La idealización del padre

Hoy es el aniversario del fallecimiento de mi padre.

No importan los años, no importa la ausencia, el amor permanece. Es una de las lecciones que me enseñó con su muerte, desde su muerte.

Hace algunos años alguien me planteó la posibilidad de que aquello que mis hermanos y yo considerábamos que había sido mi padre, la relación que habíamos tenido, fuera en realidad la idealización de una persona; que nuestra idea de quién fue obedeciera más a una quimera fruto del deseo que a una persona de carne y hueso.

Desde entonces muchas veces me he planteado esa posibilidad. ¿Será que he deshumanizado a mi padre, atribuyéndole características que no le pertenecían, o aboliendo en mi mente defectos que le caracterizaban?

He repasado muchas veces mis recuerdos y, por ser el pequeño y haber sufrido su muerte cuando solo tenía dieciséis años, las historias y anécdotas que me han contado de él. He buscado, sobre todo, defectos u errores que le humanizaran, que lograran desmitificarle, sin conseguirlo.

Pero, ¿cómo hemos podido todos los hermanos hacernos una imagen idílica de alguien que era, quizá, vulgarmente humano?, ¿realmente estamos todos, los nueve, equivocados?

Puede que sí. Puede que mi padre fuera un hombre que no hizo nada que mereciera destacar. Hay varios episodios en su vida que le hicieron escapar de la mediocridad o de lo corriente en momentos muy puntuales en su vida. Y siempre estuvo a la altura. En una ocasión llegó al heroísmo, pero ya sabemos que eso en España, se olvida pronto.

Pero más allá de esos hechos puntuales, lo importante está en cómo se comportó y cómo se relacionó con aquellos que tenía cerca en su día a día. Si es cierto que hemos podido llegar a idealizarle ha sido gracias a que su conducta y su forma de tratar a todo el mundo fue, a ojos vista, impecable.

La relación entre mis padres siempre trasmitió diversión – se divertían muchísimo juntos -. Cuando mi padre estaba en casa (era piloto de Iberia) estaban siempre juntos. Siempre. Estaban felices juntos. Me cuesta recordar un momento en que, estando mi padre en casa no estuvieran juntos. No sé si se puede idealizar a un padre que prefiere hacer cualquier cosa antes de pasar tiempo con su esposa. O los que hacen todo lo posible por tener “su tiempo” – su golf, su padel, su mus, su fútbol, su lectura …

Por supuesto siempre hubo entre ellos el máximo respeto. Nunca les oímos discutir. De hecho, si nuestra madre no nos mintió y no usó la mentira para que idealizáramos su relación, en sus treinta y un años de matrimonio solo se enfadaron en una ocasión – por supuesto por algo nimio.

Me pregunto si los hijos que han visto gritarse a sus padres, agredirse verbal o físicamente, o ignorarse durante días … pueden idealizar a alguno de ellos.

Nunca le oímos decir nada despectivo ni nada negativo de mi madre. No cabría en su mente.

He conocido padres que no pierden la oportunidad de señalar los defectos (reales o no) de la madre a sus hijos, que no dudan en decir públicamente “¿eres tonta, o qué?”. Me resulta difícil que alguien que ha oído a su padre criticar a su madre, a veces de manera sistemática, pueda llegar a idealizarle.

Mi padre era característicamente servicial. Nunca dejó de hacer un favor a quien se lo pidiese. Y los demás lo sabían; si estaba en su mano, podían dar por seguro de que ese favor estaría cumplido.

Supongo que debe ser muy difícil idealizar a un padre que le cuesta hacer favores, o que, siendo incapaz de hacerlos, solo sabe emitir deudas: “fulanito me debe un favor”.

Mi padre era leal. Era profundamente leal. Yo diría que es la palabra que mejor le define (al menos en mi mente). Por supuesto fue leal – fiel – a mi madre.

Conozco a muchos hijos que adoran a sus padres y, a pesar de saber que han sido infieles a sus madres, nunca han dejado de quererles, pero supongo que no podrán idealizarles.

Mi padre era leal a sus valores. Siempre que fue necesario los defendió (entre los dieciséis y los diecinueve años lo hizo físicamente). No dudaba en discutir si alguien le cuestionaba algo de lo que él apreciaba y valoraba. Nunca dudó de la verdad y nunca dejó de defenderla.

No sé si hubiera podido idealizar a un padre que hubiera cambiado de valores o que no hubiera sido capaz de defenderlos.

Mi padre fue siempre leal a su empresa. Amaba y cuidaba a Iberia hasta los detalles más nimios. Recuerdo sus enfados si se enteraba que alguno de nosotros nos habíamos traído una manta del avión en alguno de nuestros viajes. ¡Eso no era nuestro, era de Iberia!

Quizá haya quién idealiza a un padre que se aprovecha todo lo que puede, de todo lo que tiene cerca, aunque no le pertenezca, aunque no le corresponda. Yo tengo la suerte de no tener que plantearme esa duda.

Mi padre nos transmitió la fe de manera muy sencilla, solo con su forma de vida, sin imposiciones, ni estridencias. Como recordaba una de mis hermanas. “Siempre le vimos comulgar cada domingo, sin falta. Eso es muy difícil”.

Supongo que será difícil idealizar a un padre que te ha intentado imponer sus valores o sus creencias con mano dura, o con imposiciones. Probablemente en ese caso el resultado sea justo el contrario al que deseaba el padre. A mí no me resulta difícil idealizar a alguien que siempre se mostró coherente.

Recuerdo que en una ocasión discutimos por una discrepancia en nuestros valores y nuestra forma de ver la vida. A pesar de que yo solo tenía catorce años fue una discusión formal, seria. Como cualquier discusión terminamos los dos sin ceder y nos mantuvimos en nuestras respectivas ideas. Él termino la discusión diciendo: “Nachete, no estoy nada de acuerdo contigo, pero me alegra mucho ver cómo has defendido tus ideas, y que has sabido mantenerte firme en tus creencias. Espero que siempre seas capaz de mantenerte así de fuerte”.

¿Idealizamos a mi padre? Quizás ¿Y qué?

Si lo hemos hecho sin duda es culpa suya. Nunca se comportó de forma que nos impidiera hacerlo.

Creo que muchos de los problemas de la juventud de hoy día es porque los padres – sus conductas y sus formas de tratar a los que tienen a su alrededor – impiden a sus hijos no ya llegar a idealizarles, sino ni siquiera considerarles como referente.

Conozco jóvenes que se hacen cortes por el cuerpo, jóvenes que buscan en la droga, en el sexo, en las series o en Instagram algo que no logran encontrar en sus padres. Las tasas de suicidio en jóvenes no hacen más que aumentar. Jóvenes (y no tan jóvenes) que están convencidos de que lo más importante en su vida son ellos mismos – su trabajo, su éxito, su … – Las crisis de identidad tan frecuentes hoy en día en los jóvenes …

Puede que hoy – por culpa de varios factores – sea más difícil que antes ser (un buen) padre – pero la realidad es que nunca ha sido fácil y siempre, en todas las épocas, en todas las culturas ha habido aquellos que se han sabido comportar de manera intachable y han logrado ser un referente para sus hijos, como otros que han perdido la oportunidad de convertirse en el marido y padre que su esposa e hijos merecían.

El mundo sería mucho mejor si todos los hijos tuvieran padres a los que fuera fácil idealizar.

No deseo que mis hijos lleguen a idealizarme, pero me aterra pensar que algo de mi conducta les pudiera impedir hacerlo.

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¿Me quieres?

Mira a tu cónyuge.

Estás viendo la cara de una persona necesitada de recibir amor. Y ya puestos, pues mejor que sea el tuyo.

Todos necesitamos percibir que somos amados. Todos. Desde el momento del nacimiento hasta que exhalamos el último aliento.

Lo necesitamos más que comer y beber. No lo digo metafóricamente.

Desgraciadamente la necesidad de recibir afecto es tan acuciante que muchos anulan su dignidad con tal de recibir no ya algo de cariño, sino burdos sucedáneos, como pueden ser likes, seguidores, o buenas palabras.

También necesitamos amar. También es más necesario amar que comer y beber, pero para poder amar primero debemos haber sido amados.

Recientemente escuchaba a una joven enfermera que acababa de estar tres meses de voluntariado en África: “a leer se aprende leyendo, a jugar al fútbol se aprende jugando, y a tocar el piano se aprende tocándolo, pero a amar no se aprende amando, sino siendo amado”.

Puede que tu cónyuge no sepa amar. O no todo lo bien que a ti te gustaría o que tu necesitas. Pues ya sabes lo que hay que hacer. A amar se aprende recibiendo amor, así que si necesitas recibir más dosis de amor, o mejores dosis de amor, vas a tener que ser tú quien comiences a darlas. No hay de otra.

Si no entregas tu amor, cada día a la persona que está a tu lado, estás creando una insatisfacción vital en esa persona, con el tiempo quizá incluso le estés hiriendo afectivamente. Y probablemente tú también acabarás sintiéndote herido/a – pero le culparás a él (o a ella).

Y cómo se entrega el amor, básicamente hay tres parámetros: Tiempo, tacto y obras.

Para amar hay que dedicar tiempo. Si no tengo tiempo para ti, es porque amo más otras personas, y puede que eso me incluya a mí mismo escondido bajo el subterfugio de “necesitar” otras actividades: el trabajo – mi carrera profesional -; el fútbol – mi partidito -; el gimnasio – necesito sentirme bien conmigo mismo -; las series – necesito desconectar de los problemas -; los niños “son pequeños y me necesitan más que tú” ¡ja!, si piensas eso no te has enterado de nada.

Hace años leí – perdón por no recordar al autor – que un matrimonio necesita:

Una mirada al día, (yo diría una caricia),

una tarde a la semana,

un fin de semana al mes y

una semana al año.

La caricia (o la mirada) al día parece lo más sencillo, lo más asequible, pero no te equivoques, es imprescindible. Sin esa caricia, todo lo demás pueden ser oasis más o menos frondosos, pero realmente vivimos en un desierto.

La tarde a la semana debería ser muy sencilla (eso parece, en realidad pocos lo llevan a la práctica). Basta con acordar una tarde / noche en la que no encendemos la televisión, apagamos los móviles y “sencillamente” nos dedicamos el uno al otro. Y si vuestros hijos están ya en edad adolescente y se acuestan más tarde que vosotros y por tanto no hay forma de tener en casa un momento ni un lugar para descansar el uno en el otro, será cuestión de irse a la tasca más barata y cercana posible o al banco del parque con un par de latas y una bolsa de patatas y dedicarnos sencillamente a hablar.

Lograr parar un fin de semana al mes a solas parece difícil, y sobre todo puede parecer costoso, pero no tiene porque serlo necesariamente. La cuestión es encasquetar a los niños a alguien (para eso están los padrinos), decirles que nos vamos a un hotelito cercano y, en realidad, nos volvernos a casa. El único compromiso es que no podemos aprovechar esos días ni para hacer cambio de ropa, ni para arreglar los armarios, ni para ninguna de esas otras cosas tan tediosas que por lo mismo vamos postergando. Ese fin de semana es “para lo que tú quieras”, no para lo que yo creo que es necesario.

La semana al año … esa sí que no sé cómo solucionarla. Pero aquellos afortunados que tengan la posibilidad, que nunca la dejen pasar.

Tacto. El tacto es el sentido del afecto. Es necesario expresar nuestro afecto a través del tacto, sino el amor acaba por acartonarse, llegando a ser irreconocible.

Muchos creen que ya no vamos de la mano por la calle, o ya no nos besamos cuando llegas a casa porque ya no nos queremos.

Es al contrario. Nos hemos dejado de amar porque ya no vamos de la mano por la calle ni nos damos un beso cuando llego a casa.

Si quieres mantener el amor encendido, no dejes de expresar tu amor a través del tacto. A diario. Al menos una caricia. Al menos.

“Es que no me sale, ya no siento nada”

Permíteme que te conteste a esa objeción entrando en el tercer parámetro para trasmitir amor: las obras.

No se puede decir que amamos si no hacemos algo por el otro. ¿Qué hacer?, cualquier cosa: comprar una docena de rosas, poner una lavadora, planchar, dejar el desayuno preparado, escuchar esa historia que realmente te está aburriendo, ir a casa de su madre el domingo …

Literalmente cualquier cosa que hagamos por el otro, con tal de agradarle, o de que no lo tenga que hacer él (o ella), es suficiente – pero necesario.

“Es que no me sale, ya no siento nada”.

¡Ah!. Entonces entiendo que si no te sale, no vas a trabajar. O que si un cliente no te cae bien, no haces nada por agradarle.

“Es distinto, esas cosas son obligaciones, pero si no me sale acariciar a mi esposa o dejar el desayuno puesto para que ella no tenga que ponerlo, no debo hacerlo, porque estaría fingiendo”.

Pues sí. De eso se trata. Llegado el caso, se trata de “fingir”. Se trata de hacer lo que sabes que agrada a tu cónyuge, aunque a ti no te apetezca nada, ni sientas nada, y aún sabiendo que por mucho que hagas nunca te lo va a agradecer, y quizá eso hasta te haga daño.

Sí, insisto, si es necesario, hay que fingir. Haz el bien que le gusta a tu cónyuge, aunque tú estés convencido de que ya no sientes nada, y verás como no puedes evitar amarle.

Entrégale tu tiempo.

Entrégale tus caricias.

Entrégate haciendo (TODO) lo que a él (o ella) menos le puede apetecer hacer, con tal de que no tenga que hacerlo.

Eso (probablemente) hará que se sienta querido.

Estarás satisfaciendo la primera y más básica de todas las necesidades del ser humano, ser amado. Y tú estarás cumpliendo la segunda y más evolucionada de todas las necesidades: amar.

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La evangelización de México

Los hombres celebramos fechas: nuestro cumpleaños, el año nuevo, o aniversarios de hechos históricos o personales. Cuando esta fecha conmemora un cifra centenaria, la celebración tiende a ser mayor.

Los 500 años de una efeméride debe ser motivo de celebración.

Pues bien, hoy, 13 de mayo de 2024, conmemoramos la llegada de los llamados “doce apóstoles” a tierras de Nueva España en 1524.

Fueron los doce primeros franciscanos, que enviados por el Papa Adriano VI, llegaron al Nuevo Mundo con el fin de conquistar, sí, pero no tierras, sino las almas, para su propio bien, y para mayor gloria de Dios.

Antes de que ellos llegaran como respuesta a la insistencia de Hernán Cortés en sus cartas al Rey pidiéndole “hombres de fe”, hubo al menos cinco religiosos: desde el principio estuvo Fray Bartolomé de Olmedo, religioso mercedario que acompañó a Hernán Cortés en su desembarco en la Nueva España y quien fue el encargado, entre otras muchas labores, de bautizar a las 20 mujeres que los caciques de Tabasco entregaron a los españoles; entre ellas estaba Doña Marina, que tan importante papel jugó en el surgimiento de la Nueva España y que fue madre de uno de los primeros mestizos de la aquella tierra, Don Martín Cortés Malintzin, nacido en 1522.

El clérigo Juan Díaz, capellán de la Armada, se unió a la expedición de Cortés en 1519.

Posteriormente, en agosto de 1523, llegaron tres franciscanos provenientes del Convento de San Francisco de la ciudad de Gante, en Flandes, enviados por el propio Carlos I. Ellos fueron Fray Juan de Tecto, el sacerdote Fray Juan de Aora y Fray Pedro de Gante, lego.

Pero fue, tal día como hoy hace 500 años, la llegada de fray Martín de Valencia, primera autoridad eclesiástica que llegó a México, junto con otros once frailes franciscanos: Francisco de Soto, Martín de la Coruña. Toribio de Benavente (después apodado por los indígenas “Motolinía”, por su apego a los pobres), Luis de Fuensalida, Antonio de Ciudad Rodrigo, Juan Suárez, García de Cisneros, Juan de Ribas, Juan de Palos y Andrés de Córdoba, el hito que constituye el verdadero comienzo de la actividad evangelizadora y misionera en México.

Sin duda fue uno de ellos quien aquel mismo año bautizó a Cuauhtlatoatzin, dándole el nombre de Juan Diego, quien por ser el más humilde de Sus hijos tuvo el honor de ser visitado por Nuestra Señora Santa María de Guadalupe y de recibir el encargo de que se debía construir una “casita sagrada” en el llano del Tepeyac.

Esos 12 hombres, que impresionaron a los indígenas por su sencillez y su pobreza, cumplieron las palabras que Jesús dijo a sus apóstoles antes de elevarse al cielo:

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Y sin duda en ellos se cumplieron, al menos, varios de los signos que profetizó el Señor:

“Echarán demonios en mi nombre”, pues fueron ellos los que desterraron muchas de las deidades idolatras que llevaban a aquellos pueblos a cometer atroces crímenes contra niños y adultos.

“Hablarán lenguas nuevas”, sin duda, algo que caracteriza a los misioneros de toda época es que lo primero que hacen es aprender los idiomas locales, en ningún caso intentan eliminarlos, sino que saben que la evangelización debe inculturizarse, siendo la lengua local el primer modo de poder llegar al máximo número de habitantes.

“Impondrán las manos y quedarán sanos”, no sabemos si los doce apóstoles de la Nueva España fueron capaces de sanar los cuerpos, pero sin duda llevaron la sanación a miles de almas.

Estos doce hombres fueron los encargados de llevar la semilla del evangelio a la tierra de México. Su entrega, su defensa constante de todos los habitantes de la Nueva España y sin duda, el apoyo que recibieron siempre del cielo, incluyendo la venida de la mismísima Virgen María en diciembre de 1531, hicieron que México como primicia de Hispanoamérica, se convirtiera en lugar de alabanza y bendición al “verdaderísimo Dios por quien se vive”.

No podemos más que exclamar, como hizo Benedicto XIV en 1754, cuando proclamó a la Virgen de Guadalupe patrona de la Nueva España, que “no ha hecho nada semejante con ninguna otra nación” (Salmo 147, 20a).

Es maravilloso lo que el Señor es capaz de hacer con tan solo doce hombres provistos de suficiente fe.

Gracias a Dios. Gracias por estos 500 años de cristianismo y de presencia de la Eucaristía y de la Virgen María, madre de Dios y madre de todos los hombres en América.

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Lectoescritura. Como enseñar a leer y escribir a los niños.

La palabra “lectoescritura” pretende ser constructo que es en sí mismo absurdo y que no existe en la realidad.

Existen dos procesos (lectura y escritura) íntimamente relacionados, y que en su aprendizaje uno precede al otro. Aquí sí sabemos que el huevo es anterior a la gallina.

Es necesario aprender a leer antes de poder escribir.

Fíjese bien que en la frase anterior no he usado el verbo “aprender” antes de “escribir”.

Se puede aprender a escribir a la vez que se aprende a leer, pero no se podrá escribir si no se sabe leer.

Lo contrario si es posible: se puede leer sin saber escribir.

Una prueba de que el pretendido constructo “lectoescritura” es una invención absurda, es el hecho de que ese palabro, que no llega a ser un concepto, no existe en ningún otro idioma. Al menos no existe en inglés, ni en francés, ni en alemán, ni en italiano, ni en portugués, que utilizan el término “alfabetización” cuando se fuerza a usar la traducción de “lectoescritura”, pero en ningún caso aceptan “readwriting”, ni “lecturècrire”, ni “lesenschreiben”, ni “lettuscrivere”, ni “leiturescrita”.

Todos esos idiomas separan ambas funciones (porque son dos funciones diferenciadas y aunque estén relacionadas no se pueden unir). En cada uno de esos idiomas al referirse tanto las funciones como su enseñanza se separan por la conjunción Y:

En inglés: Reading and writing.

En francés: lire et écrire.

En alemán: Lesen und schreiben.

En portugués: ler e escrever.

¿Qué problema existe en que juntemos los dos conceptos?, pues que lleva a confusión en su labor a algunos profesores cuando están enseñando a leer y a escribir.

En no pocas ocasiones me he encontrado maestros que creen que están enseñando a leer cuando piden al niño repasar o copiar letras o palabras. Dicen “estoy enseñando lectoescritura” pero como no existe esa función eso no es posible. Solo están enseñando las bases de la escritura. Perdón por escribir “solo”. Están enseñando las bases de la escritura.

En mi día a día es enormemente frecuente que los padres digan que el niño tiene problemas en “lectoescritura” (es lo que les han dicho en el colegio, a un lego en la materia no se le hubiera ocurrido semejante tontería). Entonces, ¿le están enseñando a leer o a escribir?, ¿en qué tiene problemas, en una u en otra función ?, ¿o en ambas? ¿y es un mismo problema para ambas funciones o cada una tiene unas dificultades diferentes?

Los test de “lectoescritura” inevitablemente evalúan ambas funciones de manera independiente. No se puede evaluar la “lectoescritura” porque no existe como función unificada. Se evalúa la lectura por un lado y la escritura por otro. Se analiza en qué nivel está cada uno y, si es pertinente, se establece cuáles son los síntomas en cada función y siempre que se pueda cual es el origen de la mismos, pero de manera diferenciada para cada uno.

Me parece muy importante hablar con propiedad, particularmente cuando estamos hablando de la enseñanza del uso de un idioma a los niños.

Hablar de las bases de la enseñanza del español utilizando una palabra que no tiene sentido me parece un muy mal comienzo.

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Día internacional del síndrome de Down.

El 21 de marzo celebramos el Día Internacional del Síndrome de Down. La fecha es, aunque no lo sepan, un homenaje al Dr. Jerome Lejeune, descubridor del tercer cromosoma (de ahí la elección del tercer mes del año) en el que debería ser un solo par cromosómico, el 21. De ahí la celebración el 21 de marzo.

Lógicamente es un día para celebrar. ¿Celebrar qué? La vida. La esencia de la vida.

Como le gusta explicar a D. José Antonio Munilla, René Descartes estaba equivocado. Su famoso axioma “pienso luego existo” no es cierto. La verdad es que “soy amado, luego existo”.

Las personas con trisomía 21 nos vienen a demostrar mejor que ningún otro colectivo en el mundo de que existen porque son amados – como cualquier otra persona.

Cuando vea una persona menor de 10 o 15 años, o incluso algo más, con síndrome de Down, sepa que lo más probable es que su condición genética fuera diagnosticada antes de su nacimiento y a sus padres les dieron la opción de terminar (que no interrumpir) el embarazo bajo la presión (no voluntariamente) de “lo difícil que iba a ser su vida” (la del niño y la de los padres). Quiero decir, les dieron la opción de acabar con la vida de su hijo. En una palabra: abortar.

Si ese niño está hoy en el mundo es por la simple razón de que sus padres dijeron ¡NO! a terminar con la vida de su hijo, ¡NO AL ABORTO! ¿Por qué?, “porque le amamos”. Le amamos, luego existe.

El 86 por ciento de las gestaciones en las que existe una posibilidad de que el bebé tenga una condición cromosómica – y la más frecuente es la trisomía 21 – termina en aborto provocado, parece que son pocos los amados.

Recientemente oía a una médico contar una historia descorazonadora. En su hospital nació una niña con trisomía 21. Cuando los padres recibieron la noticia dieron a esa niña en adopción inmediata y solicitaron al personal médico que informaran a sus parientes de que la niña había nacido muerta, ya que querían asegurarse de que nadie de la familia tuviera la tentación de adoptarla. Pidieron ser trasladados de planta, a una distinta a la de maternidad para no estar cerca de “la niña”.

La niña quedó allí ingresada, a pesar de no tener ninguna patología que requiriera mantener su estancia en el hospital e inmediatamente fueron dos las enfermeras que iniciaron los trámites para intentar lograr la adopción. El hospital se vio obligado a comprar un armario para poder almacenar la enorme cantidad de regalos que el personal del hospital le estaba llevando. Esta niña crecerá – existirá – gracias al amor. Es amada luego va a existir por muchos años, si Dios quiere.

El 21 de marzo celebramos la Vida.

Pero el Día Internacional del Síndrome de Down es también un día para reivindicar. No nos podemos quedar en la autocomplacencia de “¡qué bien están los síndromes de Down hoy en día!, ¡cómo han cambiado las cosas!”

Seré directo: las personas con síndrome de Down NO ESTAN todo lo bien que pueden y por tanto DEBEN estar.

Si en los últimos cincuenta años la vida de las personas con trisomía 21 ha cambiado radicalmente, haciendo cambios muy pequeños en las dinámicas, en la atención y en su enseñanza, ¡¡ imagínense cómo llegarán a estar cuando la sociedad asuma los cambios profundos que debe hacer para acogerles, apoyarles en su desarrollo y favorecer que alcancen su potencial !!

¿Qué es necesario cambiar? Me voy a circunscribir a un solo área: la atención terapéutica. (querría escribir también de la enseñanza de las personas con síndrome de Down, pero me dicen que ya nadie lee más de 1.000 palabras, y temo que esta vez me voy a exceder bastante).

La atención terapéutica sigue siendo MUY POBRE. La mayor parte de los profesionales siguen pensando que dos sesiones semanales son suficientes (sea de un programa de organización neurológica, sea de logopedia, de terapia ocupacional, de fisioterapia, de terapia sensorial, de atención temprana, de apoyo académico – que más que apoyo es desarrollo académico porque lo que hacen en los colegios y la nada está extremadamente cerca).

Cada vez que planteo la NECESIDAD de que hagan al menos 5 días e idealmente 6 días de terapia se llevan las manos a la cabeza y se alzan las voces de los profesionales aterrorizados. ¡¡ Y el niño !! ¡¡ ¿cuándo juega? !! (aconsejo poner voz dramática, como si estuvieran viendo una película de terror)

¡Pues eso pregunto yo! ¿Cuándo juegan los niños?, los que tienen síndrome de Down y los que no. Porque lo que veo es que los niños apenas juegan y si tienen algún minuto libre después del colegio, los deberes y las extraescolares están delante de una pantalla.

¿Y cuánto del tiempo que pasan en el colegio es aprovechado? No digo ya por los niños, sino por los profesores, que no saben qué hacerse con los niños con dificultades porque no han recibido siquiera la más mínima noción de qué es la discapacidad intelectual y cómo REDUCIRLA.

¿No podríamos conseguir que los niños con discapacidad intelectual pasen dos horas menos en el colegio y lo dediquen a lo que realmente les va a servir para su vida en el futuro, que es: hablar mejor, escribir mejor, razonar mejor, ser más hábiles con sus manos, ser más hábiles con sus pies y tener más control sobre sus impulsos – que es el objetivo de las terapias (bien hechas) y que los colegios no tienen ni la más remota idea de cómo hacerlo?

Estoy convencido de que NO EXISTE un mayor acto de respeto hacia una persona con síndrome de Down que hacer terapia.

Hacer terapia es decirle implícitamente, pero a gritos: ¡Creo en ti!, sé que tu potencial como ser humano es mucho mayor, muchísimo mayor del que hoy estás siendo capaz de demostrar, y voy a hacer todo lo posible por acompañarte y ayudarte a alcanzar tu potencial. Y aunque no lo logremos, nunca vamos a dejar de intentarlo, y te prometo que ni voy a tirar la toalla ni me voy a conformar con menos.

He llegado a la conclusión, después de oírlo decenas de veces, que cada vez que un profesional dice que “dos sesiones semanales son suficientes” es porque EN SU EXPERIENCIA, no sirve de nada hacer más terapia. Lo lamento.

Mi experiencia me dice todo lo contrario. He visto diferencias muy significativas (vitalmente significativas, no estadísticamente) entre hacer dos y hacer cinco o seis días de terapia.

Creo que la raíz de la diferencia entre ambas perspectivas está en las expectativas.

Yo aprendí que cuanto más altas son las expectativas, más grandes pueden ser los resultados.

Pero lo que enseñan en las facultades universitarias es que “a los padres de niños con síndrome de Down hay que bajarles sus expectativas, porque tienden a ser soñadores y lo único que provoca eso es frustración en los padres y en los niños”.

Bien, aceptemos esa tesis. ¿Cuál es la alternativa?, mantengamos expectativas bajas, fáciles de cumplir, (hay quien dice “expectativas realistas”, lo dicho: fáciles de cumplir) ¿todos contentos?

Yo desde luego no. Y creo que si las personas con síndrome de Down supieran lo que hubieran podido llegar a ser si se hubiera luchado y exigido (¡sí exigir, hay que exigir!) más de ellos (con ellos y por ellos), creo que tampoco estarían contentos.

¿Aceptaría tener expectativas bajas, “realistas”, fáciles de cumplir en definitiva, con sus hijos / alumnos sin discapacidad? ¿Entonces, por qué aceptarlas para las personas con trisomía 21?, es claramente una forma de discriminación.

¿Hubiéramos llegado hasta aquí si en los últimos 50 años hubiera habido un conformismo con lo que se estaba haciendo, solo por “evitar (posibles) frustraciones”?

No se me ocurre cómo describir mejor la mediocridad que aceptar bajas expectativas (y la situación actual de las personas con trisomía 21 es MUY BAJA comparado con lo que pueden llegar a ser) con el fin de evitar posibles frustraciones.

Y ya, para terminar de ser políticamente incorrecto, diré que si tuviera que hacer la lista de los mejores terapeutas que he conocido a lo largo de mis treinta y un años dedicado a las personas con discapacidad, no me cabe la menor duda de que, por lo menos, los 10 primeros puestos los ocuparían MADRES que han hecho la terapia con sus hijos.

Aquí es donde la mayoría de los profesionales ya no se llevan las manos a la cabeza sino que directamente se rasgan las vestiduras, como Caifás: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia”. (Mt. 26, 65b).

“¡¡Las madres deben ser madres, no terapeutas!!” Bueno, eso dicen. Y ciertamente hay una gran cantidad de madres (y sin duda muchísimos más padres) que no tienen las habilidades necesarias ni suficientes para hacer terapia con sus hijos y no deben hacerlo. Y eso no les desmerece nada en absoluto. Pero conozco DECENAS de madres que han sido capaces de aprender todo lo necesario de cómo hacer una buena terapia y lo han ejecutado MUCHÍSIMO mejor que el más titulado, dedicado y avezado profesional.

Y no, no han necesitado terapia psicológica para “vencer la frustración de tener que ejercer como si fueran terapeutas, y no disfrutar de sus hijos como madres” (pregúntenles si no han disfrutado de sus hijos), ni han sido negligentes con el resto de sus hijos, ni con sus maridos.

(Si alguien quiere demostrar que estoy equivocado y decide hacer una tesis doctoral sobre el tema que me contacte, le daré una muestra de estudio muy extensa).

Celebremos la vida, el 21 de marzo y cada día del año. Exijamos el fin del aborto, el eugenésico y cualquier otro, y luchemos por ayudar a las personas con trisomía 21 a alcanzar su máximo potencial, aunque eso implique que no pasen tantas horas frente a una pantalla, o que no tengan tiempo de colorear el abecedario completo, los números del uno al diez y las figuras geométricas, una y otra vez, curso tras curso, año tras año.

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Tú no eres la persona más importante en tu vida.

Os envío el enlace a un artículo que la Revista Misión publicó la semana pasada.

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Tenemos lo que nos merecemos.

Perdón. Nada me molesta más que alguien que ni conozco ni le he pedido opinión me venga con una charlita moralizante o culpabilizante, y mi intención no es esa, solo deseo quejarme.

El día 28 de diciembre celebramos el día de los Santos Inocentes, es decir conmemoramos la matanza de niños que Herodes perpetró a comienzos de nuestra era con el objetivo de lograr la muerte del Niño Dios.

Desde hace años ese día se ha asociado al día de la defensa de la Vida, pensando muy especialmente en los niños que mueren en el vientre materno en los abortorios del mundo.

Veamos las últimas estadísticas publicadas. Según el Ministerio de Sanidad del Gobierno de España en el año 2021 murieron abortados 90.189 bebés (una media de 247 bebés muertos diariamente en abortorios). Hay que aclarar que esta estadística no incluye los abortos provocados por el procedimiento de la fecundación in vitro. No hay estadísticas de esa atrocidad.

Si tenemos en cuenta que en ese mismo año hubo 337.380 nacimientos, podemos hacer el cálculo (aunque no es exacto) de que en 2021 se abortaron conscientemente el 21,09% de los niños gestados en España.

1 de cada 5 niños concebidos en España es abortado. Esta estadística se mantiene estable desde hace más de 20 años.

El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, hubo una concentración, convocada por varias entidades provida frente al monumento a la Constitución Española para reclamar la defensa de la vida del nonato. En el momento de máxima afluencia llegamos a ser 40 personas.

No nos vamos a extrañar. Viene siendo una constante de los últimos años. Cada vez menos personas se manifiestan públicamente en contra del aborto.

El aborto – la cultura de la muerte – ha sido asumida completamente por las personas que integramos esta sociedad. Así de enfermos estamos. Yo el primero.

La prueba de que yo también he asumido el aborto como algo “normal” en nuestra vida es que sigo vivo, cuando ya debería haberme quemado a lo bonzo en la puerta del Tribunal Constitucional de España porque han pasado más de 11 años sin que resuelva el recurso de inconstitucionalidad de la maldita ley del aborto. O debería, quizá, haber pegado mi cuerpo al asfalto de una autovía o al menos pegar mi mano junto al cuadro de La Maja Desnuda en el museo del Prado de Madrid, reclamando al menos 1 minuto de atención en los telediarios. Solo un minuto.

Pero no. 247 niños son abortados diariamente en España y todos seguimos como si nada.

Bueno, quizá usted sea de esos que se rasgan las vestiduras porque el presidente del gobierno de España utiliza el avión Falcon para ir a Barcelona a escuchar el último concierto de Joan Manuel Serrat. Si a usted eso le altera permítame decirle, sin acritud: ¡¡váyase a la mierda!!

O quizá es usted de los que le escandaliza el “maltrato” animal en las granjas donde se crían los pollos, los cerdos y los terneros que nos comemos y cree que es inmoral comer carne, comer huevos o beber leche de vaca …, bueno, si así lo considera, allá usted, si hace de ello una lucha sin cuartel: ¡¡váyase a la mierda!!

Y podría seguir enumerando causas estúpidas que movilizan a miles de personas que son capaces de escuchar impertérritos las estadísticas de abortos.

La gente es capaz de salir en tromba a celebrar una victoria de su equipo de fútbol, pero ante la muerte de miles de bebés en el vientre materno no mover ni un dedo.

Llevo años convencido de que la aprobación del aborto en el mundo (por primera vez en 1920 en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), pero claramente desde que se aprobara en el Reino Unido en 1967 y en 1973 en los Estados Unidos de América, es el origen de la decadencia moral en la que estamos sumidos.

No se me ocurre una aberración moral más grande que aprobar que sea legal matar a un bebé en el vientre materno.

Si esto no provoca a las personas que constituimos una sociedad y que consideramos que es una atrocidad a movilizarnos, ¿entonces qué?

Entonces, nada. Sencillamente, nada.

Estamos moralmente muertos.

¿Y qué me dice de la escusa con la que prácticamente todos los países comienzan a legislar a favor del aborto?: habitualmente se legista inicialmente para los casos en los que el bebé puede sufrir alguna alteración genética.

Solo escribirlo me produce arcadas.

¿No fue así como comenzó Adolf Hitler su famosa “Solución Final”? El 1 de septiembre de 1939 firmó la orden de eliminar a los “inútiles”.

Así comenzó el holocausto, exactamente igual que las leyes de legalización del aborto.

Y hay quien cree que eso es moralmente (más) «aceptable». Es acojonante.

¿Le asusta que un niño de 15 años pueda “cambiarse de sexo”?, ¿le preocupa la pandemia de adicción a la pornografía?, ¿cree que el independentismo está destruyendo España?.

¡Pamplinas!, todo eso son pamplinas. Estamos muertos moralmente.

Aceptamos que se mate a bebés en el vientre de sus madres y nadie dice nada.

¡¡Váyase a la mierda!!

Por cierto, yo me voy con usted. Nos vamos todos.

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Dios es músico.

Dios compone conciertos. Un concierto específico para cada ser humano.

En la actualidad hay más de 8 mil millones de conciertos sonando al unísono. Cada concierto distinto, pero todos interconectados. Compartimos notas, compases, acordes con los que estamos cerca; a veces son solo un par de notas – una mirada con aquel con quien nos cruzamos – otras veces compartimos los acordes de un gran movimiento, como con nuestros padres, nuestro cónyuge, nuestros hijos o nuestros hermanos.

Cada uno nuestro concierto, concierto para un solo instrumento, que es a la vez solista y acompañamiento de la orquesta de quien está a tu lado, todo integrado en la gran sinfonía humana.

Hay violines, violas, pianos, oboes, guitarras, tubas, banjos, chistus, clavicordios, ukeleles, harpas de boca, etc. Imagina cualquier instrumento y habrá cientos de miles sonando en alguna parte de la tierra, siguiendo la sinfonía que Dios está escribiendo con ellos.

También hay platillos, timbales y triángulos. Parece que tienen poco que decir, pero si no sonaran, la sinfonía de la humanidad estaría incompleta.

Dios escribe a la vez que suena la música. Completamente al unísono, Dios y cada uno de nosotros. No la ha escrito de antemano, eso sería predestinación, ni la escribe después de oírla, entonces no sería Dios, sería un simple escribano.

Dios compone el concierto con cada uno de nosotros. Cuando más dejamos que sea Él quien guíe nuestras notas, cuanto más acompasamos nuestro ritmo a la melodía que Él desea para nosotros, más libres nos sentimos y probablemente lo seamos. No significa que la sinfonía, en esos compases, esté libre de dramatismo, de tristeza, o incluso de sufrimiento o de incertidumbre por cómo acabará ese movimiento, pero nos sentimos confiados de que la música no depende de nosotros, solo la ejecutamos y sabemos que el epílogo será bello.

Pero también nos permite tomar por completo las riendas de la partitura, nos permite llevar la melodía allá donde queramos, nos permite hasta pensar que somos los únicos autores de nuestro concierto. Él escribe, siempre atento, siempre aportando luz hacia lo más alto, hacia lo más sublime, hacia lo que desea que lleguemos a ser … y por eso completamente libres de Él, si eso es lo que queremos, pero entonces tocaremos la música completamente apegada a nuestros miedos, a nuestros deseos, a nuestras inseguridades o, sencillamente, intentando que suene como desean aquellos a quienes, por miedo o por deseo, les hemos dado poder sobre nuestra vida.

Dios compone sinfonías, rapsodias, fantasías, fugas, poemas sinfónicos, oberturas, sinfonías y sonatas. Algunas son tan breves que ni siquiera la madre del artista es consciente de la música que ha vibrado en su interior, otras trascienden a generaciones.

Creemos que cuando morimos nuestra música se apaga. No es cierto, nuestra música sigue resonando, como un eco, en los corazones de los que nos han amado, e incorporarán algunas de las notas que nosotros tocamos a su propio concierto y mientras, del otro lado, nuestro concierto deja de ser único, aislado, y nos convertimos en miembros de esa gran y maravillosa orquesta que perfectamente armonizada y acompasada tocan una misma obra, la más obra más bella que jamás podamos oír, la obra que suena en el Corazón de Dios desde la eternidad. Todos los Santos de la historia unidos a los ángeles en una sola armonía, perfecta, sublime, todos en éxtasis por oír nuestra voz que se eleva hasta Él, al que veremos por fin, amándonos y recibiendo nuestro amor, tal y como Él siempre lo ha pensado.

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Petición a San José antes de Navidad.

¡José!, ¡José!

¡Ven!, ven, mira. Me he enterado que no habéis encontrado alojamiento en ninguna posada … bueno, con tu permiso me he permitido prepararos un lugar … mira, os he hecho sitio en mi corazón. Sé que no es el mejor lugar … bueno, sé que no es apropiado para tu esposa María, y, más aún, que no es digno de recibir a vuestro Hijo … pero es lo único que tengo para poder ofreceros.

Está frío, ¡es de piedra!, pero sé que si aceptáis quedaros en él, podréis hacer de él un lugar mejor.

Yo lo he intentado limpiar lo mejor que he sabido, pero creo que todavía os encontraréis afectos viejos, que quizá os quiten sitio. Si me pudierais enseñar a librarme de esos estorbos …

También he cambiado algunas cosas de sitio … la pereza, el egoísmo, el orgullo, pero que no consigo desprenderme de ellos, ¡son tan grandes! Si quieres hacer con ellos una hoguera, quemarlos y hacerlos desaparecer para siempre, ¡cómo te lo agradecería!

Ves, ya te decía yo, que mi corazón no es digno de acogeros, pero si no os lo entrego … quedará sumido en la más absoluta oscuridad; si no os lo entrego, creo que no servirá para nada.

Con vuestro calor, con vuestro amor, podréis hacer mi corazón más acogedor. Después, cuando nazca el Niño, sé que podrá transformar la piedra en carne.

He visto cómo amas a María y cómo te ama ella a ti, y me gustaría tanto que estuvierais siempre en mi corazón para poder aprender de vosotros.

Con vuestro ejemplo, vuestra guía, sé que podrá latir para los demás, no solo para mí. Y quizá con vuestro Hijo en mi corazón podré llegar a ser como un niño; seguro que a Él le gustaría.

José, ven, por favor, venir a mi corazón María y tú, y con vuestro Hijo hacer morada en él, para siempre, … yo os lo entrego. Que vuestro Hijo crezca en él y que su Corazón lata con el mío. ¿Sabes?, he soñado que ya había nacido y que le habías puesto nombre. ¡Qué bonito!, me gusta mucho, Emmanuel.

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Regalos de Navidad

¿Cómo podrán los Reyes Magos transportar tantísimos regalos? ¿De verdad sólo usan tres camellos, o esos son sólo los que nos enseñan? Son misterios que nunca llegaremos a descubrir pero que cada año despiertan mi curiosidad.

Me gustaría, desde la más sincera humildad, poner mi pequeño granito de arena y dar alguna idea a los Reyes Magos para que, conservando todo su amor, no hagan más locuras de las estrictamente necesarias.

1) A pesar de que las listas que escriben los niños a los Reyes pueden están cercanas al concepto matemático de GOOGLE – «número más alto conocido sin llegar a ser infinito» -, no es en absoluto recomendable intentar cubrirla. Así que al margen del presupuesto que podamos haber establecido por cabeza, mi recomendación es marcar un MÁXIMO de regalos por persona, muy especialmente si es niño. En concreto mi recomendación son, como MÁXIMO, cinco regalos (5).  Cinco en TOTAL. La cuestión entonces está en distribuirlos.

Veamos, si nuestros hijos tienen la suerte de tener a sus cuatro abuelos, es habitual que los Reyes dejen alguno en cada una de sus casas (ya van dos regalos). También es frecuente que dejen un regalo en casa de los padrinos – pensemos que son un matrimonio – (ya van tres), así que bastaría con que en casa los Reyes Magos trajeran 2 regalos. (Si los padrinos no son matrimonio y cada uno le pide a los Reyes un regalo, en casa basta con que los Reyes dejen un regalo). Si, si, ha leído bien, basta con que en casa dejen UN (1) regalo.

CINCO REGALOS EN TOTAL como máximo, si no lo alcanzamos y nos quedamos en UNO, es fantástico. – (no vale hacer la trampa de pedir 5 al Niño Jesús para que lo traiga el 25 de diciembre y otros 5 a los Reyes).

Cinco regalos es la cantidad que  el cerebro del niño (y también un adulto) puede asumir sin provocar ninguna sobredosis de egoísmo, autosuficiencia, o «melomerezcotodo».

Cada vez conozco más niños con el síndrome de «melomerezcotodo». Son niños difícilmente soportables hasta para sus padres quienes, en ocasiones, también lo sufren: «me merezco ir al gimnasio» (o a padel o a la «desconexión» que sea), «me merezco un trabajo que no sea mileurista (y por eso llevo tres años en el paro)», «me merezco una pareja que no se le hayan caído las carnes (y por eso cambio tan a menudo)», «me merezco cambiar de móvil, porque en el que tengo ya no me caben más selfies».

El síndrome de «melomerzcotodo» está causando estragos en los matrimonios, en las relaciones entre los padres y los hijos y en las relaciones laborales.

2) Regalar algo que si no se lo traen los Reyes Magos, nunca lo tendría. ¡SEAN SORPRENDENTES! ¿Un móvil? ¿De verdad? ¡Vaya regalo cutre!. Por caro que sea. ¡Va a tener uno el resto de su vida!. No solo va a tener móvil el resto de su vida, sino que lo va a tener ¡como máximo! a 3 metros de distancia. (Mire ahora a su alrededor y localice el suyo, ¿a qué distancia está?). Un querido amigo que regenta varios tanatorios confirma mis sospechas: «Ya no tiene nada de raro que pidan que se les entierre con el móvil». Ahí lo dejo.

Reyes Magos, por favor, que se note vuestra condición, regalar algo que pueda recordarse muchos años más tarde. (Ya ni me acuerdo cuándo me regalaron dos entradas para ir al teatro, pero el regalo nunca lo olvidaré).

Regalen flores, aunque sean efímeras. Pero el mensaje es evidente: Te quiero.

Regalen algo que pueda ser recordado porque en su esencia conlleva belleza.

Regale algo que no se encuentra en amazon. Verá como sorprende.

3) Sería buenísimo que los Reyes Magos trajeran a cada miembro de la familia un regalo de tiempo. Sí. Que trajeran una tarde o un fin de semana.

«Vale por una tarde entera dedicada a jugar a lo que tu quieras con tu padre – ¡SIN MÓVILES, TABLETS, VIDEOJUEGOS, NI NADA!».

«Vale por un día y una noche con tu cónyuge en un lugar tranquilo – ¡SIN MÓVILES NI NADA!». (El lugar tranquilo puede ser nuestra casa, sin niños, sin armarios que ordenar, sin «temas urgentes que responder», solos tu y yo). Si esto le suena a aburrimiento y no sabría que hacer 24 horas a solas y «sin nada que hacer» con su cónyuge, busque ayuda urgente. Muy urgente. NO lo digo de manera retórica, lo digo muy en serio. Si pasar 24 horas en casa con su cónyuge le huele a aburrimiento su vida está en grave peligro. Busque ayuda.

«Vale por una tarde entera con la abuela en donde ella elija».

Por supuesto los regalos de tiempo deben cumplir dos requisitos:

a) Debe ser tiempo compartido – nada de tiempo para ti solo.

b) Deben llevarse a cabo en un máximo de un mes desde que se entregan, ya que de lo contrario lo más probable es que duerman el sueño de los deseos no cumplidos.

4) Si su hijo todavía está en edad de juguetes: ¡QUÉ SEA DIVERTIDO!. Qué manía les ha dado a algunos padres con los dichosos «juguetes didácticos». ¡Qué pesados!. El juguete debe divertir NO enseñar.

De verdad que estamos locos. Ahora está de moda el «juguete didáctico» y a la vez «la enseñanza lúdica». ¿Por qué no dejamos las cosas en su sitio natural?: «juguete lúdico» y «enseñanza didáctica»?

5) Cuando los hijos son mayores, no importa la edad que tengan – como si tienen 44 años , padres, por favor os lo pido, no os los llevéis de compras a «hacer de Rey Mago». Es la forma más triste de matar una de las pocas ilusiones que nos quedan. No hagáis «como si no». No hagáis como si los Reyes Magos no existieran.

Feliz Navidad. 

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