Genética y aprendizaje

Consigo esquivar el letargo estival que me había obligado a tener a lo largo de estas vacaciones. Mi mente divaga por cuestiones menos pragmáticas de lo que parece gustar a mis habituales. Espero que no sirva de precedente. Lo cierto es que me ha sorprendido el gran observatorio que constituye el verano. La primera mirada hacia el interior, y resulta imposible cuadrar las cuentas personales. Cuando uno se analiza aparecen muchos más conceptos en el debe que en el haber.

La segunda mirada hacia el exterior. Será “efecto profesional” – no veo por qué considerarlo defecto – pero me resulta inevitable utilizar la atalaya de mi toalla para observar a los niños y a sus padres. A las familias. Al fin y al cabo es observar es la esencia de la sociedad.

Después de días observando, llego a una conclusión: la vieja disyuntiva entre genética y aprendizaje es pueril. Faltan al menos dos variables en la ecuación: en primer lugar las circunstancias. Quiénes llegarán a ser nuestros hijos sin duda está influido por nuestra dotación tanto genética como vital, pero seamos honestos, la misma carga genética y el mismo aprendizaje no puede producir los mismos resultados en el occidente que en el lejano oriente del siglo XXI, ni en la España de hoy que en la de hace tan solo cincuenta años.

Y en segundo lugar falta la gran incógnita: la libertad. ¿Acaso no tenemos nada que decir en quienes somos, no tenemos ninguna elección?. El gran Víctor Frankl[1] nos enseñó que ni siquiera la vida en un campo de concentración elimina la capacidad de que el ser humano elija su respuesta ante cualquier situación dada. ¿Podemos seguir ignorando la libertad en la fórmula de quiénes serán nuestros hijos?.

Y al hablar de libertad, no podemos olvidar sus dos mayores enemigos: el miedo y el egoísmo. Qué cada uno se conteste en qué orden le afectan.

Pero por fin llego a un resultado pragmático: debemos luchar a brazo partido contra esos dos grandes enemigos, el miedo y el egoísmo. En primer lugar en nosotros mismos, ya que de lo contrario no podremos ser ni útiles ni eficaces, como esposos ni como padres; en segundo lugar en nuestros hijos, ya que cuanto más temerosos y más egoístas permitamos que sean, menos libres podrán llegar a ser.

No sé si será cierta la frase que atribuyen a Sigmund Freud sobre la labor de los padres: “Educar como queráis, en cualquier caso lo haréis mal”. Freud escribió tanto que es fácil que dijera muchas tonterías. Yo lo veo desde otra perspectiva: Educar lo mejor que sepáis y podáis. No dudéis que cometeréis errores, pero serán más los aciertos, aunque éstos, en el momento, pasarán desapercibidos. Y recordar que, en último caso, nuestros hijos tendrán que asumir su propia responsabilidad en quienes han llegado a ser.

[1] Victor Frankl, El hombre en busca de sentido, Ed. Herder. Es un libro corto que constituye un magnifico tratado de qué es el ser humano. Me permito recomendarlo como lectura obligada y apta a partir de los quince años.

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