Calidad de vida (II)

“Estudia para llegar a ser un hombre de provecho”. Esa era la consigna. La única consigna que se daba a los (varones) jóvenes sobre cómo ser, cómo comportarse y cómo vivir. En algunos casos se especificaba más: “para mantener a tu familia”.

Al menos tres generaciones de hombres crecimos con esa consigna. No había otra. Era la única.

¿Es mala? No, mala, per se, no es. Pero me pregunto qué hubiera pasado si no nos lo hubieran dicho (y repetido) hasta convertirlo en un elemento imborrable del inconsciente colectivo. ¿Acaso si no nos lo llegan a decir nos hubiéramos quedado tirados en el sofá, esperando que cayera el dinero del cielo? o ¿acaso hubiéramos pensado que el dinero de nuestro salario era solo para nuestros caprichos, no para el sustento de la familia?

Era una consigna absolutamente irrelevante. Parecía que se nos estaba diciendo algo vital, increíblemente importante y en realidad no era en absoluto necesario.

Más aún, la maldita consigna, por ser la única que recibimos, ha hecho un daño gravísimo a al menos tres generaciones (y por supuesto a las que les siguen).

Conozco decenas de padres que han cumplido perfectamente con ella, se han convertido en grandes hombres de provecho que mantienen magníficamente bien a su familia y, con eso, se dan por satisfechos. Son hombres que pueden ser un modelo de lo que un padre debe ser: “hombres de provecho que mantienen (económicamente) a sus familias”, pero no aportan absolutamente nada más. Son absolutos incompetentes afectivos, tanto para su esposa como para sus hijos. No les puedes pedir nada más allá de su aporte económico ya que se sentirían perdidos. Nadie les dijo todo lo que su cónyuge y sus hijos iban a necesitar. Nadie les dijo “Te necesitan a ti, no tu dinero”.

Lo que ellos aportan a la familia podría aportarlo cualquier otro hombre con su mismo salario.

Además, esa dichosa consigna es falsa. ¿Acaso un hombre que está sin trabajo y no puede aportar nada económicamente a su familia es un inútil, no merece la pena, es un fracasado?. Muchos hombres así lo sienten. Incluso hay muchos hombres que cuando su salario es inferior al de la mujer se sienten heridos, sienten que no están cumpliendo con el cometido se les había asignado.

¿Qué hubiera pasado si a esas tres o cuatro generaciones de hombres se nos hubiera dicho, con la misma insistencia y con el mismo aplomo: “lo más importante es que te entregues por completo y sin ningún resquicio a tu mujer y a tus hijos, vive para ellos”?. ¿Es que acaso no hubiéramos salido a buscar trabajo? Naturalmente que lo hubiéramos hecho, pero hubiéramos sabido que la familia está por encima del trabajo. Hubiéramos sabido que ganar un salario, bueno o malo, es muy importante, pero NO es condición suficiente para ser considerados buenos padres y cónyuges.

“Trabaja para no depender (económicamente) nunca de un hombre”. Esa era la consigna para ellas. ¡Qué horror!. Esa era (y es) la única consigna que durante generaciones se ha dado a cientos de miles de mujeres, que han sido lanzadas a la vida adulta con la mirada puesta tener una vida plena, pero siempre “económicamente independiente de los hombres”. Por si acaso.

Algo así como enamórate, cásate si quieres o simplemente cohabita, pero no dependas NUNCA de él. Deja siempre la puerta abierta.

¡Pues menuda perspectiva!.

Me asombra que con esa consigna la mitad de la población (la femenina) no haya decidido quedarse soltera y sin compromiso.

¿Por qué no se les dijo algo positivo?

Conozco decenas de madres que se sienten absolutamente engañadas por esa maldita consigna. Han luchado con todas sus fuerzas para ser económicamente independientes, pero como a los hombres se nos ha tranquilizado con la idea de que basta que seamos “hombres de provecho”, no ha habido forma de que nos impliquemos ni en casa ni en la familia, no todo cuánto debemos, y ellas han tenido que asumir el doble de carga. Siguen entregándose por completo y sin resquicios a los hijos. Del marido siguen esperando el máximo y ellas lo normal es que lo den, pero le miran con el rabillo del ojo. Es alguien prescindible. Y simultáneamente intentan dar el máximo de sí mismas en un trabajo que rara vez les reconoce del todo su valía y en el que, si se les ocurre ejercer su naturaleza, si se les ocurre ser madres, van a verse seriamente perjudicadas.

Muchas mujeres dan prioridad al éxito (o al menos al intento de éxito) laboral frente a la maternidad. El trabajo, se nos ha enseñado a todos, es más importante que la familia. Pero si con 52 años te dan la patada en el trabajo y te que quedas en la calle, ya no puedes reclamar: “¡Pospuse la maternidad hasta los 37 por esta empresa!, ¡Renuncié a tener más hijos por esta empresa!, ¿y ahora me tratáis así?”

“¡Ah! Haber pensado mejor tus prioridades. De todas formas, te llevas una buena indemnización”.

También conozco decenas de madres que han decidido desarrollarse plenamente como esposas y madres. En muchos casos es una elección libre, pero también conozco casos en los que ha sido una elección forzada por las circunstancias del mercado laboral. En cualquier caso el peor enemigo de estas mujeres son las demás mujeres.

El retroprogresismo feminista considera que una mujer que “solo” trabaja en casa, sin tener un trabajo remunerado, es una esquirol de la condición femenina y de la lucha contra el machismo opresor. Si además ha tomado esa decisión conscientemente será porque tiene el síndrome de Estocolmo.

Al final, si una mujer no tiene un trabajo remunerado va a sufrir el juicio y el desprecio por renunciar a “realizarse plenamente”. Y si una mujer además de trabajar en su casa (no conozco a ninguna madre que no trabaje en casa, frente a los cientos de padres que conozco que se conforman con “ser hombres de provecho”) tiene un trabajo remunerado, es muy fácil que sienta la presión de que no llega como quisiera a sus hijos y no alcanza el nivel exigido en su trabajo.

Al final, esas malditas consignas, han dado lugar a la sociedad actual. Una mierda de sociedad, en la que los hombres seguimos en la atalaya de la satisfacción por nuestro trabajo, sin haber sabido disfrutar de la maravilla que es entregarte, implicarte y dar el 100% a nuestras familias, y las mujeres sufren porque no llegan a ser todo lo que pueden ser, ni en la familia ni en un trabajo que les exige renunciar a ella.

Las consignas recibidas, las únicas que reconocemos miles de adultos de manera inequívoca, han creado una sociedad profundamente egoísta, donde lo importante es el trabajo, el éxito laboral y la auto-realización, y nunca nos han hablado de la satisfacción de entregarnos al 100% a los que más queremos.

Somos una generación en la que si no obtenemos una satisfacción personal tangible somos capaces de romper con todo, culpando a aquello (o aquellos) con lo que rompemos de nuestra situación y de la ruptura.

Ahora los abuelos se rasgan las vestiduras por la cantidad de divorcios que se producen (desde hace varios años al menos 1 de cada dos matrimonios acaba roto). “Los matrimonios de hoy en día no aguantan nada” dicen. ¿Qué esperaban? ¿Acaso nos hablaron del sacrificio (NO hablo de sufrimiento, hablo de sacrificio), de entrega, de lo divertidísimo que puede ser el matrimonio, siempre  los dos aportemos el máximo de nosotros mismos?.

P.D. Para comprobar que me repito y me repito y me repito, o si tienen interés por este tema, pueden leer el post del 13 de abril de 2015 titulado “educar con sentido”.

Esta entrada fue publicada en Familia, Relación padres - hijos y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Calidad de vida (II)

  1. Catalina dijo:

    Me siento muy identificada con tu articulo. Tengo 30 años, soy ingeniera con un MBA y fué bastante dificil sacarme de la cabeza el concepto de que si no trabajaba era una fracazada.
    He comprendido el gran impacto que genera en la sociedad el trabajar como esposa y madre y por esto decidí desde hace un tiempo quedarme en casa al cuidado de mis dos pequeños hijos ( mas los que Dios quiera regalarme) y de administrar mi hogar.
    Repito.. no es facil sacarse esto de la cabeza pero si se puede.

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