¿Cómo hablamos a nuestros hijos?

Esta mañana, como de costumbre, andábamos con prisa, de un cuarto a otro, haciendo la cama, lavándonos los dientes, dando instrucciones, etc. lo habitual cualquier día laborable, intentando salir a tiempo y dejar todo medianamente organizado.

Mi hija pequeña, ya con siete años, como de costumbre apurando hasta el último minuto. ¡Teresa, qué pesada estás!. (qué pesada, qué pesada, qué pesada …) las palabras se han quedado retumbando en mi cabeza … qué pesada!. De inmediato, de manera completamente automática he pensado “la palabra que Teresa ha oído más veces en su vida es PESADA”, y sin mediar ni medio segundo una profunda angustia se ha apoderado de mi.

¿De verdad es esa la palabra que mejor le define? No, ni de lejos. Si tuviera que definirla diría que es divertida, risueña, chiquitina, deliciosa, graciosa, inquieta … muchos otros calificativos antes que pesada.

Seamos honestos … si le decimos tantas veces que está pesada no es al azar. Pero sin duda esa no debería ser la palabra que más veces haya oído  en su corta vida.

Estoy harto de oírme decir a padres en mis charlas y conferencias que los niños tienden a cumplir y corroborar aquello que les decimos que son:

Quiere que su hijo sea bueno: dígale lo bueno que es.

Quiere que sea simpático: asegúrese que sabe que la simpatía le caracteriza.

Quiere que crezca seguro de sí mismo: dígale lo bien que hace las cosas.

Dígale que es un pesado que él hará todo lo posible por demostrárselo.

¿Que logramos diciendo a nuestros hijos que son pesados, lloricas, histéricos, guarros, vagos, egoístas o cualquier otra de las lindezas a las que muchos están ya (tristemente) acostumbrados? Descargar adrenalina. Nada más. No sirve de nada (bueno).

El ejemplo característico es cuando nuestro hijo, gracias a esa gran virtud que es la perseverancia, consigue que le demos el décimo caramelo de la tarde, pero lo acompañamos de un “¡caprichoso!”. Como si por definirle de esa manera hubiéramos sido nosotros los que nos habíamos llevado el gato al agua.

¡Qué no!, que no sirve de nada, que lo único que hacemos es facilitar que el niño repita esa conducta que estamos deseando abolir.

Como padre que comete tantas veces este error, tan solo les puedo dar tres consejos:

1) Reflexione: si lo que va a decir sólo sirve como medio de descarga emocional, no lo haga, busque una reacción más creativa.

2) Si no puede evitarlo, si va a decir a su hijo alguna característica negativa asegúrese de que utiliza el verbo ESTAR, nunca el verbo SER. Los angloparlantes no tienen esta ventaja, y es un grave problema.

3) El consejo estándar: no utilice calificativos – hable de conductas: en lugar de decir “¡qué pesada estás!” diga: “Llevas demasiado tiempo peinándote, y tenemos prisa. ¡Abrevia!”.

Después de esta confesión pública de uno de mis muchos y frecuentes errores, necesito terminar con algo que me descargue de culpa. Probablemente he exagerado. Estoy seguro de que lo que más ha oído Teresa en toda su vida no es ¡pesada!. Sé que ha oído muchas más veces “Te quiero del todo”.

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2 respuestas a ¿Cómo hablamos a nuestros hijos?

  1. Iliana Guevara Rivera dijo:

    Es totalmente cierto, a veces en la rutina no caemos en cuenta que la prisa la llevamos los adultos y aceleramos a los niños que por naturaleza se van a tardar, tenemos que darles más tiempo y repetirles muchas veces “te amo a pesar de que… en este momento no me estas escuchando, te estás tardando, la ducha te causa horror, etc..” reírnos después con ellas (os) y encontrar una solución juntas (os).

  2. maricarmen dijo:

    Que razon tienes yo lo he vivido con mi hijo hiperactivo.

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