El matrimonio

Dentro de la serie dedicada a «educar en la fe» quiero dedicar las próximas semanas al tema de los sacramentos como medio para educar a nuestros hijos. Comenzaremos por el sacramento con el que comienza nuestra familia: el matrimonio.

A aquellos incautos que se atreven a venir a nuestra casa en los meses siguientes a nuestra boda les va a caer, quieran o no, una sesión de fotos, vídeo y relatos de nuestra boda y luna de miel, tan extensa como el santo Job hubiera podido soportar, sin embargo, con el tiempo, gracias a Dios, nuestro furor va atemperándose y los álbumes y los vídeos van quedando cada vez más tiempo en la estantería.

Sin embargo las fotos y el vídeo de nuestra boda son una herramienta magnífica para hablar de fe a a nuestro hijos.

El sacramento del matrimonio es nuestro comienzo como familia, pero debemos recordar que la gracia de este sacramento no es puntual, no se nos otorga en un instante para desaparecer al siguiente, sino que el sacramento del matrimonio, que tiene lugar en un momento y en un sitio concreto, nos concede una gracia que actúa de manera constante en los cónyuges. Este hecho es maravilloso y nos llena de esperanza, pero para que sea eficaz debemos recordarlo y recurrir a dicha graciacon frecuencia.

El sacramento del matrimonio es vital para explicar a nuestros hijos quienes son. Al mostrarles en familia el vídeo de nuestra boda les podemos explicar que Dios es tan importante en nuestras vidas que forma parte integra de nuestra familia desde el inicio.

Hace años me enseñaron que el matrimonio es la representación más cercana a la Santísima Trinidad en la tierra, ya que somos tres personas, Dios, tu y yo, unidas en una sola carne. Y eso precisamente es lo que configura nuestro matrimonio.

Cuando nos casamos en la Iglesia estamos poniendo de manifiesto nuestro compromiso con el primer mandamiento. “Amo a Dios sobre todas las cosas”, y por eso no me puedo unir a ti, sino es a través de Él. Si me uno a ti al margen de Dios, estoy haciendo algo puramente humano, exclusivamente mundano. Pero al unirnos los dos en Dios, elevamos nuestro amor, nuestra condición vital y el sentido de nuestra vida a lo que hemos sido llamados. Lo elevamos a lo más alto que podemos concebir, que es Dios. Endiosamos nuestro amor. Si lo hacemos con sinceridad, y lo recordamos con frecuencia, haremos de nuestro matrimonio algo muy distinto a la unión meramente humana, y lógicamente lo viviremos de un modo que será inevitable que trascienda a nuestros hijos. Verán nuestro matrimonio como lo que es, un mero reflejo del amor que Dios nos tiene y una muestra del amor que le tenemos.

Cuando nos tocó a mi mujer y a mi el mal trago de explicar a mi hija mayor “de dónde vienen los niños”, me di cuenta de que en realidad le estaba explicando muchísimo más que un proceso biológico. Sin tenerlo preparado, por pura inspiración, cuando ya estaba sentado frente a ella, cogí la Biblia y le leí parte del Génesis, concretamente: “Por esta razón deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer y los dos se hacen uno solo” (Génesis 2, 24.)

Ese es un magnífico momento para hacer entender a nuestros hijos, más allá cómo se hacen los hijos, que su origen, el motivo de su existencia, es el amor que nos tenemos el uno al otro y que nuestro amor es participado por Dios, de hecho es fruto del amor de Dios y que ellos son el resultado de todo este amor.

Obviamente puede todo este discurso sea rematadamente cursi, pero en estos días de pragmatismo, de «al  introducir el pene del progenitor B en la vagina del progenitor A se expele el líquido seminal que contiene los espermatozoides. Si alguno de ellos alcanza el óvulo, se produce una segunda penetración que da lugar al cigoto, etc.», poner un poco de sentimiento, sin caer en el sentimentalismo, creo que puede ser muy bueno. Es necesario.

Lo mejor de todo es que podemos ver el vídeo de nuestra boda mucha veces, y con nuestros hijos a edades muy diferentes. Las preguntas que nos van a hacer van a ser muy distintas en uno u otro momento, pero nuestras respuestas tendrán siempre un mismo hilo conductor: «por amor».

Podemos explicarles que si hubiéramos decidido desligar nuestro amor del amor de Dios – teóricamente se puede (dicen) y en la práctica se intenta cada vez más – entonces no podríamos afirmar que nuestro amor es «para toda la vida», ya que en este mundo no hay nada para toda la vida, pero que al unir nuestro amor y nuestra entrega en Dios sabemos que es para siempre, Él sí es eterno y Él es Amor, por eso nuestro matrimonio es también eterno.

También podemos hacer alusión a nuestro compromiso:

«Yo, Nacho, te recibo a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.»

Fui yo quién asumió todos esos compromisos. Y lo hice libre y voluntariamente (ya se encargó el cura de preguntármelo antes, frente a todos los invitados, no fuera a ser que con los años viniera diciendo que no sabía lo que hacía, que era muy joven o que lo hice por «condicionamiento social»).

Yo asumí esos compromisos pero sé que si de mi dependiera … podría intentarlo, pero que quieren que les diga, solo soy humano.

La suerte es que de mi solo depende en parte, la parte humana, pero que Dios, al cual también nos unimos ese mismo día nos ayuda, si queremos, a mantenerlos y cumplirlos. Él hizo esos mismos compromisos con cada uno de nosotros como personas y con los dos como matrimonio: nos recibe y se nos entrega, nos es fiel en cualquier circunstancia, nos ama y nos respeta. Todos los días. Cada día.

Y es cierto que el sentimiento no es el mismo, gracias a Dios (literalmente). Hemos madurado (no por el mero paso del tiempo, eso solo envejece), sino porque hemos luchado cada día por cumplir los compromisos: recibirte y entregarme, serte fiel, amarte y respetarte. Hacer eso todos los días madura ¡vamos que si madura!. ¡Menos mal!, no me quiero imaginar con la misma madurez que cuando me casé, menudo imbécil estaría hecho.

Y también hemos tenido crisis. Días – meses – en los que hemos dudado de nosotros mismos ¡y con razón!, hasta que entiendes que si dudas es porque estás poniendo toda la atención en ti mismo, poco en tu esposa y nada en Dios.

El matrimonio, como sacramento, es cosa de tres que se convierten en uno. Tres patas sobre las que se asienta nuestra familia. Si falta uno de los tres todo se cae. Qué suerte tenemos de no tener que depender de nosotros mismos. Qué suerte tener a Dios.

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NO quiero tener hijos normales.

Cualquier niño promedio entre los seis y los siete años  aprende que las conductas que se producen con alta frecuencia tienden a ser consideradas normales y que «lo normal» es considerado como aceptable, incluso deseable.

Los niños de 8 años se deben acostar pronto, pero si la mayoría de los niños de su clase ven una serie de televisión por la noche, si es una conducta muy frecuente, entonces pasa a ser «lo normal», y por tanto creen que debe ser aceptable y aceptado. Más aún, el que rompe con esta tendencia pasa a ser considerado «anormal».

De este sencillo modo la frecuencia de una conducta pasa a ser un criterio moral: lo frecuente es es aceptable y lo infrecuente puede que no.

Este sistema infantil de cualificación moral: lo frecuente es normal y por tanto debe ser aceptado y lo infrecuente es anormal y por tanto no se extrañe de que sea rechazado es el mecanismo que se está imponiendo para conformar la sociedad.

Pues  bien, dado que este es el status quo, entonces prefiero que mis hijos sean Anormales.

Estas son las conductas en la que me gustaría que fueran anormales:

Me gustaría que mis hijos estudiaran cualquier cosa, pero solo si les apasiona. No me gustaría que estudiaran ADE (administración y dirección de empresas) o derecho, o cualquier ingeniería, simplemente porque no saben que hacer. En ese caso prefiero que NO ESTUDIEN una carrera universitaria. A mi hija mayor le apasiona algo para lo que no existen estudios universitarios y estamos buscando el modo de que pueda desarrollarse en en ese campo, aunque tenga que hacerlo al margen de la universidad.

En cualquier caso, estudien o no, espero que no renuncien a ser los mejores y al esfuerzo que ello conlleva. (incluyendo convertirse en el mejor marido o esposa, en el mejor padre o madre y en el mejor amigo).

Me gustaría que mis hijos se casaran. Por convicción personal, ni mucho menos por formalidad social. ¡Con papeles y todo!. Para mi significaría que les hemos conseguido trasmitir suficiente confianza en sí mismos y en el ser humano como para que entiendan que el amor SI es para toda la vida ya que NO es simplemente un sentimiento, sino un acto de la voluntad. En cualquier caso, aunque no lleguen a casarse y decidan convivir «sin papeles» con su novio o su novia, espero educarles lo suficientemente bien como para que nunca digan que «van a probar a convivir antes de casarse»: eso equipara al matrimonio con la compra de un coche. «voy a probarlo, a ver que tal funciona». (Al margen de que se constituye en el segundo mejor predictor de un divorcio: los matrimonios que han convivido antes de casarse tienen más probabilidades de acabar divorciados que los que no).

También me gustaría que cuando se enfrenten a dificultades en su matrimonio, que es altísimamente probable que se las encuentren, sean capaces de anteponer las necesidades de su cónyuje a sus propios deseos (y que sea mutuo, naturalmente). Más aún si es necesario, me gustaría que fueran capaces de anteponer los deseos de su cónyuje a sus propias necesidades. (No es tan raro – aunque sí poco frecuente -, al fin y al cabo ¿no hacemos eso los padres, sin que a nadie le extrañe).

Me gustaría que tuvieran los hijos que deseen. Sé que es muy difícil. Las estudios realizados tanto en ámbito nacional como internacional indican que los matrimonios tenemos entre uno y tres hijos menos de los que nos hubiera gustado. Los motivos de este desfase son frecuentemente laborales (no económicos). Me gustaría que se pusieran a sí mismos por encima de su trabajo.

Me gustaría que mis hijos comieran con buenas maneras. Ellos saben a qué me refiero. No estoy hablando de ninguna conducta estúpidamente refinada, me refiero a comer con buenas maneras. Cada vez se ve con menor frecuencia, por eso no quiero dejar de aspirar a ello.

No me gustaría que mis hijos se pusieran un tatuaje. Tengo varios motivos para ello, pero el motivo principal por el que rechazo los tatuajes, particularmente ahora que tenemos tan reciente el verano y su visión en mi memoria, es porque obviamente es una conducta de alta frecuencia. Temo que pudieran ser considerados normales si se ponen un tatuaje.

Me gustaría que mis hijos utilizaran las chanclas para ir y/o volver a la piscina y/o a la playa, pero no para ir al supermercado, de compras o casas de amigos. Por la misma razón que los tatuajes.

Me gustaría que mis hijos utilizaran siempre camiseta cuando hagan deporte, aunque haga muchísimo calor.

Me gustaría que mis hijos fueran a Misa. De nuevo, por convicción – bueno no, más que por convicción, porque lo vivan como una necesitad personal.

Si llego a educarles para que cumplan con todo lo que me gustaría para ellos, sé que podrán (y serán) ser considerados Anormales, pero a la luz de lo que esta sociedad nos pretende imponer que aceptemos como normal, lo prefiero.

Y por supuesto espero educarles de tal forma que sepan que por el mero hecho de que algo lo haga «todo el mundo» o aunque les digan que tal conducta «es normal – y si no lo aceptas el problema lo tienes tu», tienen un órgano entre oreja y oreja que si lo usan adecuadamente les debe permitir establecer criterios propios y basarse en parámetros más sólidos que la opinión compartida por la mayoría.

Espero que comprendan que el hecho de que una conducta sea más o menos frecuente NO es un criterio válido para decidir si es aceptable o no. Ese criterio puede ser válido cuando tienes 6 o 7 años (y en mi casa ni siquiera a esa edad), pero más tarde, es pueril.

Es frecuente que los jóvenes (y no tan frecuente, pero también los no tan jóvenes) cuando salen de fiesta beban alcohol, y es muy frecuente que lo hagan en grandes cantidades, pero eso no lo hace aceptable ni deseable.

Ni siquiera la legalidad es un criterio válido. Hay conductas legalmente aceptadas pero moralmente reprobables (por ejemplo provocar un aborto – en ningún caso reprobaría la conducta de la madre, que es la segunda víctima – , sino la práctica «profesional») y hay conductas moralmente maravillosas y sin embargo ilegales (por ejemplo que los restaurantes y supermercados den los excedentes de comida a entidades de beneficiencia).

Es decir, espero que mis hijos crezcan para convertirse en personas críticas con la conducta ajena y  muy críticas con la conducta propia.

Es posible que haya quien mientras va leyendo esto pueda pensar: «Pues yo lo que espero para mis es que hijos sean felices». Incluso puede que haya considerado que soy un mal padre por no desear que sean felices.

Aquellos que me conocen saben lo que pienso de la felicidad. Desear la felicidad es cómo comprar la lotería y desear que te toque el reintegro. Es una minucia. La felicidad es, por definición, efímera.

Naturalmente que deseo que la vida de mis hijos esté cuajada de momentos felices, pero aspiro a mucho más para ellos, aspiro a que sean capaces de pensar y decidir por sí mismos y que vivan con paz interior.

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¡Qué bello es creer!

Aunque en supongo que habría que ser insultantemente joven para no haber visto “Qué bello es vivir” al menos 10 veces (en versión original, en blanco y negro o coloreada), y  siempre en Navidad, me voy a permitir hacer una pequeña sinopsis, por si alguien que lea este post ha crecido con la desgracia de no haberla visto nunca.

En la película el protagonista, caracterizado por James Steward, intenta quitarse la vida convencido que no merece la pena vivir tras un revés financiero. Sin embargo a su ángel de la guarda, un viejecillo encantador que está a punto de “ganarse las alas”, se le ocurre que lo mejor que puede hacer por él es mostrarle cómo hubiera sido el mundo si él nunca hubiera llegado a nacer. Qué hubiera pasado con la que era su esposa, o con su hermano, o sus vecinos. Así George Bailey (nombre del personaje) descubre que el mundo hubiera sido muy distinto si él no hubiera nacido. Su hermano hubiera muerto en un accidente en el hielo cuando era niño, ya que él no estaba ahí para salvarle; su esposa hubiera sido una bibliotecaria mojigata y solterona, y su pueblo, Bedford Falls, viviría sumido en la tristeza por la tiranía del magnate local, que niega a los habitantes los créditos que sí concede George Bailey. Obviamente es un cuento y la imagen que ofrece es bastante naïf, pero consigue plasmar claramente la idea: si tu no hubieras nacido, el mundo sería peor.

Con el trasfondo de la película de 1946, permítanme proponerles un ejercicio de imaginación. Sería imposible intentar adivinar cómo hubiera sido el mundo sin nosotros, mi propuesta es más sencilla, imagínese cómo hubiera sido su vida si usted nunca hubiera tenido fe o si nunca hubiera vivido de acuerdo a su fe.

¿Se hubiera casado?, ¿Lo hubiera hecho en la iglesia?, es muy posible, hay muchas personas que se casan en una iglesia por motivos estéticos o sociales, y no vuelven a pisarla hasta que el niño les pide hacer “la comunión”, como el resto de sus compañeros de clase y ya aprovechan para bautizarle.

¿Hubiera dado todas y cada una de las limosnas que ha dado?. ¿Hubiera mirado al cielo confiando en obtener alguna respuesta cuando las cosas se pusieron feas?

¿Qué hubiera hecho y qué hubiera dejado de hacer, sino fuera porque tiene fe?

¿En qué se diferenciaría su vida actual de cómo viviría si nunca jamás hubiera tenido fe?

Le ruego que le dedique dos minutos, no hace falta más, pero dedíqueselos a pensar cómo sería un día vivido ajeno a la fe.

Si su respuesta es que su vida sería radicalmente distinta, que no se hubiera casado – quizás no con quien lo hizo -, o que no hubiera tenido los hijos que ha tenido, o que los domingos aprovecharía a tomar el aperitivo, ya que no “tiene” que ir a Misa, permítame darle la enhorabuena. Eso significa que está viviendo de acuerdo a sus creencias, eso implica coherencia de vida.

Hay quien piense que quizás no implica vivir de acuerdo a una fe, sino tan sólo vivir de acuerdo a una educación recibida y a unas costumbres sociales impuestas de manera más o menos explícita. Es posible, pero quiero pensar que los lectores de Educar con sentido son lo suficientemente maduros como para vivir de acuerdo a sus propias decisiones.

Estamos en el siglo XXI. En los países de tradición judeo-cristiana a nadie se le impone vivir de acuerdo a unas normas religiosas. Hoy gracias a Dios (literalmente) vivir la fe (cristiana) es cuestión de libertad y de madurez, no de imposiciones sociales. Si no lo cree, mire a su alrededor.

Si su respuesta es que no existe ninguna diferencia entre cómo vive ahora y cómo viviría si practicara su fe (asumo que la tiene, sino el ejercicio propuesto es imposible), ya que a pesar de creer en Dios, no hace nada como consecuencia de ello. No va a Misa, no reza, no mira al Cielo esperando alguna respuesta, siempre que da limosna lo hace como obra exclusivamente social, pero no identifica al beneficiario con Cristo, etc. Si, sencillamente cree en Dios, pero eso no altera su vida en absoluto, permítame darle la enhorabuena.

No soy, ni lo pretendo, ser sarcástico en absoluto. Le doy mi más sincera enhorabuena. Si a pesar de tener fe vive como si no la tuviera le felicito porque eso significa que tiene el 100% de oportunidad de descubrir la maravilla que es vivir de acuerdo a nuestra fe.

Tener fe es como saber leer, implica un enorme potencial, pero si nunca leemos un libro, entonces ese potencial está esperando a ser puesto en marcha.

Me encanta recomendar libros. Me encanta que la gente comience a leer algo que yo ya he disfrutado. En cierto modo es cómo si me diera un poco de envidia: “qué suerte, va a disfrutar de este libro por primera vez”.

Por eso le doy la enhorabuena: porque todavía puede descubrir la maravilla que es vivir de acuerdo a nuestra fe en todas las cosas. Cada nueva acción, cada nuevo gesto que realiza, simplemente porque tiene fe, es un nuevo descubrimiento que puede llenarnos de alegría.

Y eso es lo bueno, que tener fe es como saber leer: no hay tiempo para leer todos los libros que se han escrito, por eso cada día descubrimos nuevas formas de disfrutar la fe.

Cierto es que cuanto antes empecemos a vivir de acuerdo a la fe, antes empezamos a disfrutar, (cuanto antes comienzas a leer, más libros lees). Esa es la importancia de educar a nuestros hijos en la fe. Darles la oportunidad de disfrutar cuanto antes.

Me gusta recordar la entrevista que Jesús Hermida, un famoso periodista español del siglo pasado, realizó pocos meses antes de su muerte al Dr. Juan Antonio Vallejo Nájera. Era en aquella época en la que sólo había dos canales de televisión, y por tanto las audiencias eran mucho mayores que las de hoy. Aquella entrevista tuvo tal repercusión que dio lugar a un libro “La puerta de la esperanza”. A lo largo de la misma Jesús Hermida le preguntó al psiquiatra, que ya sabía que el cáncer que sufría era irreversible, “¿Qué ocurriría si al morir descubre que su fe, eso en lo que usted cree, es falso, no existe?”

“Que me quiten lo bailao”, respondió el Dr. Vallejo Nájera.

¡Eso es!, y es que vivir de acuerdo a nuestra fe es una gozada y por tanto educar a nuestros hijos en la tibieza, en el “creo pero no practico”, es privarles de disfrutar, es enseñarles a leer, pero no comprarles ni facilitarles que lean ni un solo libro.

Lo mejor, ya que tenemos fe, es enseñarles ¡qué bello es creer!.

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Excelencia docente

Esta semana comienzan las clases en una gran cantidad de colegios de España y muchos padres resolverán la duda que desde hace meses les atenaza, ¿quién será el profesor de mi hijo?. Aproximadamente desde el mes de mayo hasta principios de septiembre de cada año, la frase que más oigo en la consulta es “a ver si tenemos suerte el año que viene con el profesor”.

¡A ver si tenemos suerte!

La calidad de la persona que va a estar a cargo del desarrollo intelectual y si fuera un buen profesor del desarrollo personal de nuestro hijo parece que es “cuestión de suerte”.

Lo oigo con suficiente frecuencia como para saber que no es una frase hecha. Y lo dicen con suficiente emoción en su voz como para evidenciar que saben que de esa “suerte” depende una gran parte del éxito de su hijo.

No hace falta ser ningún experto para saber que la calidad del profesor es determinante en el éxito de los niños, particularmente cuanto más pequeños son y/o cuantas más dificultades tienen.

Pensar que la calidad del profesor de nuestros hijos depende de la suerte, equivale a pensar que nuestro salario fuera también cuestión del azar. Se imaginan que a final de cada curso pensaran: “a ver si tengo suerte el año que viene con mi sueldo, porque hay uno que dicen que es excelente, luego hay dos que no he oído nada, ni bueno ni malo, pero hay un sueldo del que todo el mundo se queja, dicen que es terrible”.

¿Le parecería correcto que su sueldo dependiera de “la suerte”? Sin embargo aceptamos como inevitable que la calidad del profesorado sea cuestión de suerte.

Pues NO es aceptable.

El profesor tiene el deber de ser excelente. No puede ser menos que eso.

Y el alumno tiene el derecho a que su profesor sea excelente.

Ya sé que el sueldo de profesor es cualquier cosa menos excelente. Lo sé y lo sufro. Mi mujer es profesora. Mal sueldo. Es profesora en un colegio privado– el peor de los sueldos de los docentes. Es profesora en educación infantil – ¡ah, todavía peor!. Cuando mi sobrina comenzó a sus 23 años su labor como profesora de educación infantil en un colegio concertado su sueldo era mayor que el de mi mujer, que llevaba 18 años dando clase. (¿Conocen más profesiones donde el sector privado pague menos que el sector público/concertado?.)

Sin duda mi mujer ha sido la que más claramente me ha enseñado que ser un magnífico profesor, que lucha hasta la extenuación por todos y cada uno de los alumnos, particularmente por los que más dificultades tienen no depende en absoluto del sueldo.

Si alguien aspira a tener un buen sueldo, acorde con la responsabilidad que asume, no debe dedicarse a la docencia.

Y también sé que es fácil encontrar alumnos que no son excelentes. ¿Quiere alumnos “excelentes”? Hágase profesor de segundo de bachillerato en un colegio privado cuyo lema, objetivo y marca sea “la excelencia académica”. Ya se habrá encargado el colegio de dirigir a todos los alumnos “difíciles” hacia otros centros “con más recursos” (léase voluntad).

Si aspira a trabajar con materia prima que no sea un reto constante no debe dedicarse a la docencia.

Y por supuesto que es fácil encontrar padres que no son excelentes. ¿Cuántos alumnos tiene? ¿Entre 20 y 35?. Con esos números calculo que en tres años de docencia ha tenido oportunidad para cruzarse con una buena representación de lo que es la sociedad actual. Habrá conocido padres abnegados y concienciados; padres más centrados en su trabajo que en sus hijos; padres con alto y bajo nivel cultural; algún padre con cáncer; varios padres separados; y padres cuyas formas dejan mucho que desear. Lo mismo que se encuentra el abogado en tres meses de trabajo, el taxista en tres días, el dependiente de la tienda en tres tardes y el pediatra de la seguridad social en tres horas.

Si no quiere encontrarse con los que formamos esta sociedad no debe dedicarse a la docencia.

Pero si se dedica a la docencia, ya sabe que de su actuación depende una gran parte del éxito de sus alumnos. O de su fracaso. Y repito, cuanto más pequeños y/o más dificultades tengan más van a depender de su profesionalidad.

Esta semana comienza el curso para un gran número de niños. Le ruego, señor profesor, que haga el firme propósito de ser el mejor profesor posible para todos y cada uno de sus alumnos. De los buenos, y de los malos. De los fáciles y de los difíciles. De los que tienen padres abnegados y de los que tienen padres insoportables. De todos.

Quizás al final del curso algunos padres le digan “qué suerte haberle tenido a usted como profesor”. Entonces usted podrá explicarles: “no es suerte, es profesionalidad”.

Y por favor, señor director, la próxima vez que hable de la “excelencia académica” de su colegio asegúrese de que no queda ni el más mínimo resquicio de duda respecto a la excelencia docente de sus profesores. De todos sus profesores. Desde primero de infantil hasta 2º de bachillerato. De los más novatos a «las viejas glorias».De los que dan las asignaturas “importantes” y los que dan las asignaturas “apasionantes”. Y no confunda «excelencia docente» con «profesor bilingüe», que para ser un magnífico profesor (en España y en hispano américa) basta con hablar en español. Si la excelencia docente no es la marca y seña de su centro la «excelencia académica» es una mera quimera o una simple frase más del marketing que hoy inunda la enseñanza. Si no está convencido de que TODOS sus profesores son excelentes docentes, mejor que hable entonces de las magníficas instalaciones que posee.

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Educar en la fe

A pesar de que el curso que pasado estuve «de excedencia», no dejé de pensar en la educación, la enseñanza y las familias, y pensé que podía ser útil abrir una sección dedicada a «educar en la fe».

Consideré la posibilidad de abrir un nuevo blog específicamente dedicado a este tema, pero pensé que aunque es un tema muy concreto y que por supuesto no tiene porqué interesar a todos los lectores de Educar con sentido, he pensado que lo mejor es publicar los lunes el artículo «de interés general» y los jueves el artículo dedicado a la educación en la fe.

Así que aquellos que no estén interesados en el tema, pueden obviar o saltarse el post de los jueves. Pero quizás puedan leerlo, aunque sólo sea por curiosidad. Ustedes mismos.

Creo que es interesante porque como católico considero que en la educación en la fe los padres nos jugamos el Todo.

No nos jugamos la felicidad de nuestros hijos. Gracias a Dios (literalmente). Sino algo mucho más importante.

Hago referencia específica a la felicidad (aunque es una palabra que hay que manejar con muchísimo cuidado) porque en alguna ocasión he oído a algún sacerdote decir que «sin fe (o sin Jesús), no podemos ser felices», quizás no lo haya oído con esas palabras, pero la idea creo que se entiende, y tengo que reconocer que me genera incomodidad.

Me explico. Tengo fe en que hemos sido creados por Dios y para Dios. Y tengo fe en que, después del don de la vida, el don más importante es el de la libertad. Dios nos ha creado para amarle, pero nos ha hecho libres de hacerlo o no. Sin embargo, si sólo pudiésemos ser felices amando a Dios, ya no seríamos libres de no hacerlo. ¿Me explico o me he liado yo solo con tanta palabra repetida?

Con otras palabras: estoy convencido de que podemos ser tan felices conociendo y amando a Dios, como sin conocerle y/o sin amarle. HUMANAMENTE, igual de felices. Plenamente felices. Insisto. Si no fuera así, no seríamos libres para no amarle.

Entonces ¿qué nos jugamos?, ¡ah!, algo mucho más importante: la Paz de Jesús; Su paz aquí en la Tierra, que en el cielo Dios dirá, no se me ocurriría ni por asomo aventurar que pasará con cada uno después.

Permitan que haga una pequeña digresión / comparación. ¿Se imaginan un sacerdote que dijera: «Sin fe, sin Jesús, no podemos comer de todo»? Sería absurdo. Los católicos podemos comer exactamente todo lo que comen los demás. No hay ningún alimento que sea exclusivo para los católicos, ni siquiera para los cristianos.

Podemos estar igual de bien alimentados y nutridos con fe (con Jesús) que sin Él. Humanamente alimentados.

¡Ah!, pero los cristianos sí que tenemos otro alimento: la palabra de Dios: «No sólo de Pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios», (Mateo, 4, 4); y además los católicos tenemos al mismo Cristo como alimento: «Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a sus discípulos y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo»  (Mateo, 26, 26).

Así que HUMANAMENTE, tenemos los mismos alimentos, tanto los que creen como los que no; pero los católicos, además tenemos otros tres alimentos: la palabra de Dios, Su cuerpo y Su sangre. No son alimentos HUMANOS, pero sí DIVINOS. Y alimentan ¡vamos que si alimentan!. No son pocos los que han experimentado cómo es difícil vivir sin tomar dichos alimentos, aunque nutricionalmente se esté plenamente saciado. Más aún, sin el alimento divino de la palabra de Dios y Su cuerpo y Su sangre, creo que sería muy difícil hacer ayuno de los alimentos terrenales.

De igual manera, estoy convencido de que sin fe, sin conocer a Jesús, o incluso conociéndole, pero sin amarle, se puede ser plenamente feliz, HUMANAMENTE hablando. Pero si tienes fe, si conoces y amas a Jesús, ¡ah, entonces eso ya estamos hablando de otra cosa!, entonces puedes conocer la Paz de Cristo. (Muchos prefieren llamarle también felicidad).

Creo que afirmar que sólo desde la fe se puede ser plenamente feliz, me resulta incómodo porque temo que choque frontalmente con la experiencia vital de muchas personas, y si es así, pueden pensar que el mensaje de la Iglesia es falaz y alejarles. Eso me incomoda.

Entonces ¿porqué lo dicen?. No lo sé. Pero me atrevo a aventurar dos hipótesis:

Primera: Una vez que has conocido a Jesús, y has vivido la Paz que Él da, es fácil pensar que la felicidad (humana y plena), es incompleta, insuficiente. Una vez que le has conocido, todo lo terreno, hasta lo más pleno y completo puede parecer poco.

Segunda: Estoy seguro, por lo que veo a mi alrededor, de que los sacerdotes tienen frecuentemente la oportunidad de encontrarse con personas que a pesar de tener todo en la vida, de tener lo necesario y lo innecesario para ser felices (humanamente) siguen sin sentirse completos, siguen buscando, siguen sintiéndose insatisfechos y, simultáneamente, conocen a personas que faltándoles incluso lo (humanamente) necesario para llevar una vida mínimamente cómoda, digna, son personas plenamente felices (humanamente) porque conocen la Paz de Cristo.

Las dos hipótesis son complementarias.

Desde la fe, creo que tiene lógica. Hemos sido creados por Dios y para Dios, así que sin Él, es posible que la felicidad (siendo plena humanamente hablando) pueda sentirse como insuficiente.

Así que los padres nos jugamos que nuestros hijos conozcan y tengan la experiencia de Cristo, Ese sin quien que se puede llegar a ser (humanamente) feliz, pero que si le conoces y le amas puedes llegar a serlo Divinamente. No hay comparación.

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Vivir al límite

El pasado 12 de noviembre me despedía de los lectores de Educar con sentido y daba por cerrado el blog con la esperanza de volver tal día como hoy.

Como decía entonces, INPA asumía muchos compromisos, algunos de muy alto nivel, y me veía en la obligación de mantenerme centrado. Hoy puedo decir que he cumplido con la mayoría de los objetivos propuestos y he incumplido otros.

El primer objetivo cumplido no dependía de mi, pero gracias a Dios (literalmente), sigo vivo. No es que mi  vida haya estado en riesgo (que yo sepa), pero hace tiempo que decidí no dar por hecho ni un solo día de vida.

De hecho es cierto que hubo días del curso pasado en que sentí que estaba viviendo tal y como advierten en televisión “No intente hacer esto en su domicilio. Reportaje grabado por profesionales en circuito cerrado”. No es que hiciera nada especial, tan sólo he vivido al límite, intentando abarcar más de lo que era posible en condiciones físicas o mentales saludables.

Y al hacerlo entendí que estaba viviendo, como muchos, peligrosamente.

No es que estemos asumiendo el riesgo de quedar sepultados bajo un alud, o a caernos desde no sé cuántos metros de altura, son riesgos mucho más sutiles, pero de consecuencias mucho más graves, ya que pueden acabar con tu Vida, mientras te mantienes vivo.  (“andaba muerto, pero andaba”).

El primero de los riesgos, del cual se deriva todo el resto, es llegar a pensar que somos lo más importante en nuestra vida.

Es fácil caer en semejante error. Sin duda somos los protagonistas de nuestras vidas, pero es importante no perder de vista que nuestro protagonismo, como el de cualquier actor principal de una película, es siempre en función de la relación que tenemos con los demás. Olvídese de los demás de su entorno y verá dónde queda su protagonismo (o cómo pasa de héroe a villano en décimas de segundo).

Cuando uno comete el error de pensar que es lo más importante en su vida, tiene el riesgo de cometer otros muchos errores:

  • Creer que hay un momento en la vida, cualquiera, en que la vida profesional (laboral) es más importante que la familiar.
  • Creer que el éxito profesional o laboral significa, per se, haber tenido éxito en la vida.
  • Creer que no haber alcanzado la cima profesional implica haber fracasado en la vida.
  • Creer que “sin ella” (sin él) o “sin ellos”, hubiera “llegado más lejos”. (Quizás sea cierto que “hubiera llegado más lejos” profesionalmente, pero hubiera llegado solo, o lo que es más grave, peor acompañado).
  • No creer. Cuando uno considera que es lo más importante en su vida, hablar de la dimensión espiritual del ser humano es absolutamente irrelevante; hablar de Dios, una simple abstracción (aunque se vaya a Misa todos los domingos y fiestas de guardar).

Hubo muchos hechos me ayudaron a comprender que estaba viviendo al límite. Quizás dos merecen la pena contarlos. El primero fue en un avión destino Dallas. Mi compañero accidental era un ingeniero, algo más joven que yo, que aprovechó las 10 horas de viaje para hacer una terapia de pareja intensiva. Había alcanzado la cima en su empresa, lo que le obligaba a estar ausente de su casa aproximadamente la mitad del año, pero se había organizado con su esposa, también ingeniera que trabajaba para la competencia, para viajar en las semanas que ella estuviera en casa. Ella también había alcanzado la cima, y por tanto era necesario que hicieran turnos, de esa manera los niños estaban siempre con uno de los dos, pero lo cierto es que este ritmo, tan bien organizado, estaba acabando con su matrimonio. Consideraba que había aguantado bastante, más que cualquier otro de su nivel en su empresa. Era el único que seguía casado. La cuestión ahora ¿quién de los dos debía bajar el ritmo? ¿Debía alguno de los dos “sacrificar” su carrera profesional, o era mejor “sacrificar” la familia?. Él, decía, lo único que tenía claro es que no podía soportar la idea de no estar con sus dos hijos. Lamento admitir que no tuve tiempo para ayudar. O no supe hacerlo como me hubiera gustado. Quizás la situación era demasiado complicada para una sola sesión a 35.000 pies de altura.

El segundo hecho es personal. Tuve que enfrentarme a una difícil decisión: dos semanas encerrado para terminar el trabajo de fin de master, o dos semanas con mi mujer y mis hijos.

Creo que elegí bien, pero como diría un psicoanalista: sigo teniendo que elaborar la herida narcisita.

Al final volví al origen. Recordé la historia que Andrew Fern me contó hace más de veinte años cuando trabajábamos en los Institutos para el Logro del potencial Humano en Filadelfia.

Había una oruga que vivía en un nido profundo. Trabajaba muy duro para mantener limpio y aireado el nido. Soñaba con alcanzar la cima del nido para poder convertirse en mariposa. Trabajaba y trabajaba y, por fin, llegó hasta la cima. Esperaba encontrarse rodeada de crisálidas y mariposas, pero tan solo se encontró más orugas, afanadas en mantenerse sin caer de la frágil estructura. Asombrada preguntó “¿qué hacéis?, ¿cómo es que no sois mariposas?”, y una le contestó, “Cariño no somos orugas, sino simples gusanos, nunca llegamos a ser mariposas”. La pobre, decepcionada, gritó “¡Es terrible!, ¡hay que avisar a las demás, se están destrozando para nada!”. A lo que el viejo gusano le espetó: “¡No hagas eso, inconsciente!, los de abajo, con su trabajo por llegar hasta aquí, son los que nos mantienen arriba”.

Creo que este cuento refleja muchas situaciones frecuentes en nuestra vida: otro título, otro viaje, otro día de llegar a casa a las tantas … para llegar a ser … (quizás solo llegar a tener) siempre lo mismo.

Pero incluso, aunque el protagonista del cuento hubiera sido una oruga, aunque hubiera llegado a convertirse en mariposa, aunque llegáramos a ser o a tener eso que parece tan imprescindible en nuestra vida, la pregunta es:

¿Nos merece la pena el esfuerzo? – Nos. Tomar las decisiones vitales sabiendo que no somos lo más importante en nuestra vida; y estar atentos de no vivir al límite, aunque a menudo no somos conscientes de ello hasta que hemos cruzado algún límite.

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Despedida

Queridos amigos de Educar con sentido:

Ha sido bonito mientras ha durado, pero ha llegado el momento de que Educar con sentido cierre sus páginas.

Este curso los compromisos profesionales en los que INPA se ha involucrado son muchos, de muy alto nivel de exigencia y por tanto de gran consumo de tiempo y dedicación.

Todo ello, junto con el deseo de ser coherente con mis ideas, y la necesidad de no dejar de dedicar a mi familia ni un minuto libre me ha llevado a tomar esta decisión.

Si Dios quiere Educar con Sentido volverá en Septiembre de 2014. Será distinto, como todos los que nos seguís. Espero encontraros a todos.

¡Feliz Navidad!

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Educar

Recuerdo que cuando era niño había en el pasillo de mi casa un marco con un poema. Como en cualquier caso, en cualquier casa, no se habla de los cuadros que hay en la pared. Simplemente están. Ese marco llevaba allí muchos años antes de que yo naciera y estuvo allí hasta el día que con todos los demás muebles cambio de casa y de pared.

Nadie me dijo jamás que debía leerlo. Nadie se lo dijo a ninguno de mis hermanos. Sencillamente estaba. Ese poema fue una de las herramientas más útiles que utilizaron mis padres en nuestra educación. Sin que nadie nos lo pidiera, todos nos lo sabíamos de memoria y todos podemos, gracias a ese poema, apreciar, encuadrar y comprender mejor el ejemplo diario que nuestros padres nos dieron. Ellos nos educaron, el poema nos ayudó, sencillamente, a apreciar mejor lo que estaban haciendo.

Hoy ese poema está colgado en la pared de mi despacho. Es muy conocido por muchos, pero creo que a los que no lo conocen puede serles de gran ayuda. Basta con colgarlo en la pared e intentar vivir a la altura de sus palabras.

«Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan,
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas, en tu puesto, sin fatiga en la espera;
si engañado no engañas; si no buscas más odio, que el odio que te tengan …
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres;;
Si, al hablar, no exageras lo que sabes y quieres.
 
Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota,
y a los dos impostores les tratas de igual forma.
Si logras que se sepa la Verdad que has hablado
a pesar de sofisma del Orbe encallado.
Si vuelves al comienzo de la obra perdida
aunque esa obra sea la de toda tu vida.
 
Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría,
tus ganancias de siempre a la suerte de un día;
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.
Si logras que tus nervios y tu corazón te asistan,
aún después de su fuga de tu cuerpo en fatiga;
y se agarren contigo cuando no queda nada
porque tú lo deseas y lo quieres y mandas.
 
Si hablas con el pueblo y guardas tu virtud.
Si marchas junto a Reyes con tu paso y tu luz.
Si nadie, que te hiera, llega a hacerte la herida.
Si todos te reclaman y ninguno te precisa.
Si llenas el minuto inolvidable y cierto
de sesenta segundos que te lleven al cielo …
Todo lo de esta Tierra será de tu dominio;
y mucho más aún: serás Hombre, hijo mío.»
 
Rudyard Kipling
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Despedida

12 de noviembre de 2013. Frase del día:

«Es una pena irse, esto comienza a ponerse divertido.»

Joseph-Louis Gay-Lussac (1778 – 1850). Químico y físico francés.

November 12th. 2013. Quote of the day:

«Saying goodbye doesn’t mean anything. It’s the time we spent together that matters, not how we left it.»

Trey Parker and Matt Stone – guionistas, dibujantes, productores estadounidenses.

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Integridad

11 de noviembre de 2013. Frase del día:

«Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores.»

Benjamin Franklin (1706-1790). Estadista y científico estadounidense.

November 11th. 2013. Quote of the day:

«Real integrity is doing the right thing, knowing that nobody’s going to know wether you did it or not.»

Operah Winfrey (1954 – ). US actress & television talk show host.

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