El año pasado asistí a una sesión informativa sobre los itinerarios académicos para el último curso de la enseñanza secundaria obligatoria (E.S.O.) y los dos cursos de bachillerato. Con tanto cambio legislativo hay que mantenerse informado.
El ponente parecía dominar la materia. Comenzó hablando de las diferentes opciones y, nada más empezar me sorprendió aprender que en bachillerato la elección limita o cierra las opciones de estudio universitario – (ya debería saberlo de mis años mozos, pero al haber terminado mi escolarización en Estados Unidos, tuve el privilegio de no tener que escoger itinerario).
Me molestó la idea. Ciencias o letras – básicamente lo de siempre. Lo que elijas cierra puertas. Soy tan utópico que creo que el colegio sólo debería abrirlas, JAMÁS cerrarlas. Me comencé a sentir incómodo.
Proseguimos. El itinerario dirige hacia carreras de una rama o de otra. El alumno debe comenzar a elegir en 4º de la ESO, pero su elección en ese punto es reversible, puede cambiar de opinión en bachillerato. Menos mal. En bachillerato ya debe elegir con conocimiento de causa, ya que no hay vuelta a atrás.
Estamos hablando de que deben empezar a mirar hacia donde quieren pasar el resto de su vida. Ya tienen edad. Entre quince y dieciséis años. Me parece correcto, salvo por el hecho de que su elección delimitará a qué carrera podrán acceder.
«De todas formas», dice el ponente, «no penséis que ya tienen una vocación. Las estadísticas indican que el 80% de los chicos no tienen una vocación definida al acabar el colegio; y en mi experiencia esa estadística se confirma plenamente».
Lo dijo sin que le temblara la voz: «Al terminar el colegio el 80% de los chicos no tienen una vocación definida».
¡¿Pero qué han hecho en el colegio en estos quince años?!.
¡¿Llenarles la cabeza de conocimientos?!
¿Para qué? ¡Ah sí!, para aprobar selectividad. Ese es el objetivo. Aprobar selectividad. Con la mejor nota posible para poder estudiar la carrera que quieras aunque no tengas vocación para ninguna.
¡Toma nísperos!
Hace años le pregunté a mi sobrino, estudiante de medicina en la Universidad de Navarra, probablemente la más cara de toda España, así que si vas allí no es por casualidad, sino porque lo has pensado muy bien y vas con las ideas muy claras: «¿Estáis todos por vocación, o también hay muchos alumnos que van por tradición familiar (padre o madre médico)?»
«¡Qué va!, la mayoría han elegido medicina porque consideran que es una carrera con prestigio social o porque se puede ganar mucho dinero. También hay hijos de médicos, pero los que tenemos vocación somos los menos».
Se me cayó el alma a los pies.
Se supone que medicina es una carrera «vocacional» – a veces no sé si soy utópico, naïf, o simplemente idiota.
Yo pensé que el colegio estaba diseñado para prepararles para el futuro. ¿Pero para qué futuro?. ¿Cómo van a dirigir sus vidas hacia un futuro si no tienen vocación ninguna?.
Si la estadística fuera al revés podría entenderlo: «el 20% de los alumnos no tiene vocación al acabar el colegio», pero es que no es el 20, ¡es el 80%.!
Entonces resuenan las palabras de John Taylor Gatto, elegido mejor profesor de la ciudad de Nueva York y del estado de Nueva York en 1991 y 1992, tras más de 25 años de experiencia en un colegio público de Harlem (por petición propia): el sistema de enseñanza está pervertido. Las víctimas son los alumnos, seguidas de los profesores que hacen todo lo que está en su mano por hacer algo significativo en las vidas de sus alumnos a pesar de la corrupción del sistema.
Han pasado más de 20 años desde que le oí y leí dichas palabras y apenas comienzo a asimilarlas.
El sistema de enseñanza está diseñado con un fin: lograr el máximo número de aprobados en selectividad.
¿Para qué?: para aparecer en las listas de los periódicos o en google como «colegio con 100% de aprobados». Perpetuar el sistema. Aunque no sea el que deseamos. Aunque todos vayamos por ahí como pollos sin cabeza «el sistema educativo es un fracaso, el sistema educativo es un fracaso». Pero está diseñado para perpetuarse porque consigue su objetivo: máximo número de aprobados en selectividad.
Con eso muchos padres, muchísimos padres, se sienten más que satisfechos.
A lo largo de estos años me he encontrado con decenas de padres que me han confirmado mi sospechas: ellos mismos o compañeros de clase que sufrieron fracaso escolar y para los que el colegio fue terrible han alcanzado cotas profesionales muy altas y satisfactorias, por el contrario compañeros brillantes academicamente no han llegado al nivel profesional que todo el mundo auguraba.
Son tantísimos los ejemplos que prefiero no citar ninguno.
Muchas veces he oído decir que hay una ruptura, un «gap» entre la universidad y el mundo laboral. ¿Y qué me dicen de la ruptura entre el colegio y la vida adulta? En este momento son universos absolutamente inconexos. Pero nos seguimos creyendo que si te va bien en el colegio llegarás lejos y si te va mal «acabarás de barrendero o de cajero en un supermercado». (Por cierto, uno de los cajeros del Mercadona que está en mi calle es ingeniero técnico).
Vocación. Vocación. Vocación. Muestren a los niños que hay cientos de áreas a las que es apasionante dedicar la vida: a construir edificios, a escribir, a amaestrar perros, a intentar salvar vidas o acompañarles a la muerte con dignidad, a ENSEÑAR a los niños del futuro. Todo puede ser apasionante, pero hoy en día ¿quién les apasiona? ¿los famosos?.
«¿Para qué quiero aprender integrales?»; «¿De qué me sirve saber lo que es un complemento directo?».
Llevo años diciéndoles a mis pacientes con dificultades de aprendizaje que saber esas cosas sirve. ¡Claro que sirve!. ¿Para qué? Para APROBAR. Solo para eso.
Cuando todo el sistema está diseñado para lograr el máximo porcentaje de aprobados en selectividad, pero la vocación queda al margen de la formación – y la muestra es la apabullante estadística – mi conclusión solo puede ser una:
El sistema de enseñanza es una estafa.
Estafa a los niños, diciéndoles que les preparamos para el futuro.
Estafa a los padres, afianzándoles en el error de que por tener un buen nivel académico tienes el pasaporte para un buen nivel de vida.
Estafa a los profesores, que les impide enseñar y formar en áreas realmente significativas, obligándoles a cubrir un curriculum tan abstracto y alejado de la vida que incluso si lo llegan a dominar sigue siendo inútil para su futuro. (Gracias John Taylor Gatto, perdón por haber tardado tanto en entenderle. Probablemente tenía que verlo con mis propios ojos).
¿Orientación profesional?. Les diré las tres acciones que la mayor parte de los colegios llevan a cabo en ese sentido:
1) Un cuestionario de más de 500 preguntas para que el joven diga lo que le gusta y lo que no. (como si no lo supiera antes de responderlo).
2) Un viaje al salón Aula o similar a exponerles a una sobrecarga de panfletos, guías y ofertas de todas las las universidades públicas y privadas en cuatro aceleradas horas.
3) Si obtienen buenas calificaciones, un machaque incesante para que estudien «ciencias» y puedan de ese modo acceder a una carrera con prestigio social o buenas posibilidades económicas (ingeniería, arquitectura o medicina). No vaya a ser que este chico tan inteligente le dé por apasionarse con la lengua y quiera estudiar filología clásica, o que se apasione con el ser humano y le dé por estudiar filosofía. ¡Ah! y por supuesto, con esas notas tan brillantes (y aunque no lo sean tanto) que no le dé por estudiar magisterio. No vamos a desperdiciar a alguien tan listo para que se convierta en un un simple maestro.
No se me ocurre profesión más elevada. Pero el colegio no está para lanzar a los jóvenes a profesiones elevadas, sino para que estudien «algo de lo que puedas vivir bien» aunque no tengas vocación – y ya sabemos que de profesor se vive … con humildad. El sistema de enseñanza está tan pervertido que se permite considerar que magisterio (la base misma del sistema) está diseñado para los que no tienen nota suficiente para estudiar otra carrera «más importante».
Escolarizamos a los chicos 15 años y sólo consiguen tener una vocación el 20%. ¡Qué vergüenza! ¡Qué pena!.
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