El décimo mandamiento

El último de los mandamientos aparece en Éxodo, 20, 17 es “No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey ni su asno, ni nada que le pertenezca”.

Es uno de los mandamientos que más claramente se ve la mano protectora de Dios sobre sus hijos.

Ya anunciamos en la introducción de la semana pasada que el Decálogo está hecho para facilitar a los hijos de Dios llevar la vida más Plena posible, pero no siempre es tan fácil de apreciar como en este último precepto.

Codiciar – desear – los bienes ajenos es una tortura. Mi madre, que era muy sabia, decía que “la envidia es el único pecado que el que lo comete sufre”.

Efectivamente, si cometemos pecado de lujuria o de gula, habremos actuado mal pero por lo menos lo hemos disfrutado – de ahí lo fácil que es caer pensando en la simpleza “que me quiten lo bailao” – pero en codiciar los bienes ajenos solo sirve para crearte mala sangre.

Codiciar es más que un simple “me gustaría tener”, es un deseo grave de que sea mío y, en no pocas ocasiones, de que deje de ser suyo.

Lo vemos con frecuencia en los niños. Si damos a dos niños de 2 a 4 años un juguete no nos extrañaría que cada uno llore porque no le gusta el que le hemos dado y quiere el de su hermano, ¡ah!, pero si  les cambiamos los juguetes, entonces siguen sin estar contentos, ahora dicen querer el primer juguete que les habíamos dado.

Lo que de verdad quieren es tener los dos y, sobre todo, que su hermano ¡no tenga ninguno!.

Es un pensamiento pueril pero no se equivoquen, es exactamente el mismo que tienen los adultos envidiosos, los que codician los bienes ajenos. ¡Con razón provoca tanto sufrimiento!

De ahí la importancia de enseñar a nuestros hijos el valor real de los bienes: su utilidad. Lo inútil podría ser atractivo, pero nunca tanto como para ser codiciado.

No se trata de decirles: “si es solo un juguete, mira tú todos los que tienes”. Al decirle “mira tú todos los que tienes”, seguimos dando importancia a los objetos.

Digan eso a un coleccionista de sellos, de coches o de piedras. “mira todos los que tienes”. Da igual. No se trata de lo que tengo, sino de lo que NO tengo.

¡Lo quiero todo!, sobre todo si lo tiene él (o ella).

La persona que sufre de codicia, de envidia o de avaricia es insaciable. Nunca está conforme (para alegría de los dueños de Apple, por ejemplo).

Y naturalmente en el enunciado del precepto se hace una referencia explícita a “no codiciarás a su mujer”. Seamos claros, el autor de los mandamientos conoce nuestra naturaleza como si nos hubiera parido ¡cómo no iba a hacer una mención directa a desear a la esposa del vecino!.

Pues claro que conociéndonos sabía que debía prevenirnos y protegernos sobre el rechazo de nuestro cónyuge para sustituirlo por una nueva “relación sentimental” (estoy seguro que el término “sentimental” se utilizó inicialmente de manera irónica pero hoy en día se ha extendido a uso común).

¿Por qué es pecado codiciar lo que no es nuestro?, es muy sencillo, porque  nos hace daño, Y cualquier cosa que hagamos voluntariamente que nos dañe a nosotros mismos o a los demás ofende a Dios.

Tan pueril, tan infantil como la codicia es la deseo de provocarlo. Hay gente que le gusta provocar envidia. En realidad ese pecado se llama escándalo: “Acción o palabra que es causa de que alguien obre mal o piense mal de otra persona.”

Los pobrecillos que van deseando ser envidiados son solo eso: pobrecillos. Lo malo es que siempre encuentran a alguien tan pobre como ellos dispuesto a envidiarles.

Que la codicia, el deseo de lo ajeno, el deseo sin freno es un pecado muy triste todos lo sabemos. Evitarlo nos ayuda a vivir más plenamente, por eso está en el decálogo.

Hay quien cree que basta con “no tomar” lo que no nos pertenece, que si no “se actua”, entonces no existe el daño. Dios que nos conoce más sabe que el pensamiento nos envenena. Hay gente que no hace nunca una mala acción, pero en su interior están colmados de envidias, de avaricia, y si no apareciera entre los 10 mandamientos no lucharían contra ese veneno.

Si ponen la cita de Exodo 20, 17 en su muro de Facebook no conseguirán muchos “me gusta” – sobre todo si ponen el autor y la fuente – pero prueben a poner alguna de las siguientes citas y verán el efecto viral que consiguen:

¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia. Epicuro de Samos (341 a.C.-270 a.C.) Filósofo griego.

No estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo. Alejandro Dumas (hijo) (1824-1895) Escritor francés.

La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos. Platón (427 AC-347 AC) Filósofo griego.

El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo. Epicuro de Samos (341 AC-270 AC) Filósofo griego.

No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea. Séneca (2 AC-65) Filósofo latino.

El dinero que se tiene es instrumento de libertad, el que se busca lo es de servidumbre. Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.

Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo. León Tolstói (1828-1910) Escritor ruso.

El origen de todos los males es la codicia. André Maurois (1885-1967) Novelista y ensayista francés.

Por nuestra codicia lo mucho es poco; por nuestra necesidad lo poco es mucho. Francisco de Quevedo (1580-1645) Escritor español.

No existe ningún hombre que si puede ganar el máximo se conforme con el mínimo. Friedrich Schiller (1759-1805) Poeta y dramaturgo alemán.

Las frases son bonitas, todas posteriores a que se escribiera el decálogo, pero a todas les falta algo. Les falta el por qué.

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