Genética y aprendizaje

Consigo esquivar el letargo estival que me había obligado a tener a lo largo de estas vacaciones. Mi mente divaga por cuestiones menos pragmáticas de lo que parece gustar a mis habituales. Espero que no sirva de precedente. Lo cierto es que me ha sorprendido el gran observatorio que constituye el verano. La primera mirada hacia el interior, y resulta imposible cuadrar las cuentas personales. Cuando uno se analiza aparecen muchos más conceptos en el debe que en el haber.

La segunda mirada hacia el exterior. Será “efecto profesional” – no veo por qué considerarlo defecto – pero me resulta inevitable utilizar la atalaya de mi toalla para observar a los niños y a sus padres. A las familias. Al fin y al cabo es observar es la esencia de la sociedad.

Después de días observando, llego a una conclusión: la vieja disyuntiva entre genética y aprendizaje es pueril. Faltan al menos dos variables en la ecuación: en primer lugar las circunstancias. Quiénes llegarán a ser nuestros hijos sin duda está influido por nuestra dotación tanto genética como vital, pero seamos honestos, la misma carga genética y el mismo aprendizaje no puede producir los mismos resultados en el occidente que en el lejano oriente del siglo XXI, ni en la España de hoy que en la de hace tan solo cincuenta años.

Y en segundo lugar falta la gran incógnita: la libertad. ¿Acaso no tenemos nada que decir en quienes somos, no tenemos ninguna elección?. El gran Víctor Frankl[1] nos enseñó que ni siquiera la vida en un campo de concentración elimina la capacidad de que el ser humano elija su respuesta ante cualquier situación dada. ¿Podemos seguir ignorando la libertad en la fórmula de quiénes serán nuestros hijos?.

Y al hablar de libertad, no podemos olvidar sus dos mayores enemigos: el miedo y el egoísmo. Qué cada uno se conteste en qué orden le afectan.

Pero por fin llego a un resultado pragmático: debemos luchar a brazo partido contra esos dos grandes enemigos, el miedo y el egoísmo. En primer lugar en nosotros mismos, ya que de lo contrario no podremos ser ni útiles ni eficaces, como esposos ni como padres; en segundo lugar en nuestros hijos, ya que cuanto más temerosos y más egoístas permitamos que sean, menos libres podrán llegar a ser.

No sé si será cierta la frase que atribuyen a Sigmund Freud sobre la labor de los padres: “Educar como queráis, en cualquier caso lo haréis mal”. Freud escribió tanto que es fácil que dijera muchas tonterías. Yo lo veo desde otra perspectiva: Educar lo mejor que sepáis y podáis. No dudéis que cometeréis errores, pero serán más los aciertos, aunque éstos, en el momento, pasarán desapercibidos. Y recordar que, en último caso, nuestros hijos tendrán que asumir su propia responsabilidad en quienes han llegado a ser.

[1] Victor Frankl, El hombre en busca de sentido, Ed. Herder. Es un libro corto que constituye un magnifico tratado de qué es el ser humano. Me permito recomendarlo como lectura obligada y apta a partir de los quince años.

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Educar en la fe

La semana pasada fue emocionalmente muy intensa para cualquiera que tenga una mínima sensibilidad. El accidente ferroviario de Santiago de Compostela nos recordó de manera cruel y brutal la fragilidad de cada una de nuestras vidas, mientras que al otro lado del mundo cientos de miles de jóvenes se reunían para escuchar un mensaje viejo, viejo, viejo – un mensaje que tiene dos mil años – transmitido por un hombre de 76 años, que cuenta con la energía de cualquiera de los chavales que le escuchaban.

Ese anciano les dijo:

«Hoy, todos los días, pero hoy de manera especial, Jesús siembra. Cuando aceptamos la Palabra de Dios, entonces somos el Campo de la Fe. Por favor, dejen que Dios y su Palabra, entren en su vida. Dejen entrar la simiente de la Palabra de Dios. Dejen que germine, dejen que crezca. ¡Dios hace todo, pero ustedes déjenlo hacer! Dejen que Él trabaje en ese crecimiento.»

¿Porqué no dejamos a Dios actuar en nuestras vidas?. El tema es demasiado amplio. Me ceñiré al aspecto que concierne a este blog: educación y familia.

Cada vez son más familias que creen que DA IGUAL: da igual confesarse que no hacerlo. Da igual comulgar que no hacerlo. Da igual rezar que pedir a alguien que tiene Fe que rece por nosotros.  Da igual hablar a nuestros hijos de Dios que no hacerlo. Da igual que crean o que no.

La libertad, en su vertiente más superficial, tiene que ver con la capacidad de elección. Elegir una opción frente a otra. Pero cuando a un niño no le educamos en la Fe, cuando no vivimos con él la Fe, no le permitimos elegir. Cuando a un niño no le decimos que es amado por Dios, no le dejamos optar por Él.

Y lo cierto es que NO DA IGUAL. No da igual confesarse que no hacerlo. No da igual comulgar que no hacerlo. No da igual rezar todos los días, que sólo cuando nos vemos agobiados. No da igual.

Es lógico que quien no cree diga que «da igual». Incluso es coherente que quien creyendo no practica diga «da igual». Vive como realmente piensa. Si no lo hiciera sufriría lo indecible.

Lo que no es coherente es que quien practica, viva como si no creyera. Eso es realmente grave. No podemos seguir yendo a Misa los domingos, pero dejando la formación de nuestros hijos en la Fe exclusivamente en manos de los colegios o de la parroquia.

Debemos enseñar a nuestros hijos que la Fe es vida. No es una actividad extraescolar, no es un rato. Es vida.

Son muchos los que afirman que creen, pero que no creen en la Iglesia o en los curas. Al final esto les ha separado de Dios. Y estos días de la JMJ me preguntaba, ¿qué hace la Iglesia?, ¿Para qué sirve la Iglesia?.

Al llegar a Brasil, el Papa Francisco dijo: «No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo».

Ha tenido que venir este viejecillo, recorrer medio mundo para decirnos, en realidad para recordarnos, que «El Señor les necesita». No se trata de nosotros. Se trata de Él. Se trata de que permitamos a nuestros hijos conocer, tratar y amar al autor de la Vida.

La vida no es igual para el que vive la Fe que para quien vive ajeno a ella. Si queremos hacer a nuestros hijos libres para elegir debemos, al menos, acercarles al Señor.

En la vigilia del sábado el Papa concretó «los entrenamientos para seguir a Jesús: la oración, los sacramentos y la ayuda a los demás». Esto es lo que la Iglesia, en la persona de su primado, nos ofrece: oración, sacramentos y ayuda a los demás.

¿Errores? Sin duda la Iglesia ha cometido, comete y cometerá errores, pero no podemos utilizar los errores, ni siquiera los defectos y las incoherencias de los demás para justificar la conducta propia.

¿Qué deseamos para nuestros hijos?, si deseamos que sean libres debemos permitirles elegir – no cualquier cosa, no entre lo bueno y lo malo -, no tendría sentido acercarles al tabaco o al alcohol para que «puedan elegir», no caigamos en esa trampa, lo malo nunca te deja elegir, te atrapa y te hace su esclavo. Hablo de elegir entre vivir exclusivamente la vida terrena, que no es mala, y vivir de cara a la vida eterna. Elegir entre una vida de 87 años o una vida sin fin.

Y no quiero decir quien no cree no tendrá vida eterna. Pero digo que el que cree, comienza a disfrutarla desde YA.

Eso es lo que quiero para mis hijos. Que la disfruten desde YA. Y recuerdo la frase que el Dr. Juan Antonio Vallejo Nájera contestó al periodista Jesús Hermida cuándo, sabiendo que le quedaban pocos meses de vida, le preguntó: «Usted ha dicho que es creyente. ¿qué ocurriría si al morir comprueba que nada de aquello en lo que cree es cierto?». Su respuesta fue tajante: «Que me quiten lo bailao«.

Vivir y transmitir la fe. De eso se trata. Hacerlo o no hacerlo, no da igual.

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El verano y la familia

Todo se repite. El cansancio del curso. El calor. Las maletas. La pereza, que llega hasta hacernos dudar de que realmente queramos meternos un viaje de cinco horas en coche, aunque la meta sea la ansiada playa o montaña. Todo. A la vuelta del verano veremos las mismas noticias: el síndrome post-vacacional y el aumento de separaciones y divorcios tras la obligada convivencia estival – estadísticas que este año se verán moderadas por la crisis -, etc. Ya lo sabemos, pero seguirán contándonoslo como si fuera algo nuevo.

Una noticia que no he visto nunca en septiembre es el aumento de quejas por parte de los padres por los problemas de conducta de sus hijos. En la consulta es un clásico. El origen es el mismo que el aumento de separaciones: el verano nos obliga a compartir mucho más tiempo, responsabilidades, aficiones y espacios con la familia, y es más fácil confirmar que la convivencia exige mucho. Para algunos más de lo que están dispuestos.

Es cierto que el verano es una magnífica oportunidad para comprobar en qué tipo de personas se están convirtiendo nuestros hijos – en gran medida por cómo estamos nosotros educándoles. ¿Son unos pedigüeños que no se conforman con nada?. ¿Son unos habilidosos que se pasan el día haciendo esculturas en la arena?. ¿Son unos deportistas incansables?. ¿Son unos vagos que se pasan el día tirados? …   ¿cómo son nuestros hijos?

¡Qué magnífica oportunidad nos ofrecen las vacaciones para profundizar en el conocimiento mutuo! Pero para poder aprovecharlo hay que prepararse. A menudo llegamos a las vacaciones con el único deseo (muy lógico y necesario) de desconectar, pero no solo del trabajo. Deseamos desconectar del mundo. Queremos dormir, cervecita, siesta, partidito en la playa, paseíto por la montaña, conversación intranscendente con los amigos, intentar meternos uno o dos libros entre pecho y espalda y poco más. A veces nos parece que las demandas de los niños interfieren con nuestro merecido descanso. Que sus llantos nos impiden entrar en «modo desconexión», sus peleas (que se nos antojan constantes) interfieren con nuestro objetivo estival y, encima, ¡no hay quien les acueste!.

Nos parece que los niños no se han enterado que estamos de vacaciones y que necesitamos ¡DESCANSAR!, y que nos dejen un rato ¡TRANQUILITOS!.

Pues bien, lamento desilusionarle: sus hijos sí se han enterado de que está de vacaciones – por eso precisamente no le dejan en paz. Quieren su atención – a las buenas, o las malas – y no dude que la van a conseguir.

Mi consejo, un conocido adagio: si no puedes con el enemigo, únete a él. Asuma, desde el primer día que sus vacaciones son sólo laborales. Que al igual que usted, ellos llevan meses esperando que llegara este momento para poder sacar de usted el máximo posible. Si Dios quiere será todo lo bueno que lleva dentro. Pero si no puede ser, también sacarán de usted lo peor.

Asúmalo: «En la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo, TODOS LOS DÍAS de MI vida» – (que a partir de ese mismo instante deja de ser «mía» para convertirse en «nuestra» y con el primer nacimiento en «suya»). Quizás deberíamos pedir a las autoridades eclesiásticas que añadieran «en días laborables y en vacaciones» a la fórmula matrimonial.

Si parte de la aceptación, podrá ver sus demandas como lo que realmente son: la expresión más nítida de que necesitan y quieren que usted les dedique su tiempo. No tienen ninguna intención real de fastidiar. Sólo le quieren a usted.

Haga planes con ellos. Piense como puede utilizar estos días para fomentar que asuman más responsabilidades. Es duro, pero sacrifique alguna siesta para enseñarles a jugar al dominó – por parejas, ¡como debe ser!.

Y cuando los llantos, las peleas, el todo por el medio, le saque de sus casillas y le haga dudar de si realmente era esto lo que tanto ansiaba. Piense: ¡NO!, ¡Yo no quería esto!, ¡pero a ellos les quiero con locura!, y recuerde que va todo en el mismo paquete.

No asuma que los buenos momentos en familia son solo cuando ellos están jugando tranquilitos, sin molestarle a usted, o cuando están dormidos. Eso no es «en familia».

Y llego, por fin, al verdadero objetivo de este post. Cuando avanzado el verano, el cansancio comience a hacer mella en usted, evite la frase «¡Qué ganas tengo de que comience el colegio!», aunque para hacerlo tenga que ponerse esparadrapo en la boca.

Esa frase me suena como un cuchillo contra la autoestima de los niños. Se imagina la frase al contrario: » Mamá (o Papá) ¡Qué ganas tengo de que te vayas a trabajar!», o dentro de algunos años – recuerde que el tiempo vuela -, cuando sus hijos crean que ya no se entera: ¡Qué ganas tengo de volver a llevarle a la residencia!».

¡Qué NO!, ¡Qué esa frase no es decente!. ¿Se cree que su hijo no la entiende?. Su hijo sabe perfectamente que usted está diciendo: «Estoy hasta las narices de ti y estoy deseando perderte de vista».

Si dice frases de ese calibre, luego no venga quejándose de que a su hijo le falta autoestima o de que su hijo no le tiene respeto. Su hijo no podrá tener ni la estima ni el respeto que sus padres no le hayan dado previamente.

Esa dichosa frase refleja toda una visión de nuestro estado mental respecto a la familia. Es muy triste. Exprima el verano. Agótese con su cónyuge y sus hijos. Déjese consumir. Saque lo mejor de ellos. Lo están deseando. Y usted, si lo aprovecha, también.

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La familia ¿importa?

Cuando se hace una encuesta a pie de calle, el entrevistador sabe la respuesta estará en función de cómo realice la pregunta. Así por ejemplo a los españoles nos gusta decir que dormimos poco, por lo que si nos preguntan ¿cuántas horas suele dormir cada noche?, daremos un número entre 6 y 7 horas, pero si la pregunta es ¿a qué hora suele dormirse? y ¿a qué hora se despierta?, que son mucho más concretas, la respuesta estará más cerca de las 8 horas.

De igual manera si preguntan ¿cuál es su afición favorita?, la lectura parece ser una de las más frecuentes. Pero si la pregunta es cuántos libros ha leído en los últimos seis meses, el número de lectores se reduce significativamente.

Pues bien. Según las encuestas la familia es la institución social más valorada en España, y no me extrañaría que lo fuera en un gran número de países de nuestro entorno y del más allá. En teoría, al menos cuando nos preguntan, damos más importancia a la familia que al trabajo e incluso que al ocio, y consideramos a la familia la fuente fundamental de satisfacción, algunos incluso dicen de felicidad.

¿Reflejan estos estudios la realidad?. No estoy seguro. Recientemente vi un reportaje sobre la familia más extensa de Inglaterra. Están esperando su decimosexto hijo, y la mayor ya les ha dado el primer nieto. A lo largo del reportaje no hubo la más mínima referencia a cuestiones religiosas. Al parecer la religión no era un elemento de decisión. La familia no era ni del Opus Dei ni del camino neocatecumenal. Por ahí no podían cogerles. Pero constantemente, de manera llamativa, aparecía el termino “obsesiva” para referirse a la opción de estos padres por tener hijos, particularmente hacia la madre. El hecho de que los dos fueran niños dados en adopción en el momento del nacimiento y cómo esto determinó en los dos su referencia de qué es una familia fue mencionado casi por casualidad a lo largo del reportaje. El reportaje tenía todo de juicio y nada de documental.

Se imaginan un documental centrado en un matrimonio que ha decidido no tener hijos a favor de su vida profesional. ¿Dónde estaría el interés?. ¿Acaso una enrome cantidad de familias no renunciamos hoy a tener más hijos a cambio de una supuesta mayor proyección profesional?. Si un perro muerde a un hombre no es noticia; si un hombre muerde a un perro, sí lo es. Lo frecuente no es noticia. Las estadísticas dicen que las mujeres tienen entre uno y dos hijos menos de los que realmente desean. En eso tenemos una enorme culpa los maridos. Pero sigamos con el argumento: se imaginan un documental en el que se cuestione la opción mayoritaria de las familias de limitar el número de hijos por cuestiones laborales; donde se hablara de “obsesión” –que en muchos casos existe – por el éxito profesional. Hoy eso no se cuestiona. No es cuestionable. Y no me parece mal, que cada uno haga de su capa un sayo, pero entonces, dejen de cuestionar, criticar y tachar de retrógrados y otras lindezas a aquellas familias que toman la opción de que uno de los cónyuges – habitualmente la esposa – decide renunciar a su desarrollo profesional y optan por tener más hijos de lo que hoy es habitual. Cuando percibo tanta crítica a esas opciones pienso ¿tan incómodo es el espejo de estas familias en nuestra sociedad?.

Yo solo tengo cuatro hijos, y no han sido pocas las ocasiones en que me he tenido que enfrentar a frases como “¡¿Cuatro?!, ¡Ya pararéis!, ¿no?”; “¿No tenéis televisión, o qué?” y por supuesto la tontería de “¡qué valientes!”. No se crean que las frases las he oído de labios de amigos, venían de absolutos desconocidos: un camarero en un restaurante, una señora haciendo la compra en Carrefour o un vecino en el ascensor. Se imaginan ustedes decirle a alguien que tiene un hijo: “¿Solo uno? ¿Cuándo vais a poner la prioridad en la familia en lugar de vuestro desarrollo profesional?”. Lógicamente la educación más básica previene que nadie sea tan imbécilmente indiscreto. Lamentablemente no ocurre lo mismo en el sentido contrario.

¿Y qué me dicen de la asombrosa permisividad que existe hacia el adulterio?. De entrada ya nadie habla de adulterio, es un pecado y tiene una profundidad moral mayor de la que esta sociedad está dispuesta a tolerar. Hoy hablamos de “infidelidad”. Pero es que yo puedo ser infiel a mis principios, a mi equipo de fútbol o a mi empresa, pero adúltero, sólo puedo serlo con mi mujer. Adulterio es mucho más preciso que infidelidad, y por eso se está dejando de usar este término a favor de un subterfugio. Si un hombre o una mujer, ENGAÑA a su cónyuge con otra persona suele ser mal mirado, pero un año más tarde, cuando la separación es ya un hecho y los adúlteros se presentan como pareja (sic) todo el mundo lo acepta como si fuera lo más correcto del mundo.

Cuando se hace una encuesta ¿qué responden los que han cometido adulterio, mandando su familia al garete? ¿Siguen poniendo a la familia como la primera y principal referencia en su vida?.  Podríamos argumentar que efectivamente lo es, pero que “se había equivocado” de familia. Pero ¿conocen muchos adúlteros que por su “infidelidad” hayan renunciado a su trabajo?. El adulterio se lleva por delante familias enteras, pero si por “irme con mi verdadero amor” tuvieran que renunciar a su desarrollo profesional, verían descender muy significativamente el número de adulterios.

Y por no dejar títere con cabeza, ¿cuántas familias hay en las que dos hermanos no se hablan por una mierda de herencia?. Perdón por el término mierda, pero es el más exacto. ¿Acaso no conocen algún caso (o muchos), de las que se les llena la boca hablando de la familia pero que se han visto destrozadas por una de esas mierdas de herencia?. Los difuntos padres pensarían que además del dinero, la casa o las joyas de la abuela, les habían dejado el mejor ejemplo posible de qué es lo que realmente importa en la vida, pero todo su empeño se ha disuelto más rápidamente que un azucarillo en agua caliente.

En inglés hay una imagen que lo explica magníficamente: la ruptura de una familia deriva, en todo caso, de un giro de 180º en las prioridades, de transformar el “WE” (nosotros) en “ME” (yo).

Dar a la familia la prioridad que merece implica ser consciente de que mi papel en esta vida sólo tiene sentido en el engranaje de una estructura que me precede y D.m., me sucederá. Saber que YO sólo importo en la medida en que contribuyo al bien común, en primer lugar de mi familia, pero a partir de ahí el bien se extiende como las ondas en el agua: vecinos, amigos, colegas, y conciudadanos en general.

Revertir la deriva individualista que nos invade depende sólo de cada uno de nosotros. La próxima vez que vea a una familia con más de dos hijos, agradézcaselo, son los únicos que están haciendo algo realmente útil para que alguien cobre pensiones en el futuro. Cuando vea un matrimonio que se mantiene fiel, agradézcaselo, están manteniendo el maltrecho engranaje moral que nos sustenta. Cuando le toque heredar, encomiéndese y recuerde que está frente a la mejor prueba capaz de demostrar si para usted realmente lo más importante es SU familia o su interés personal.

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Efectos de la televisión en los niños

Es verano. Los niños tienen muchas horas de tiempo libre. Deberían estar disfrutando a tope y sin embargo, si les dejamos, nos damos cuenta de que pasarían la mayor parte del tiempo frente al televisor. Los hay que se olvidarían de desayunar si no les dijéramos que  apaguen la tele. Y después de comer, para hacer la digestión, otro poquito de tele, y al volver de la piscina, antes de ir a dormir, más tele.

¿Qué tiene la tele que no tengan los juguetes, los juegos, los libros, la bici, etc.?. ¿Tiene algún poder oculto?. Si, lo tiene. Para poder entender un poquito, superficialmente, cómo actúa la caja tonta en el cerebro de nuestros hijos explicaremos cómo está organizado este maravilloso órgano.

Siempre me gusta recordar que el cerebro es la estructura más compleja conocida por el ser humano. Es más compleja incluso que el universo ya que a los miles de neuronas que lo forman, debemos añadir los miles de conexiones que cada neurona establece con otras neuronas, por tanto llegar a conocerlo por completo será algo que quizás nunca logremos.

Lo que hoy sabemos es que la parte “pensante” del cerebro es lo que denominamos la neocorteza y, muy particularmente, la neocorteza prefrontal. Es una capa de neuronas altamente especializadas, que tiene aproximadamente tres milímetros de grosor y que está en la parte más externa del encéfalo, la parte visible. Esta zona del cerebro es la última en terminar de madurar (entre los 21 y los 24 años). Como en todo nuestro sistema nervioso, la corteza prefrontal establece un altísimo número de conexiones con el resto del cerebro. De esta manera recibe la información del exterior y, una vez procesada en las denominadas áreas asociativas del cerebro, emite la respuesta que hemos considerado más adecuada.

Pues bien, cuando vemos la televisión lo que ocurre es que “desconectamos” la neocorteza cerebral del resto del encéfalo. Naturalmente es una forma de explicarnos, no cortamos la comunicación completamente, pero sí disminuimos el intercambio de información con entre determinadas partes del cerebro. Desconectamos la parte pensante del cerebro del resto. No pensamos, tan solo recibimos y almacenamos información con un procesamiento básico.

Existen estudios recientes que demuestran que cuando una persona lleva más de diez minutos viendo la televisión, independientemente del tipo de programa que esté viendo, el ritmo de descarga de sus neuronas, que se mide con un electroencefalograma, entra en lo que se denomina “ondas theta”, que son las que caracterizan a nuestro cerebro en estado hipnótico.

Seguros de que en alguna ocasión ha pensado “estoy tan cansado, que lo único que puedo hacer es ponerme delante de la televisión ‘y desconectar´”. Ha utilizado la palabra correcta. Desconectar su parte pensante del resto del cerebro. Del resto del cuerpo. ¡Y funciona!

Así que cuando nuestros hijos están delante de la televisión más de diez minutos les hemos situado en un estado semi-hipnótico. Están paralizados (muchos niños sólo se quedan quietos delante de la televisión). Efectivamente, “no dan ninguna guerra”. Pero durante ese tiempo hemos creado un cortocircuito entre su corteza prefrontal, su parte pensante, y el resto de su cerebro.

¿Han tenido la experiencia de llamar a alguno de sus hijos mientras están viendo la tele y darse cuenta de que no procesa ningún sonido que no salga de la televisión? Está hipnotizado.

Y cuando queremos volver a conectar todo el sistema a menudo nos enfrentamos con consecuencias muy desagradables. Pretendemos que pasen de un ritmo de ondas theta a un ritmo de ondas alfa, el que caracteriza al cerebro en situación de alerta y atención, con sólo apretar un botón del mando a distancia, en milésimas de segundo. Naturalmente eso no es posible.

A veces el niño simplemente se queda tirado en el sofá, como si hubiéramos drenado por completo su energía. Otras entra en un estado de absoluta irritación, grita, llora, patalea, porque su cerebro quiere mantener ese estado semicomatoso, que le resulta tan descansado. En ciertos casos, al apagar la televisión el niño sale a toda velocidad y comienza una actividad frenética, como un potro desbocado después de haberle tenido atado durante horas. En cierto modo es lo que hemos hecho. Les hemos tenido neuroelectricamente atados.

Les contaré una anécdota que me ocurrió hace tan solo dos semanas. Revisaba a una paciente, una niña de una pequeña ciudad que me traía el siguiente nota de su profesora: «En referencia a la evolución de María durante este curso comentarte que su comportamiento en el primer trimestre era mejorable; en el segundo trimestre empeoró notablemente, tanto que el colegio había decidido tener un registro de las discusiones y conflictos por parte de María. Este comportamiento y actitud ocasionó que sus notas bajaran, siendo María una alumna de un nivel académico muy bueno. Pero durante el tercer trimestre he notado una mejoría en su comportamiento y actitud, no se han dado conflictos por su parte y la he visto más centrada». Los padres corroboraron esta apreciación de la profesora al cien por cien.

La única medida terapéutica que tomé a principios de abril fue retirar las tres televisiones que había en su casa. María estaba acostumbrada a ver la televisión alrededor de hora y media DIARIA. No había otra forma de que «controlaran» cuanta televisión veían en esa casa. Fuera televisión. Fue una medida que escoció, no solo a María, también a su padre, pero la cumplieron y a la vista están los resultados.

No es necesario ELIMINAR las televisiones de casa (aunque tampoco pasa nada por hacerlo). Una magnífica alternativa es sencillamente desconectarlas de la antena y utilizar el aparato únicamente como monitor conectado al DVD, de tal forma que todo lo que vemos es realmente lo que deseamos. ¡Y sin anuncios!.

Recuerdo que hace muchos años, era yo adolescente, vi un programa, precisamente en la televisión, en el que discutían sobre sus bondades y sus perjuicios. Habían invitado a un filósofo, me perdonan si, por mi edad, no prestara atención a su nombre, que explicó perfectamente el motivo para no tener televisión: «me quita mucho más de lo que me da».

A nuestros hijos sin duda la televisión les roba tiempo de juego, de lectura, de escritura, de actividad física, les quita imaginación. Creo que les quita vida.

Bueno, quizás no haya que ponerse tan dramático. Tan sólo un pequeño consejo: recuerden que es mucho más fácil no encenderla que apagarla.

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Deberes de verano, ¿Sí o no?

Llega el verano y pronto tendremos que ir a recoger las notas de nuestros hijos y con ellas a menudo nos llega una lista de «recomendaciones»  para el verano. Si el niño ha suspendido,  las recomendaciones se convierten más bien en «requisitos», si ha aprobado nos quedamos con el  «un poquito de trabajo no le vendrá mal».

Y nosotros nos planteamos ¿deberes en verano?. Los argumentos a favor son claros: las vacaciones son muy largas y el niño pierde hábitos y aveces hasta conocimientos. Algunos profesores dicen que, incluso los buenos estudiantes, parece que han «reseteado» su cerebro al comienzo de curso. Por ello, «no es bueno desconectar completamente». Pero incluso aquellos que están a favor de los deberes veraniegos insisten en que NO debe ser igual que el curso, no se debe cubrir nuevo material, sino repasar, un poquito de matemáticas – algunas cuentas – y, por supuesto leer todos los días un poquito.

Como es habitual en mí, voy a comenzar negando la mayor: el verano es para desconectar. Del todo. Al 100%. Lo necesitamos los adultos y lo necesitan los niños.

Si no están de acuerdo, entonces asegúrese de que este verano se lleva de vacaciones algo para «no desconectar». Si es usted profesor, corrija todos los días algunos exámenes. Quince o veinte solo, pero todos los días. Media horita diaria corrigiendo exámenes. Así cuando llegue a septiembre, no habrá perdido el hábito.

Si es usted abogado, prepárese un pleito por semana, cada día un poquito solo, pero un caso a la semana.

¡Vamos hombre! ¡A mi no me van a pillar haciendo informes!. En verano hago todo lo posible por perder el hábito de trabajo.

Y no me vengan con que esta es la «nueva pedagogía, que pretende que los niños aprendan sin esfuerzo». De eso nada. Lo que ocurre es que después de más de 40 años viendo cada verano a los harrijasoketas (levantadores de piedras) en algunas de las fiestas del Valle del Baztán (Reino de Navarra), sigo sin comprender los esfuerzos inútiles.

Cualquiera que me conozca sabe que si hay algo que no temo ni rechazo es el esfuerzo, pero tonterías las justas. Si quieren justificarme los deberes en verano – si quieren demostrar que es un esfuerzo que merece la pena – debería haber un/os estudio/s que demostrara/n dos cosas:

a) A medio plazo: que los alumnos que realizan deberes en verano logran mejores calificaciones AL FINAL del siguiente curso. Es decir, si nos referimos a este verano, los alumnos que hagan deberes este verano deberían tener mejores notas en junio de 2014, frente a aquellos que no hagan deberes este verano.

b) A largo plazo: que los alumnos que realizan deberes de manera sistemática a lo largo de los veranos logran mejores notas AL FINAL de su escolarización.

Fijarse en los resultados inmediatos de una técnica –  (cómo llegan los alumnos en septiembre al colegio) – es una visión absurda en la enseñanza. Un gran error en la enseñanza es tomar medidas que sólo tienen efecto a corto plazo (exámenes) y que carecen de eficacia a medio plazo. Así que: ¿esfuerzos? Todos los que sean necesarios, pero que tengan un resultado palpable, estable y, al menos, a medio plazo (al menos un año).

Por otro lado. Después de más de 20 años de profesional, una vez, sólo una vez, he visto que una profesora revisó, corrigió y devolvió los deberes al alumno. Sólo una vez. El resto de las ocasiones el niño entrega los deberes (a menudo no sabe a quién debe hacerlo, si a su profesor del curso anterior o al nuevo), y si los he visto no me acuerdo. Eso genera una sensación de frustración  más que justificada en el alumno. (Sí, ya lo sé, los ha hecho por su bien, no para que premien – igualito que los adultos, que entregamos la declaración de la renta por nuestro bien y el de todos nuestros compañeros, no para evitar una multa).

El verano es para desconectar del colegio. Deben aprovechar a leer mucho. «¡Ah!» – dicen algunos «pero es que eso es lo que le han mandado en el colegio!».

Ustedes sigan ligando lectura con colegio y van a ver el fracaso en el desarrollo del gusto por la lectura. En el colegio se aprende a leer, pero leer no es una asignatura NI debe estar ligado a los deberes. Leer es uno de los mayores placeres de la vida y para algunos llega a ser una necesidad.

Si insistimos a los niños que deben leer por que se lo han mandado en el colegio, los niños van a evitar hacerlo. Porqué no contarles (y que nos vean) que nos hemos reído  muchísimo con la historia de «el vicario que hablaba al revés» (Roald Dahl), o con cualquiera de los cientos de libros apasionantes que hay.

Ya que les gustan tanto los documentales de animales o de «cómo se hizo» porqué no comprarles libros sobre eso mismo.

Leer, leer, leer. Y mucha bicicleta. Y mucha piscina. Y mucha playa. Y mucha montaña. Y mucho paseo. Y mucho monopoli, parchís, cluedo, y los juegos que ustedes quieran. Pero mucho. Y mucho tenis, paddel, fútbol, baloncesto y cualquier deporte. Nada de eso son deberes. Leer tampoco. Leer es un placer y para algunos una necesidad. Nada que ver con el colegio.

Y algo más, de lo que rara vez se habla. El verano es un magnífico momento para fomentar la escritura. Sí, sí, la escritura. Somos miles las personas a las que nos gusta escribir y normalmente la afición empieza de pequeñitos, con ocho años o incluso menos. Todo lo que necesitamos los «escritores» – permítanme incluirme donde no me corresponde – es, como en el resto de las artes, un público a quién dirigirnos.

Hoy en día es facilísimo tener público. Haga un blog para su hijo. Que escriba lo que quiera y que lo puedan leer sus amigos, los abuelos, los padrinos, los primos. Y que le hagan comentarios. No se trata de que llegue a redactar como Arturo Pérez Reverte o como Francisco Ayala. Se trata de que se divierta haciendo algo que no tiene NADA que ver con el colegio. Para muchos escribir es un gran placer. En mi caso se acerca mucho a una necesidad.

¿De verdad quieren que sus hijos lleguen a septiembre con el cerebro bien «fresco», que no que esté «reseteado»?. ¿De verdad lo quieren?. ¿De verdad, de verdad?. Este verano quítenle dos cosas: los deberes y las pantallas (televisión, i-pad o similar, x-box, etc).

Son solo dos meses. Hagan el experimento. Quítenle la televisión ¡DE UNA SANTA VEZ!. Sólo en verano. Verán como florecen sus hijos.

(Y ya puestos, cuando estén de vacaciones, a papá y a mamá también les va a venir muy bien dejarse el i-pad, o  cualquier otro de esos aparatitos que les mantiene conectados con el mundo exterior y les dificulta atender a su mundo interior.). Desconecten.

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La inclusión funciona

Hace diez años los padres de Pilar y de Almudena me propusieron una idea tan avanzada que hasta yo la consideré revolucionaria. Me preguntaron qué opinaba yo sobre la posibilidad de que sus niñas, las dos con Síndrome de Down, asistieran al colegio de sus hermanas, el colegio Montealto.

Mi sorpresa fue mayúscula. Era la mejor idea que había oído nunca. Era, también, lo más absurdo que me podía plantear. Montealto es un colegio privado, de enseñanza mixta en su etapa de infantil y sólo de niñas a partir de primaria. No tiene ni logopeda, ni especialista en pedagogía terapeútica, ni ningún otro de los recursos que se consideran imprescindibles para la integración de niños con discapacidad. En Montealto no había niños con discapacidad. Las profesoras están preparadas para enseñar a niños sin patología.  ¿Qué iban a hacer? ¿Cómo podrían sobrevivir, niñas, profesoras y padres? ¡Era genial!

Como profesional a cargo de su desarrollo apoyé al máximo la propuesta. Les indiqué que en Barcelona existía la Fundación Talita, dedicada a facilitar la integración de niños con discapacidad en colegios ordinarios y les facilité el contacto.

Desde el principio contaron con el apoyo de la subdirectora de enseñanza infantil, Cristina, quien contactó con la Fundación Talita y allanó el camino. El colegio accedió, con Mª Jesús, su directora a la cabeza. Con tres años entró Almudena junto con los niños de su edad. Al año siguiente entró también Pilar. La primera profesora de Almudena, Belén, demostró que querer es poder. Después llegó Gemma, su profesora de 3º de infantil, con ella estuvo dos años, ya que consideramos que necesitaba más tiempo para aprender las bases antes de pasar a primaria. Al final del segundo año, Almudena había alcanzado los requisitos para pasar a primaria.

No estaba nada claro que el colegio estuviera preparado para que Almudena continuara. Hubo mucho debate, pero al final prevaleció la lógica. Almudena había alcanzado los requisitos de final de 3º de enseñanza infantil – etapa por otro lado no obligatoria – y, lo que es más importante, en un colegio de tradición católica no tenía ningún sentido renunciar a la enseñanza de una niña simplemente porque tienen un cromosoma de más.

Su profesora de primero y segundo de primaria fue, como las anteriores, una bendición. Amparo logró que las compañeras de Almudena supieran tratarla e integrarla como a una más. Llegamos a tercero y cuarto con Belén (diferente a la de su inicio en el colegio) y este año, 5º de enseñanza primaria, ha sido llevada de la mano de Lucía.

Ayer viernes fue la fiesta del colegio. Marta, la madre de Almudena nos comunicó la gran sorpresa: A Almudena le habían entregado el premio al compañerismo. Es un premio muy especial. Son las propias alumnas de cada clase las que en votación secreta eligen cual es la que ha demostrado mayores valores. Gemma, su profesora de 3º de infantil y yo nos emocionamos  profundamente. Es el mayor premio de todos cuanto se pueden recibir en el colegio. 

Tengo que reconocer que hice mis pesquisas. Lo lamento, soy suspicaz por naturaleza. ¿Había sido sincera la votación? ¿Había habido alguna consigna que dirigiera el voto de las compañeras de Almudena?. Nada. La elección  fue tan limpia y sincera como en el resto de las clases.

Obviamente el premio es para Almudena, pero significa muchísimo para todos. Es el premio a una utopía. Es el premio a un sueño, a la constancia, a la confianza en el ser humano – en todo ser humano -, es un premio, ¡cómo no!, a sus padres, y a sus profesoras y a la Fundación Talita y a INPA.

Es un gran premio para el Colegio Montealto. Ha demostrado que para la inclusión de una niña con discapacidad basta tener un recurso: LA VOLUNTAD. Con frecuencia he oído a profesionales de la enseñanza decir: «No tenemos los recursos necesarios para dar a este niño la enseñanza que necesita y que se merece». Y dicen la verdad. Ellos se refieren a Logopeda, especialista en Audición y Lenguaje (AL), especialista en Pedagogía Terapeútica (PT), etc. Pero lo cierto es que les falta lo más importante: la voluntad de incluir a un alumno que es un gran reto.

Los alumnos con discapacidad en un colegio ponen tan a prueba el colegio que resaltan enormemente sus deficiencias. Porque si un colegio no tiene recursos para UN solo alumno con discapacidad ¿de verdad los tiene para toda una clase de niños pseudo-normales? ¡Si sabemos que entre el 10 y el 30% de esos alumnos van a tener dificultades de aprendizaje!, ¿qué recursos tiene para esos alumnos?.

A INPA nos llegan muchos alumnos que están escolarizados en colegios donde cuentan con PT, con AL, con logopeda y con todos los «recursos» necesarios, pero a los que obviamente les falta la voluntad de sacar de ese alumno su máximo potencial: cuentan con todos los «recursos» formales y aún así fracasan. Desgraciadamente sus fracasos pasan inadvertidos, ya que se achaca al niño su «incapacidad». De esta forma el sistema se perpetúa en la incompetencia.

El colegio Montealto ha dado una grandísima lección. En sus aulas ya hay varios alumnos con discapacidad. Siguen sin logopeda, sin PT, sin AL. NO es un colegio de integración. Pero cuentan con el mejor equipo de profesoras que se pueda soñar: cuentan con la voluntad de sacar a CADA alumna adelante.

Las compañeras de Almudena han confirmado la más profunda de nuestras sospechas: que su presencia en el aula ha logrado que su escolarización (la de todas ellas) sea completamente distinta a lo que hubiera sido si Almudena hubiera ido a otro colegio. Y lo han apreciado y lo han agradecido.

Si cualquiera de sus compañeras en el futuro tiene un hijo con síndrome de Down, ¿creen que lo vivirán con la desazón que caracteriza los estados iniciales, o creen que se podrán enfrentar con mayor fuerza?, con la fuerza de haber convivido con Almudena.

Gracias Marta y Víctor, MIL gracias profesoras, gracias Fundación Talita, gracias INPA, gracias Mª Jesús, GRACIAS Montealto.

Enhorabuena Almudena.

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Demasiadas vacaciones

¡Ya estamos en junio!, ¡qué poquitos días de cole quedan!. Y a pesar de que este año el clima está siendo más benigno de lo habitual y el calor no está llegando a ser sofocante, desde mediados de mayo vengo oyendo lo mismo de todos los años: «está agotado, se le nota que ya no puede más». También los profesores lo dicen: «Se nota que están muy cansados».

Hace años me lleve la sorpresa de que incluso los niños que van al jardín de infancia sufren este cansancio propio del final de curso. Yo creía, ingenuo de mi, que el cansancio era producto del trabajo acumulado, y espero que no podamos decir que los niños que van a un jardín de infancia «trabajen». Sin embargo es cierto, hasta ellos al final de curso – ya por estas fechas – muestran claros signos de cansancio. Están cansados de que les despierten, en lugar de hacerlo espontáneamente y creo que sobre todo están cansados de las rutinas.

Pues si hasta los pequeñines de menos de tres años están cansados, ¡cómo no van a estarlo los escolares!.

Lo curioso es que a la vez que oigo «está agotado», oigo las voces denunciando que «los niños tienen demasiadas vacaciones». «Dos meses y medio son demasiados». Y yo me pregunto ¿demasiados para quién?. Desde luego a mi no se me harían excesivos (si es que pudiera permitirme el lujo de disfrutarlos).

¿Es coherente unir los términos «demasiadas» y «vacaciones»? Para mi no.

Las vacaciones no son demasiadas, son necesarias. Descansar, romper, olvidarse, cambiar, es necesario, particularmente para los niños. En INPA sabemos que en septiembre los niños suelen volver habiendo crecido y madurado mucho más de lo esperable en el tiempo que hemos dejado de verles. Las vacaciones les sirven para asentar y desarrollar todas las funciones que hemos trabajado a lo largo de tantos meses.

De lo que hay exceso es de televisión y de pantalla. Y demasiada prioridad del trabajo frente a la familia.

Lo que falta es imaginación para sacar provecho al tiempo con los niños y falta pueblo. El pueblo de los abuelos, donde nos íbamos el 23 de junio y no volvíamos hasta el 15 de septiembre por la noche.

Cuando íbamos al pueblo nuestros padres no pensaban que teníamos demasiadas vacaciones. Y en el pueblo no había tele. Bueno, haberla la había, pero lo que no teníamos nosotros era tiempo de verla. La plaza, el trinquete, la bici, la piscina, las palas, las cartas y todo lo demás era demasiado importante como para perder el tiempo viendo la tele.

Ahora no hay pueblo. Ni hay mamá contigo todo el día, ni abuelos – bueno, haberlos sí los hay, pero los pobres llevan todo el curso cuidando a los nietos, así que ¡con razón! son los primeros en cogerse vacaciones. Ahora hay «campamento urbano», Disney Channel, Clan TV, piscina y más Disney Channel y más Clan TV. Es lo que tiene, televisión infantil 24 horas / 7 días por semana. Perdón que divago. Ya entraré otra semana a saco con la TV.

Las vacaciones son para crecer. ¡Y para aburrirse!. ¡Qué ya está bien de tener la agenda completa con colegio/primera actividad extraescolar/deberes/segunda actividad extraescolar/baño/cena/y a la cama!.

Y nosotros a cogernos las vacaciones de tal forma que no coincidamos. 15 días tu y 15 días yo. Por separado. ¡Pues eso no son vacaciones!.

Detrás del «demasiadas vacaciones» viene la demanda de «más colegio». España es el país de Europa donde más tarde salen los niños del colegio y donde más tarde regresan los padres del trabajo. Cabría pensar, por tanto que somos el país donde más se aprende y más se produce. ¡Pues no!. Nuestro nivel de aprendizaje escolar está a la misma altura que nuestros niveles de productividad laboral. Por los suelos. ¿Coincidencia?. Puede ser. Ni tengo datos ni tengo tiempo para mirarlos, pero lo dudo. Creo que es un buen tema para una tesis doctoral.

¿Así que más colegio?

¿Han estado ustedes en el aula de sus hijos a la una del medio día en el mes de junio?. Les aseguro que no sería de extrañar que la temperatura alcance los 27 grados. Pero los aires acondicionados y los ventiladores están prohibidos, así que a aguantarse.

¿Han probado ustedes a estar sentados una hora seguida en las sillas del cole de sus hijos?. Seguro que han estado en alguna reunión con el profesor. Díganme qué tal acaba su trasero.

«¡Los niños se acostumbran a todo!». ¿Qué tal si probamos que se acostumbren a estar más tiempo en casa con sus padres?.

Así las cosas han sido varios los directores y subdirectores de colegio que me han dicho que «tenemos que comenzar el 6 de septiembre porque hay que dar «ese servicio» a los padres». ¿Motivos académicos para empezar el colegio antes de lo habitual? NINGUNO. Simplemente facilitar que los padres puedan seguir trabajando. Desde entonces a esos colegios yo les llamo guarderías.

Y además ¿más colegio para qué?. Si es para que los niños sigan haciendo lo que han estado haciendo a lo largo de los 10 meses, ME NIEGO. Los niños no necesitan MÁS cole, necesitan MEJOR cole.

Me cuentan algunas familias que llevan a sus hijos a colegios franceses e ingleses que en el mes de junio los niños se dedican a limpiar el colegio, desde cada aula hasta las cocinas pasando por el gimnasio. Le dan un «fregao» que lo dejan como nuevo. Oiga pues para eso sí, que eso desarrolla mucho el sentido de pertenencia y de la responsabilidad. 

Pero me temo que proponer que los niños se pongan a fregar el colegio despertaría las iras más atávicas de la liga de la pseudo-defensa de la infancia y de asociación de padres y madres (sic) «yo no pago al colegio para que lo friegue mi hijo» (y claro, el niño tampoco en su casa hace ni el huevo).

Por cierto, detrás del «los niños tienen demasiadas vacaciones» viene el «y los profesores ¡qué me dices de los profesores!». Señal inequívoca de que quien habla no ha pisado un aula desde que terminó el instituto y desde luego no ha ejercido de docente en su vida.

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Motivación en el colegio

Llega el final de curso, momento de hacer balance de lo ocurrido y de mirar al curso que viene para ver qué podemos hacer que sea todavía mejor. En cada una de las consultas que mantengo con los padres aparece el factor profesor:

«¡Qué lastima que su profesora de este año no siga con él.!»; «¡Menos mal que termina el curso y el año que viene tendrá otro profesor!»; «El año que viene cambia de profesor. ¡A ver si tenemos suerte!».

¿Suerte?,  ¡¿pero cómo que suerte?!. La suerte debería quedar limitada a los juegos de azar y a los naipes, pero en lo que se refiere a la enseñanza y a poner a nuestros hijos en manos de un profesional de la enseñanza no debería haber suerte que valga.

No debería pero la hay. Seamos honestos. En España hay magníficos docentes pero también los hay pésimos. Cuando doy una conferencia en un colegio a un grupo de profesores sé que voy a conseguir que se rían cuando les pregunto: «¿Acaso cuando vuestro hijo entra en el colegio no os preocupáis, y mucho, de que esté con tal o cual profesor?». Todos asienten. Pero consigo hacerles perder la risa cuando les digo:  «Más aún, ¿acaso no habéis dicho: «me niego a que mi hijo (o incluso mi sobrino) esté con fulano o mengano»?.»

¡Pues claro!. Todos nos conocemos y sabemos quién tira para adelante de sus alumnos y quién no.

Y la excusa de que «tengo 30 alumnos en clase» sencillamente NO ES VÁLIDA por que el buen profesor tiene exactamente el mismo número de alumnos no se deja a ninguno por el camino.

Ejemplo: – solo uno, los tengo por decenas – En septiembre la profesora de Pepe informó a los padres que tenía muchos alumnos en clase y no iba a poder darle la atención que un alumno así necesita. En Enero de este año la profesora de Pepe les preguntó a  sus padres si tenía los libros en casa. Naturalmente los padres lo negaron. Los libros estaban en el colegio desde septiembre. Así lo creían ellos, pero ¿dónde están los libros?, ni idea. «La profesora me deja dormir en clase». Así que Pepe, con 9 años y en segundo de enseñanza primaria le cuesta dormir por las noches por que se echa unas siestas de Padre y Señor mío en horario lectivo.

¿Es un ejemplo extremo? Sin duda, pero real como la vida misma. El año pasado estuve dos veces en el colegio de Pepe para colaborar con su PT y su tutora. Este año no ha habido forma de que me reciban, son todo largas.

Por cada ejemplo negativo tengo tres positivos, pero aunque estadísticamente los buenos profesores superan con creces a los malos, el efecto de éstos es devastador. Ya he aludido en un post previo («La calidad de nuestro sistema de enseñanza – 2ª parte») al informe Mckinsey. La primera de sus tres conclusiones es bien clara: «La calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes». E indica: «El impacto negativo de los docentes con bajo desempeño es severo, particularmente en los primeros años de escolaridad. En el nivel primario, los alumnos con docentes con bajo desempeño durante varios años seguidos sufren una pérdida educacional que es en gran medida irreversible.» (Pido perdón por la redacción, pero la traducción del informe Mckinsey es manifiestamente mejorable).

efecto de la calidad docente

¿Y cuál es la diferencia básica entre el buen profesional de la enseñanza del malo?, desde  mi punto de vista se diferencian principalmente en una variable: su capacidad para motivar y facilitar a los alumnos a dar el máximo de su potencial.

Estoy harto de leer notitas con mensajes como «Pepe podría hacerlo mucho mejor si se esforzara más», «María rinde por debajo de sus posibilidades».

¡Pues claro! Usted también, señor profesor, podría hacerlo mucho mejor si se esforzara más y lo mejor de todo es que si lo hiciera entonces Pepe y María rendirían de acuerdo a sus posibilidades.

¿Y es que no hay malos alumnos, o alumnos difíciles?. Pues claro que los hay. La diferencia está en cómo aborda el profesional de la enseñanza ese caso (o esos casos).

Sé que este blog lo leen decenas de profesores, pero estoy convencido de que ninguno de ellos se reconocerá. Aquí ocurre como en las escuelas de padres, que sólo asisten los padres que no necesitan escuela.

¿Y qué podemos hacer?. Fomentar la formación interna en los colegios. No hace falta que vayamos desde fuera a deciros cómo hacer vuestro trabajo. Sabéis quién es el buen profesor dentro de vuestro colegio: entrar en su clase y observar qué hace; que entre en vuestras clases para que os observe y os pueda dar ideas y ayudar.  Sin miedo. Sin vergüenza.

Asumir que «cómo realizo mi trabajo» es un factor determinante en el éxito o fracaso de todos y cada uno de mis alumnos, y por tanto cuestionarme qué debo hacer para facilitar el éxito del máximo número de alumnos, sino de todos.

¿Y qué hacemos con el mal profesor?. Corregirle. Corregirle una y otra vez. ¡Ya está bien de actuar de acuerdo al «qué le vamos a hacer»!. Estoy harto de oír que Don Fulano es «toda una institución», o «funalito es muy joven, ya aprenderá». El mal docente se lleva por delante no menos de dos o tres alumnos por curso. Si el curso siguiente vuelven a «tener mala suerte», ese alumno está fundido.

El factor profesor es determinante en el éxito del alumno. De cada alumno. No podemos seguir actuando como si todos los profesores fueran buenos, y debemos tener claro que por que un profesor consiga el éxito de la mayoría de sus alumnos no significa que sea bueno. Cuando el alumno está bien capacitado tiene éxito aunque el docente que tiene enfrente sea desastroso. Con frecuencia oigo a estos alumnos, acostumbrados a sacar magníficas notas, hablar pestes de sus profesores. Aprueban, pero se sienten desmotivados, aburridos y cansados de tener un simple transmisor de conocimientos, que bien pudieran haber adquirido de cualquier otra persona.

Ser buen profesor es muy difícil. No serlo, es trágico.

http://mckinseyonsociety.com/downloads/reports/Education/Como_hicieron_los_sistemas_educativos.pdf

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Panegírico de Glenn Doman

Conocí a Glenn el 30 de noviembre de 1992. Yo tenía veinticuatro años, él tenía setenta y dos. Ese era mi primer día como aprendiz de neuro-psicólogo, él llevaba más de 40 años formando padres, profesionales y, sobre todo, niños, para ayudarles a acercarse a lo que pueden llegar a ser.

Le oí hablar desde la última fila del enorme auditorio de los Institutos para el Logro del Potencial Humano. Cincuenta minutos. El tiempo exacto hasta que sonó la campana y dijo, por primera vez para mis oídos «off you go». Al cruzarse conmigo le extendí la mano y le dije que para mi era un honor estar allí, él me miró y me dijo sin soltarme la mano «¿Has entendido? Es muy importante que atiendas con mucho cuidado y entiendas lo que te vamos a contar».

Es muy difícil desligar a Glenn Doman, de lo que se conoce (mal) como su método. Pero hoy deseo hacerlo.

Creo que Glenn es un gran desconocido, tanto para muchos de aquellos que le admiran como para aquellos que le critican.

Glenn era soldado. Para muchos este hecho es secundario, sin embargo su experiencia en la segunda guerra mundial marcó su forma de actuar el resto de su vida. El domingo 7 de diciembre de 1941 Glenn disfrutaba de un fin de semana, alejado de su trabajo como fisioterapeuta,  junto a una bella señorita en algún remoto escondite de Pensilvania. Cuando oyó por la radio que los japoneses habían bombardeado Pearl Harbor, se metió en su coche y emprendió rumbo a casa. En el camino fue detenido por un coche de policía. 

«Joven» – le dijo el policía – «hoy me ha ocurrido algo completamente nuevo para mi. Estaba persiguiendo un coche por exceso de velocidad y tu nos has adelantado a los dos. ¿Se puede saber dónde vas tan deprisa?»

«A alistarme en el ejercito, señor»

«¿Y qué te está reteniendo?, sigue tu camino y no te detengas».

Glenn formó parte de la 87 división de infantería, alcanzando la graduación de teniente y obteniendo la Cruz al Servicio Heroico por su labor el 7 de enero de 1945, cuando cruzó tres veces las líneas alemanas para poder establecer cuáles eran sus posiciones y liderar al día siguiente el ataque en Tillet, Belgica. Decía que «no existe mayor pacifista que un soldado que haya ganado una guerra. A excepción, quizás, de un soldado que la haya perdido».

Recordaba que durante los meses que duró la instrucción antes de partir hacia Europa, se les machacaba insistentemente: «nunca se abandona al herido». Y preguntaba: «¿saben porqué nos insistían tanto esa idea?, por que el herido puedes ser tu».

Ese fue su lema el resto de su vida: «Nunca se abandona al herido». Y nunca lo hizo. Dedicó toda su vida a lograr que los heridos, niños con cualquier tipo de problema neurológico, alcanzaran su máxima capacidad y se incorporara a la vida más ordinaria posible. Era un ideal tan alto que muchos les llegaba incluso a molestar, e incluso se alegraron de sus fracasos, pero como él insistía: «En un mundo donde nadie cree que un niño con problemas neurológicos puede llegar a tener una vida COMPLETAMENTE normal, no es de extrañar que a veces fracasemos, lo sorprendente es que tantas veces tengamos éxito».

Glenn era fisioterapeuta. La mayor parte de las personas que conocen su trabajo e incluso que le conocieron personalmente pensaban que era médico o doctor. No, era fisioterapeuta, con un enorme y profundo conocimiento de la naturaleza humana en general y del cerebro humano en particular, lo que hacía que muchos pensaran que era médico. Es una muestra del profundo desconocimiento (y desprecio) de la fisioterapia en nuestro país.

Glenn era un magnífico comunicador. Tuve el enorme privilegio de traducirle en directo durante muchas horas. No se cansaba. Podía dar 6 clases diarias de 50 minutos no perder en ningún momento su capacidad para mantener a la audiencia absolutamente emocionada.

Glenn fue un gran amante. Vivió completamente enamorado de su mujer Katie, de la que no se separó hasta el último día de su vida; vivió completamente enamorado del cerebro, el gran reto del que cada día intentó aprender un poco más; estaba completamente enamorado de los padres, estaba CONVENCIDO de que los padres son la solución a los problemas de sus hijos. En un mundo tan profesionalizado, donde se considera que los hijos son escollos en el desarrollo profesional de los padres y que éstos, ignorantes, deben poner toda su labor en manos de profesionales de la salud y de la enseñanza, DEMOSTRÓ que la solución pasa por enseñar a los padres a ser el mejor padre y madre que necesita su hijo y sustituyó el término «sus labores» o «no trabaja», por el de «madre profesional» o «padre profesional».

Y por supuesto Glenn estaba completamente enamorado de los niños. De todos los niños. Niños con problemas neurológicos y niños sanos. Para él no había distinción: «TODO niño, en el momento de nacer, tiene un potencial intelectual superior al que Leonardo DaVinci utilizó en toda su vida». Lo decía hasta la saciedad y lo demostró cada vez que pudo.

Glenn era absolutamente apasionado. Como buen amante para él no había términos medios. Enseñaba apasionadamente y ejercía apasionadamente. Trasmitía su pasión en cada palabra y en cada mirada.

Y sobre todo Glenn fue un Maestro. Mi primer Maestro. Thank you Sir.

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