Confianza

3 de octubre de 2013. Frase del día:

«¡Confiamos demasiado en los sistemas y muy poco en los hombres!»

Benjamin Disraeli (1766 – 1848). Estadista británico.

October 3rd. 2013. Quote of the day:

«There are admirable potentialities in every human being. Believe in your strength and your youth. Learn to reapeat endlessly to yourself. ‘It all depends on me.'»

André Gide (1869 – 1951). Escritor francés. Premio Nobel de literatura en 1947.

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2 de octubre de 2013. Frase del día:

«No juzgues por la pequeñez de los comienzos: una vez me hicieron notar que no se distinguen por el tamaño las simientes que darán hierbas anuales de las que van a producir árboles centenarios.»

San Josemaría Escribá de Balaguer (1902 – 1975). Sacerdote español.

October 2nd., 2013. Quote of the day:

«We should be taught not to wait for inspiration to start a thing. Action always generates inspiration. Inspiration seldom generates action.»

Frank Tibolt (1897 – 1987). American writer, motivator and success trainer.

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Sinceridad

1 de octubre de 2013. Frase del día:

«No está en mi naturaleza ocultar nada. No puedo cerrar mis labios cuando he abierto mi corazón».

Charles Dickens (1812 – 1870) Escritor británico.

October 1st., 2013. Quote of the day:

«Men occasionally stumble over the truth, but most of them pick themselves up and hurry off as if nothing ever happened.»

Sir Winston Churchill (1874 – 1965), British author and politician.

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Tiempo de exámenes

Miércoles 25 de septiembre de 2013, tercera semana de clase, primer examen de ciencias sociales en 1º de la E.S.O. (7º curso, 12 años). 11:55, la profesora da la instrucción:

«Ha terminado el tiempo. Las últimas de cada fila que recojan los exámenes». Sin embargo una de las alumnas tiene más información que transmitir y se queda el examen. Apura hasta el que ella consideraba último segundo y entrega el examen a la profesora.

«El tiempo ha terminado. Tienes un cero»

«No por favor, por favor», ruega la alumna, «recójame el examen, por favor».

«Vale, te lo recojo», la profesora toma el examen en su mano, lo rompe en cuatro trozos y puntualiza «pero tienes un cero».

Disculpen mi simpleza pero sencillamente no lo entiendo.

Hasta donde sé, los exámenes tienen un único objetivo: constatar el nivel de conocimientos que un alumno ha alcanzado en una determinada materia. No sé qué otro objetivo pueden tener.

Durante la carrera (psicología) nos insistieron hasta la saciedad que los test debían tener dos características: validez y fiabilidad. Hoy dejaremos la fiabilidad de lado. La validez significa que el test realmente mide aquella variable para la que ha sido diseñado. Es decir, si el instrumento en cuestión es una balanza, que mida el peso real de los objetos. Algunos tenderos solían alterar sus balanzas  para que indicaran un mayor peso, y así cobrar más. Alteraban su validez.

Los exámenes deben estar diseñados para medir con la máxima exactitud posible el nivel de conocimientos adquiridos por los alumnos. Esa sería su validez. Si es así, ¿qué aporta la variable «tiempo»?

¿Es más válido un examen hecho «contra reloj» que uno «sin tiempo límite»?

La variable tiempo añade estrés al alumno. Nervios, que MUY probablemente interfieren en la capacidad de una gran cantidad de alumnos en demostrar su nivel de conocimientos.

De tal forma que podemos concluir que establecer un tiempo límite interfiere con la capacidad de MUCHOS alumnos de demostrar sus conocimientos, y por tanto RESTA VALIDEZ A LA PRUEBA.

Es decir los exámenes hechos contra el cronómetro (la inmensa mayoría de los exámenes se hacen así) no miden los conocimientos del alumno, sino su capacidad para expresar los conocimientos bajo condiciones de estrés.  ¿Era ese su objetivo?.

Yo sólo he tenido el privilegio de ser profesor en un centro universitario (ser profesor en la universidad es fácil, los alumnos ya saben, mal que bien, leer y escribir. Cuanto más pequeños son los alumnos muchísimo más difícil se hace la tarea del docente). Cuando tuve que hacer exámenes – obligado por el decanato – me aseguré de que me daban la última hora del día, para que mis alumnos no tuvieran que ir después a ninguna otra clase ni examen.

Mis exámenes eran sin límite temporal. Podían tardar cuanto quisieran. Yo sólo quería saber lo que habían aprendido, sin factor temporal que pudiera estresarles. Un alumno tuvo a bien estar cuatro horas (4) frente al examen – sus compañeros habían entregado la prueba en menos de una hora. Naturalmente me dio tiempo a corregir el resto de los exámenes. El alumno en cuestión suspendió la prueba – pero no fue por falta de tiempo.

Mientras los exámenes sigan siendo «contra reloj», su validez queda en entredicho.

Aunque yo no sea profesor, permítanme un consejo para facilitar que los exámenes cumplan con su función:

Diseñe exámenes que un alumno promedio pueda completar en dos tercios de la duración de su clase (si la clase dura 60 minutos, que puedan contestarlo en 40 minutos; si la clase dura 50 minutos que puedan hacerlo en 30 minutos). ¿Quién es alumno promedio? La mayor parte de sus alumnos: si tiene 30 alumnos en clase que alrededor de 20 alumnos deberían ser capaces de contestar al examen en ese tiempo. Seguro que hay de 4 a 6 alumnos que, por sabérselo magníficamente bien o por no saber lo suficiente del tema, tardarán algo menos; mientras que habrá alumnos, otros 4 o 6, que por su modo de procesar la información necesitarán más del tiempo promedio – no hay problema, usted ya se lo ha concedido al diseñar el examen.

Entre 30 y 40 minutos son más que suficientes para saber cuánto sabe un alumno sobre un tema, y es un tiempo más que prudencial para que su alumno complete la tarea de manera óptima. Si los alumnos promedio tardan más tiempo es probable que sus cerebros no rindan como usted necesita para cubrir su objetivo con la necesaria validez. Si la mayoría de sus alumnos tardan más de 40 minutos en contestar sus exámenes debería revisar el diseño de los mismos, es muy probable que pueda mejorarlo.

Hay profesores, que no leen este blog, que no sólo deberían revisar el diseño, sino también su objetivo. Es decir, los hay que diseñan exámenes NO con el objetivo de ver cuánto han aprendido sus alumnos, sino con el objetivo de ver qué NO han aprendido. Como dicen los jóvenes: van a pillar. Son profesores que se enorgullecen de que ningún alumno suyo sea capaz de obtener un 10, por no referirnos a esos profesores, habitualmente universitarios, que se consideran un referente porque la mayoría de sus alumnos suspende. Es una lastima que a esas personas se les tenga que llamar también «profesor», es una palabra demasiado rica y demasiado profunda. Les viene grande. Muy grande.

Otra idea, para que sus alumnos puedan demostrar qué han aprendido es incluir siempre la siguiente pregunta: Escribe todo lo que sepas sobre aquella parte del tema que más te haya gustado o mejor te hayas preparado. Asigne 2 puntos a dicha pregunta (si puntúa sobre 10) o 20 puntos si puntúa sobre 100.

Si estas ideas no son de su agrado, o si no ve posible llevarlas a cabo, hay otras formas de que la variable tiempo incida menos en el resultado de los exámenes – reduzca validez a la prueba -, aunque considero que son más «parches» que soluciones:

1) Haga los exámenes sin límite temporal.

2) Valore y puntúe únicamente la respuestas que el alumno ha tenido tiempo de contestar.

3) Permita que el alumno que no ha tenido tiempo de terminar, complete el examen durante el recreo, o durante otra clase, con usted en el despacho.

Y en cualquier caso, si un alumno le pide más tiempo para completar su examen, entiéndalo como un halago: ha aprendido tanto gracias a usted, que necesita mucho tiempo para poder plasmarlo todo, pero por favor, NO QUITE  el examen a un alumno mientras está escribiendo, ni mucho menos se le ocurra romperlo. Estoy seguro que si valora en algo ser profesor, no quiere que nadie pueda recordarle por ello.

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Miedo

30 de septiembre de 2013. Frase del día:

«El miedo es mal maestro para dar lecciones de virtud».

Plinio el Joven (62 – 113). Escritor Romano.

September 30th, 2013. Quote of the day:

«Courage is resitance to fear, mastery of fear – not absence of fear».

Mark Twain (1835 – 1910). American author.

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Humildad

27 de septiembre de 2013. Frase del día:

«La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor les consuela de lo que son».

Winston Churchill (1874 – 1965). Escritor y político británico.

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Aburrimiento

26 de septiembre de 2013. Frase del día:

«Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor»

Bertrand Russell (1872 – 1970). Filósofo, matemático y escritor británico.

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Merece la pena vivir

25 de septiembre de 2013. Frase del día:

«Lo más importante que debemos enseñar a nuestros hijos es que, pase lo que pase, bajo cualquier circunstancia, la vida SIEMPRE merece la pena»

Mariano Yela (1921 – 1994) fundador de la psicología académica en España.

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Vivir es cambiar

24 de septiembre de 2013. Frase del día:

«En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces»

Beato John H. Newman (1801 – 1890) Sacerdote anglicano convertido al catolicismo.

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La autoestima en los niños

Una de las mayores preocupaciones de los padres es la autoestima de los hijos. Es una preocupación nueva, cuando yo era niño los padres no sabían que «eso» existía, lo cual no quiere decir que sea «un invento» de los psicólogos. Más bien yo diría que es un descubrimiento.

La autoestima es un término que todos los padres manejamos bastante adecuadamente. Lo que probablemente no saben la mayoría de las personas es qué influye en ella, cómo desarrollar la autoestima.

La autoestima, que como la misma palabra indica hace referencia al valor que me concedo a mí mismo depende básicamente de dos factores.

El primero, curiosamente, no depende de mi mismo, depende de los demás. La autoestima, tanto en niños como en adultos, depende de qué opinión tienen los demás de mi – o al menos qué opinión creo yo que tienen de mí.

En este sentido la raíz «auto» es un poco paradójica. A los adultos, al menos a los mejor armados emocionalmente, puede importarles poco lo que opinen los demás, pero para un niño es fundamental. Al principio les importa lo que opinan sus padres y sus hermanos y conforme van creciendo van abriendo su campo social a otras personas de interés, profesores y compañeros de clase, principalmente.

Usted dirá: «¿Y qué van a pensar unos padres de su hijo?, pues que es maravilloso ¿no?».

Estoy seguro de que eso es cierto. Todos pensamos maravillas de nuestros hijos. Pero saber que son lo mejor que nos ha ocurrido en la vida no es incompatible con que les demos mensajes completamente contradictorios:

«¡Qué pesada eres!»

«¡No hay quien te soporte!»

«¡Todo el día llorando!, ¡eres un llorica!»

«¡¿Eres tonto?!»

Estos mensajes van calando, poquito a poquito (en el mejor de los casos) o a borbollones en el caso de padres menos cuidadosos.

Y conforme se van asentando en el niño van haciendo dudar de qué pensamos nosotros de ellos. Mejor dicho. Les va confirmando que la opinión que tenemos de ellos es bastante negativa.

«¡Pero eso no es cierto!, yo tengo la mejor opinión de mi hijo, lo único es que le tengo que corregir»

Ya sé que no es cierto. Más aún. La mayor verdad del amor de unos padres (sanos emocionalmente) hacia sus hijos es que da igual que sean pesados, llorones, desordenados, gritones o incluso tontos. Les queremos absolutamente del todo. Incondicionalmente.

(Recuerde que cualquier tipo de condicionamiento es completamente incompatible con el amor).

Lo malo es que el mensaje que reciben, a menudo, es bastante duro. Imagine cómo se sentiría si en su oficina su jefe, o la persona de referencia más importante en su trabajo, le hablara y le dijera las cosas que usted dijo el último sábado a su hijo. ¿Cómo se sentiría usted?. Pues eso. Y no es que por decirle esas cosas signifique que le quieran despedir. Tan sólo pretendía que mejorara su eficacia.

Ojo, no pretendo trasladar la idea de que la mayoría de los padres estamos traumatizando a nuestros hijos. Ni mucho menos. Tan solo quiero recalcar que podemos hacerlo mejor, yo el primero. Y que si cuidamos un poquito cómo les decimos las cosas, ayudaríamos a que su autoestima fuera más cercana a la realidad. Para ahondar más en este tema les puede ayudar ver otro post de este mismo blog: https://educarconsentido.com/?s=c%C3%B3mo+hablamos+a+nuestros+hijos

El segundo factor que influye en la autoestima es la valoración que hacemos de nuestras capacidades y habilidades. Este extremo tiende a ser más objetivo y más fácilmente evaluable. De manera inconsciente los padres lo sabemos, y por eso, mientras son pequeños, hasta los cinco o seis años, nos pasamos el día diciéndoles lo guapos qué son, lo bien que pintan (háganlo como lo hagan), lo bien que bailan (una de las primeras mentiras), lo bien saltan, lo bien que … viven!

«¡Mamá mira!, ¡Mamá mira!, ¡Mamá mira!». Todo para que veamos como salta con los dos pies, dos centímetros hacia el frente y nos deshagamos en halagos. Fenomenal. Es lo que toca.

¡Pero amigo!, cumple los cinco o los seis y empieza lo duro:

«Esa letra está horrible, bórrala».

«Deja el patinete, que siempre te caes».

«Deja a tu hermano, que tu eres pequeño y no lo sabes hacer».

Y si no somos los padres, ya se encargarán los hermanos y/o algún compañero malencarado, de resaltar sus límites.

Y es que no podemos mantener la mentira mucho tiempo. «Mira hijo, bailas fatal, lo de pintar, mejor que lo dejes,  y saltar, pues saltas como cualquier otro, no tiene ningún mérito. Además ya tienes 17 años y va siendo hora de que aprendas a hacer algo de provecho».

¡Pues claro!. No podemos ir mintiendo eternamente a nuestros hijos, por eso es tan importante facilitarles que encuentren algo que realmente hagan bien. Esto no significa que les llevemos a la cancha de tenis sólo si muestran una habilidad como la de Rafa Nadal,  o que hagan gimnasia para alcanzar el nivel de Nadia Comaneci. Lo que quiero decir es que deben hacer algo que les divierta – más allá de jugar a las casitas, o con la tablet – tienen que disfrutar haciendo algo, pintando, jugando al fútbol, o lo que sea, ya que si disfrutan es por que lo hacen con el suficiente nivel de destreza como para decir: «¡A mí se me da bien el _________!». Deben poder decírselo ellos mismos, no mamá o papá. A partir de los seis años ya saben que papá y mamá mienten, que nos gusta agradarles.

Por este motivo es tan importante encontrar una actividad que realmente disfruten.

Los dos ingredientes juntos: hablarles adecuadamente y fomentar una actividad que disfruten, serán las mejores herramientas para ayudarles a desarrollar una buena autoestima.

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