La confirmación.

Como vimos en el post acerca del bautismo, los padres asumimos ese día, libre y voluntariamente, una serie de compromisos que con la celebración de la confirmación tendrán que asumirla como propios nuestros hijos. Creo que el sacramento de la confirmación no se vive con toda la intensidad, fuerza y profundidad que implica. Es como si Pentecostés hubiera sido un domingo más en la vida de los apóstoles, de la Virgen María y de la Iglesia. Es probable que la Iglesia luche por darle la importancia que tiene, pero se debe seguir trabajando en trasmitirlo mejor.

Hace 60 o 70 años se celebraba aún cuando el niño carecía de conciencia, con dos o tres años. Poco a poco se fue retrasando. Mis hermanas mayores lo recibieron con 6 años, y hoy en día se celebra con la adolescencia, a eso de los 16 años, pero desgraciadamente no hay un criterio en firme. Se está intentando ver cuándo puede ser más eficaz de cara a que el confirmando asuma e integre el compromiso y pueda ser un punto de inflexión para entrar a formar parte activa de la Iglesia, en lugar de ser el último día que vuelve a su parroquia antes de su boda.

Vayamos al meollo.

¡El Espíritu Santo viene desde el cielo y se une a ti!, ¡¿Es o no es impresionante?!.

Probablemente el hecho de que sea un sacramento en el que el confirmando tiene el papel activo de solicitar la confirmación y de que el los símbolos son tan simples como la unción con los santos oleos y la imposición de manos por parte del obispo, puede dar la impresión de que el protagonista es el joven y que Dios tiene poco que hacer.

Sin embargo, si vamos al origen del sacramento, vemos que, Jesús, en la última cena nos dijo: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.

Naturalmente que aún siendo elegidos podemos rechazarle. Este es el gran don de Dios, nos dio la libertad total de amarle o rechazarle, de adorarle o crucificarle, pero aún tomando la dirección contraria no significa que no seamos escogidos suyos.

Y una vez que aceptamos su llamada, es entonces cuando Dios toma un papel activo como sólo en los sacramentos puede ocurrir y desciende en su tercera Persona para tomar nuestra alma como hogar.

Una vez más, es un misterio tan enorme que ¿a qué humano se le podía haber ocurrido?.

Es un hecho que debe reforzar no solo la fe del confirmando, sino de toda su familia, pero para que eso ocurra debemos participar de ello. No conformarnos con llevar al chaval a catequesis, y llegar 10 minutos tarde a recogerle.

¿Cómo desaprovechar la ocasión de la confirmación de alguno de nuestros hijos para hablar de Dios, de fe, de vida con nuestros hijos?. Creo que es el momento idóneo para pedirles a ellos que nos ayuden a renovar nuestra fe. Ellos, que se están preparando para que el Espíritu Santo conforme de una vez y para siempre su corazón a Dios, que nos ayuden, a través de la conversación a recordar la maravilla de creer y de esperar al Señor.

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