La nota de selectividad

«Jaime ha logrado una nota media de 8,6 en bachillerato, no puede entrar en medicina».

¿Cuántas veces ha oído que los chicos de 17 años no saben qué hacer con sus vidas?. «Son demasiado inmaduros».

Naturalmente todo parte de un error. La generalización. Hay muchos chicos que con 17 años no saben qué carrera estudiar – lo que sí saben es que DEBEN estudiar una carrera, ¡y que no se les ocurra decir otra cosa! -. Cuando yo tenía esa edad el que no sabía qué estudiar se metía en derecho. Hoy creo que hacen ADE (administración y dirección de empresas). Hay chavales de 17 años que tienen claro a qué se quieren dedicar profesionalmente. Jaime quiere ser cirujano.

Lo cierto es que de poco importa tener o no vocación. Por muy fuerte que sea. La vocación no importa, importa la nota que saques en bachillerato. ¡Y que los días de selectividad no te traicionen los nervios!.

¿Predice la nota de bachillerato el éxito profesional?. No lo sé, pero lo dudo.

¿Predice la vocación el éxito profesional?. No lo sé, pero lo intuyo.

¿Qué profesional prefiere que le atienda, aquel que entró por nota o aquel que entró por pura vocación? Y naturalmente no es incompatible. Se puede sacar una magnífica nota y tener una clara vocación. Pero también se puede lo contrario.

Llevo meses pidiendo a los profesores y responsables de bachillerato de los diferentes colegios e institutos que otorguen a sus alumnos un sobresaliente generalizado. Es la única forma de que en este sistema la selección de estudios sea por vocación y no por puntuación.

«Es que entonces se llenarían las facultades de alumnos». Ese argumento no me vale para justificar y mantener un sistema tan flagrantemente injusto.

Mi nota media de bachillerato fue un cinco con algo (estudié 3º de B.U.P. y C.O.U en Estados Unidos, eso me permitió alcanzar tan alta nota). En la selectividad saqué un 4,5 – aprobado. En mi hoja de elección de universidad sólo incluí una carrera: psicología. La universidad me daba igual.

Cuando dije en casa que quería estudiar psicología me sometieron a un consejo de guerra. Mi madre y seis de mis hermanos intentaron convencerme de mi error. No les faltaban argumentos. España es el país con más psicólogos por habitante y en aquella época, 1986, las listas del paro eran eternas. Yo sólo tenía un argumento: «A mi nunca me faltará el trabajo porque yo seré el mejor».

Acerté en lo primero y me equivoqué en lo segundo. Nunca me ha faltado el trabajo como psicólogo, aunque nunca he llegado a ser el mejor. Pero nunca he dejado de intentarlo. Eso ha sido suficiente para tener trabajo.

Un sistema que filtra las vocaciones – las pocas vocaciones que hay al terminar bachillerato – por nota es un sistema infecto.

Este mal sistema hace recaer toda la responsabilidad de que un chico pueda o no desarrollar su vocación sobre el colegio y por tanto sobre sus profesores. Pues si el problema es el sistema, no se amilanen, den siempre sobresaliente.

¿Qué es lo peor que puede ocurrir?. Si un chico entra en una carrera universitaria para la que no está capacitado, tendrá que replantear su futuro en un curso escolar, máximo dos. Si por el contrario un chico entra en la carrera universitaria para la que tiene vocación, verán como es capaz de esforzarse hasta lograr aprender todo lo necesario para  aprobar. Probablemente incluso con nota.

Si un chaval NO puede cursar la carrera para la que tiene vocación, auténtica vocación, porque «no le da la nota», sin duda se reconducirá, pero no por ello podremos negar que el sistema le ha frustrado.

Quizás este artículo sea demagógico. Eso júzguenlo ustedes.

Jaime quiere ser cirujano. Es un tipo brillante y con vocación, pero el sistema le ha dejado fuera. Eso explíquenselo ustedes. Quizás él lo entienda. Yo no.

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Hijos felices

Ser padre es vivir constantemente en la esperanza. Deseamos que nuestros hijos sean … y, a la vez, esperamos mucho de ellos. Deseamos y esperamos lo mejor.

Muchos esperan que sus hijos lleguen a ser felices. Hace más de 20 años que Nico Frijda, psicólogo holandés que dedicó su vida al estudio de las emociones me hizo desistir, a través de sus artículos, de buscar la felicidad. Desde que leí sus leyes de la emoción llegué a la conclusión que aspirar a la felicidad equivale a comprar lotería y conformarse con el reintegro.

Pero como a cualquier padre a mi también me gustaría que mis hijos tuvieran muchos momentos de felicidad, aunque tengo claro que cuanto más mayores se hacen, menos depende de mi y más les compete a ellos solitos. En cualquier caso deseo que crezcan en la fortaleza ya que cuando lleguen los momentos duros, que esos sí todos sabemos que les van a llegar, me gustaría que los afrontaran sin desesperarse y con reciedumbre.

Sin embargo sé muy bien qué me gustaría que fueran mis hijos. Me gustaría que llegaran a ser honestos.

Vivimos en un mal momento para la decencia. Hoy todos conocemos el nombre de la amante del Rey. La infanta Cristina es socia de una empresa que al parecer ha defraudado varios millones de euros. Hablar de honestidad en los partidos políticos y en los sindicatos sólo puede hacerse de manera completamente irónica y sarcástica, etc.

Pero no hace falta apuntar tan alto. Cuando vas a un restaurante hay que revisar la cuenta para que no te la metan doblada, al ir al supermercado hay que asegurarse que han aplicado los descuentos correspondientes y, recíprocamente, quién más quien menos cuenta la anécdota de cuando se largó de un garito sin pagar y cualquier tienda debe dedicar una importante partida a medidas de seguridad, cámaras, y sistemas antirrobo porque de lo contrario se exponen a «donar» a la clientela más de lo que puedan asumir.

Hoy en día se hace extraño hablar de adulterio, hemos preferido acogernos al subterfugio «infidelidad» y de «terceras personas», como si eso restara gravedad al asunto.

Y pensando en nuestros hijos, ¿cómo serían considerados si, pudiendo, no soplan las respuestas del examen a un compañero en apuros – por no haber estudiado lo suficiente?. ¿Alguien cree que copiar en los exámenes es absolutamente inmoral?

Tuve el privilegio de realizar mi bachillerato en Estados Unidos, donde los exámenes los hacíamos sin la presencia del profesor, ya que si a cualquiera de los alumnos se le hubiera ocurrido intentar copiar, hubiera sido denunciado por el resto de los alumnos por competencia desleal. Copiar en un examen implicaba suspender la asignatura completa, no sólo el examen.

En Estados Unidos presentar un trabajo en la universidad sin aportar todas las citas es considerado plagio; aquí, ¿quién no conoce «el rincón del vago»?. Cada vez que recomiendo uno de los mejores libros de desarrollo infantil que hay en la actualidad en el mercado tengo que aclarar que la mitad de lo que dice está fusilado de otros autores y las citas simplemente brillan por su ausencia, pero como aquí nadie habla inglés, por mucho que hayan tenido clase durante 15 años o más en sus colegios, no pueden acudir a las fuentes originales.

¿Cómo conseguir que puedan llegar a ser honestos? Lógicamente la única herramienta que tenemos los padres en este sentido es el ejemplo.

Si al entrar en un parque temático insistimos vehementemente a nuestro adolescente que diga que tiene 12 años con el único fin de ahorramos 19 euritos, ya sabemos el punto de corte de nuestra honestidad. Si por 19 euros es lícito mentir, ¿cómo no hacerlo por un aprobado?.

Quiero que mis hijos sean honestos. No sé si lo conseguiré, y tampoco sé si serán más «felices» por serlo. Pero estoy convencido de que si no son honestos – en lo mucho y en lo poco -, podrán hacer infelices a muchos a su alrededor.

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La importancia de crear hábitos de estudio.

Recientemente una madre me contaba que a su hijo de tres años, en primero de enseñanza infantil, le mandan hacer deberes diariamente. Ya no podemos considerarlo una excepción. Los deberes se están colando en la etapa enseñanza infantil, como otros tantos elementos de los que hasta hace pocos años eran característicos de primaria y ahora los encontramos en las aulas de niños menores de seis años.

Hay colegios en los que cuando un niño, en esa misma etapa, falta a clase por estar enfermo le guardan los deberes para que «los recupere» cuando deje de estar malito.

El motivo – la justificación digo yo – es que de esta manera «el niño crea hábito de estudio».

Crear hábitos. Es el mismo motivo  – justificación digo yo – que está haciendo que en 5º y 6º de enseñanza primaria (10 y 11 años) se estén generalizando los exámenes de evaluación (incluyen cinco temas). De esta manera se van preparando para la siguiente etapa, la E.S.O.

De igual manera en la enseñanza secundaria se están haciendo cada vez más frecuentes los exámenes globales al final del curso, que abarcan todo el temario del año escolar. Una vez más el motivo – insisto en llamarlo justificación – es preparar al alumno para bachillerato y, sobre todo, para el examen de selectividad.

Es decir, lo que se observa a lo largo de todo el sistema de enseñanza es un adelanto de los métodos propios de determinadas etapas, a edades más tempranas, «para preparación» o «para crear hábito».

Pues bien, tanto por los fines, como por los resultados, es obvio que es una estrategia equivocada.

En primer lugar comparemos. una vez más, el sistema que están aplicando la mayor parte de los colegios en España con el sistema que se utiliza en los países más evolucionados en Europa, los países escandinavos: Allí la enseñanza de la lectura Y de la escritura se realiza a partir de los siete años cumplidos – curiosamente son los que en los informes PISA, en los que se evalúa a alumnos de 16 años, obtienen unas calificaciones más altas en lectura -. En Finlandia NO se entregan notas hasta la etapa de enseñanza secundaria, quitando de esta manera presión sobre el alumno. Por cierto, saben que allí tienen quince (15) minutos de recreo cada cuarenta y cinco (45) minutos de clase. Permitanme repetirme: tienen quince (15) minutos de recreo cada cuarenta y cinco (45) minutos de clase. ¡Qué gusto da decirlo!.

Por otro lado: ¿tiene sentido aplicar métodos característicos, cuando no propios, de etapas más tardías a niños cada vez más pequeños?. ¡NO!. Lo único que se consigue de ese modo es desvirtuar las necesidades de aprendizaje, los métodos, y los objetivos de cada etapa.

¿Tendría algún sentido que exija – porque los deberes se exigen – a mis hijos que comiencen a presentar la declaración de la renta a partir de los catorce años?. NO, pero podría justificar que de esa manera comienzan a desarrollar el hábito.

Con el objetivo de desarrollar hábitos de conducta, también podría aconsejar a mis hermanos, ya casi todos mayores de cincuenta años, que comiencen a vivir en residencias de ancianos. Así cuando les toque, ya están acostumbrados.

Cada edad, cada etapa, tiene unas necesidades particulares y debe tener unos métodos de enseñanza que le sean propios. Adelantarlos NO es mejorar el sistema.

Con frecuencia cuando planteo esta idea los profesores alegan que son los propios padres los que demandan deberes para sus hijos, muestran angustia si los niños no terminan la etapa de enseñanza infantil leyendo y creen que si los niños se divierten en el aula no están aprendiendo. Es cierto, hay un gran número de padres que demanda un sistema erróneo, pero son los PROFESIONALES de la enseñanza los que deben guiar a los padres. No debería tener un profesional miedo a explicar a un lego el porqué está equivocado.

Los padres pueden ser magníficos periodistas, economistas, taxistas, o lo que sea, pero NO saben de enseñanza. En eso los profesionales son los maestros y profesores y ellos deben ser los que dirijan la enseñanza, no los padres. Los padres se deben dedicar a la educación.

En cualquier caso, si quieren «deberes» para los niños antes de los 8 años, permítanme darles algunos consejos:

– Los padres DEBEN leer todos los días a sus hijos. Todos los días. Leerles, NO pedir que lean. Aunque el niño sepa leer, siempre se le puede leer libros que, por su edad, no estaría capacitado para leer solo: (a los tres años, Gloria Fuertes; a los cuatro años, Gloria Fuertes y Hans Cristian Andersen (en inglés al Dr. Seus – este autor NO TIENE SENTIDO traducirlo); a los cinco años, Gloria Fuertes, Hans Cristian Andersen, y  los hermanos Grimm; a los seis años: los hermanos Grimm, Ruyard Kippling y Roald Dahl; A los siete años Ruyard Kippling, Roald Dahl, y Charles Dickens; a los 8 años, Ruyard Kippling, Roald Dahl, Charles Dickens y Robert Louis Stevenson). A partir de los ocho años es muy conveniente que los padres les lean a Mark Twain, incluyendo la que él consideró la mejor de sus obras: «Juana de Arco».

DEBEN leer a sus hijos literatura DE VERDAD, no las bazofias que están de moda hoy en día y que por evitarme alguna demanda evitaré citar.

¿Quieren desarrollar el gusto por la lectura y favorecer la «lectura comprensiva»? Consigan que los padres lean a sus hijos.

– Los padres deben realizar todos los días alguna manualidad: plastelina; collages, amasar pan, pizza y croissants; origami (papiroflexia); hacer dibujos con pinchitos; las tabas ¡RECUPEREMOS LAS TABAS!, etc.

¿Quieren que los niños cojan BIEN el lápiz y mejoren su caligrafía? Consigan que los padres hagan alguna labor BI-MANUAL todos los días, y ALEJEN los lápices de las manos de los niños.

– Los padres DEBEN realizar todos los días alguna actividad física con sus hijos: saltar a la comba; enseñarles a jugar con la goma ¡RECUPEREMOS LA GOMA!; jugar con la rayuela, la gallinita ciega; al escondite inglés (magnífico ejercicio para el control de impulsos y el control del tempo motor); el pañuelo; el aro (ese que hay que correr junto a él guiándolo con un pequeño palo), el hula-hoop y, para los más mayorcitos, «churro, media manga, manga entera». Jueguen a estos juegos de verdad, NO CON LA WII NI NADA POR EL ESTILO.

¿Quieren desarrollar habilidades «psicomotrices» y habilidades de atención en el aula. Permitan que los niños jueguen con todo su cuerpo. Verán un cambio radical en las aulas.

En resumen, hagamos que los niños hagan cosas propias de niños. Verán que bien llegan a ser adultos.

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La leche

Nuestro pediatra está encantado con nosotros. Cumplimos a rajatabla e incluso por exceso, la recomendación de que todos nuestros hijos coman sus tres cuartos de kilo de pollo diarios. No se lo saltan ni un día.

Para desayunar toman una buena pechuga, con bien de salsita. A veces les metemos algunos nugets en la mochila para media mañana, pero no siempre se los toman. De todas formas en el colegio toman pollo por lo menos tres veces a la semana y como nos mandan el menú todos los meses, si vemos que no han comido pollo en el colegio, nosotros les ponemos de cena pollo. Y luego tengo dos de mis hijos que les encanta comer un muslo antes de irse a la cama, todos los días su muslito de pollo. A los otros dos nos cuesta más. Pero bueno, que al margen del pollo que toman a diario siempre les preparamos algo con pollo a lo largo de la semana, bien unas croquetas de pollo, o bien una lasaña de pollo, o una ensalada con trocitos de pollo. ¡Ah bueno!, y los viernes tomamos pizza de pollo, que les encanta.

¿Les suena absurdo lo que acaban de leer? Sustituyan pollo por leche / lácteos / queso y verán como el discurso se torna “de lo más normal”:

Para desayunar toman un buen vaso de leche, con sus galletas – que también llevan proteínas de leche. A veces le metemos un actimel en la mochila para media mañana, pero no siempre se lo toman. De todas formas en el colegio toman lácteos por lo menos tres veces a la semana y como nos mandan el menú todos los meses, si vemos que no han tomado lácteo, nosotros se lo ponemos de cena. Y luego tengo dos de mis hijos que les encanta tomar leche antes de irse a la cama, su vasito de leche. A los otros dos les cuesta más. Pero bueno, que al margen de la leche que toman a diario siempre les preparamos algo con leche a lo largo de la semana, bien unas croquetas o bien una lasaña, o algo de queso. ¡Ah bueno! Y los viernes tomamos la pizza, con bien de mozzarela que les encanta.

¿A que no le ha sonado absurdo?. ¿Qué ocurriría si tomáramos pollo todos los días?. Le extrañaría que se convirtiera en el alimento al que nuestro cuerpo generara alergia o intolerancia con mayor frecuencia de todos. Pues eso es lo que pasa con la leche.

¿Cómo podemos hablar de una “dieta equilibrada” y empeñarnos en que haya un único alimento – la leche y sus derivados – de manera omnipresente?. Es una contradicción en términos.

Llevo 20 años luchando una batalla a pecho descubierto contra la leche de vaca en la dieta humana. Cuando PASCUAL sacó “vivesoy”, la leche de soja – nada recomendable, por cierto – lo viví como una victoria personal (fíjense hasta donde llega mi orgullo egocéntrico).

Esta semana he vivido grandes victorias, logrando que varios de mis pacientes dejen de tomar leche o viendo los efectos maravillosos de eliminarla en otro de ellos, sin embargo he vivido una trágica derrota, que me ha llevado a una gran depresión (fíjense hasta donde llega mi orgullo egocéntrico). Les contaré el caso.

Una madre, inteligente, despierta y simpática notó a principios de curso que su hija, de dos años, hacía caca tres o cuatro veces al día. Casi todas ellas completamente normales en cuanto a consistencia, olor y color, sin embargo las heces de medio día eran blandas, mal olientes, “feas”. En el jardín de infancia notaron lo mismo que la madre. Su pediatra restó importancia al hecho, conocedor de lo (“exageradamente”) observadora que es esta madre. Por algún motivo que desconozco un decidió añadir cacao al biberón de la mañana. Cuál fue la sorpresa de esta madre al descubrir ese día, que la caca de medio día era más que caca, cacao. Este hecho le permitió comprender que las heces tan blandas, mal olientes y “feas”, que llevaba meses observando eran las que se correspondían con el biberón de la mañana. ¡Perfecto!. Siguiendo los consejos de una buena amiga suya, la mejor psicóloga que hay en este momento en España (y creo que por mucho tiempo) dejó de darle leche por la mañana. Se la sustituyó por leche de avena. Efectivamente, esa “caca fea”, blanda y mal oliente desapareció completamente. Problema solucionado.

No. En el transcurso de los meses había conseguido cita con el especialista en gastroenterología que sometió a varias pruebas a la niña y, para alivio de la madre, llegó a un “diagnóstico”.

El mensaje a su amiga la psicóloga fue “ya han encontrado lo que tiene: diarrea crónica inespecífica”. La madre está encantada. Le ha vuelto a dar leche y, naturalmente ha vuelto a hacer “cacas feas”.

Si “diarrea crónica inespecífica” es un diagnóstico me permitirán decir que a esta buena señora le han aplicado una “alopecia aguda intencionada”, es decir: una tomadura de pelo como una catedral.

¿De verdad “han encontrado lo que tiene”?. ¡Vamos!. ¿De verdad vamos a aceptar “diarrea crónica inespecífica” como diagnóstico? Apago y me voy.

Este caso me recordó al primer caso de “cronicidad” que traté. Fue hace dieciocho años aproximadamente. Mi hermana, después de siete años viviendo en México, volvió con su hijo Pablo, de dos años y medio, con diagnóstico de “tos crónica”. Insistí en que eliminara la leche de la dieta de Pablo y mi insistencia fue más fuerte que su resistencia. La “cronicidad” de la tos duró menos de 5 días. No volvió a toser.

Hoy Pablo es un brillante estudiante de cuarto de medicina. En Dios confío que sea mejor médico que los que le diagnosticaron a él y que consiga mantenerse tan humilde y tan cercano como es él, aún después de los cuatro años de residencia, aunque si atendemos a los casos que le preceden el pronóstico es muy negativo. No creo que lo consiga, él es fuerte, pero la residencia es casi mortal para la humildad. (¡Mira quién fue a hablar!).

Cuando en 1995 leí por primera vez el libro “Don’t drink your milk!!” del Dr. Frank A. Oski, me convencí, no sé por qué, que se trataba de un pediatra con una pequeña consulta perdida en el medio de los Estados Unidos. No fue hasta el año 2006 que descubrí que el autor de ese pequeño libro plagado de datos contra el consumo de leche de vaca fue el jefe del departamento de pediatría del Hospital Universitario John Hopkins desde 1985 hasta su fallecimiento en 1996. Dicho hospital es de los tres hospitales universitarios más importantes de dicho país.

La leche de vaca es un tótem de la sociedad occidental y acabar con él es literalmente IM – PO – SI –BLE.

¡Qué le vamos a hacer!. Yo seguiré luchando. Espero por lo menos que la muerte me encuentre poniéndome las botas.

Por cierto, a la pregunta que tantos pediatras me han hecho a través de sus madres de “¿qué hace un psicólogo metiéndose en la alimentación de un niño?” la respuesta es: “¿y qué hace un psicólogo del desarrollo que no se ocupa de la alimentación de sus pacientes?”.

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La comunicación en la pareja

Cuando hablamos de maltrato, tanto en niños como en adultos, nos vienen a la mente dos calificativos: «físico» y «psicológico». Muy pocas veces pensamos en un tipo de maltrato del que sólo se habla en la infancia y que constituye una de las formas más frecuentes de abuso en esa etapa: la negligencia. Es decir, no atender a las necesidades físicas, médicas, afectivas, educativas y/o de enseñanza de un niño.

¿Y qué ocurre en el matrimonio? ¿Acaso no existe el maltrato por negligencia?. Lógicamente sería extraño, creo yo, hablar de negligencia física, médica, educativa o de enseñanza. ¿Pero acaso no se puede producir negligencia afectiva?. Temo que no solo se puede, sino que ocurre con insoportable frecuencia. Matrimonios donde uno, o los dos, han dejado de cuidar, de mimar, de explicitar que tú eres lo más maravilloso de mi vida. Que me entregué a ti para así tener sitio donde poder acogerte y cada día vuelvo a hacerlo, porqué si no ¿para que despertar?.

Los colegios, la compra, hacienda, el jefe, el IBI, la gasolina,  los leotardos de las niñas, el proyecto, los clientes, facebook, el padel, y un interminable etcétera, van comiendo nuestro tiempo, nuestra mente y nuestra energía, y llegamos al final del día donde lo único que deseamos es meternos en la burbuja que crea a nuestro alrededor la televisión para vaciar por completo nuestra capacidad de respuesta a la más mínima demanda.

Y así, anestesiados, vamos pasando los días sin darnos cuenta de que hace meses que no sonreímos al cerrar los ojos y pensar en ella.

De repente, cómo en un destello, nos damos cuenta de que no paramos, de que todo lo que hacemos es hacer, hacer, hacer, ¡¿Y yo qué?!. ¡¿Yo dónde estoy?!. ¡¿Acaso no se da cuenta de todo lo que hago?!, ¡que todo lo hago por ellos!.

Y oímos la frase que tanto repetiremos a partir de ese momento: no aprecia lo que hago.

Esta es la queja más frecuente en el seno del matrimonio. No aprecia lo que hago.

Y lo cierto es que no haces nada especial. No eres ningún héroe por ponerte el traje, salir de casa e ir a ganar desde el pan hasta el i-pad. No eres ningún héroe por conseguir que nunca se te haya olvidado comprar el cola-cao para el desayuno. Los cónyuges no somos héroes, hacemos lo que nos toca. Y punto. Algunos ni eso.

Pero todos, absolutamente todos, necesitamos que se nos diga «gracias». «Gracias por hacer todo», «Gracias por bajar la tapa», «Gracias por poner el desayuno», «Gracias por que nunca les falta ni un calcetín a los niños y yo nunca me he preocupado de eso», «Gracias por tener los ojos más bonitos del mundo», «Gracias por arreglarte cada día para gustarme». «Gracias por estar a mi lado».

Si usted siente que en su casa «no aprecian lo que hago», mucho cuidado. Es muy posible que tenga mucha razón. Aún más: es posible que tenga TODA la razón. Pero también puede ser síntoma de que ha empezado a mirase más a sí mismo que a quien tiene al lado. O quizás está mirando con criterios distintos su forma de actuar y la de su cónyuge.

No salte con reproches. Haga con ella (o con él) lo que le gustaría que hiciera con usted. Fíjese en todo lo que hace, hasta en lo más nimio. Y agradézcaselo. Muchas veces, todos los días.

No quiero terminar sin dar un aviso. Existe un tipo de persona, afortunadamente poco frecuente pero existe, que es incapaz de sentirse satisfecha con los demás. Hagan lo que hagan, nunca será suficiente o nunca será como ellos lo hubieran hecho o ya es tarde, o lo que sea, pero son incapaces de poder apreciar lo que hace el otro. Nunca dejan ganar.

Son personas MUY difíciles de tratar y mucho más de amar, aunque quien se enamora de ellas lo hacen hasta las cachas. Si su cónyuge es de este tipo de personas entréguele todo el amor que sea capaz y hágalo sin cansancio, será el amor más puro, ya que nunca podrá esperar nada a cambio. Debe encontrar en cada uno de sus actos de amor su propio premio, y por ello deberá hacer todos los que pueda.

Piense, por el contrario, que quizás es usted una de esas personas. De esos que jamás tiene una palabra de admiración, de agradecimiento, de sorpresa hacia el otro, y si la tiene siempre tiende a matizarla. Es posible que tenga motivos muy duros para ser así, que haya heridas muy profundas. Intente, en ese caso, mirar el amor que recibe como el bálsamo que le alivia, busque a su cónyuge y ocupe calladamente el espacio que le ha hecho en su ser, en silencio. No hable. Déjese querer. Poco a poco podrá aparecer el agradecimiento.

En cualquier caso, en todo caso. Mírale. Mírale todos los días y no dejes de preguntarte «¿le he dado lo que necesita?». No intentes dar todo lo que se merece. No es posible.

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Hemisferio derecho, hemisferio izquierdo.

La mayor parte de las personas, entre el 70 y el 80% de la población, implica en mayor o menor medida ambos hemisferios cerebrales al procesar la información. Utiliza, según el tipo de información que sea presentada (números o dibujos, palabras o caras) un hemisferio u otro, el que mejor se adapte a ese tipo de información.

Un pequeño porcentaje, entre el 10% y el 15% utilizan predominantemente, casi de manera exclusiva el hemisferio izquierdo. De niños suelen ser considerados brillantes: entienden a la primera las explicaciones del profesor, son metódicos, racionales, manejan magníficamente bien las abstracciones y por tanto las matemáticas y la gramática son «tiradas» para ellos. Son el sueño del sistema de enseñanza en España, aunque no suelen dibujar bien y el arte les importa bien poco. Pero eso qué más da, «de eso no se vive».

También hay aproximadamente entre el 10% y el 15% hacen un procesamiento de la información prácticamente de manera exclusiva con el hemisferio derecho, son mucho más imaginativos (de imagen) que verbales y por tanto manejan bien las variables espaciales, son concretos (+ es una cruz), manejan mal las variables temporales y por tanto le dan poca importancia al «cuando», son enormemente intuitivos y poco racionales (pueden solucionar una gran dificultad, pero no sabe explicarte cómo -«simplemente es así»). Las abstracciones les suenan a chino («¿A al cuadrado?», «¿artículo indeterminado?»). Suelen tener respuestas creativas, que quizás no siempre sean apropiadas ni bien acogidas. Pero se les da muy bien pintar. Ahora, si el profesor se enrolla en una explicación … sencillamente desconectan.

Estos niños, alrededor de los cinco o seis años no han activado en absoluto el procesamiento analítico que caracteriza al hemisferio izquierdo – lo cual no es nada preocupante – y por tanto les cuesta mucho recordar los nombres de las letras, no digamos ya los fonemas (cómo suena cada letra), pero aprenden magníficamente bien las palabras completas.

Hecha esta pequeña introducción llego a lo que motiva esta entrada: estoy HARTO, completamente HARTO de que me envíen a consulta, como si tuvieran un problema, niños cuya única particularidad es que son HEMISFERIOS DERECHOS con piernas.

Nunca he tenido en consulta un niño por el mero hecho de que procese toda la información con el hemisferio izquierdo. El sistema de enseñanza querría que todos fueran así.

Pero los niños de hemisferio derecho son enormemente inteligentes, creativos, capaces y, retadores, pero NO procesan la información como el sistema escolar exige. Muchos de ellos son diagnosticados de padecer el trastorno por déficit de atención. Es cierto que son pocos. Ya he dicho que aproximadamente el 10/15% de la población, pero mientras sigamos señalándoles a ellos como los que deben cambiar NO vamos a solucionar el problema y vamos a seguir haciéndoles sentir frustrados y en algunos casos, medicados.

El sistema de enseñanza en España está absolutamente descompensado hacia el procesamiento con el hemisferio izquierdo. La enseñanza en España NO está diseñada para desarrollar personas completas, bien equilibradas. Me repito: «está DESCOMPENSADO».

Es un problema ya que «el mundo real», «el mundo de los mayores», requiere personas que sean capaces de utilizar mucho mejor el hemisferio derecho: necesita personas que sean capaces de encontrar soluciones creativas, que puedan ponerse en el lugar del otro (del cliente potencial) más allá de meras lógicas, y la era digital va a requerir cada vez más pensamiento del hemisferio derecho.

Pero mientras sigamos pensando que se requiere mayor inteligencia para resolver una ecuación que para tocar un instrumento, que conocer la gramática de un idioma es equivalente a ser bilingüe y que el teatro es una pérdida de tiempo, seguiremos desarrollando hemipléjicos mentales. (Por cierto, cuando me subo a un estrado a hacer una de mis funciones de teatro – conferencias les llaman – gano en una hora lo mismo que tras vender 500 de mis libros (aproximadamente lo que vendo en año y medio). John Taylor Gatto tenía razón: se paga mejor a los charlatanes que a los escritores.

Podemos culpar «al sistema», pero como yo proceso casi toda la información con mi hemisferio derecho me veo obligado a ser más concreto: el problema está en la dirección de los centros escolares que siguen mirando al número de aprobados en selectividad como EL CRITERIO de su «excelencia académica».

Repetir sexto de primaria (de E.G.B. se llamaba), suspender no menos de 5 asignaturas en cada evaluación en séptimo y octavo, y responder lo mejor que pude a un test de inteligencia (es decir, bastante pobremente) permitió que el psicólogo del colegio concluyera que yo nunca podría cursar una carrera. Yo era la antítesis de lo que hoy llaman «excelencia académica». Gracias a Dios ni mi madre ni yo hicimos caso y concluí psicología con un notable y todo lo demás sobresalientes (en 4º y 5º).

Recientemente una magnífica madre, cabeza de una magnífica familia, que ha emigrado a Irlanda con el fin de ampliar horizontes en la enseñanza de sus hijos me contaba que allí a partir de secundaria hay colegios «académicos» (de hemisferio izquierdo) y colegios «no académicos» (de hemisferio derecho). Aquí no podemos esperar tanta amplitud mental. Una vez más en España el peso recae completamente sobre cada profesor, que debe hacerse consciente de:

a) qué tipo de procesamiento de la información hace él.

b) cómo enseña la información a sus alumnos.

c) qué alumnos hay en su aula con un procesamiento de la información característicamente del hemisferio derecho.

d) cómo puede presentar la información para esos alumnos (lo que enriquecerá enormemente al conjunto de la clase).

e) cómo demandar información a esos alumnos. NO puede esperar resultados significativos y reales de la capacidad y conocimiento de un alumno si hace los exámenes exactamente igual para todos. Tratar como si fuera igual lo que es distinto no es justo, es erróneo.

Lamento poner (más) peso sobre la ingente labor de los profesores, pero son ellos los únicos que realmente pueden hacer el cambio y, por lo que me cuentan, son los que leen este blog. Los directores de colegio, jefes de estudio y otros cargos rimbombantes están haciendo cosas importantes, no tienen tiempo para leer esas tonterías que se escriben en internet.

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Libertad de pensamiento

Si la educación de nuestros hijos no está dirigida hacia la libertad, no podemos hablar de educación. La libertad no es opcional. Es una meta, siempre inalcanzable en su máximo grado, pero a la que no podemos renunciar.

Por ello, parte de la educación de nuestros hijos debe consistir en hacerles fuertes, muy fuertes, para que puedan ser críticos, muy críticos, con la sociedad. Si nuestros hijos no llegan a ser críticos serán tan esclavos de la sociedad como el resto de los animales lo son de la naturaleza. Cuando el ser humano no es crítico deja de ser un animal racional para seguir siendo un mero ejecutor de conductas no ya genéticamente determinadas sino socialmente establecidas.

Sin embargo hoy, y mucho me temo que cuando nuestros hijos crezcan seguiremos más o menos igual, el pensamiento crítico está gravemente perseguido. La libre expresión también. Hace ya muchos años que vivimos en «democracia» y se supone que hoy somos libres para pensar y expresar lo que queramos. No es cierto. Vivimos bajo la dictadura del pensamiento único y el relativismo pseudo-tolerante, que se enmascaran bajo la idea genérica de que sólo se puede expresar lo «políticamente correcto».

Debemos hacerles fuertes para poder resistir los ataques (en ocasiones sutiles, a menudo intencionadamente hirientes) por expresar pensamientos tales como:

– Estoy en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo. Esto NO quiere decir que esté en contra de las personas homosexuales. Si alguien quiere extrapolar que estar en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo es estar en contra de los homosexuales o no lo ha entendido, o no lo ha querido entender, o está manipulando lo dicho de manera torticera. De igual manera que por estar en contra de la poligamia no significa que se esté en contra de las personas de religión islámica.

– Estoy en contra de la adopción por parte de solteros. Creo que los niños tienen derecho a un padre y una madre y que los hijos NO son un derecho de los adultos. Por favor que nadie empiece con casuística y con que «es mejor un padre o una madre que ninguno» y que «lo importante es el amor», etc. No estoy hablando de casos particulares, estoy intelectualizando. No estoy en el nivel afectivo, ni personalizado.

– La expresión «científicamente demostrado» NO equivale a que sea cierto o que el corolario tenga que ser aceptado. Les pondré un ejemplo, aunque sea excesivamente simple. Cuando estaba en la facultad nos explicaron un estudio que el profesor había realizado en el que se demostraba que existía una correlación inversamente proporcional entre el cociente intelectual y el tamaño del pecho de las mujeres. Los resultados eran estadísticamente significativos. Lo único que demuestra ese estudio es que hay personas tan aburridas en los despachos de la universidad que se dedican a perder el tiempo haciendo estudios de este tipo, NO que las mujeres con más pecho son menos inteligentes. Cuando se habla de una investigación científica lo primero que conviene saber es quién la lleva a cabo, quién la financia y que objetivo tiene. Conociendo esas tres premisas los resultados son perfectamente previsibles.

– Educación NO es sinónimo ni equivalente a enseñanza. La función de los colegios es enseñar, la de los padres es educar. Si las personas que componemos la sociedad seguimos usando ambos términos como sinónimos, seguirá habiendo padres que se crean que el colegio puede hacer su labor.

– Estoy a favor de la enseñanza en casa, es decir estoy en contra de la escolarización obligatoria. Esto no quiere decir que debamos cerrar los colegios, simplemente que creo que los padres deberíamos poder optar, como en tantos otros países del mundo, a enseñar en casa. Creo que un pequeño porcentaje de la población infantil se podría beneficiar de ello.

– Estoy a favor de la enseñanza diferenciada, lo que no significa que esté en contra de la enseñanza mixta. Simplemente, una vez más, creo que los padres debemos tener opciones entre las cuales poder elegir, opciones iguales, no «colegios privados» para la enseñanza diferenciada y «colegios públicos o concertados» para la enseñanza mixta. Eso no son opciones equitativas ni equivalentes.

– Los ingenieros, arquitectos, médicos y notarios siguen teniendo, por el mero hecho de haber terminado sus estudios, un reconocimiento social que está injustificado y que es reflejo de un status quo obsoleto. Al fin y al cabo, lo único que han demostrado es que han superado una serie de pruebas académicas, como cualquier otro licenciado, diplomado o graduado escolar. Además, el concepto de inteligencia ha evolucionado lo suficiente en los últimos veinte años como para seguir asociándolo al éxito académico.

– La opinión política y social de los actores y actrices tiene un eco y una repercusión en la sociedad absolutamente injustificado. Por el simple hecho de pertenecer a un colectivo profesional no quiere decir que tu opinión sea relevante para el resto, de la misma manera que tampoco se tiene en cuenta la opinión en política o en aspectos sociales de los taxistas, los quiosqueros o los maestros. Además, el hecho de que la opinión de los actores y actrices sea aparentemente tan unánime en un sentido, da mucho que pensar acerca de la libertad de pensamiento y expresión de ese colectivo.

Nuestros hijos deben saber que por expresar pensamientos como los aquí mencionados podrán ser tachados de antediluvianos, retrógrados, ignorantes, demagogos, talibanes y otras lindezas propias de la falta de libertad y la pseudo-tolerancia que caracteriza esta sociedad. Aún así, ellos no deberían nunca hablar así de alguien que opine en sentido contrario. Debemos hacerles ver que es lógico, inevitable, magnífico y muestra de la grandeza del ser humano que haya posiciones distintas, distantes e incluso opuestas.

Debemos enseñarles, además, que deben TOLERAR no solo las opiniones, sino también las acciones de los demás. Aunque estén en contra de determinadas prácticas más o menos extendidas en nuestra sociedad, no deben rechazar a nadie NI criticar a nadie por realizarlas. Así por ejemplo, podemos explicarles como papá contrató dos personas para trabajar con niños con discapacidad, aún sabiendo que eran homosexuales, y tenemos grandes amigas que son MAGNÍFICAS madres solteras tras haber adoptado uno o varios niños. Podemos discrepar en la forma de pensar, ser y actuar, pero nunca debemos rechazarnos por ello.

También debemos advertirles que es mejor que no esperen tolerancia por parte de los demás. Se llevarían demasiadas decepciones.

En un artículo gráfico del periódico La Razón del mes de julio de 2010, Gaín resume, en una sola frase, el modus operandi de los poderes fácticos actuales: “El primer paso para desprenderse de los valores morales es transformarlos en prejuicios”.

Nuestros hijos deben crecer siendo fuertes para expresarse sea cual sea su opinión, y vencer el miedo que puedan tener (lógico, tal y cómo están las cosas), ya que el miedo es enemigo de la libertad. No es tarea fácil, creo que el miedo de los padres de hoy está limitando la libertad que nuestros hijos necesitarán mañana.

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Educación básica.

Perdonen la banalidad. O quizás no sea banal. Quizás sea una cuestión de educación básica, y como la mayor parte de las cuestiones de educación básica, tienen pocas explicaciones que darse. Mentar la educación debería bastar.

Recientemente estuve en una tienda de telefonía móvil. Cualquier gestión en una de esas tiendas es más larga que un día sin pan. Entre la espera y la atención recibida tuve que aguantar durante más de una hora y media a una señorita masticando ostentosamente un chicle mientras se dirigía a mi y al resto de clientes. Me impactó su capacidad para trasladarlo de un lado a otro mientras hablaba, sin que se le cayera ni acabara pegado en el cristal de mis gafas.

Días antes tuve a unos padres en consulta recibiendo los resultados de la evaluación realizada a su hijo. Mientras el padre escuchaba atentamente mis explicaciones, hacía globos con su chicle.

Al comentar mi perplejidad por este hecho, alguien me dijo: “¡Qué poca educación!, ¡cómo se pueden hacer globos con el chicle mientras te hablan!”

¿Dónde está el problema, en hacer globitos o en masticar chicle mientras atendemos una conversación formal?.

Cada vez es más frecuente enfrentarse a un ser humano que habla mientras mastica chicle. Ostentosamente.

Un sacerdote me comentaba que en cierta ocasión, mientras celebraba una boda, tuvo que pedir al novio que dejara de masticar el chicle.

Resulta sencillamente desagradable. Punto.

Pero al parecer eso hoy ya no importa. “Si le molesta, no mire”.

Ahora resulta que el problema de mantener una conversación con alguien que mastica chicle, mostrando sus 32 piezas dentales a diestro y siniestro, está en quien se siente asqueado, que quizás es demasiado sensible. “Un finolis”, como decimos los castizos.

Lo siento, seré un “finolis”, un “carca”, un “pijo”, o lo que quieran, pero se está perdiendo la compostura, el respeto y la educación, a una velocidad de vértigo.

Hoy ya no nos extraña tener que sufrir a alguien hablando a gritos por su teléfono móvil mientras está sentado en un sitio público; que un hortera[1] se dirija a mi abuela, a mi madre o a mi mismo diciendo “¿Qué necesitaS?”; o tener que escuchar, mientras escribo esta pequeña reflexión sentado en mi butaca del AVE, a una “señora” sentada a varias filas de distancia, comentar a sus tres amigas treintañeras (y al vagón entero por añadidura), cómo por no llevar sujetador en verano se le han caído las tetas (sic) muy pronto, ya que (por lo que dice) las tiene muy grandes.

En fin, perdonen la banalidad, pero si no lo escribo exploto, como una pompa de chicle. Cada vez tengo más claro que la educación es como los gustos. Hay mucho escrito, lo malo es qué poca gente lee.

[1] Hortera: En Madrid, apodo del mancebo de ciertas tiendas de mercader. Diccionario de la RAE, vigésimo segunda edición.
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Matrimonios digitales

Hoy es San José, esposo de la Virgen María, y por tanto el día del padre. Supongo que lo adecuado sería escribir sobre la paternidad, pero hoy me inspira más el matrimonio.

Llevo años abogando por que los matrimonios NO enciendan la televisión dos días a la semana. Comencé sugiriendo tres,  pero pronto comprobé que muchos consideraban  que mi propuesta era tan radical que la tenían por imposible, así que la tiraban por completo a la basura. Sugerir dos días a la semana sin televisión parece ser más eficaz.

Sin embargo mi propuesta va quedando obsoleta. Puede que haya quién la siga, incluso quien no encienda la televisión en absoluto, pero en los últimos meses se ha colado otro intruso en nuestro hogar. Hablo, naturalmente, de los smartphones.

Hasta hace poco podías entender que al llegar a casa tuviéramos que «tocar base», es decir, qué menos que llamar a tus padres (o los de ella) a ver qué tal están, quizás llamar a alguna hermana o cuñada con la que estamos más unidos, y la siempre inoportuna llamada de alguien que o no tiene que bañar a los niños y preparar la cena, o de quien precisamente porque eso es lo que toca, prefiere hablar por teléfono. Pero en definitiva, eran dos o tres llamadas como mucho y luego «cada mochuelo a su olivo».

Pero hoy no. Hoy el móvil emite un pitidito, o vibra, o hace lo que sea para reclamar tu atención cada pocos minutos. A veces es un mensaje que solo dice «estoy agotado», otras es una foto de un niño con yougurt hasta las cejas y el comentario «mira qué mono!!», y otras para indicarte que alguien ha publicado algo en facebook, en twitter o lo que sea.

El maldito whatsapp es más demandante que hacienda. ¿Pero la gente no tiene nada mejor que hacer?. El pasado viernes por la mañana antes de las ocho y cuarto, mañana fría pero soleada, llegaron más de 20 mensajes comentando qué  pantalones iban a ponerse, debían ponerse, podían ponerse, etc. las niñas de 2º de enseñanza primaria para el día del deporte. El año pasado, ante las mismas circunstancias, cada familia hubiera hecho lo que hubiera considerado más oportuno y punto. Hoy no. Hoy no sabemos dar un paso sin consultar, comentar, sugerir – sencillamente compartir («es tan bonito») con todo el mundo ajeno a nosotros – mientras que en casa, nadie se percata porque cada uno está compartiendo «sus cosas» con otros extraños.

Y tu y yo ¿cuándo?. La comunicación es la base de las relaciones. Cómo nos comunicamos determina cómo nos relacionamos, pero si metemos en casa a los 327 amigos de Facebook, a las 51 personas o grupos que seguimos en Twitter y a los 17 que nos siguen a nosotros y a toda la agenda de contactos que tenemos en el móvil, lo lamento pero esto no es un hogar, esto es el camarote digital de los hermanos Marx.

Es cierto que la tecnología requiere su tiempo. Si nos enganchamos en el trabajo estamos estafando a nuestra empresa y nuestros clientes – cierto es que nuestra empresa y nuestros clientes son de los que nos hemos llevado a casa en «edición de bolsillo» y nos inoportunan cuando les da la gana – si lo hacemos en casa, estamos prestando atención a lo que NO es importante …

Sencillamente, pongamos prioridades. Apaguemos los móviles a las 20:00. Apaguemoslos. No basta con ponerlos en silencio. Hay muchos que no soportan la tentación de mirar «quien ha escrito algo». Si alguien de verdad importante en nuestra vida nos necesita seguro que tiene el teléfono de casa.

Hoy es San José. No sabemos que dijera ni una sola palabra. Pero sabemos que estaba enamorado hasta las cachas. Sabemos que no se distrajo y que estuvo siempre atento a las necesidades de su esposa y de su hijo. ¿Acaso no cometió errores?. Que sepamos se le perdió el niño cuando tenía 12 años, pero se dedicó a buscarlo. Hoy los hay que se conforman con poner la foto en Facebook y escribir «compartelo».

Retomemos el matrimonio corporal, el de la mirada, el roce, la palabra y, a veces, la discusión – que será porque nos hemos comunicado pero no nos hemos entendido – en lugar de felicitar, agradecer y comunicarnos por internet.

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Guardería, escuela infantil o jardín de infancia

Permítanme el inmodesto ejercicio de contextualizar mi desarrollo profesional para poder dar sentido a mi argumento. Comencé mi labor profesional en los Institutos para el Logro del Potencial Humano en Filadelfia, viviendo y trabajando codo con codo durante dos años con Glenn Doman, adalid de la estimulación temprana. Desde entonces he colaborado, trabajado y formado equipos de «escuelas infantiles» en Madrid, Barcelona, Guipuzcoa y Asturias.

Las autodenominadas «escuelas infantiles» son una constante en mi vida profesional y escribo NO desde la distancia, ni como usuario (que fui) sino como parte de su labor.

Hasta hace (pocos) años había dos términos que las denominaban: bien guarderías o bien jardines de infancia – término éste que viene de una tradición europeista («kindergarten» en alemán). Los jardines de infancia estaban (y están) a la cola del (ya pobre) reconocimiento que la enseñanza tiene en España. Básicamente  se piensa que ser profesora de cero a tres años consiste en cambiar pañales, limpiar mocos y dar de comer. Fuera de eso, bastaría con vigilar a un grupo de niños mientras juegan. Esta visión es en parte naïf, fruto del desconocimiento de lo que realmente implica su trabajo, y en gran medida una visión interesada – la sociedad NO está dispuesta a REconocer el IMPORTANTÍSIMO papel de las profesionales de la educación de cero a tres años ya que tendríamos que pagarles mucho más de lo que hoy cobran.

En la década de los 90 nació un intento de RE-definir su función y así intentar elevar el RE-conocimiento que las hasta entonces «guarderías» tenían. El intento era lógico y loable. Desgraciadamente las «guarderías», miraron hacia la etapa de 3 a 6 años para su reconversión. Es el mismo error que se ha cometido en todas las etapas de la enseñanza (para prepararles para selectividad, hacen exámenes globales YA desde primaria); como deben leer en primero de primaria – la escolarización es completamente VOLUNTARIA hasta ese momento – les exigimos que sean capaces de leer y escribir al terminar tercero de enseñanza infantil.

De esta manera las autodenominadas «escuelas infantiles» se han llenado de las MALDITAS FICHAS, y los hay que se sienten orgullosos de que «sus niños» esperan sentados (en incómodas sillas de madera) «el tiempo que haga falta» con los brazos cruzados.

Redefinir  el modelo de trabajo de 0 a 6 no solo es posible sino que es necesario (por el bien urgente de los niños).

Si mandamos a los bebés con cuatro meses a la escuela, ¿a qué llamamos pre-escolar?, ¿al embarazo? ¿a los cuatro meses escasos que les permitimos estar con su madre?.

Yo hablo de «jardines de infancia» por un motivo MUY pensado: quiero y espero que sea el lugar donde los niños FLOREZCAN. Un niño NO NECESITA ir a la escuela ni con cuatro ni con 18 meses ni con 36 meses, necesita ir al lugar donde estén las expertas en DESARROLLO INFANTIL (desarrollo afectivo, neurológico, motor, sensorial, etc. etc.) y que saben aportar lo que necesita un niño, NO pedirles que hagan lo mismo que van a hacer el resto de su vida.

¡Qué pena da ver las dichosas fiestas de fin de curso, con los niños que acaban de empezar a  hablar en frases, con birretes puestos! ¡Que NO!, ¡Que el birrete y el Laudeamus Igitur son símbolos universitarios!.  Permitamos a los niños tener sus  propios signos.

Es cierto que hay  escuelas infantiles donde en lugar de facilitar que los niños florezcan se de dedican a podarles. Pero otro modelo es posible.

A lo largo de los dos últimos años hemos dedicado un gran esfuerzo a lograr que un grupo de jardines de infancia establezcan su propio modelo de trabajo, al margen de lo que hacen los de 3 a 6. En estos jardines de infancia NO hay fichas y las sillas y las mesas SOLO se usan para comer. El resto del tiempo el aula está libre de obstáculos para facilitar el movimiento y las educadoras saben el porqué y el para qué, de cada paso, palabra o gesto que hacen. Un lugar donde las educadoras se exigen ENSEÑAR cientos y miles de conceptos SIN EXIGIR que el niño demuestre que los ha aprendido.

Acabamos de empezar, y los niños ya están floreciendo de forma y manera que las mismas educadoras reconocen que nunca antes lo habían soñado. Ellas están encontrando un sentido mucho más profundo y necesario a su trabajo. Ya saben que no son el último escalafón en la enseñanza, sino son las primeras y más concienzudas expertas en desarrollo infantil.

Si al buscar un jardín de infancia para su hijo le enseñan un aula que sólo se diferencia del colegio en el tamaño del mobiliario y ve fichas (las malditas fichas) colgadas por todas las paredes, siga buscando.

Busque el lugar donde ayuden a florecer a su hijo. Y por cierto, si es así reconocerán su papel como madre o como padre, en lugar de hacerle sentir que usted no tiene ni idea de lo que está haciendo.

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