El octavo mandamiento

El octavo mandamiento, en Éxodo, 20, 16 es “No darás falso testimonio contra tu prójimo”, a partir del cual se ha extendido hacia la prohibición genérica a mentir.

Es lógico, obviamente dar falso testimonio contra el prójimo le perjudica, pero al mentir lo hacemos, supuestamente, “en nuestro beneficio” aunque en realidad nos daña a nosotros mismos.

Puede parecer que es un mandamiento excesivo. Estará en el decálogo pero la mayor parte de la gente tiende a considerar que “mentir”, si es un pecado, es menor, venial por utilizar el término correcto. ¿Tiene sentido que esté a la misma altura “no matarás” y “no mentirás”?

Mentir es una de las acciones que más esclaviza al ser humano. ¿Exagero? Haga la prueba. Invéntese hoy una mentira, absurda, tonta, sin importancia, e intente mantenerla las próximas 24 horas. Verá lo difícil que le resulta y cómo debe crear nuevas mentiras para mantener la primera. Por eso tiene pleno sentido que mentir sea un pecado grave. Al hacerlo atentamos contra los demás, pero también contra nosotros mismos y sin duda contra nuestra libertad.

Hay quien piensa que mentir no puede ser pecado ya que es una conducta que, en mayor o en menor medida, todos hemos hecho. La mentira más frecuente probablemente sea decir “yo no miento nunca”. ¿Acaso no has dicho nunca “ya te llamaré”, sabiendo que no tienes la más mínima intención de hacerlo, o “estás estupenda” (aunque sea mirándote al espejo), o “no tengo nada suelto” cuando te piden dinero en un semáforo?

Mentir, aunque sea en cosas menores, mentimos todos. Afortunadamente no es excusa ni elimina el precepto.

Si la frecuencia de un delito fuera un motivo válido para dejar de considerarlo como tal tendríamos que acordar todos dejar de pagar impuestos un año y así ya deberían desaparecer ¿no?, o tendríamos que dejar de considerar la corrupción entre los políticos como un problema.

Mentir es el pecado concomitante al resto. La mayor parte de nosotros negaríamos públicamente, fuera del confesionario, haber cometido tal o cual pecado – haber robado, haberte deseado físicamente, haber sido infiel a nuestro cónyuge, haber matado o haber perjudicado a nuestros padres.

Comete cualquier otro pecado y verás que fácil es que cometas también una mentira. Más aún, a veces para poder cometer otro pecado es necesario recurrir primero a la mentira. ¿Cómo poder robar a un incauto sino es mintiéndole antes?, ¿cómo poder tener una relación sexual con alguien, sin el más mínimo interés por quién es, sin decirle que te sientes atraído por ella? En estos casos, el daño de los otros pecados es tan grande que la mentira de la que se partió queda diluida, como si careciera de importancia.

Mentir implica ocultar quién eres. Ocultárselo a los demás y, con frecuencia, pretender ocultártelo a ti mismo. Las personas que son “patológicamente mentirosas” muestran muchos problemas de auto aceptación y de autoestima.

Es cierto que hay ideologías que consideran que mentir no solo no es nada malo sino que se consideran lícito en su proselitismo, son ideologías esclavizadoras. Debemos recordar que el príncipe del mundo es también el príncipe de la mentira. Abrir la puerta a la mentira es darle poder sobre nosotros, quizás por ello mentir es uno de los pecados contra los que resulta más difícil luchar.

Cuando mentimos y somos pillados, solemos volver a hacerlo – así se crea ese rito esclavizante: decimos que era “una mentida piadosa”, o lo justificamos, como si hubiera motivos suficientes que excusaran nuestra conducta o sencillamente mantenemos la mentira a pesar de todo.

Una de las preocupaciones más frecuentes que oigo en consulta es la de los padres de hijos mentirosos. Niños que son capaces de mantener su mentira a pesar de tener todas las evidencias en su contra, o niños que establecen su relación con los demás en base a fantasías.

¿Por qué preocupa tanto a los padres que sus hijos mientan? Es sencillo, saben que sobre esa conducta no se pueden establecer relaciones estables ni enriquecedoras, ni con los demás, ni contigo mismo. Saben que si su hijo miente se hará mucho daño a sí mismo, y muy probablemente a personas cercanas a él. Será alguien que fácilmente será rechazado por los demás y por sí mismo.

Visto desde el punto de vista de padre, se entiende perfectamente que Dios quisiera incluir la prohibición de mentir en el decálogo. Sabe perfectamente el daño que nos hacemos al hacerlo y cómo nos impide llevar una vida plena.

No en vano Jesús lo dijo de manera absolutamente explícita, “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn, 8, 32), por ello dado que la mentira esclaviza, mentir atenta gravísimamente contra nuestra naturaleza de hijos de Dios, ya que la libertad es una de sus principales características.

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Somos poco ricos

Cuando alguien se introduce en una cultura nueva es habitual que se enfrente a lo que se denomina “shock cultural”, un proceso por el cual tiende a fijarse en las diferencias con su entorno habitual y a extraer conclusiones extremas, tanto a favor como en contra; o le apasionan algunas de las cosas que ve, o le resultan ridículas.

Hace algunos meses regresó a España mi mejor amigo tras haber estado viviendo en México durante tres años. La menor de sus hijas, mi ahijada, estaba sumida en pleno shock cultural cuando vino a vernos a casa. El ascensor (allí se le llama elevador) le parecía ridículamente pequeño. Mi casa, de 115 metros cuadrados, era para ella como una casa de muñecas, recorría todo con los ojos muy abiertos intentando dar sentido a su curiosidad.

Su espontaneidad le permitía hacer un comentario con cada nuevo descubrimiento. Al cabo del rato, mientras jugaba con mi hija pequeña, mantuvieron esta pequeña conversación:

“¿Por qué vivís en una casa tan pequeña?”

A lo que mi hija, con la naturalidad que solo una niña puede responder dijo: “Somos poco ricos.”

Toda una lección.

Si alguien me hubiera dicho antes de ese día que soy rico yo hubiera llegado a la conclusión de que obviamente no estaba al tanto de mi situación económica, sin embargo mi hija dio en el clavo.

Siempre he defendido la idea de que si en la mesa del desayuno hay más de dos alimentos: leche (preferiblemente vegetal) y galletas o cereales, tenemos más de lo necesario para vivir, vivimos en la opulencia, pero es raro que lo apreciemos.

Dejémonos de frases bonitas:

La belleza no es interior, otra cosa es que sea importante en una relación personal.

NO es más rico el que menos necesita, sino el que más tiene, pero es fácil que su codicia le impida disfrutar de su riqueza.

Lo bueno cuanto más dure mejor.

No pretendo hacer demagogia de la frase de mi hija, sencillamente creo que nos coloca bastante bien en nuestro sitio.

Somos poco ricos, porque si tenemos más de tres alimentos para desayunar, podemos permitirnos el lujo de una actividad extraescolar para cada hijo, y tenemos todos los recibos pagados – luz, agua, teléfono (móvil e internet) e incluso seguro de salud – somos ricos aunque para el día 20 de cada mes la cuenta del banco esté con números negativos. Cada mes.

Por algún extraño motivo, sin embargo, está bien visto quejarse de dinero. Decir que vivimos “al límite”. Conozco poca gente en mi entorno, todos “poco ricos”, que cuando les preguntas “¿cómo te van las cosas?”, no aproveche para expresar una queja, habitualmente económica.

Por el contrario si alguien nos dijera “me va fenomenal, tengo todo lo necesario”, es fácil que le miráramos con recelo.

En mi trabajo atiendo a algunas familias ricas, a muchas “poco ricas” y a varias que cuentan con menos de lo necesario para vivir con los mínimos que nuestra sociedad ha establecido como estándar. Son éstas últimas las únicas de las que nunca he oído una queja (respecto a su situación), y las que trasmiten mayor esperanza, probablemente porque es de lo que más tienen.

Qué necesario se hace vivir conscientes de que tenemos lo que necesitamos y con más frecuencia de lo que creemos, tenemos más. No sé en qué momento se nos inoculó la idea de que “mereces más” y es curioso, porque es falso, pero además nos lleva a una cuasi perenne insatisfacción. Eso que algunos llaman “sana ambición”, que no estaría nada mal si nos dejara disfrutar de lo que tenemos.

A menudo esa “sana ambición”, nos lleva a hacer los sacrificios más absurdos. Cuando a alguien le han subido de categoría en su trabajo es frecuente oír que “tiene que dedicarle muchas más horas” y simultáneamente que “la subida salarial es pequeña”. Resultado: vas a ver mucho menos a tu familia y vas a seguir siendo “poco rico”.

Lo cierto es que mi casa es suficientemente grande, más que suficiente diría yo, en el ascensor de casa cabemos todos y en la mesa del desayuno hay más de tres alimentos. Eso es lo que tenemos, pero a la pregunta inocente de una niña “¿Por qué vivís en una casa tan pequeña?” mi hija respondió con una descripción: “Somos”.

Esa es la clave. Saber quién eres, no intentar aparentar ser más y serlo lo mejor posible.

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El noveno mandamiento

El noveno mandamiento tiene la particularidad de que proviene no solo del decálogo, extraído del mismo versículo que el décimo, es decir de Éxodo, 20. 17., sino también directamente del Evangelio: «el que mira a una mujer deseándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón» (Mt. 5, 28).

Se puede decir más alto, pero no más claro.

Yo siempre lo he unido al episodio que solo aparece en el Evangelio de San Juan, «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio» (Jn, 8,4), «el que no tenga pecado, que arroje la primera piedra» (Jn, 8, 7). Recordemos que únicamente los hombres estaban autorizados a participar en una lapidación, así que Jesús en ese momento estaba rodeado de hombres y les dice «el que no tenga pecado» refiriéndose a una adultera. Sabía que, al menos en su corazón, todos habían pecado, ya que para los hombres (varones) las miradas con deseo son algo contra lo que habitualmente tenemos que luchar. No soy mujer, así que no puedo hablar por ellas.

Lo más bonito de este mandamiento es que dice «No consentirás pensamientos ni deseos impuros». La Iglesia ya sabe que tenerlos los vamos a tener, que al cruzarnos con una mujer atractiva, como un resorte, como un reflejo, vamos a desearla, lo que el mandamiento nos exige es «no lo consientas», no te regodees.

Somos humanos y por tanto somos animales (¡qué empeño en de tantos en negarlo!), pero por ser humanos podemos estar por encima de los instintos. Cuando más los dominamos, más humanos nos hacemos.

Somos animales y podemos comunicarnos con gruñidos, exclamaciones y con las manos, pero cuanto más usamos el lenguaje hablado, más utilizamos las facultades humanas. Una persona con grandísima creatividad, a la que tuve el honor de conocer y con quien compartí algunos trabajos, Jaime Buhigas, decía que «la forma más humana de lenguaje es la poesía, porque es su forma más elevada». Podemos aceptar con facilidad estas demandas de humanización, de elevarnos, cuando las referimos a funciones superiores pero hay quien le cuesta mucho que le pidan que se eleve por encima de sus instintos.

Hay también quien cree que «tener pensamientos y deseos impuros» no es malo puesto que «no haces mal a nadie». Volvemos a la reducción del ser humano a la conducta exterior, ignorando que el pensamiento es también un comportamiento.

Para mi es cuestión de respeto. Pensando en mis hijos, me disgustaría muchísimo saber que alguien al verles les desea de una manera únicamente carnal, en cierto modo es un deseo que no involucra al sujeto pasivo del deseo, es claramente un uso: te deseo a ti, pero sin ti.

Los deseos impuros son una clara forma de «cosificar» a una persona. No me importas como persona, no me importa quién eres, ni qué necesistas, ni qué piensas, ni tus emociones ni tus sentimientos, tan solo quiero disfrutar de ti aunque sea sin tocarte físicamente.

Es cierto que no es lo mismo limitarse al pensamiento que pasar a la acción. Efectivamente. No es lo mismo desear la muerte a alguien que asesinarle. No es lo mismo desnudar con la mirada a una persona y regodearnos mentalmente en todo un acto sexual con ella que hacerlo, pero en todo caso Dios, que como Padre quiere lo mejor para nosotros, y quiere que toda nuestra conducta, no solo la exterior sino también la interior esté dirigida a todo aquello que nos aporte un bien.

Pongamos  el precepto en positivo: Consiente aquellos pensamientos y deseos que si los pudieras llevar a cabo aportaran un bien para ti y para el otro. Consiente aquellos pensamientos que cualquiera que los conociera se alegraría. Consiente aquellos pensamientos que puedes compartir abiertamente.

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La cuestión del aborto

Siempre que me enfrento a una decisión difícil utilizo una herramienta que es el «análisis de las consecuencias». Desde hace años me centro en cuáles serían las consecuencias si me equivoco, probablemente siguiendo el consejo de Viktor Frankl: «vive como si esta fuera tu segunda vida, y la primera vez ya hubieras caído en el error que estás a punto de cometer».

Ante una disyuntiva pienso: «¿qué es lo peor que puede ocurrir si me equivoco?.»

En la cuestión del aborto es obvio que alguien no tiene razón: el aborto o mata a una persona o no mata a una persona, pero no hay término medio.

Desde mi punto de vista hay que ser coherente. Si el aborto NO mata a una persona, debe ser libre, desde la concepción hasta el momento previo al parto. Sin paliativos.

Si por el contrario el aborto mata a una persona NO puede ser aceptable en ningún momento de la gestación.

No es coherente en absoluto decir que el aborto NO mata a una persona si es hasta la semana 16 pero sí se ejecuta a partir de la semana 16 más un día entonces sí mata a alguien.

NO existe ningún cambio cualitativamente significativo que justifique que en un momento dado el embrión pase de ser NO persona a ser PERSONA, aún teniendo en cuenta todas las diferencias estructurales y funcionales que ocurren a lo largo de la gestación.

Si atendemos a los «motivos» para abortar, me parece que aportan más luz sobre la incoherencia que sobre la lógica. Desde esta perspectiva reconozco que siempre he deseado, aún lo deseo, que se encontrara el gen responsable de la homosexualidad. Me gustaría que existiera, que se determinara cuál es y que fuera identificable prenatalmente. En ese caso las personas homosexuales encontrarían en los que estamos en contra del aborto a sus más fieles aliados, porque no existe ningún motivo que justifique acabar con la vida de otra persona, pero me temo que si existiera dicho gen y se pudiera determinar prenatalmente muchos pretenderían utilizarlo como causa suficiente para justificar el aborto. No es ninguna ficción, el 22 de julio de 2014, el períodico español EL PAÍS, publicaba la noticia de que la ONU, califica de «emergencia» frenar los abortos selectivos de niñas en INDIA. Es decir, que el aborto selectivo por cuestión de sexo es desde hace décadas una realidad (aunque es ignorada de manera sistemática por los que se consideran progresistas y feministas).

Podría ser que las leyes protegieran explícitamente a los bebés que portaran el «gen homosexual» para impedir su masacre, pero eso mostraría una vez más la incoherencia. De hecho es la situación actual en España. Si la carga genética incluye cualquier variación respecto al estándar está justificado el aborto, si la carga genética es estándar, entonces hay que buscar más causas: es la admisión explícita de que en el inconsciente colectivo de muchos sólo se consideran PERSONAS a aquellos con una carga genética estándar y por tanto rechazan el aborto en dicha situación, mientras que lo justifican si NO es estándar.

Siendo esta la situación de posturas completamente enfrentadas e imposible acuerdo, en la que sólo una de las dos realidades puede ser cierta ¿qué es lo peor que puede ocurrir si me equivoco?.

¿Cuales son las consecuencias si resulta que hasta el nacimiento NO es persona, pero se prohíbe el aborto? y ¿cuáles son las consecuencias si desde la concepción ES persona pero se permite el aborto?.

En el primer caso, si se prohibiera el aborto y llegaran a nacer, a pesar de que durante la gestación no habían sido personas, las consecuencias previsibles serían:

– si no cambia nada en la asistencia en España, se pondría aún más en evidencia las enormes deficiencias del sistema de asistencia a los más desfavorecidos.

– aumentarían en el número de niños dados en adopción en España.

– aumentaría el número de personas con discapacidad.

– aumentaría el número hijos fuera del matrimonio.

– aumentaría el número de madres adolescentes.

Si, por el contrario, mantenemos la situación actual, que significa permitir el aborto y resulta que es la «interrupción voluntaria de una vida humana» significa que:

– entre 1992 y 2012 han muerto de manera provocada en España 1.652.469 personas, que tenían derecho a vivir – como cualquier persona.

– si las estadísticas se mantienen, en los próximos años más de 110.000 personas anualmente verán «interrumpida» su vida antes de nacer.

Atendiendo a las consecuencias, en este caso me encantaría estar equivocado.

(Un dato interesante respecto a las estadísticas – considerado conjuntamente los datos de los años 2011 y 2012, más del 90% de los abortos provocados en España el motivo fue: «a petición de la madre»; el 6,5% el motivo fue «grave riesgo de salud para la madre»; el 2,75% fue «graves anomalías en el feto» y; el 0,29% «anomalías o enfermedad del feto incompatible con la vida»).

El próximo día 22 de noviembre voy a asistir a la manifestación en favor de la vida que va a recorrer las calles de Madrid. Voy a ir con toda mi familia y espero que con muchos amigos. Estoy convencido de que ir es absolutamente INÚTIL. No creo que sirva para que ni este gobierno ni ningún otro esté dispuesto a cambiar nada. Pero voy a ir.

¿Qué es lo peor que puede ocurrir si me equivoco?.

– Si voy y no sirve «políticamente» de nada, habré pasado una mañana con mi gente, paseando por una de las ciudades más bonitas de España y del mundo y habré dedicado una mañana a todas las personas que podía haber conocido si no estuviera legalizado el aborto en España.

– Si no voy y por algún motivo imposible de concebir en este instante, al ver la marea de gente, algún político pudiera decidir hacer algo a favor de las personas que todavía no han nacido, mi ausencia, la de mi familia, o la de usted podría tener terribles consecuencias.

Yo voy.

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El décimo mandamiento

El último de los mandamientos aparece en Éxodo, 20, 17 es “No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey ni su asno, ni nada que le pertenezca”.

Es uno de los mandamientos que más claramente se ve la mano protectora de Dios sobre sus hijos.

Ya anunciamos en la introducción de la semana pasada que el Decálogo está hecho para facilitar a los hijos de Dios llevar la vida más Plena posible, pero no siempre es tan fácil de apreciar como en este último precepto.

Codiciar – desear – los bienes ajenos es una tortura. Mi madre, que era muy sabia, decía que “la envidia es el único pecado que el que lo comete sufre”.

Efectivamente, si cometemos pecado de lujuria o de gula, habremos actuado mal pero por lo menos lo hemos disfrutado – de ahí lo fácil que es caer pensando en la simpleza “que me quiten lo bailao” – pero en codiciar los bienes ajenos solo sirve para crearte mala sangre.

Codiciar es más que un simple “me gustaría tener”, es un deseo grave de que sea mío y, en no pocas ocasiones, de que deje de ser suyo.

Lo vemos con frecuencia en los niños. Si damos a dos niños de 2 a 4 años un juguete no nos extrañaría que cada uno llore porque no le gusta el que le hemos dado y quiere el de su hermano, ¡ah!, pero si  les cambiamos los juguetes, entonces siguen sin estar contentos, ahora dicen querer el primer juguete que les habíamos dado.

Lo que de verdad quieren es tener los dos y, sobre todo, que su hermano ¡no tenga ninguno!.

Es un pensamiento pueril pero no se equivoquen, es exactamente el mismo que tienen los adultos envidiosos, los que codician los bienes ajenos. ¡Con razón provoca tanto sufrimiento!

De ahí la importancia de enseñar a nuestros hijos el valor real de los bienes: su utilidad. Lo inútil podría ser atractivo, pero nunca tanto como para ser codiciado.

No se trata de decirles: “si es solo un juguete, mira tú todos los que tienes”. Al decirle “mira tú todos los que tienes”, seguimos dando importancia a los objetos.

Digan eso a un coleccionista de sellos, de coches o de piedras. “mira todos los que tienes”. Da igual. No se trata de lo que tengo, sino de lo que NO tengo.

¡Lo quiero todo!, sobre todo si lo tiene él (o ella).

La persona que sufre de codicia, de envidia o de avaricia es insaciable. Nunca está conforme (para alegría de los dueños de Apple, por ejemplo).

Y naturalmente en el enunciado del precepto se hace una referencia explícita a “no codiciarás a su mujer”. Seamos claros, el autor de los mandamientos conoce nuestra naturaleza como si nos hubiera parido ¡cómo no iba a hacer una mención directa a desear a la esposa del vecino!.

Pues claro que conociéndonos sabía que debía prevenirnos y protegernos sobre el rechazo de nuestro cónyuge para sustituirlo por una nueva “relación sentimental” (estoy seguro que el término “sentimental” se utilizó inicialmente de manera irónica pero hoy en día se ha extendido a uso común).

¿Por qué es pecado codiciar lo que no es nuestro?, es muy sencillo, porque  nos hace daño, Y cualquier cosa que hagamos voluntariamente que nos dañe a nosotros mismos o a los demás ofende a Dios.

Tan pueril, tan infantil como la codicia es la deseo de provocarlo. Hay gente que le gusta provocar envidia. En realidad ese pecado se llama escándalo: “Acción o palabra que es causa de que alguien obre mal o piense mal de otra persona.”

Los pobrecillos que van deseando ser envidiados son solo eso: pobrecillos. Lo malo es que siempre encuentran a alguien tan pobre como ellos dispuesto a envidiarles.

Que la codicia, el deseo de lo ajeno, el deseo sin freno es un pecado muy triste todos lo sabemos. Evitarlo nos ayuda a vivir más plenamente, por eso está en el decálogo.

Hay quien cree que basta con «no tomar» lo que no nos pertenece, que si no «se actua», entonces no existe el daño. Dios que nos conoce más sabe que el pensamiento nos envenena. Hay gente que no hace nunca una mala acción, pero en su interior están colmados de envidias, de avaricia, y si no apareciera entre los 10 mandamientos no lucharían contra ese veneno.

Si ponen la cita de Exodo 20, 17 en su muro de Facebook no conseguirán muchos «me gusta» – sobre todo si ponen el autor y la fuente – pero prueben a poner alguna de las siguientes citas y verán el efecto viral que consiguen:

¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia. Epicuro de Samos (341 a.C.-270 a.C.) Filósofo griego.

No estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo. Alejandro Dumas (hijo) (1824-1895) Escritor francés.

La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos. Platón (427 AC-347 AC) Filósofo griego.

El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo. Epicuro de Samos (341 AC-270 AC) Filósofo griego.

No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea. Séneca (2 AC-65) Filósofo latino.

El dinero que se tiene es instrumento de libertad, el que se busca lo es de servidumbre. Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.

Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo. León Tolstói (1828-1910) Escritor ruso.

El origen de todos los males es la codicia. André Maurois (1885-1967) Novelista y ensayista francés.

Por nuestra codicia lo mucho es poco; por nuestra necesidad lo poco es mucho. Francisco de Quevedo (1580-1645) Escritor español.

No existe ningún hombre que si puede ganar el máximo se conforme con el mínimo. Friedrich Schiller (1759-1805) Poeta y dramaturgo alemán.

Las frases son bonitas, todas posteriores a que se escribiera el decálogo, pero a todas les falta algo. Les falta el por qué.

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Gente tóxica

Cierto día comía en un restaurante de la cadena Vips. Muchos de ellos tienen anexo otro restaurante que pertenece al mismo grupo, pero ofrece comida “italiana” – con perdón de los italianos – se llaman Ginnos. De esta forma la cadena aprovecha una sola cocina para dos locales.

A mi lado se sentó una joven de aproximadamente 16 años con una señora. Demasiado mayor como para ser su madre y demasiado joven como para ser su abuela, pensé. Motivo suficiente como para que mi insana curiosidad me mantuviera atento para descubrir la relación.

No pasó mucho tiempo antes de que la niña la llamara “mamá”. Ya está. Podía seguir en mis asuntos. Salvo que “mamá” llamaba la atención con sus formas un tanto desagradables en su trato con la camarera.

También me llegó alguna frase dirigida a su hija, tenía un estilo claramente impositivo. ¡Qué molesta!, pensé. La niña, mientras tanto era claramente sumisa. Buen tándem.

Al llegar a pedir el postre la señora insistió en pedir cierto helado que no aparecía en la carta. Insistió en que en el pasado había tomado ese postre en otro restaurante Vips. Ante la negativa de la camarera solicitó que vinera la persona encargada en ese momento. Como comprenderán el dichoso helado se había convertido ya en uno de “mis asuntos”.

Llegó la encargada que le atendió amablemente. Al parecer el postre que ella quería era del restaurante Ginnos, no de Vips. “Pues tráigamelo de Ginnos”, pidió ella en su tono que, tras varios minutos de conversación, más que una solicitud era una imposición.

La encargada le explicó que eso era de todo punto imposible, ya que a pesar de compartir cocina tenían absolutamente prohibido “traspasar” comida de uno a otro, pero que para satisfacerla le traería un magnífico helado, el mejor de la carta, y si no le gustaba “no se lo cobro”.

A los dos minutos regresó con el helado y dos cucharas. ¡El del restaurante de Ginnos!.

Yo no daba crédito a lo que veía. Pero ¿no había dicho que era “imposible”? ¿Acaso las formas que había utilizado la señora se merecía algo más que una mala contestación? Increíble.

Pero tras esta larga introducción llego al momento clave: cuando la encargada se alejó, la madre se acercó a su hija y le dijo:

“Yo ya sabía que el helado era de Ginnos, pero en esta vida hay que luchar por lo que quieres y si no lo consigues, que no sea porque no lo has intentado”.

Esta señora había mantenido toda una discusión de varios minutos con dos empleadas por algo que sabía ¡desde el principio! que no tenía razón, y encima le salió bien.

Reconozco que me hervía la sangre. Me permitió darme cuenta que esas personas que en el pasado me habían colocado a mí en la posición de las camareras probablemente lo habían hecho a sabiendas de que pedían lo que no debían, o a lo que no tenían derecho, pero aún así, lo exigían.

Me pasó por la cabeza todo el listado de personas que han pasado por mi vida – y alguna permanece – con ese carácter demandante, exigente, que se creen que tienen derecho a todo por el simple hecho de ser – en ocasiones de pagar – y que ignoran el deber que tienen de respeto hacia los demás.

Es un estilo de personas evidentemente indeseable. Son de esas que trasmiten una gran satisfacción por haberse conocido y que consideran tienes una enorme suerte por compartir un rato de tu vida con ellos.

No pierden la ocasión para retratarse con la famosa frase “usted no sabe con quién está hablando”.

Son sencillamente gente toxica, que lejos de aportar algo a quien tiene cerca les succionan la energía y los recursos emocionales, y no dudan en dar consejos sobre cómo debemos vivir y actuar los que no tenemos la suerte de ser ellos.

Su necesidad de protagonismo, de ser reconocidos como “especiales”, les conlleva a ser profundamente envidiosos y a sufrir con el éxito ajeno.

Son de los que piensan que hay quien “les debe un favor”, precisamente porque nunca han hecho ninguno – todo lo que hacen por los demás lo consideran una inversión que en el futuro les deberá aportar algún rédito.

Son mediocres revestidos de engreimiento que por desgracia y con frecuencia tienden a conseguir mucho más de lo que se merecen por sus propios méritos, salvo que consideremos la mentira y la manipulación virtudes dignas.

Lamento no poder dar unas claves de cómo defenderse de ellos. A pesar de haber sufrido las consecuencias emocionales, laborales y económicas de varios de ellos temo no haber aprendido.

Así que este post no tiene por objetivo ayudar a defenderse, sino más bien hacer algo de prevención y rogarle que luche por NO educar a sus hijos en ese estilo. Hágale entender a sus hijos que TODOS tenemos una serie de virtudes y de necesidades y que las suyas no son SIEMPRE más grandes que las del resto.

Enséñele a vivir atento a las virtudes y las necesidades de los demás, naturalmente sin ignorar las propias, y será más fácil que sea considerado una persona de esas que merece la pena estar a su lado.

Es posible que si educa así a sus hijos no alcancen tanto como hubieran conseguido con las malas artes de la gente tóxica pero conseguirán disfrutar tanto con los éxitos ajenos como con los propios – lo cual abre muchísimo las posibilidades de vivir alegre.

La joven que se sentó a mi lado en el Vips tenía un aspecto taciturno, se mostraba avergonzada de la conducta de su madre y, sin duda, recibía más consejos por hora de los que nadie debiera soportar.

Si se identifica con alguna de las descripciones que he hecho, lo lamento, quizás pueda aprovechar el momento para iniciar un cambio que le pueda ayudar disfrutar más de los demás, verá como enseguida disfruta también más de sí mismo.

Si, por el contrario, reconoce a alguien cercano como “gente tóxica”, envíele este post. Puede que a esa persona le llegue en el momento que más lo necesita. De lo contrario no se preocupe, no se enfadará con usted porque son incapaces de reconocerse como nocivos. Este post no van con ellos, y seguro que tiene algún consejo que darme sobre como mejorar mi estilo o cómo hacer este blog llegue a más gente.

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Los mandamientos

Acabado el tema de los sacramentos en las mini dosis para reflexionar sobre la educación de la fe en nuestros hijos, y con el fin de continuar con una estructura organizada, considero que un tema que nos interesa considerar es el de los mandamientos de la ley de Dios.

Los mandamientos son un punto central de la fe del cristiano y el punto que más aleja a muchos, ya que al ser humano nos cuesta mucho que nos digan qué nos conviene y qué nos perjudica. Preferimos vivir según nuestro parecer aunque sea en nuestro perjuicio, pero “sarna con gusto no pica”.

El primero de los mandamientos no aparece en el libro del Éxodo, en las tablas de la ley, sino en el libro del Génesis, cuando Dios prohíbe a Adán y a Eva comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.

Mucho se ha escrito sobre el dichoso árbol, que nadie sabe a ciencia cierta qué fruto daba, pero la tradición nos ha enseñado algo que no aparece en el libro sagrado y seguro no era: no eran manzanas.

Lo que me resulta obvio es que era un fruto venenoso. ¿Por qué si no lo hubiera prohibido Dios? ¿Acaso los padres prohibimos lo bueno a los hijos o lo peligroso y perjudicial?

De hecho, el ser humano había sido creado por Dios para llevar una vida eterna, hasta que comió del árbol que no debía y al hacerlo entró la muerte en el mundo, así que sabemos que era un fruto venenoso y mortal de necesidad, – con razón nuestro Padre prohibió que comieran de él – que afectó tanto al hombre como a la mujer, porque los dos comieron de él y alteró no solo su condición inmortal sino también su carga genética, que todavía no habían trasmitido a ningún vástago, haciendo que a partir de ese momento ambos aportaran genes que conllevan la muerte para sus descendientes. Quizás si hubiera sido uno solo el que comiera del fruto prohibido una de las cargas genéticas se hubiera salvado. Nunca lo sabremos.

¿Por qué había un árbol venenoso en el Paraíso?. Es lógico. Si no hubiera existido algo nocivo para el ser humano, ¿hubiera podido elegir desobedecer a Dios?, obviamente no, solo hubiera podido actuar de acuerdo a la voluntad de Dios, que es el bien para el hombre, y por tanto no hubiera tenido el don más importante después de la vida, que es la libertad (Adán y Eva no necesitaban fe, ya que conocían a Dios en persona, le veían, le oían y seguro que podían tocarle).

Así que la existencia del árbol del conocimiento del bien y del mal en el centro del Paraíso, algo nocivo para el ser humano y por tanto prohibido por Dios, fue Su forma de dotarnos de la capacidad de elegir entre obedecerle o no hacerlo, de hacernos libres.

Desde entonces se ha demostrado de manera sistemática que la desobediencia forma parte de la naturaleza humana tan pronto tenemos capacidad de elección.

No es hasta siglos más tarde, y con un buen número de humanos pululando por la tierra, al menos la parte conocida, que Dios ve la necesidad de darnos un guion de cómo portarnos. Para un psicólogo los mandamientos son apasionantes ya que considera no solo la conducta humana (no robarás), sino también los afectos (amarás a Dios sobre todas las cosas), la motivación (no desearás los bienes ajenos) y el pensamiento (no tendrás malos pensamientos), es decir aborda el ser humano en su totalidad, algo que aunque ha sido estudiado por filósofos, desde la ciencia tuvimos que llegar hasta el siglo XX – más de 3.000 años después de que se escribieran los mandamientos, y tras una ardua batalla, para que la psicología científica admitiera algo más que lo estrictamente observable (la conducta).

Resulta sorprendente que algo más de 1.000 años antes del nacimiento de Jesús, en un pueblo que no parecía destacar por un elevado nivel de cultura y de reflexión filosófica, pudiera elaborar en tan poco espacio y de manera tan concreta diez puntos que consideraran de manera tan global y tan certera la naturaleza humana. ¿Cómo podían saberlo?. Puede que los escribiera Moisés solito, pero yo creo que Alguien debió dictárselo.

Los mandamientos son un decálogo de conducta, dicen qué hacer y cómo vivir para alcanzar la Vida plena, pero todo lo que se exprese en negativo es considerado claramente coercitivo y por extensión todo lo que nos indica cómo actuar tiende a ser valorado como rechazable. No nos gusta que nos digan cómo debemos hacer las cosas. Así que desde que Moisés dio a conocer los mandamientos a su pueblo y desde que gracias a Pablo de Tarso (siguiendo la doctrina de Jesús) abrió a toda la humanidad la posibilidad de serlo, venimos luchando bien por intentar cumplirlos o bien por intentar negarlos (algunos con más énfasis que otros), lo que en realidad supone una batalla contra nosotros mismos.

En todo caso conviene conocerlos, ya que solo así podremos elegir con criterio Divino aquello que más nos conviene.

Al igual que Dios prohibió a Adán y Eva comer del árbol del conocimiento del bien y del mal porque era malo para ellos, los mandamientos son la forma en que nuestro Padre nos indica cómo vivir adecuadamente.

Cualquiera que se pare a reflexionar aún superficialmente sobre los mandamientos, rápidamente llega a la conclusión de que no es malo incumplirlos porque es pecado (espero no ofender a nadie por usar una palabra que hoy se considera tabú), sino que no cumplirlos es malo para ti y por eso Dios los incluyó en las tablas de la ley. De igual forma que «matar» no es un delito por estar en el código penal, sino que está en el código penal porque es un delito.

A lo largo de los próximos jueves iremos reflexionando sobre cada uno de los 10 mandamientos. Sin embargo, me voy a permitir revisarlos en el orden inverso al que fueron expuestos y en el que habitualmente son considerados. El motivo es muy simple, pero si no lo adivinan ya, lo descubrirán dentro de 10 semanas.

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El placer de enseñar

La semana pasada atendía a una niña con síndrome de Down. Edad: 5 años. Su profesora les había dado la siguiente tarea a sus padres: debe repasar el número 1 y la letra A (en mayúscula), entregándoles algunas fichas para cumplir el encargo.

Mi pregunta, al ver el material fue: “¿debe repasar el 1 y la A, o debe desarrollar el trazo vertical, horizontal y diagonal?”.

La cuestión no es baladí. Su profesora da por hecho que no puede ni debe enseñarle el número 2 y la letra B hasta que la niña en cuestión no domine el trazo del 1 y de la A.

Me parecía tan obvio que la dificultad de esta niña estaba en la capacidad de elaborar los trazos básicos, que no entendía cómo la profesora podía poner la atención en cuestiones tan concretas y a la vez tan abstractas como el número 1 y la letra A.

Pero el problema no es de la profesora, sino de la pobrísima formación que ha recibido. Le han adoctrinado para demandar información a sus alumnos, no a enseñarles.

Para poder escribir letras y números debes tener una capacidad básica de hacer trazos verticales, horizontales, diagonales y curvilíneos, al menos los 4 semicírculos básicos. Es evidente.

Pero eso “no es lo que toca”. Ya tiene cinco años, así que ya tiene que escribir.

Y lo anómalo, lo absurdo, lo insultante es que hasta que no trace el número 1 y la letra A, se considera absolutamente inadecuado enseñarle la letra B y el número 2.

¿Pero es que no se dan cuenta de que la capacidad para trazar números y letras depende de una serie de habilidades básicas, entre las que se encuentran habilidades visuales, vestibulares (de equilibrio), propioceptivas, manuales y de coordinación viso-motriz?.

Esta niña no ha desarrollado el nivel necesario de esas capacidades para poder trazar letras y números, ¡PERO PUEDE APRENDER TODAS LAS LETRAS Y TODOS LOS NÚMEROS AUNQUE NO PUEDA TRAZARLOS!.

Lo anómalo, lo absurdo y lo insultante es que el sistema educativo, en España, en México y en todo el mundo se basa NO en lo que el niño puede aprender, SINO en lo que el niño puede demostrar.

Y no me refiero al sistema educativo para niños con necesidades especiales, sino el sistema educativo para cualquier niño: ejemplo: las fichas, las MALDITAS FICHAS que invaden las aulas desde el año o los dos años.

Hoy en día es impensable enseñar algo a un niño sino es para que de su réplica, lo plasme en un papel o lo repita cual papagayo en esa misma sesión escolar.

Siempre demandando. ¡Siempre!.

En matemáticas: colorea el cuadrado.

En ciencias: colorea los animales terrestres.

En lengua: une las palabras sinónimas.

En religión: colorea esta escena del evangelio.

(Cuando mi hijo estaba en cuarto de primaria mantuve un curioso intercambio de pareceres con el sacerdote que le impartía la asignatura de religión porque nunca llevaba coloreada la escena correspondiente a la catequesis familiar. Ni que decir tiene que siguió sin colorearla. En lo que a cuestiones teológicas se refiere nunca pondría mi orgullo por encima de la enseñanza del sacerdote, en cuestiones pedagógicas no lo dudé).

El sistema educativo NO está diseñado para enseñar, tan solo para que el niño plasme, diga, exponga, demuestre lo que ha aprendido.

El pragmatismo llevado a la educación. Así nos va.

Recientemente me comentaba un profesor, al que le han reducido la jornada lectiva para que otro profesor pueda instruir en inglés – no sé para qué quieren aprender otra cosa, al parecer, con que los niños hablen inglés ya tienen la vida resuelta – que con media jornada no le da tiempo a enseñar todo lo que siempre ha enseñado, tan sólo le da tiempo a demandar, demandar, y demandar lo que las fichas y los “planes de estudio” imponen. Me decía: “Ya no disfruto enseñando, ya no puedo aportarles lo que necesitan. ¿Y los que tienen dificultades?, esos que se olviden, así me resulta imposible llegar a ellos. Pero no puedo contra el sistema. Que su ángel de la guarda y el Espíritu Santo les asista”.

Sus alumnos tienen cinco años.

Y qué ocurre si no puedes demostrar nada o muy poco como en el caso de niños con dificultades de aprendizaje: pues que NADIE te va a enseñar por encima de lo que demuestres, así que deben asumir que a sus dificultades se va a sumar un vacío educativo como un agujero negro de grande.

Después diremos que tiene retraso mental. ¡Toma claro!, a ver si nos creemos que a desarrollar su inteligencia limitando lo que les enseñamos a lo que puedan demostrar.

En las últimas semanas he visto la eficacia de enseñar a los niños por el mero placer de hacerlo. Se trataba de varios niños con diagnóstico de parálisis cerebral, ninguno de ellos podía hablar y mucho menos trazar nada con sus manos, así que propuse que diariamente se les enseñara un tema nuevo: la fotosíntesis, los animales vivíparos, los niños héroes de México o lo que la profesora pudiera considerar atractivo. Diez minutos leyéndoles y después una presentación de power point o un video sobre el tema.

Los niños disfrutaban como locos. Todos tenían más de 8 años, y hasta el momento nadie les había enseñado NADA. (Como mucho hasta el 5 y quizás el abecedario, en resumen: NADA).

¿Y para qué quiere un niño con parálisis cerebral saber algo sobre la fotosíntesis, o sobre los niños héroes?

Para nada. Me parece una inutilidad absoluta. Pero si los demás niños deben conocerlo, si a mis hijos les examinan de ello, – aunque también me parece una inutilidad – entonces TODOS tienen derecho a conocerlo.

Y ¿acaso me creo que con leerles un tema al día, van a aprendérselo?. No, en absoluto, pero NO SE TRATA DE QUE SE LO APRENDAN, SE TRATA DE QUE SE LO ENSEÑEN.

Enseñar por el placer de hacerlo.

Enseñen profesores, ¡enseñen!, lo que les apetezca, lo que más les guste, por el placer de enseñar: verán como sus alumnos aprenden.

Aprender algo que merece la pena es una experiencia orgásmica, pero si los profesores no pueden enseñar por el placer de hacerlo, y a todo lo que deben enseñar tienen que demandar inmediatamente la demostración de que lo han aprendido, ¿cómo van a tener los alumnos el placer de aprender?.

Y ¿de quién es la culpa?. De ustedes, queridos papás, de ustedes. No es ni de la maestra, ni del ministro o el consejero de educación (que sabe de niños y de enseñanza tanto como yo de física cuántica), es de ustedes, empeñados en que su hijo salga con seis años sabiendo leer y escribir y ¡por supuesto! en inglés.

A mi generación se nos enseñó que íbamos al colegio para llegar a ser hombres de provecho y las chicas para tener un nivel educativo suficientemente alto como para no depender de un hombre el resto de su vida.

Dicho y hecho. Los varones hemos llegado a ser hombres de provecho (para nosotros mismos, no para la sociedad ni para nuestras familias) y las mujeres no dependen de los hombres, y así, para todos, hombres y mujeres, los hijos han pasado a un plano secundario, muy por detrás del desarrollo profesional y el divorcio está a la orden del día.

Sigan demandando estupideces al sistema, y verán como el sistema se lo da, pero no esperen que sus hijos disfruten de un profesor que no puede enseñar por el mero placer de hacerlo.

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Unción de enfermos

Llegamos al final del recorrido a través de los sacramentos como medio para educar en la fe a nuestros hijos teniendo que hacer referencia  a los hechos que la sociedad actual se empeña en intentar esconder y maquillar y aunque sabe que es inevitable incluso pretende evitar: la enfermedad y la muerte.

Ambas forman parte de nuestra vida, como en cualquier familia, pero ¡qué suerte tenemos de vivir la enfermedad y la muerte con fe!. Y qué maravilla tener el sacramento de la unción de enfermos. ¡Qué paz nos da!.

Nuestros hijos nos van a mirar, muy atentos, probablemente más de lo habitual, cómo vivimos la enfermedad y la muerte de nuestros seres queridos. Debemos vivir de tal forma que vean que también en el dolor, podemos, sabemos y queremos acercarnos al Señor. ¡Qué no lo sabemos hacer de otra forma!. ¡Qué no lo queremos vivir de otra forma!.

Además la Iglesia ha querido esta maravillosa transformación de “la extrema unción”, que parecía limitar el sacramento a las postrimerías, a “la unción de enfermos”, que abre la gracia santificante a cualquier persona que se encuentra en situación de enfermedad grave, aunque no sea terminal.

Si atendemos a las definiciones más recientes de los conceptos de salud y de enfermedad, que han superado la limitación a la referencia corporal o física y admiten todas la dimensión psicológica y emocional, me pregunto si no deberíamos solicitar la unción de enfermos muchos más de quienes la reciben. ¿Acaso no sentimos que tenemos heridas que nos cuesta mucho cicatrizar, errores que no conseguimos perdonarnos, ofensas que no logramos superar y que nos mantienen en un estado de inquietud, de mal estar y de desánimo que requiere un profundo proceso curativo?

Cada vez se hace más evidente que la salud más frágil es la emocional y que el número de bajas en el combate diario de la vida es altísimo. Estoy convencido de que en esta situación, la gracia santificante del sacramento de la unción de enfermos se convierte en particularmente adecuado, sino necesario.

En lo que a la hermana muerte se refiere (como la llamaba San Francisco de Asís) Jesús nos abrió las puertas del cielo, y cuando uno de nuestros seres queridos muere y atraviesa su umbral, debemos estar mirando a las alturas, y aprovechar esa ocasión para intentar ver por alguna rendija que quede la Vida que hay más allá. A veces no logramos ver nada en ese momento y eso hace que algunos piensen que nuestra fe es solo un intento de apaciguar el dolor. No nos debe preocupar. Es el momento de hablar de la Esperanza. El Señor conoce bien nuestra naturaleza, ¡la hizo Él!, sabe lo mucho que nos gustan las sorpresas, ¿cómo nos va a desvelar lo que nos espera?.

En la muerte, ante la mirada atenta de nuestros hijos, vamos a tener una magnífica oportunidad para educar a nuestros hijos en la coherencia de la fe. Me refiero no solo a mantener el tipo en momentos tan duros. Sino a cómo vivimos uno de los peores efectos secundarios de la muerte: la herencia.

¿Quién no ha sufrido el desgarro de la familia por culpa de una herencia?. ¡¿Pero cómo es posible?!. Lo es. A juzgar por la frecuencia de los hechos cabe decir que es casi inevitable.

El reparto de la herencia pone completamente a juicio nuestra coherencia como hijos de Dios. Y el resultado y las conversaciones que durante días y meses van a ocupar nuestra vida familiar van a ser una exposición clarísima de nuestra fe a nuestros hijos.

¡Mucho cuidado! con tirar por la borda todos nuestros esfuerzos por vivir y educar a nuestros hijos en la fe por una maldita herencia.

Recuerden que por el hecho de ser padres vivimos constantemente en un escaparte, pero que en estos momentos de tanta incertidumbre para los niños, los focos están fijos en nuestra conducta.

Cómo vivamos estos momentos puede ser un punto crucial en el afianzamiento de su fe o en el descrédito absoluto por culpa de nuestra incoherencia.

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Una hora más

Ayer cambiaron el huso horario en España. Se atrasó el reloj una hora. Como estoy en Texas no me afecta, aquí lo cambiarán dentro de unas semanas. Sin embargo esta diferencia hace que en lugar de aterrizar en Madrid a las 10:20, como estoy acostumbrado, aterrizaré, primero Dios (como me han enseñado a decir mis queridas familias de México, en lugar de D.m.) a las 9:20.

Llegaré una hora antes de lo esperado. ¡Qué alegría tan grande!

Una hora. ¡Solo es una hora!, pero nos ha dado a mi esposa y a mí una alegría enorme. Ese día tendremos una hora más para estar juntos.

¿Qué es una hora en la vida de una persona? ¿En la vida de un matrimonio, de una familia?

Apenas nada. Pero la distancia y la ausencia nos ha hecho descubrir la importancia de cada minuto que pasamos juntos.

¿Cuántas horas habré perdido a lo largo de mi vida, haciendo no más que tonterías, en lugar de estar con ellos? Y ahora, ¡cómo aprecio esa hora!

Tengo que dar gracias a Dios de que no ha tenido que mediar ninguna tragedia para que nos demos cuenta de la importancia de cada minuto que estamos juntos. Nos hemos dado cuenta antes de que sea demasiado tarde.

¿O quizás no?, las horas, los minutos, perdidos, malgastados ya no habrá medio de recuperarlos. Pero hay que pensar en positivo: a partir de ahora será más difícil dejarse distraer por lo insustancial.

Conozco matrimonios que son maestros de la organización familiar, cada uno cumple su cometido y de esa manera logran ser enormemente eficaces, pero bajo la eficacia se esconde una más o menos buscada y deseada separación.

Ella hace la compra. Él la organiza en la despensa.

Él cocina. Ella recoge la cocina.

Ella va al gimnasio. Él va al partido.

El primer viernes de cada mes ella sale a cenar con sus amigas. El segundo jueves de cada mes él sale a cenar con sus amigos.

No voy a negar que cada uno necesitamos nuestro tiempo y nuestro espacio. Sería absurdo. Pero con frecuencia veo luchar a los cónyuges mucho más por su propio espacio y tiempo que por un momento en común.

Hay matrimonios que si salen a cenar es siempre con amigos. Ni se les ocurre salir a los dos solos.

Sin embargo creo fielmente en lo que leí hace años leí (lamento haber olvidado al autor), a cerca de los tiempos que un matrimonio necesita para mantenerse alegre, (no basta con seguir juntos):

  • Una mirada al día
  • Una tarde a la semana
  • Un fin de semana al mes
  • Una semana al año

Reconozco que la receta no es fácil de cumplir. Me refiero a las dos últimas. Hay quien piensa son muy caras. No necesariamente. Para pasar un fin de semana juntos al mes basta dos cosas: 1º querer hacerlo (este es el escollo más grande – en más casos de los que cabría pensar, insalvable) y 2º encontrar quién se quede con los niños. Después, si podemos permitírnoslo (económicamente) nos vamos a algún hotelito y sino nos volvemos a casa, los dos solitos. No es tan romántico pero cumple el cometido (aviso a navegantes NO se debe utilizar ese tiempo para: hacer limpieza general, poner los papeles al día, revisar armarios ni nada por el estilo).

A lo de la semana al año todavía no le he encontrado solución.

Llevo un mes sin poder entregar ni siquiera una mirada al día, y les aseguro que en este momento una hora, solo una hora con mi familia, me suena a gloria bendita.

¿Cómo he podido desperdiciar tanto tiempo antes? ¡Aprovecha cada minuto!

Reconozco que me escandaliza cuando observo a matrimonios que pudiendo estar juntos hacen todo lo posible por estar separados. Son vidas tristes.

Qué importante es cada minuto. Hay gente que hace depender su alegría de lo que hagan los demás: su equipo de fútbol, Fernando Alonso, su partido político, etc. No consiguen alegrarse de lo que han hecho ellos mismos y nadie más podría haber hecho.

Pequeñas cosas: acostarnos a la vez; cenar todos juntos – aunque sea una escena cada noche –; dar un paseo, aunque sea en silencio …

Una hora, con ganarle ocho minutos y medio a cada día, ya hemos dedicado una hora a la semana a disfrutar de nuestra vida.

Hace años conocí un matrimonio, noruego si no recuerdo mal, que se despertaban a las cinco de la mañana para hacer meditación. Nunca lo entendí y sigo sin entenderlo. Se despertaban una hora antes de lo necesario para poner su mente en blanco. El resto del mundo hacemos eso sin tener que despertarnos.

Pero no duden que me podría el despertador 8 minutos antes cada día, solo para disfrutar de mi matrimonio y de mis hijos – (si ellos también lo hicieran, claro está).

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