Descubrir la vocación.

El sacramento del que la mayoría de las personas creen que viven completamente al margen es el orden sacerdotal.

Sin duda son muy pocos los que son llamados por el Señor al sacerdocio, o al menos son muy pocos los que responden a la llamada, pero la cuestión es ¿sólo los que terminan siendo curas son los elegidos?

En tal caso, podríamos descartar directamente al 50% de la población, ya que Jesús solo eligió hombres para ser sus apóstoles y desde entonces la Iglesia se ha mantenido fiel a la elección del Señor.

Y aún así, considerando tan sólo la mitad de la población ¿qué porcentaje de los hombres eligen el sacerdocio como modo de vida? Estadísticamente el número es residual.

¿Podemos entonces deducir que realmente el Señor nos crea y nos ama más de lo que nunca en esta vida podremos entender, pero solo quiere que se entreguen a Él un número ridículamente pequeño de personas?

Creo que hay que mirar a la cuestión desde otra perspectiva.

A mí me parece que Dios nos crea, nos ama y nos llama para que nos entreguemos a Él al 100% de la población. Al 100%. A algunos les llama, efectivamente, por el camino del seminario, a otros, les dirige hacia el convento, a otros al matrimonio y a todos, solteros, casados, religiosos o mediopensionistas en la vida cotidiana.

Es cierto que la vocación sacerdotal requiere el sacramento, es lógico, dado lo que implica, pero la lastima es pensar que “o tienes vocación para cura, o no tienes vocación”.

El problema está en limitar el término “vocación” a la vida religiosa – ya  sea sacerdocio, monja, o consagrado. La vocación, la llamada, la recibimos todos, muchas veces, cientos de veces, quizás miles, hasta que finalmente recibimos la llamada final, en la que, según cuentan los teólogos, todavía tenemos la opción de rechazar.

Si viviéramos en familia la vocación de una manera más abierta, más natural, más explícita, sería mucho más fácil para los jóvenes comprender que no sólo se trata de elegir qué carrera vas a hacer para ver de qué quieres vivir, sino que independientemente de la profesión (aunque el sacerdocio NO es una profesión) tienes que decir cómo quieres vivir: De cara a Dios, de espaldas a Dios o contra Dios.

La realidad sólo nos ofrece tres opciones. O la niegas, o la ignoras, o la aceptas. Desde el punto de vista religioso: o eres ateo (la niegas), agnóstico (la ignoras), o la aceptas y en este último caso – ¿te implicas o pasas de largo?

Si los jóvenes entendieran que sus padres respondieron a la llamada de Dios a través del amor del uno hacia el otro y de los dos hacia él (o ella) – con todas las imperfecciones que ello conlleva, porque igual que tener vocación al sacerdocio no implica ningún salvoconducto de santidad, tampoco ser consciente de tu vocación al matrimonio no es garantía de ser un buen cónyuge – podrían concretar su vida en opciones más coherentes que basándose en parámetros exclusivamente terrenos.

Si la vocación estuviera presente en el día a día de una familia, serían muchos menos los jóvenes que tendrían miedo de seguir su llamada.

Pero la vocación sigue siendo vista, y quizás cada vez más, como algo anacrónico, ficticio o incluso nocivo.

Recientemente comía con un sacerdote en un lugar público y al terminar le pregunté si no le incomodaban las miradas de la gente. Ni se había dado cuenta, pero las personas que estaban en la mesa de nuestro lado y algunos de los que pasaron cerca, parecía que no podían evitar mirar con descrédito, por el simple hecho de que llevaba alzacuellos.

Vivir como un cura requiere, sin duda, recibir la Gracia a través del sacramento del orden sacerdotal, pero también vivir casado lo requiere. Y aunque no sea sacramental, ponerte detrás del volante para conducir tu taxi, o detrás de la mesa del despacho o de la vitrina de la carnicería para cumplir con tu labor, incluso abrir internet para ponerte a  buscar un trabajo, puede hacerse como respuesta a la llamada de Dios, o como un acto más meramente humano. La diferencia es enorme. Todo es cuestión de descubrir tu vocación.

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Quien cada día no lucha por ser mejor, pronto dejará de ser bueno.

Hace algo más de 12 años que descubrí en la por entonces recientemente inaugurada clínica Cemtro la cita que da título a esta entrada. “Quien cada día no lucha por ser mejor, pronto dejará de ser bueno”.

Me pareció tan acertada que decidí entonces adoptarla como lema de la labor que en ese momento me disponía a iniciar en INPA. De hecho, pensé que era un lema que podía adoptar no solo en mi trabajo, sino también en mi matrimonio, en mi paternidad y por supuesto en mi vida espiritual.

Doce años más tarde, intentando vivir de acuerdo a ese estándar, me encuentro por primera vez en el congreso de Familia, Salud y Desarrollo en Síndrome de Down de Monterrey, México. El lema del congreso “Cambiar conceptos para transformar actitudes”

Tengo una conferencia en sesión plenaria – ante aproximadamente 500 personas -. El tema puramente conceptual: 97,88 vs. 2,12. Traducido a un lenguaje no críptico: 23 pares de cromosomas versus 1 cromosoma extra. Es un tema abierto, sin datos, solo experiencias. Emocionalmente agotador. Antes de subir al estrado rezo la estampa del Dr. Jerome Lejeune (padre de la genética moderna y descubridor de la trisomía 21) y le pido que me sostenga.

Termino y me retiro a descansar. Al rato estoy en el salón de conferenciantes. Feliza, una joven con síndrome de Down que participa en el congreso me dice “He escuchado su plática y me ha gustado mucho”. La incredulidad me embarga. Nunca hubiera aspirado tanto.

Dos de la tarde. Junto a Iliana Guevara, una profesional como una catedral que pone su corazón al frente de todo lo que hace, espero que llegue su taxi y que sean las tres para pasar a la mesa redonda que clausurará el congreso. Me siento entre el Dr. Jesús Florez – icono de la lucha en el mundo del Síndrome de Down en España y Pat Winders, fisioterapeuta de reconocidísimo prestigio. Al otro extremo están la Dra. Teresa Aguilasocho, alma mater del congreso y el Dr. George Thomas Capone, quién ha sido elegido por su labor con personas con síndrome de Down para ser honrado en este encuentro.

Comienzan las preguntas y me inunda una sensación extraña. ¿Qué hago yo aquí?. En inglés se expresa muy bien: “Do I belong?”. Me gustaría que estuvieran mi mujer y mis hijos. Con ellos siempre sé que estoy donde me corresponde. Miro al cartel con la cara de Cecilia Guerra y le pido que me sostenga desde el cielo.

Termina el congreso. Se me acerca un padre con un niño en brazos y dice “Este es mi hijo, tiene cuatro años, y quiero decirle que su plática ha tocado mi vida y la de mi familia y vengo a darle las gracias”. Un velo de profunda vergüenza cubre mi alma. El respeto que siento por los pacientes solo es equiparable al que siento por sus padres. En el terreno humano no existe para mi nada más sagrado que ellos, y se abaja a decirme que he tocado su vida.

Por fin la noche. A la mañana siguiente, ya descansado, logro llorar toda la congoja acumulada.

“¿Por qué me das tanta responsabilidad? ¿Acaso crees que puedo con ella?. Solo te pido que no me dejes decepcionarte. No permitas jamás que les decepcione.”

Pienso en el lema de INPA “Quién cada día no lucha por ser mejor, pronto dejará de ser bueno” y renuevo mi esperanza. Mañana más y mejor.

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La confirmación.

Como vimos en el post acerca del bautismo, los padres asumimos ese día, libre y voluntariamente, una serie de compromisos que con la celebración de la confirmación tendrán que asumirla como propios nuestros hijos. Creo que el sacramento de la confirmación no se vive con toda la intensidad, fuerza y profundidad que implica. Es como si Pentecostés hubiera sido un domingo más en la vida de los apóstoles, de la Virgen María y de la Iglesia. Es probable que la Iglesia luche por darle la importancia que tiene, pero se debe seguir trabajando en trasmitirlo mejor.

Hace 60 o 70 años se celebraba aún cuando el niño carecía de conciencia, con dos o tres años. Poco a poco se fue retrasando. Mis hermanas mayores lo recibieron con 6 años, y hoy en día se celebra con la adolescencia, a eso de los 16 años, pero desgraciadamente no hay un criterio en firme. Se está intentando ver cuándo puede ser más eficaz de cara a que el confirmando asuma e integre el compromiso y pueda ser un punto de inflexión para entrar a formar parte activa de la Iglesia, en lugar de ser el último día que vuelve a su parroquia antes de su boda.

Vayamos al meollo.

¡El Espíritu Santo viene desde el cielo y se une a ti!, ¡¿Es o no es impresionante?!.

Probablemente el hecho de que sea un sacramento en el que el confirmando tiene el papel activo de solicitar la confirmación y de que el los símbolos son tan simples como la unción con los santos oleos y la imposición de manos por parte del obispo, puede dar la impresión de que el protagonista es el joven y que Dios tiene poco que hacer.

Sin embargo, si vamos al origen del sacramento, vemos que, Jesús, en la última cena nos dijo: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.

Naturalmente que aún siendo elegidos podemos rechazarle. Este es el gran don de Dios, nos dio la libertad total de amarle o rechazarle, de adorarle o crucificarle, pero aún tomando la dirección contraria no significa que no seamos escogidos suyos.

Y una vez que aceptamos su llamada, es entonces cuando Dios toma un papel activo como sólo en los sacramentos puede ocurrir y desciende en su tercera Persona para tomar nuestra alma como hogar.

Una vez más, es un misterio tan enorme que ¿a qué humano se le podía haber ocurrido?.

Es un hecho que debe reforzar no solo la fe del confirmando, sino de toda su familia, pero para que eso ocurra debemos participar de ello. No conformarnos con llevar al chaval a catequesis, y llegar 10 minutos tarde a recogerle.

¿Cómo desaprovechar la ocasión de la confirmación de alguno de nuestros hijos para hablar de Dios, de fe, de vida con nuestros hijos?. Creo que es el momento idóneo para pedirles a ellos que nos ayuden a renovar nuestra fe. Ellos, que se están preparando para que el Espíritu Santo conforme de una vez y para siempre su corazón a Dios, que nos ayuden, a través de la conversación a recordar la maravilla de creer y de esperar al Señor.

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El valor de la amistad

En los últimos años he tenido el privilegio de disfrutar la amistad con mayor intensidad de lo que estaba acostumbrado. Es una magnífica experiencia de la que se puede aprender mucho para dar algunos pasos en la vida con menos temor a equivocarte.

He tenido tiempo no sólo de disfrutar de la amistad sino también de reflexionar sobre ella y he llegado a la conclusión que lo que caracteriza a una amistad sólida no es el tiempo, ni la cercanía, sino la aceptación.

Estos meses, años, en los que he podido ejercer más conscientemente mi labor como amigo me he encontrado aceptando situaciones, actitudes, e incluso flagrantes errores con una inusitada facilidad.

Simultáneamente me he ido haciendo consciente de la magnífica acogida que alguno de mis mayores disparates, de mis más marcados defectos y de mis menos honrosas actitudes tienen en aquellos que sigilosamente me muestran su cariño.

Sin duda me he sentido lo suficientemente acogido como para ser consciente de mi necesidad de mejorar, sin haberme sentido el más mínimo reproche.

En cierta ocasión, hace ya algunos años, pregunté a una persona por la que tengo enorme aprecio si en alguna ocasión le había ofendido o molestado sin que me lo hubiera echado en cara. “Jamás”, me dijo con cierto tono de sorpresa.

Comprendí que o bien tenía mucha más paciencia de lo que yo creía, o bien sabía tolerar muy bien mi persona por completo.

¿Cómo es posible que podamos aceptar tan rendidamente a nuestro amigo, y tengamos tan baja tolerancia para nuestros hijos, nuestro cónyuge o nosotros mismos?

¿Qué esperamos de ellos o de nosotros que sin embargo podemos perdonar en aquel a quién llamamos amigo?

Aceptar a nuestros hijos – por completo – no es tarea fácil. Queremos lo mejor para ellos y por eso queremos que den lo mejor de sí mismos, y cuando fallan en el intento, cuando muestran su peor versión (¿qué prefieres que la de en casa, contigo, que en definitiva le querrás siempre, o que la dé en el colegio o en la calle?), cuando no están a la altura que sabemos pueden alcanzar, nos irritamos y les mostramos nuestro rostro menos amable.

Comprendo que en la adolescencia la amistad alcance tan alto valor. ¿Cómo no?, es el momento en el que menos aceptación sienten, de sus padres y de sí mismos, y allí están, aceptándoles tal y cómo son, qué ya es decir, otro grupo de incomprendidos como ellos, pero que al fin y al cabo no tienen nada que reprocharles.

Con frecuencia esperamos que nuestro cónyuge se acerque más, no ya al ideal que nos habíamos fijado, tan solo, no es tanto pedir, a cubrir mínimamente las necesidades que tantas veces les hemos recalcado. Y cuando comprobamos que acumula actitudes, hábitos y tendencias, que, en realidad, nosotros nunca habíamos escogido, intentamos, a veces sutilmente otras cual herrero en la fragua, moldearle para hacerle más cercano a aquello que sí estamos dispuestos a aceptar.

Y cuando al mirarnos en el espejo comprobamos que se nos acumulan los defectos y cada vez nos queda menos tiempo para eliminar esas sombras a las que hace años decidimos plantar cara, lejos de aceptarnos, porque al fin y al cabo les estamos dando batalla, nos ponemos más maquillaje, nos justificamos con simplezas y seguimos adelante, con otro reproche más en nuestro ánimo.

No voy a proponer la simpleza de hacernos amigos de nuestros hijos, no pretendo proponer ninguna rebaja en nuestra relación con ellos. Ni considero que la solución al alejamiento conyugal sea el aguantoformo.

No se trata de cambiar nuestras relaciones familiares en algo que ni son ni está en su naturaleza llegar a serlo, pero quizás podamos y debamos extraer de esa magnífica forma de querer que es la amistad el valor de la aceptación.

Querer que nuestros hijos o nuestro cónyuge sean aquello que sabemos pueden llegar a ser es completamente lícito, pero es fundamental aceptar el proceso que conlleva y, más aún, debemos admitir que el fracaso es siempre una posibilidad patente en el ser humano.

Si consiguiéramos acostarnos cada noche con la tranquilidad de sabernos aceptados por nosotros mismos y por aquellos a los que no llamamos amigo, sino familia, estoy convencido de que al día siguiente tendríamos muchas más fuerzas para luchar por llegar a ser eso que nos gustaría, pero que, honestamente, tampoco pasa nada si no lo alcanzas. Con todo, te quiero y me gustas tal y cómo eres.

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La comunión

Tras habernos acercado al bautismo y la confesión de nuestros hijos, nos toca hablar de uno de los días que seguro que quedará grabado en su memoria: su primera comunión.

Lógicamente la primera comunión está íntimamente ligada a la primera confesión. El perdón y la unión con Dios. El abrazo y el alimento. ¡Qué día tan maravilloso es el de la primera comunión! Y creo que, si lo vivimos bien, en la mayoría de los casos es más intenso, más vivo (espiritualmente hablando) para los padres que para el niño. No debería ser así, pero seríamos poco honestos si no lo reconocemos.

Uno de los motivos de que la primera comunión se haya convertido en un sarao pagano-festivo es, cómo no, la estúpida cantidad y calidad de regalos. Para ello hay un antídoto muy bueno que es hacer siempre un regalo que esté ligado al acto que estamos celebrando: regalar un rosario, un libro de oraciones, el libro de la vida del santo del nombre del niño o una Biblia infantil. Cualquier cosa antes que el regalo estrella: el teléfono móvil (que al margen de cuestiones religiosas ningún ser humano debe tener uno antes de los 14 años, como pronto) y por supuesto antes que el sobrecito con dinero (por cuestiones simples de elegancia).

Tener fe es vivir de cara a Dios y cómo hacerlo mejor que viviendo con mucha frecuencia la comunión.

Como católicos debemos recordar que no todos los cristianos celebramos el sacramento de la Eucaristía. Muchos cristianos en sus celebraciones dicen las mismas palabras que nosotros, las mismas que Jesús dijo en el cenáculo, pero lo hacen como un simple recordatorio, no como un acto sacramental a través del cual el Espíritu Santo da vida al pan, convirtiéndolo en el cuerpo de Cristo y al vino convirtiéndolo en Su sangre. No pueden concebir, ni por asomo, que el mismísimo Dios se haga presente, con su cuerpo y su alma, con su humanidad y su divinidad ante los hombres.

Y es que sin duda ninguna la Sagrada Comunión es el misterio más grande concebible al ser humano. Tanto que ningún simple hombre pudiera haberlo jamás imaginado. Fue el mismísimo Jesús, Dios, quien nos reveló su presencia. Y no lo hizo sólo en la última cena, sino que lo estuvo anunciando durante tres años para que cuando llegara el momento unos pocos pudieran comprenderlo, dentro de los límites tan grandes que nos conforman.

Dios presente en el mundo y además se hace alimento, permitiéndonos la unión más íntima concebible.

Es tan absolutamente enorme que a lo más que podemos conformarnos es a acercarnos a Él con la máxima humildad posible agradecidos de su infinita misericordia.

Como decía el nuevo beato D. Álvaro del Portillo en una visita a México: “62 ó 63 años que llevo comulgando a diario y es como una caricia de Dios”.

Casi tan grande como el misterio de la Eucaristía es creer en Él y rechazarlo. ¿Cómo se puede creer que Cristo está en el Sagrario, que se ofrece por entero a ti, y renunciar a Él?

Para un católico renunciar a la comunión es renunciar a la Vida.

Pero cada vez hay más católicos que pretenden vivir como protestantes: sin confesión, sin comunión y sin devoción a la Virgen María. Si nos quitan esas tres cosas claro que nos convertimos en protestantes, ya que motivos para protestar no nos faltan.

Pero naturalmente debemos tantísimo respeto a la comunión, somos tan indignos de alimentarnos con el cuerpo del mismísimo Dios, que más vale renunciar a recibirle si no le hemos pedido perdón por no haber vivido como hijos suyos. Insisto en la intimísima relación entre la confesión y la comunión. El abrazo y el alimento. Como el hijo pródigo – que es una preciosísima parábola eucarística.

La primera comunión, y a partir de ahí todas y cada una de ellas, debe ser una ocasión para hablar a nuestros hijos de la adoración al Santísimo Sacramento.

Para ello es muy importante y muy necesario recuperar la tradición de la visita a Nuestro Señor, cada día, al menos si pasamos frente a una iglesia, detenernos un momento aunque sólo sea para decirle al Señor que nos gustaría estar con Él, pero que tenemos mil cosas que hacer y no tenemos tiempo, pero lo que hagamos lo haremos lo mejor posible por Él.

Comunión, Eucaristía. Qué difícil es vivir la Santa Misa con niños pequeños. Hubo una época en mi vida en la que podía decir que iba todos los domingos a Misa pero llevaba años sin oír Misa.

No pasa nada. Ánimo y paciencia. Pensar que no estamos en la iglesia por nosotros, sino por Él. El Señor estará encantado de ver a nuestros hijos, de ver los esfuerzos que hacemos por acercárselos y por ver que, a pesar de las dificultades, no dejamos de ir a verle. A los niños, por su lado, desde su incomprensión y su inocencia, les estamos trasmitiendo claramente el mensaje de que queremos tanto al Señor, que por muy llorones, o muy pesados que se pongan, nuestro amor al Señor es más grande y no vamos a dejar de ir a ver a nuestro Padre, que es el suyo.

Pensar en la Eucaristía es, irremediablemente, pensar en el amor. Si el amor se puede definir por la entrega de uno mismo, ¿cabe mayor entrega que ofrecerse como alimento?. Dios es Amor y se nos da por entero. Eso es la comunión. ¡Gracias Señor!.

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Motivos para no discutir ni regañar

Son muchos los padres que me dicen que tienen la sensación de pasarse el día regañando. Por otro lado también hay madres que me dicen que tienen la sensación de pasarse el día discutiendo con sus maridos.

Hay épocas en la vida en que parece que toda la comunicación en casa es negativa, está viciada y apenas nos hablamos para comentar cómo nos ha ido el día, mucho menos para decirnos algo agradable.

Con el poco tiempo que el trabajo nos deja – las prisas con las que salimos de casa todas las mañanas y el cansancio con el que llegamos cada tarde  – es probable que haya momentos en que nos cueste saber trasmitir un poco de sosiego.

La cuestión es ¿hay que regañar por todo?, ¿hay tantas cosas por las que discutir?

A veces nos exigimos demasiado, y aún más a los de nuestro alrededor. Pero en realidad hay muchas cosas que debemos pasar por alto.

En particular estoy pensando en los accidentes. No me refiero a un niño quemándose con la plancha ni a nuestro cónyuge en un siniestro total, sino a esos pequeños descuidos cotidianos:

El niño que tira el vaso en la mesa (ya sé que es a diario, tengo cuatro hijos)

Y además se olvida la agenda en clase (ya sé que se lo habías recordado al dejarle en la puerta del colegio)

El plato vacío dentro de la nevera.

La columna del garaje, que parece moverse. (La semana pasada me enviaron un mensaje que decía «Si el roce hace el cariño, mi esposa se va a casar con la columna del garaje»)

¡Hay que ver cómo se ponen los hombres cuando se les roza el coche!

Si ha sido un descuido, entonces no está justificada la regañina. Más bien habrá que buscar las causas de que ocurra tan a menudo. Lo  primero tendrá que revisarse la vista. Si está bien, entonces asegurarse de que el desarrollo neuromotor es adecuado, y no vendría mal una prueba de memoria.

¡Claro que hay que cuidar las cosas!, ¡Naturalmente que hay que prestar atención!, pero con todas las cosas que hay a lo largo del día para corregir, ¿vamos a sacar los pies del tiesto por la leche derramada? ¡Anda ya!

Lo cierto es que hay personas que tienen vocación de copilotos. Todo el día dando instrucciones y corrigiendo a aquel que lo hace distinto a ellos:

– ¿Por dónde vas a casa de tu madre?

– ¿Por qué guardas los libros en el cajón? ¡Mételos ya en la mochila!.

– ¡Poner bien los platos en el friegaplatos, de mayor a menor! (Esa es mi manía).

En cierta ocasión un padre «me boicoteó» la propuesta de que su hijo de 10 años se hiciera la cama por las mañanas porque el cuarto debía airearse no menos de 45 minutos.

Y ese es sólo un ejemplo, cada uno tenemos nuestras manías.

Pues si tanto te importa ¡hazlo tú!, y deja a los demás en paz que tienen cosas más importantes que hacer.

Ya sé que lo del vaso es a diario, que la columna sólo se encuentra con ella y que las llaves y la cartera en la mesa de la entrada sólo se las deja él.

¿Y qué?. ¡Menos mal!, así los errores está repartidos en la familia. Seguro que también hay alguno que nunca ha roto un plato, normal, nunca recoge.

Pues sí, los coches se rozan, los vasos se caen y las agendas se olvidan (y a veces también el jersey, el abrigo e incluso un zapato), pero sinceramente ponerse como se ponen algunos es elevar los inconvenientes a categoría de tragedias.

Y no digo que no se enfade, no se va a poner a dar palmas, pero sea comprensivo, dirija su  ira hacia otro lado y piense en aquello que tanto le gusta y tanto quiere de quien ha cometido el error. Y por cierto, si le cuesta encontrar algo agradable en lo que pensar, es señal de que usted debe hacer algo que les pueda alegrar a ellos.

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La confesión

Siguiendo el camino de los sacramentos con nuestros hijos, después del bautismo llegaremos al sublime momento de la primera confesión.

La primera confesión, y a partir de ahí todas las demás, es una oportunidad preciosa para enseñar Y educar a nuestros hijos sobre el perdón, la misericordia y el amor de Dios.

¡Qué importante es que nuestros hijos vean que pedimos perdón!. Nos tienen que ver hacerlo, sin temor a exagerar, a diario. ¡¿Qué padre no tiene la sensación de que ha cometido algún error cada día?!. En mi experiencia, los padres perfectos son los que cometen entre cinco y diez errores diarios. Menos de cinco es imposible.

Nuestros hijos nos deben ver y oír pedir perdón muy a menudo. Tantas veces cómo metamos la pata. Y naturalmente nos deben ver que vamos a pedir perdón a nuestro Padre.

De lo contrario, ¿cómo podrán entender la misericordia?. Y si no entienden la misericordia, ¿qué idea van a tener de Dios?. Si la confesión no es una práctica frecuente en nuestra vida, es muy fácil que dejen de “creer en la fe” y se hagan la religión a su medida. Los judíos tienen un adagio que dice: “comete tres veces el mismo pecado, y acabarás pensando que es lícito”.

Probablemente el motivo por el cual muchas personas dejan de confesarse es porque han perdido la conciencia del pecado. Creen que sólo es pecado aquellas conductas que aparecen en el código penal: matar, robar, estafar, etc. Eso que hacen “los malos”, las personas corrientes no vamos por ahí haciendo daño a los demás, y si no hacemos daño no hacemos nada malo.

Se han olvidado que Dios es su Padre. Si perdemos de vista que somos hijos de Dios, nos va a resultar muy difícil entenderle, pero piense un momento en qué cosas molestan u ofenden a un padre (o a una madre), verá como no hace falta cometer delitos para hacer daño:

  • Imagínese que alguno de sus hijos no le quisiera. Nada en absoluto. Piense cómo se sentiría si alguno de sus hijos viviera como si usted no existiera. La verdad es que no quiero ni pensarlo, debe ser lo más doloroso del mundo.
  • Piense cuando se pelean sus hijos – da igual qué edad tengan –. Probablemente conoce a algún adulto que no se habla con alguno de sus hermanos. ¿Cómo cree que se sienten sus padres?. A los padres nos duele mucho ver que nuestros hijos no se quieren, no se respetan y se alejan. No digamos ya cuando se hacen daño entre ellos, eso es horrible.
  •  Qué ocurriría si usted se entera de que alguno de sus hijos pasa todos los días por delante de su casa, quizás varias veces, pero nunca, jamás pasa un segundo a verle, aunque solo sea para decir: “tengo muchísma prisa, un beso y adiós”. Seguro que se sentiría muy dolido si usted supiera de esa falta de cariño.
  • ¿Se imagina que alguno de sus hijos estuviera pasando por una situación difícil, grave, y que sus hermanos, pudiendo hacerlo, no le ayudaran? ¡Qué dolor ver que los hermanos no se ayudan entre sí, y que ignoran las necesidades de sus hermanos más desfavorecidos!
  • Tengo cuatro hijos, y no me quiero ni imaginar que algún día veo que alguien les mira con lascivia. Ahora son pequeños, y sería absurdo, pero incluso aunque tengan veintisiete años. Si alguien mira a cualquiera de mis hijos con deseo pero desprovisto de cualquier tipo de afecto, de cariño, una mirada simplemente lasciva, me dolería (y me enfadaría) profundamente.
  • ¿Y acaso no nos duele ver a nuestros hijos cuando no se quieren a sí mismos?. La falta de autoestima es la preocupación más frecuente de los padres. Nos encanta que vengan a nosotros para poder decirles: “Eres lo más maravilloso que hay en el mundo, tienes muchísmas virtudes, y el hecho de tener debilidades y defectos no te resta ni un ápice de valor.”
  • Imagínese que usted prepara una cena para sus hijos todos los domingos. Imagínese que preparar esa cena le cuesta la misma vida (en el caso de Jesús fue literalmente así) y después de todo, sus hijos no vienen. ¿No le dolería muchísimo?

Mirar a Dios como es nuestro padre no ayuda a quererle en incluso a entenderle (aunque sólo sea un poquito).

Hay personas que piensan que la fe católica es culpabilizante por el hecho de que trae luz sobre nuestras faltas. En realidad, y si no me creen pregunten a cualquier psicoanalista que al fin y al cabo vive de ello, el sentimiento de culpa es inherente al ser humano. Tan pronto tenemos uso de razón, comenzamos a tener conciencia de que hay cosas que no deberíamos hacer (y aún así las hacemos) y cosas que deberíamos hacer (y no las hacemos).

Pero el sentimiento de culpa, que insisto, lo tenemos todos, es inútil, incluso es profundamente dañino si no tiene solución y la única solución definitiva es el perdón.

Para eso está la confesión, para volver a los brazos del Padre recibir el perdón  y no vivir acostumbrarnos a nuestro pecado. Estoy convencido de que alejarse del confesionario es el primer paso para alejarse de la fe.

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Cómo hacer testamento

Durante años, cada vez que moría alguien suficientemente relevante como para aparecer en los telediarios siempre me asaltaba la misma duda. ¿Cuál sería mi obra?. Lo digo por la manida frase «siempre nos quedará su obra».

Muera un actor, un pintor, un escritor o incluso un científico, sabemos que «siempre nos quedará su obra».

¿Y yo que dejo?. Me preguntaba. Pensaba que no dejaba nada significativo al mundo. Hasta que hace tiempo que encontré la respuesta: ¡mis hijos!. Dejo cuatro obras maestras, absolutamente irrepetibles, únicas en la historia, labrados con todo el amor del mundo y con mucho trabajo (la mayor parte, debo reconocer, de su madre).

No se me ocurre nada más grande que dejarle al mundo. Ni siquiera El Quijote, más aún si cabe, ni siquiera La Pietá de Miguel Ángel, es más grande que cualquiera de mis hijos (y por supuesto que los suyos).

Los hijos son la gran obra que dejamos al mundo. Es cierto que no perdurarán siempre, pero eso no les resta ni un ápice de valor.

¡Qué enorme responsabilidad! ¡Que grandísima oportunidad!

¿Y qué les dejamos a nuestros hijos?. La mayor parte de los padres luchamos por dejarles lo básico: «una buena educación». Y no me refiero exclusivamente a una buena escolarización, ni tan siquiera una buena enseñanza, sino «una buena educación» en el sentido completo del término: haberles ayudado a convertirse en personas integras, honestas, leales, cercanas, divertidas; de esas que merece la pena estar a su lado y haberles conocido y que, con sus errores característicamente humanos, al final de su vida, no dejen tras de sí ningún otro ser humano mal herido.

¿Pero cómo lograr tan alto objetivo? ¿Cómo dejar la mejor obra posible al mundo? ¿Cómo educarles?

A los hijos les dejamos nuestra vida. Tal y cómo usted está viviendo, así está educando a sus hijos.

No se preocupe por una regañina más que otra, otro día más el cuarto sin recoger o un suspenso más o menos. La verdadera educación es cómo vive usted. El único testamento que realmente tendrá algo de valor para sus hijos es cómo ha vivido usted su vida.

Los hijos son el legado que dejamos al mundo, y nuestra vida es el único testamento que ellos necesitan, y que nunca, nunca, dejarán de usarlo.

Han pasado muchos años desde la muerte de mi padre. ¿Acaso no sigo viviendo de su vida? ¿Acaso no sigo mirando cómo vivió para intentar ser mejor persona de lo que he hasta ahora he podido llegar a ser?

El mundo espera que le dejemos el mejor legado posible y nuestros hijos necesitan que vivamos de tal manera que puedan construirse como las personas que deseamos lleguen a ser.

No se preocupe por atesorar grandes fortunas. Ni siquiera se inquiete si el colegio al que lleva a sus hijos no es el que usted hubiera deseado o no han podido ir a la universidad. Tampoco haber acumulado un gran patrimonio o llevarle al mejor de los colegios posibles debe dejarle con la sensación del deber cumplido.

Todo depende de cómo vive. Ocúpese de amar y demostrar su amor a su cónyuge, de ser honesto en sus palabras y en su trato, de dar al trabajo el valor que tiene y por tanto hágalo siempre lo mejor posible. Intente tratar las desgracias como meros inconvenientes y no convierta simples contrariedades en tragedias. Viva de tal manera que piensen en usted cada vez que oigan la palabra «respeto». Haga lo posible por divertirse en todo lo que emprenda, aunque sea una labor enormemente seria.

Si le gustaría que sus hijos lean, lea. Si quiere que rían, tenga sentido del humor. Si quiere que sean honestos, no engañe – ellos son los primeros en detectar nuestras exageraciones y desvaríos. Si quiere que vivan con una sonrisa en la boca, sea agradecido a todos y por todo; si quiere que sean considerados simpáticos, sea amable en su trato con los demás. Si quiere que sean libres, sea muy crítico consigo mismo. Si quiere que vivan con paz interior, rece.

Y, siguiendo un dicho oriental, si hay algo que no le gustaría que sus hijos supieran de usted, no lo haga.

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Bautismo

Después del matrimonio, el siguiente sacramento que vivimos y que conforma a la familia suele ser el del bautismo. El bautismo es la primera y fundamental acción de transmisión de la Fe. ¡Qué importante es el bautismo de nuestros hijos!, pero como habitualmente el niño en ese momento no es consciente de lo que está ocurriendo, es fácil que su trascendencia pase desapercibida. De ahí la importancia de hacer un buen vídeo para poder recuperarlo y verlo con nuestro hijo años más tarde, que servirá como medio de catequesis familiar.

El bautismo de cada uno de nuestros hijos debe servir para re-vivir el nuestro, para volver a ponernos frente a frente con nuestra fe. Cómo no cuestionarnos por qué y para qué vamos a bautizar a nuestro hijo.

Bautizar a un hijo implica adquirir un compromiso E-LE-VA-DÍ-SI-MO. Es un compromiso que adquirimos con dos personas: con Dios y con nuestro hijo.

Lo primero que ocurre en la iglesia es que el sacerdote pregunta a los padres: «¿Qué venís a pedir a la Iglesia?». A lo que los padres deben responder – si es que así lo quieren -«El bautismo».

Esa simple pregunta, que puede parecer un sencillo gesto o un mero formulismo, es de una enorme trascendencia. Estamos aquí porque lo queremos, nadie nos obliga, la Iglesia no nos lo pide, somos nosotros quien se lo pedimos a Ella.

Hay personas que consideran que no se debe bautizar al niño mientras carece de capacidad de razonamiento y elección y que sea él quien elija llegado el momento adecuado. Permítanme alguna comparación.

Seguro que conocen a alguien tan aficionado al fútbol que no conforme con ser socio de su equipo, tan pronto nace su hijo le hace también socio. El niño (o la niña) apenas tiene días, pero ya tiene su carné de socio. ¿Se imaginan decirle a ese padre (o madre) tan aficionado que debería dejar a que el niño crezca para que pueda decidir si le gusta o no el fútbol y en caso afirmativo que elija equipo?.

Ya sé que estoy hablando de cosas muy serias y no quiero ofender a nadie. Sé que para muchos pensar que  su hijo puede hacerse forofo del Real Madrid, del Fútbol Club Barcelona o del Atlético de Madrid, es acercarles peligrosamente a un infarto de miocardio, lo digo sólo por ilustrar.

Otra comparación: estoy seguro que muchos piensan que lo correcto debería ser que los niños eligieran el colegio al que asisten, que no son los padres los que deben «obligar » a sus hijos a asistir a un colegio por el hecho de ser bilingüe, o por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que la mayoría de los padres pensamos que la elección del colegio es TAN importante que consideramos debemos asumirla sin el «necesario» consenso con el niño.

Pues bien, si el equipo de fútbol o el colegio tienen suficiente importancia como para que los padres tengan la potestad de elegir sin esperar a conocer la opinión de su hijo, creo que cualquiera que tenga un profundo amor a Dios, tendrá todas las ganas del mundo por presentarle a su hijo y por pedirle que sea su Padre adoptivo. Eso es lo que se pide en la iglesia al pedir el bautismo.

La siguiente pregunta que nos hace el cura es  “Al pedir el Bautismo para vuestro hijo, ¿sabéis que os obligáis a educarle en la fe, para que este niño, guardando los mandamientos de Dios, ame al Señor y al prójimo, como Cristo nos enseña en el Evangelio?”.

No se me ocurren muchas obligaciones más complejas. Como la Iglesia es tan sabia, fíjense qué bien hace la pregunta: “¿Sabéis que os obligáis a educarlo en la fe?”.

“¿Sabéis?”. Luego no me venga con pamplinas de que no sabía lo que hacía. Si no lo sabe haber preguntado que para eso ahora hay una reunión con el sacerdote antes del bautismo.

“Os obligáis”. Ni la Iglesia, ni el cura, ni siquiera Dios. Sois vosotros los que os obligáis. “Os obligáis”, no “os proponéis”, ni “intentaréis”, sino que “os obligáis”. Ahí es nada.

“A educarle”. Educarle, no “enseñarle”, sino “educarle”. Enseñar es teórico. Educar es vivido. Obligarse a educar es obligarse a vivir para ser ejemplo. Si no se vive y si no se es ejemplo no se está educando.

“La fe”. No en “alguna fe”, ni tampoco “en tu fe”, ni siquiera en “la fe de la Iglesia”, sino en “La fe”: la única. “Un solo credo, un solo Señor, una sola fe”. (Carta de San Pablo a los Efesios 4, 5).

¿Cuál es la fe?.  Ese es el siguiente paso en la liturgia del bautismo: responder a las preguntas que conforman el Credo. Esa es la fe.

“Ya, pero es que yo no comparto (creo) todo lo que dice el Credo”. Pues entonces … ¿a qué dice usted que se está obligando a educar a su hijo?, porque la pregunta del cura no deja mucho sitio al equívoco. (En realidad de todo el Credo, la mayor parte de las personas discrepan solo de una de las más de 40 afirmaciones que contiene, pero esa una parece ser suficiente para crear una brecha aparentemente insalvable. Una, de más de 40 … eso merece un post por sí  solo).

A cualquiera que tenga amor a Dios el Credo, frase a frase, sirve para hacer horas de oración. Sería magnífico dedicarle un ratito cada día a hacerlo antes del bautizo de nuestro hijo.

También es un medio magnífico para enseñar a nuestro hijo qué significa haber sido bautizado y porqué quisimos compartir ese tesoro con él.

El bautismo de nuestros hijos, cada bautismo de nuestros hijos (o de nuestros ahijados, sobrinos, etc.) debe ser un magnífico momento para revisar cómo estoy viviendo yo la fe y si soy coherente con lo que estoy haciendo.

Siguiendo con las comparaciones anteriores, ¿tendría sentido hacer socio del club de fútbol a nuestro hijo, si luego ni le vamos a llevar, ni nosotros vamos a ir ni un solo partido, o si en realidad el fútbol ni nos va ni nos viene?.

NO quiero decir que aquellos padres que no practican su fe no deberían bautizar a sus hijos. Nada más lejos de mi intención. Exactamente lo contrario.

Cuando unos padres bautizan a su hijo, o cuando unos novios se casan en la Iglesia – aunque llevaran años sin pisar un templo, o cuando quieren que su hijo haga la primera Comunión (aunque luego no le vuelvan a llevar en años a la iglesia), están haciendo un maravilloso acto de fe. Han decidido vivir un sacramento. Los sacramentos son la acción directa de Dios en la vida de una persona. Querer bautizar, casarse en la Iglesia o comulgar, implica querer que Dios actúe en tu vida (o en la de tu hijo). Eso es tener fe. Lo que yo propongo es aprovechar ese momento para acercarse más a Dios, un poquito, pero con constancia. Intentar alimentar esa fe que ya hemos demostrado que tenemos.

Si cumplimos con el compromiso al que “nos hemos obligado” en el bautismo, la trasmisión de la fe está garantizada, lo que no significa que el «acogimiento de la fe» también lo esté.

Esa es la preciosidad de la vida de fe. La libertad. No es posible imponer la fe. Sencillamente a través del bautismo les entregamos la Gracia de la fe, a través de nuestra educación haremos que la conozcan y de ellos dependerá sacarle el máximo partido o no.

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100% de aprobados en selectividad.

El año pasado asistí a una sesión informativa sobre los itinerarios académicos para el último curso de la enseñanza secundaria obligatoria (E.S.O.) y los dos cursos de bachillerato. Con tanto cambio legislativo hay que mantenerse informado.

El ponente parecía dominar la materia. Comenzó hablando de las diferentes opciones y, nada más empezar me sorprendió aprender que en bachillerato la elección limita o cierra las opciones de estudio universitario  – (ya debería saberlo de mis años mozos, pero al haber terminado mi escolarización en Estados Unidos, tuve el privilegio de no tener que escoger itinerario).

Me molestó la idea. Ciencias o letras – básicamente lo de siempre. Lo que elijas cierra puertas. Soy tan utópico que creo que el colegio sólo debería abrirlas, JAMÁS cerrarlas. Me comencé a sentir incómodo.

Proseguimos. El itinerario dirige hacia carreras de una rama o de otra. El alumno debe comenzar a elegir en 4º de la ESO, pero su elección en ese punto es reversible, puede cambiar de opinión en bachillerato. Menos mal. En bachillerato ya debe elegir con conocimiento de causa, ya que no hay vuelta a atrás.

Estamos hablando de que deben empezar a mirar hacia donde quieren pasar el resto de su vida. Ya tienen edad. Entre quince y dieciséis años. Me parece correcto, salvo por el hecho de que su elección delimitará a qué carrera podrán acceder.

«De todas formas», dice el ponente, «no penséis que ya tienen una vocación. Las estadísticas indican que el 80% de los chicos no tienen una vocación definida al acabar el colegio; y en mi experiencia esa estadística se confirma plenamente».

Lo dijo sin que le temblara la voz: «Al terminar el colegio el 80% de los chicos no tienen una vocación definida».

¡¿Pero qué han hecho en el colegio en estos quince años?!.

¡¿Llenarles la cabeza de conocimientos?!

¿Para qué? ¡Ah sí!, para aprobar selectividad. Ese es el objetivo. Aprobar selectividad. Con la mejor nota posible para poder estudiar la carrera que quieras aunque no tengas vocación para ninguna.

¡Toma nísperos!

Hace años le pregunté a mi sobrino, estudiante de medicina en la Universidad de Navarra, probablemente la más cara de toda España, así que si vas allí no es por casualidad, sino porque lo has pensado muy bien y vas con las ideas muy claras: «¿Estáis todos por vocación, o también hay muchos alumnos que van por tradición familiar (padre o madre médico)?»

«¡Qué va!, la mayoría han elegido medicina porque consideran que es una carrera con prestigio social o porque se puede ganar mucho dinero. También hay hijos de médicos, pero los que tenemos vocación somos los menos».

Se me cayó el alma a los pies.

Se supone que medicina es una carrera «vocacional» – a veces no sé si soy utópico, naïf, o simplemente idiota.

Yo pensé que el colegio estaba diseñado para prepararles para el futuro. ¿Pero para qué futuro?. ¿Cómo van a dirigir sus vidas hacia un futuro si no tienen vocación ninguna?.

Si la estadística fuera al revés podría entenderlo: «el 20% de los alumnos no tiene vocación al acabar el colegio», pero es que no es el 20, ¡es el 80%.!

Entonces resuenan las palabras de John Taylor Gatto, elegido mejor profesor de la ciudad de Nueva York y del estado de Nueva York en 1991 y 1992, tras más de 25 años de experiencia en un colegio público de Harlem (por petición propia): el sistema de enseñanza está pervertido. Las víctimas son los alumnos, seguidas de los profesores que hacen todo lo que está en su mano por hacer algo significativo en las vidas de sus alumnos a pesar de la corrupción del sistema.

Han pasado más de 20 años desde que le oí y leí dichas palabras y apenas comienzo a asimilarlas.

El sistema de enseñanza está diseñado con un fin: lograr el máximo número de aprobados en selectividad.

¿Para qué?: para aparecer en las listas de los periódicos o en google como «colegio con 100% de aprobados». Perpetuar el sistema. Aunque no sea el que deseamos. Aunque todos vayamos por ahí como pollos sin cabeza «el sistema educativo es un fracaso, el sistema educativo es un fracaso». Pero está diseñado para perpetuarse porque consigue su objetivo: máximo número de aprobados en selectividad.

Con eso muchos padres, muchísimos padres, se sienten más que satisfechos.

A lo largo de estos años me he encontrado con decenas de padres que me han confirmado mi sospechas: ellos mismos o compañeros de clase que sufrieron fracaso escolar y para los que el colegio fue terrible han alcanzado cotas profesionales muy altas y satisfactorias, por el contrario compañeros brillantes academicamente no han llegado al nivel profesional que todo el mundo auguraba.

Son tantísimos los ejemplos que prefiero no citar ninguno.

Muchas veces he oído decir que hay una ruptura, un «gap» entre la universidad y el mundo laboral. ¿Y qué me dicen de la ruptura entre el colegio y la vida adulta? En este momento son universos absolutamente inconexos. Pero nos seguimos creyendo que si te va bien en el colegio llegarás lejos y si te va mal «acabarás de barrendero o de cajero en un supermercado». (Por cierto, uno de los cajeros del Mercadona que está en mi calle es ingeniero técnico).

Vocación. Vocación. Vocación. Muestren a los niños que hay cientos de áreas a las que es apasionante dedicar la vida: a construir edificios, a escribir, a amaestrar perros, a intentar salvar vidas o acompañarles a la muerte con dignidad, a ENSEÑAR a los niños del futuro. Todo puede ser apasionante, pero hoy en día ¿quién les apasiona? ¿los famosos?.

«¿Para qué quiero aprender integrales?»; «¿De qué me sirve saber lo que es un complemento directo?».

Llevo años diciéndoles a mis pacientes con dificultades de aprendizaje que saber esas cosas sirve. ¡Claro que sirve!. ¿Para qué? Para APROBAR. Solo para eso.

Cuando todo el sistema está diseñado para lograr el máximo porcentaje de aprobados en selectividad, pero la vocación queda al margen de la formación – y la muestra es la apabullante estadística – mi conclusión solo puede ser una:

El sistema de enseñanza es una estafa.

Estafa a los niños, diciéndoles que les preparamos para el futuro.

Estafa a los padres, afianzándoles en el error de que por tener un buen nivel académico tienes el pasaporte para un buen nivel de vida.

Estafa a los profesores, que les impide enseñar y formar en áreas realmente significativas, obligándoles a cubrir un curriculum tan abstracto y alejado de la vida que incluso si lo llegan a dominar sigue siendo inútil para su futuro. (Gracias John Taylor Gatto, perdón por haber tardado tanto en entenderle. Probablemente tenía que verlo con mis propios ojos).

¿Orientación profesional?. Les diré las tres acciones que la mayor parte de los colegios llevan a cabo en ese sentido:

1) Un cuestionario de más de 500 preguntas para que el joven diga lo que le gusta y lo que no. (como si no lo supiera antes de responderlo).

2) Un viaje al salón Aula o similar a exponerles a una sobrecarga de panfletos, guías y ofertas de todas las las universidades públicas y privadas en cuatro aceleradas horas.

3) Si obtienen buenas calificaciones, un machaque incesante para que estudien «ciencias» y puedan de ese modo acceder a una carrera con prestigio social o buenas posibilidades económicas (ingeniería, arquitectura o medicina). No vaya a ser que este chico tan inteligente le dé por apasionarse con la lengua y quiera estudiar filología clásica, o que se apasione con el ser humano y le dé por estudiar filosofía. ¡Ah! y por supuesto, con esas notas tan brillantes (y aunque no lo sean tanto) que no le dé por estudiar magisterio. No vamos a desperdiciar a alguien tan listo para que se convierta en un un simple maestro.

No se me ocurre profesión más elevada. Pero el colegio no está para lanzar a los jóvenes a profesiones elevadas, sino para que estudien «algo de lo que puedas vivir bien» aunque no tengas vocación – y ya sabemos que de profesor se vive … con humildad. El sistema de enseñanza está tan pervertido que se permite considerar que magisterio (la base misma del sistema) está diseñado para los que no tienen nota suficiente para estudiar otra carrera «más importante».

Escolarizamos a los chicos 15 años y sólo consiguen tener una vocación el 20%. ¡Qué vergüenza! ¡Qué pena!.

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