La confesión

Siguiendo el camino de los sacramentos con nuestros hijos, después del bautismo llegaremos al sublime momento de la primera confesión.

La primera confesión, y a partir de ahí todas las demás, es una oportunidad preciosa para enseñar Y educar a nuestros hijos sobre el perdón, la misericordia y el amor de Dios.

¡Qué importante es que nuestros hijos vean que pedimos perdón!. Nos tienen que ver hacerlo, sin temor a exagerar, a diario. ¡¿Qué padre no tiene la sensación de que ha cometido algún error cada día?!. En mi experiencia, los padres perfectos son los que cometen entre cinco y diez errores diarios. Menos de cinco es imposible.

Nuestros hijos nos deben ver y oír pedir perdón muy a menudo. Tantas veces cómo metamos la pata. Y naturalmente nos deben ver que vamos a pedir perdón a nuestro Padre.

De lo contrario, ¿cómo podrán entender la misericordia?. Y si no entienden la misericordia, ¿qué idea van a tener de Dios?. Si la confesión no es una práctica frecuente en nuestra vida, es muy fácil que dejen de “creer en la fe” y se hagan la religión a su medida. Los judíos tienen un adagio que dice: “comete tres veces el mismo pecado, y acabarás pensando que es lícito”.

Probablemente el motivo por el cual muchas personas dejan de confesarse es porque han perdido la conciencia del pecado. Creen que sólo es pecado aquellas conductas que aparecen en el código penal: matar, robar, estafar, etc. Eso que hacen “los malos”, las personas corrientes no vamos por ahí haciendo daño a los demás, y si no hacemos daño no hacemos nada malo.

Se han olvidado que Dios es su Padre. Si perdemos de vista que somos hijos de Dios, nos va a resultar muy difícil entenderle, pero piense un momento en qué cosas molestan u ofenden a un padre (o a una madre), verá como no hace falta cometer delitos para hacer daño:

  • Imagínese que alguno de sus hijos no le quisiera. Nada en absoluto. Piense cómo se sentiría si alguno de sus hijos viviera como si usted no existiera. La verdad es que no quiero ni pensarlo, debe ser lo más doloroso del mundo.
  • Piense cuando se pelean sus hijos – da igual qué edad tengan –. Probablemente conoce a algún adulto que no se habla con alguno de sus hermanos. ¿Cómo cree que se sienten sus padres?. A los padres nos duele mucho ver que nuestros hijos no se quieren, no se respetan y se alejan. No digamos ya cuando se hacen daño entre ellos, eso es horrible.
  •  Qué ocurriría si usted se entera de que alguno de sus hijos pasa todos los días por delante de su casa, quizás varias veces, pero nunca, jamás pasa un segundo a verle, aunque solo sea para decir: “tengo muchísma prisa, un beso y adiós”. Seguro que se sentiría muy dolido si usted supiera de esa falta de cariño.
  • ¿Se imagina que alguno de sus hijos estuviera pasando por una situación difícil, grave, y que sus hermanos, pudiendo hacerlo, no le ayudaran? ¡Qué dolor ver que los hermanos no se ayudan entre sí, y que ignoran las necesidades de sus hermanos más desfavorecidos!
  • Tengo cuatro hijos, y no me quiero ni imaginar que algún día veo que alguien les mira con lascivia. Ahora son pequeños, y sería absurdo, pero incluso aunque tengan veintisiete años. Si alguien mira a cualquiera de mis hijos con deseo pero desprovisto de cualquier tipo de afecto, de cariño, una mirada simplemente lasciva, me dolería (y me enfadaría) profundamente.
  • ¿Y acaso no nos duele ver a nuestros hijos cuando no se quieren a sí mismos?. La falta de autoestima es la preocupación más frecuente de los padres. Nos encanta que vengan a nosotros para poder decirles: “Eres lo más maravilloso que hay en el mundo, tienes muchísmas virtudes, y el hecho de tener debilidades y defectos no te resta ni un ápice de valor.”
  • Imagínese que usted prepara una cena para sus hijos todos los domingos. Imagínese que preparar esa cena le cuesta la misma vida (en el caso de Jesús fue literalmente así) y después de todo, sus hijos no vienen. ¿No le dolería muchísimo?

Mirar a Dios como es nuestro padre no ayuda a quererle en incluso a entenderle (aunque sólo sea un poquito).

Hay personas que piensan que la fe católica es culpabilizante por el hecho de que trae luz sobre nuestras faltas. En realidad, y si no me creen pregunten a cualquier psicoanalista que al fin y al cabo vive de ello, el sentimiento de culpa es inherente al ser humano. Tan pronto tenemos uso de razón, comenzamos a tener conciencia de que hay cosas que no deberíamos hacer (y aún así las hacemos) y cosas que deberíamos hacer (y no las hacemos).

Pero el sentimiento de culpa, que insisto, lo tenemos todos, es inútil, incluso es profundamente dañino si no tiene solución y la única solución definitiva es el perdón.

Para eso está la confesión, para volver a los brazos del Padre recibir el perdón  y no vivir acostumbrarnos a nuestro pecado. Estoy convencido de que alejarse del confesionario es el primer paso para alejarse de la fe.

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