciosa, gratuita y frecuentemente vilipendiada labor no solo están logrando que sus hijos se mantengan en el sistema escolar (que es lamentable pero que al parecer resulta imposible cambiar), sino que están logrando que ese mismo sistema no se derrumbe. A todas vosotras, GRACIAS.

Lamento haber excedido de las 1020 palabras.

Para los que tengan capacidad de leer un poquito más:

Querida mamá, si lleva a sus hijos a un colegio donde “el sello” es la famosa “excelencia académica” ya sabe lo que le toca cada tarde. Si sus hijos acaban la etapa escolar gracias a su abnegado apoyo no espere que el colegio le entregue la medalla que a usted le corresponde, se la colgarán ellos. Si por el contrario, a pesar de su ayuda, su hijo no consigue mantenerse en el sistema, ya sabe dónde está el problema: su hijo no está a la altura, el colegio es excelente, su hijo NO.

Publicado en Colegio, Educación | Etiquetado , , | 5 comentarios

Un paréntesis en la vida.

Decía mi abuelo que solo no iría ni al cielo.

No sé si algún día llegaré tan lejos. A mí una tormenta y  la soledad me han traído a San Antonio, Tx.

No me quejo. Por primera vez en meses tengo la oportunidad de sentarme frente al teclado para poner música al guion de mi vida.

Vivir lejos de los míos me acrecienta la consciencia. Es como un retiro intensivo en la nueva moda psicológica: mindfulness.

Cada gesto, cada acción es más consciente. Nada se hace porque te ven. Todo se hace porque sí. O porque toca. En definitiva: porque quiero.

A lo largo de estos meses (van 4) alejado de mi familia he vivido como si cada viaje fuera un paréntesis en mi vida. Como si al subirme al avión levantara las manos, cruzara los dedos y dijera “crucis” y pudiera parar el juego. De esa manera todo quedara estático esperando mi regreso.

Pero vivir es una constante. No hay paréntesis ni interrupciones. Todo sigue. Todos seguimos viviendo.

Siempre he dicho que el cerebro es un órgano diseñado para encontrar explicaciones. Por eso estamos tan llenos de excusas, divagaciones, justificaciones y racionalizaciones. Consecuentemente mi cerebro lleva un mes intentando dar sentido a todo esto, pero lo hago con la paz que produce saber bien dónde está mi casa, y no tener que dar razón de haber buscado otra.

Lo cierto que nada se detiene. Los niños crecen, yo envejezco, y Gemma sigue cada día más preciosa.

Luego me doy la vuelta, miro en el sentido contrario y veo que una familia ha conducido 16 horas para venir a verme (hora y media) y tan pronto terminemos volverán a subirse a “la camioneta”. Nada les borra la sonrisa. Un padre me cuenta que le trasladan a Panamá. Lee en mi cara la sorpresa. “No te preocupes”, me dice, “he acordado las tres visitas anuales a Laredo (Tx) como innegociables; vamos a seguir viniendo”.

En ocasiones la responsabilidad deja caer todo su peso de golpe, solo para recordarte que ni el cansancio ni lo que ocurre en el paréntesis de tu vida puede hacerte perder de vista qué estás haciendo.

Y entiendo que tampoco sus vidas admiten paréntesis.

La única explicación a la que consigo llegar es esta: estoy haciendo lo correcto.

Esta es mi vida. Sin paréntesis. A caballo (¿cuándo cambiaremos la frase por algo más acorde con los tiempos?), en avión entre Texas y Madrid.

El gran Vicktor Frankl lo escribió con precisión meridiana: “Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo”.

Amen.

Eso sí, elevo un propósito: vivir mejor cada minuto que tenga (a su lado).

Publicado en Familia, Uncategorized | Etiquetado , | 5 comentarios

El sexto mandamiento.

En Éxodo 20, 16 leemos “No cometerás adulterio”. Este, como otros mandamientos ha sido ampliado desde su escueta indicación inicial a una visión más amplia de la sexualidad: “no cometerás actos impuros”.

Este mandamiento me gusta particularmente porque constituye el punto de unión entre dos grupos de personas que se consideran posicionadas en la antítesis total. Me refiero a los meapilas y los que  han renegado de la fe, precisamente por no poder vivir coherentemente este precepto.

Ambos grupos de personas – los abrazaestatuas y los renegados– tienden a considerar el sexto mandamiento no yaprincipal, la piedra angular, sino el único del decálogo. Ambos grupos asumen que robar y matar es malo NO por la ley de Dios, sino por la ley natural y por tanto no hay quien lo cuestione, pero “cometer actos impuros”, tocar la “sexualidad”, eso ya se va de madre. Para unos “la sexualidad” es LA puerta a la condenación – si consigues no caer en el sexto mandamiento parecería que el cielo está garantizado – y para los otros constituye la injerencia más inadmisible de “los curas” en la “libertad” de las personas, y a partir de este apreciación consideran que la Iglesia está absolutamente incapacitada para existir.

Hace ya veinticinco años, todavía estudiaba en la facultad, que un profesor nos explicaba como el adolescente, al sentirse culpabilizado por este mandamiento decide alejarse completamente de la Iglesia antes que abrazar el sacramento de la reconciliación – con todo lo que implica -, y es por ello que se producen tantas «deserciones» en dicha edad. Desde entonces he visto adolescentes, veinteañeros, treintañeros y personas de cualquier edad renegar de su fe por culpa NO del sexto mandamiento, sino únicamente de cómo es vivido. A menudo he visto renegar de toda la Iglesia a personas que habían vivido profundamente su fe, porque no soportan mirarse en el espejo de este mandamiento limitándolo a su expresión original «No cometerás adulterio».

Desde mi punto de vista el problema está en considerar la sexualidad exclusivamente en su versión más básica – pura corporeidad – no tienen en cuenta la sexualidad en su visión integral e integradora de la persona.

Las relaciones sexuales alcanzan su máximo potencial, para lo que hemos sido creados los humanos, al estar integradas en una donación total de nuestra vida y en la aceptación total de la vida del otro, parten del deseo de dar en lugar de recibir placer, asumiendo plenamente las responsabilidades que se deriva de ellas, partiendo del fin primario de la sexualidad.

Por contraposición cuando no están integradas en una donación total, no conllevan la aceptación total de la vida del otro, parten del deseo de recibir en lugar de dar placer o no asumen plenamente las responsabilidades que se derivan de ellas, comenzando por negar el fin primario de la sexualidad, rebajan su funcionalidad a niveles que están muy distantes de lo que podemos alcanzar como humanos y por tanto limitan nuestro potencial.

La sexualidad tiene un fin primario, que es la procreación, pero sería absurdo plantear que alguien sólo tuviera relaciones sexuales con ese único fin. La sexualidad cumple muchas más funciones, pero sería igualmente absurdo pretender negar la existencia de su finalidad primaria.

Comer tiene un fin primario que es la nutrición, pero sería absurdo plantear que alguien escogiera dónde ir a cenar en función de la oferta nutritiva del restaurante (“aquí sirven muy buenas proteínas, bien equilibradas con carbohidratos y aderezadas con una adecuada proporción de lípidos”). Todos elegimos dónde cenar o qué cenar basado en nuestros gustos, pero aunque sólo comamos aquello que nos gusta (es lo que hacemos el 99,99% de los adultos en el primer mundo  aunque forzamos a los niños a comer lo que a ellos no les agrada), no evitamos, ni pretendemos hacerlo, el fin primario de comer, que es alimentarnos.

Tener relaciones sexuales y pretender evitar, negar, o incluso aniquilar las responsabilidades que se derivan de ellas es una clara utilización de la persona. NO me refiero exclusivamente a los hijos – esta es la primera responsabilidad de la que no se puede huir, me refiero también a las responsabilidades psicológicas, afectivas, emocionales y culturales que conlleva cualquier relación sexual – sí, las conlleva aunque haya quien se empeñe en negarlas. Responsabilidades en el otro, pero también en nosotros mismos.

Al tener relaciones sexuales establecemos una relación entre dos personas – no entre dos cuerpos – y por tanto hay que considerar qué estás poniendo y aceptando en esa relación. Si tan sólo pones y aceptas el cuerpo estás pretendiendo una despersonalización (algunos teóricos prefieren hablar de cosificación). Mi cuerpo soy yo. Si comparto mi cuerpo contigo, me comparto a mí mismo, y si pretendo no compartirme por entero, me estoy pretendiendo seccionar – muy al estilo médico, que dividen a la persona en órganos y los consideran completamente independientes – el dermatólogo se ocupa de la piel, el nefrólogo del riñón y el psiquiatra de la mente –, como si fueran entidades completas al margen de un todo. Absurdo.

¿Exagero? ¿Han establecido alguna vez una relación personal – no necesariamente sexual – con una persona que tuviera alguna característica física muy peculiar? ¿Han desarrollado esa relación como con cualquier otra persona? Les recomiendo reflexionar sobre ello.

Hace años hubo una obra de teatro en Madrid que se titulaba “Gorda” de Neil Labute. Cuenta la historia de un treintañero de éxito, con un físico socialmente admitido – el actor que lo representaba era Luis Merlo – que comienza una relación con una chica “estupenda pero gorda”, la actriz principal era Teté Delgado.

En uno de los diálogos entre el protagonista y uno de sus asombrados amigos, el primero pregunta: “¿qué piensas de ella como persona?”

“¡¡ ¿Cómo persona? !!” – contesta el amigo absolutamente desorientado.

No había conseguido verla “como persona”, solo le había visto como “gorda”. Eso es lo que yo llamo despersonalización.

Eso es lo mismo que se pretende cuando se establece una relación sexual en la que no se pretende ni dar ni aceptar nada del otro, tan solo el cuerpo, o incluso cuando se parte de una premisa con fecha de caducidad: me entrego y te acepto, pero sólo mientras mi sensibilidad y mi afectividad estén en tono positivo; si cambian a tono neutro o negativo, lo que te haya entregado será de nuevo mío y lo que tú me hayas dado será rechazado.

Lógicamente reducir la sexualidad a la corporalidad impide vivirla de la manera más plena (y divertida) posible. Vivir la sexualidad no como un medio sino como un fin es gravemente limitante. Quizás incluso patológico.

Recordemos que los mandamientos son las guías que Dios nos da para que logremos vivir de la manera más plena posible, no están para poner cortapisas – salvo a aquello que nos pueda dañar a nosotros y a los que están a nuestro lado – están para dirigirnos a disfrutar al máximo y a sacarle el máximo partido a nuestra humanidad.

Publicado en Educar en la fe | Etiquetado | 1 comentario

El séptimo mandamiento

El séptimo mandamiento, en Éxodo, 20, 15 es “No robarás”.

Poco más se puede añadir. Claro como el agua. Salvo que, como todo está sujeto a interpretación. Y, al menos en España, nos encanta abrir excepciones:

  • Si vamos a un parque temático y vemos que en el listado de precios los niños menores de 6 años no pagan … haremos lo posible por convencer, primero al niño y luego al personal de taquilla, que nuestro tercer hijo tiene 5 años – aunque le queden dos meses para cumplir los 7, pero como a salido a su padre, es bajito y (se) cuela.
  • Podemos estar en el trabajo chateando, mirando Facebook, o bajando a desayunar dos o tres veces, pero al llegar la hora se nos caiga el bolígrafo de la mano y dejemos todo a medias, porque “mi hora es mi hora”.
  • Al ir a un restaurante siempre debemos revisar la cuenta, no vaya a ser “que nos la cuelen”, pero si se les ha olvidado poner una o dos cervezas, no se nos ocurre decir que nos están cobrando menos.

Tenemos la mentalidad del código civil. Hasta los 1.000 euros no es robo, es hurto – no cuenta como delito. Ni como pecado.

Y nos quedamos más anchos que largos.

Por no hablar del padre divorciado que racanea hasta el extremo la pensión de sus hijos o sencillamente se abstiene de pagarla. O de la madre divorciada que infla los informes de gastos para sus hijos para sacarle a su “ex” hasta el hígado, el bazo y el pulmón derecho – (sé porqué – por quién – lo digo).

También el tema tan extendidísimo hoy de la corrupción política – en cualquier país del mundo -, de la mordida a la policía en México, etc.

Y sería cuestión de revisar cómo se puede valorar el pago de impuestos a cargo de bienes que nunca o rara vez llegamos a percibir – estoy pensando la famosa “retención” en el salario del trabajador para formación, que como el porcentaje de personas que lo usan es absolutamente ridículo solo sirve para engrosar las arcas de quién sabe quién y cómo se lo gasta.

En definitiva, que tendemos a seguir pensando que “robar” es lo que hace el ladrón con un antifaz en la oscuridad de la noche o la carterista del metro de Madrid, pero me temo que aquí también podemos decir que puestos a lapidar al que es pillado “en flagrante robo”, pocos son los que pueden ponerse a tirar piedras.

Pues bien, “no robarás” es ni más ni menos que eso. Quizás no cabía en las tablas de la ley, pero no puso un mínimo a partir del cual se podía considerar exento. Cada palo que aguante su vela.

Publicado en Educar en la fe | Etiquetado | Deja un comentario

Carta a mi hija adolescente

Querida hija,

Necesito decirte que lamento mucho finalmente haberte dejado perder. Lo propio es que los padres se dejen ganar pero no que permitan que sus hijos pierdan. Han sido casi dos semanas de difícil, tenso y duro enfrentamiento, pero finalmente no he tenido más fuerzas y he preferido que pierdas a mantener la batalla.

Es necesario que sepas que en una discusión siempre gana el primero que pide perdón. Puede que te parezca paradójico pero así es. Incluso si el que pide perdón no ha hecho nada por lo que deba mostrar arrepentimiento. Cuando pedimos perdón el contrario solo puede ceder y perdonar o mantenerse ofendido y demostrar así que ya no tiene nada que ganar.

A lo largo de estas casi dos semanas he insistido en que pidas perdón, pero no lo has conseguido y yo, sinceramente, no estaba dispuesto a mantenerme en la distancia. No podía más así que en realidad, como en la mayoría de las discusiones, hemos perdido los dos.

No me ha resultado nada fácil mantenerme tan distante, aparentar tanta frialdad ni estar todo este tiempo sin decirte ni una sola ocasión que te quiero del todo. Creí que mi actitud lograría vencer tu orgullo, pero veo que has salido a padre.

Lo lamento. El orgullo es mal consejero y peor compañero. Sé de lo que hablo. Es cierto que nadie está libre de él pero hay maneras de mantenerlo controlado, al menos eso dicen. Yo tengo tanto orgullo que te confieso que llego a creer que nadie tiene más que yo. Hasta ese punto llego.

¿Te has dado cuenta de que en estas casi dos semanas las pocas veces que hemos mantenido una conversación era para que nos pidieras algo? A veces he llegado a pensar que simplemente pedías para que te dijéramos que no y así mantener el pulso en todo lo alto.

Sabes que siempre os hemos dicho que si pedís algo es porque puede que digamos que sí, pero también existe la posibilidad de que digamos que no, y que tenéis que admitir ambas opciones ya que de lo contrario nos estáis intentando imponer vuestra voluntad y pedir es una forma retórica de anunciarnos lo que vais a hacer.

Cuando te negamos algo respondes como si te negáramos aquello a lo que tienes derecho. Si tuvieras derecho no tendrías que pedirlo, como el desayuno, la cama, ni el colegio. No tienes que pedírnoslo.

En realidad sería bueno que entendieras que gracias a Dios, literalmente, tienes cubiertos todos tus derechos, y vivimos 24 horas al día, siete días a la semana, y cada día del año rodeados de privilegios.

No tienes derecho a tener un cuarto para ti sola, ni siquiera por ser la mayor.

No tienes derecho a tener perro. Ni a montar a caballo. Ni a llegar a las 23:30 cuando sales. Ni a tener teléfono móvil y que nosotros te lo paguemos.

Todo eso son privilegios. Superficiales, caprichosos, evitables.

No tienes derecho a tener hermanos, pero tienes el privilegio de tener 2 hermanas y un hermano maravillosos. Es cierto que ahora parece que solo aprecias sus defectos y que solo percibes que invaden tu espacio vital, pero esa forma de mirarles te está impidiendo disfrutar de todas sus virtudes.

No tienes derecho a ir al colegio. Ya no. Tampoco lo considero un deber, como muchos padres piensan. Es un auténtico privilegio que por culpa de nuestras sistemáticas críticas al sistema quizá te hemos hecho creer que era un castigo. Perdona si te hemos llevado al equívoco. Es cierto, el sistema de enseñanza en España es manifiestamente mejorable, pero infinitamente peor es no tener colegio.

Llevo años como profesional diciendo que la adolescencia es el único mal que cura el tiempo pero como padre primerizo a menudo tengo miedo. Tengo miedo de que lo que veo en ti no sea temporal. Que ahora que estás definiendo tu personalidad te encasquilles en esto que estamos viendo.

Me tranquiliza saber que todo el mundo a tu alrededor, fuera de casa, percibe tu dulzura – esa que siempre has tenido y que tus hermanos hace años que no conocen.

Todos hablan de tu simpatía, de tu sonrisa, de tu gran responsabilidad y de tu agradable conversación. Esa es la hija que siempre he querido tener y que, cuando así me hablan de ti, reconozco al instante.

Hija no permitas que el orgullo te domine. Cuando te enfades con alguien no pienses que actuar al cabo del tiempo como si nada hubiera ocurrido hace que todo se solucione, tan solo aumenta la distancia entre los dos, aunque las buenas formas cubran temporalmente los espacios. Aprende a disfrutar del privilegio que es vivir. Cada bien que poseas, cada suceso que te ocurra puedes considerarlo un derecho, una desgracia o un privilegio. Al final poseerás lo mismo y te ocurrirán las mismas cosas, pero si lo vives como un privilegio disfrutarás infinitamente más de la vida.

Y aprende a pedir perdón. Si lo logras podrás ganar en cualquier discusión.

Te quiero del todo. Papá.

Publicado en Educación, Familia, Relación padres - hijos | Etiquetado , | 10 comentarios