Sin papá o sin tablet, ¿qué es peor?

No existe en este momento ninguna labor honesta, generosa y abnegada que sea más denostada, criticada o menospreciada que la de ser padres.

Los padres somos criticados por psicólogos, psiquiatras, profesores, “educadores”, periodistas, presentadores de televisión y radio y vecinos en general.

¿Por qué? Eso habría que preguntárselo a ellos. Supongo que todo comenzó hace algo más de cien años, cuando Sigmund Freud comenzó a publicar su obra, culpando a los padres de las patologías de sus pacientes. Y puede que tuviera razón, al fin y al cabo vivía en Austria en la época Victoriana, en un momento en que las relaciones entre padres e hijos, hombres y mujeres y entre esposos se establecían de acuerdo a costumbres y reglas no escritas muy distintas (y muy distantes) de aquellas con las que hemos crecido nosotros y, sin duda, de las costumbres y formas de relación que hoy imperan.

Quizás la educación que caracterizaba a la Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pudiera facilitar la aparición de ciertas patologías, pero sin duda no es ese el estilo educativo que hoy practicamos.

Lo que sí ha quedado en nuestra sociedad es el hábito de culpabilizar a los padres de los problemas de sus hijos. Sin duda ninguna la frase que más he oído a profesores, psicólogos, psicopedagogos y directores de colegio, cuando he ido a interesarme por la evolución de un niño ha sido: “el problema de este niño son sus padres”.

La labor de los padres no sólo es criticada de manera habitual, sino que hoy en día es claramente menospreciada y se considera perfectamente prescindible. ¿Exagero?. Les propongo que hagan un pequeño ensayo. La prueba que les voy a proponer consta de dos partes, y la explicación será algo prolija, les ruego que me sigan.

Primera parte: La próxima vez que tenga ocasión plantee la siguiente situación a un grupo de amigos: cuente que su hermano, o su prima o un amigo, da igual, ha decidido tener un hijo a pesar de estar soltero y sin compromiso. Ya ha cumplido treinta años, ya tiene una buena posición laboral y cree que ha llegado el momento de tener un hijo, pero al no estar ni casado o casada, ni convivir con nadie, ni tener una relación estable con otra persona ha decidido tenerlo solo, bien adoptando, o bien, si es mujer, por fecundación in vitro o sencillamente, buscando alguien con quien tener una relación sexual completa en una fecha en la que sea fértil para quedarse embarazada.

Existen diferentes variables que van a influir en las opiniones que recoja sobre esta historia:

En primer lugar, naturalmente, está cómo plantea usted la historia. Si usted la plantea permitiendo que bien el tono o bien las palabras que utiliza denoten que está a favor o en contra de la decisión de “su amigo”, es muy posible que influya en la respuesta, así que le recomendamos que intente mantener un tono neutro y que cuide que sus palabras no incluyan juicios de valor, así facilitará que sus amigos expresen lo que piensan sin temor a contrariarle a usted, que es quién ha contado la historia.

En segundo lugar es muy probable que las opiniones sean distintas si el protagonista de la historia es hombre o mujer. Para comprobarlo puede hacer este pequeño ensayo en diferentes círculos, cambiando de protagonista. Habitualmente recibe una opinión mucho más positiva cuando contamos que es una mujer quien ha decidido tener un hijo soltera. La mujeres, se asume, tienen ese instinto maternal, esa necesidad biológica de ser madres, e incluso este instinto les dota de unas habilidades naturales para ejercer de madres que les facilita la tarea. Por el contrario si es un hombre el que ha decidido tener un hijo soltero la historia parece ser menos creíble, menos natural. Es probable que haya incluso quien piense que ese sujeto que quiere tener un hijo él solo es homosexual. Extraiga usted de esos comentarios sus propias conclusiones.

En tercer lugar es probable que las opiniones también sean distintas si plantea esta situación exclusivamente a un grupo de hombres o exclusivamente a un grupo de mujeres. La situación ideal es en la que en el grupo hay tanto hombres como mujeres, normalmente los de puntos de vista son mucho más variados y enriquecen mucho la conversación. Extraiga usted de este hecho sus propias conclusiones.

Y sin duda un aspecto que influirá significativamente en las opiniones que tengan sus amigos sobre el hecho que una persona haya decidido tener un hijo estando soltero, será el medio escogido para ser padre o madre. Naturalmente si es hombre sólo podrá optar por la adopción, ya que la opción denominada “vientre de alquiler” no es legal en España, pero si el protagonista de su historia es una mujer podría optar por adoptar, o por quedarse embarazada a través de la fecundación in vitro, o podría estudiar su ciclo menstrual para así mantener relaciones sexuales completas con un hombre durante el periodo fértil y así quedarse embarazada de manera natural. El hombre (el donante como se le llama en los “bancos de semen”) no tendría por qué saber que estaba siendo utilizado concebir un hijo (e incluso es probable que prefiriera no saberlo). Si plantea esta última situación a un grupo de hombres, que su amiga va a buscar a alguien para poder mantener relaciones sexuales y quedarse embarazada, verá como no tarda alguno de ellos en ofrecerse voluntario. Extraiga usted de ese comentario sus propias conclusiones.

Pero al margen del “voluntarismo” de algunos hombres por dejar embarazada a una mujer sin asumir la responsabilidad que ello conlleva, fíjese en las opiniones que despierta la decisión de “su amigo” (o “amiga”).

Las opiniones que reciba pueden variar desde el rechazo completo a que nadie tenga hijos estando soltero, independientemente de que sea adoptado o concebido por otra vía, hasta la opinión de que es una idea maravillosa, que denota “valentía” y provoca admiración. En cualquier caso hoy en día no es extraño conocer a alguna persona soltera que ha adoptado a uno o varios niños, mucho menos extraño es hablar de “familias monoparentales”. Esta situación está siendo aceptada en nuestra sociedad sin excesivas dificultades.

Hasta aquí la primera parte de nuestra pequeña investigación. La segunda parte es más sencilla. El modus operandi es el mismo, plantee en una conversación con amigos que usted ha decidido eliminar todas las televisiones y pantallas (tablets) de su casa; indique que ha pensado, junto con su cónyuge (o usted sola si es madre soltera) que no quiere que sus hijos estén expuestos diariamente a las pantallas, más allá de lo necesario para los estudios o el trabajo. Apunte que naturalmente no le importa que la vean de vez en cuando, si van a casa de amigos o de los abuelos, pero que prefiere que en su casa no haya pantallas, ni televisiones ni tablets. A continuación reclínese y escuche atentamente. Por mi experiencia le diré que es probable que oiga opiniones poco ponderadas, incluso alguien eleve el tono de voz. Será muy poco probable que oiga que su decisión es “valiente” y en cambio es fácil que alguien diga que sus hijos “van a salir raritos”. En mi experiencia ha ocurrido siempre que lo he planteado.

El resultado más frecuente de nuestro pequeño ensayo es que una gran parte de las personas que forman nuestra sociedad consideran que tener un hijo siendo soltero o soltera es una decisión “valiente”, que crecer sin padre o sin madre no afectará significativamente al desarrollo del niño, ni a sus relaciones con los demás, y sin embargo crecer sin televisión y sin tablet hará que el niño crezca “siendo rarito”, que alterará su desarrollo y que tendrá dificultades en las relaciones sociales. Extraiga usted sus propias conclusiones, y permítame que exprese las mía.

La conclusión es que, en opinión de muchas personas, en una casa, en un hogar, puede faltar sin ningún problema el padre o la madre, pero bajo ningún concepto debe faltar la televisión y las tablets, ya que conllevaría graves riesgos para el desarrollo normal del niño.

Si efectivamente, tal y como muchas personas afirman, no existe ninguna carencia ni ningún problema por que un niño crezca sin padre o sin madre, y da igual crecer en una familia monoparental o en una familia formada por un padre y una madre, entonces la labor de uno de los dos, del padre o de la madre, es absolutamente prescindible.

La sociedad actual propone que los padres o las madres no hacemos ninguna falta. Basta con que haya uno de los dos, tal y cómo decíamos al comienzo de este razonamiento: el padre (o la madre) es prescindible, sobra. Esto es grave. Más aún. Es muy grave. (Y si le molesta mi opinión cambie de blog, pero permítame ejercer mi libertad de pensamiento y de expresión).

Esta es la situación de la sociedad actual. No sólo considera en gran medida que los padres somos los culpables de los problemas, e incluso de las patologías mentales que puedan sufrir nuestros hijos, sino que, además, somos prescindibles.

Ahora, querido lector, piense en términos personales, piense en usted mismo. ¿Quién es usted?, ¿cómo ha llegado a ser quién es?. ¿Qué influencia ha tenido en usted y en quién es, su padre y su madre? ¿Sería usted el mismo si hubiera crecido sin su madre o su padre? ¿De cuál de los dos podría haber prescindido, sin que hubiera tenido la más mínima influencia en usted?

Quizás usted ha crecido siendo huérfano de padre o de madre, o, sencillamente, es usted hijo de una madre o de un padre soltero. ¿Cree que hubiera sido distinto, hubiera crecido en un entorno distinto, si hubiera tenido a su madre o a su padre junto usted?

Por otro lado, si usted ya es madre o padre, ¿cree que sus hijos crecerían igual sin usted?. Si prescindiéramos de usted y sus hijos crecieran únicamente con su cónyuge, ¿crecerían exactamente igual?.

Esto es lo que la sociedad actual está gritando: usted o su cónyuge son prescindibles. Reflexione pausadamente sobre esta idea y extraiga usted sus propias conclusiones.

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