Vivir de prestado

Esta mañana, al despertar, comencé a imaginar cómo sería si nada de lo que tengo me perteneciera. Ni la cama donde estaba tumbado, ni el pijama que llevaba puesto, ni los muebles, ni los libros, ni la casa, nada. Todo sería prestado. Todo a mi absoluta disposición, pero nada realmente mío. Todo susceptible de ser reclamado en cualquier momento y de inmediato por su dueño.

Después comencé a pensar que tampoco mi trabajo me perteneciera. Algo así como si yo fuera un interino sustituyendo al verdadero dueño de su puesto de trabajo que por algún motivo estaba ausente, pero que podría regresar de un día para otro y yo tuviera que dejar toda mi labor sin opción ninguna a reclamar nada.

Seguí pensando. Llegué a mis hijos. Pensaba como sería si tampoco fueran míos, sino los hijos de alguien, de otros padres, que por algún motivo querían que los educáramos nosotros lo mejor que pudiéramos pero tampoco fueran nuestros. Serían niños que tenemos “en acogida”, pero de nuevo, que en cualquier momento sus padres de verdad pudieran exigir su regreso, aunque no pidieran cuentas de lo bien o lo mal que hubiéramos hecho nuestra labor como padres subrogados.

Finalmente llegué a mi esposa, y pensé como sería si ella también fuera “un préstamo”. Alguien puesto a mi lado para sentirme amado y para que pudiera sentir la felicidad de amar a alguien, pero que en cualquier momento podría también ser reclamado y desaparecer de mi vida.

Lógicamente toda la idea provocaba en mí un sentimiento de angustia bastante profundo, pero a la vez también de agradecimiento. Si todo fuera prestado, tendría que estar muy agradecido, porque todo lo que tengo es bueno.

¿Quién me habría prestado todo esto? y ¿qué me pediría a cambio? Nadie presta a cambio de nada, a no ser que sea algo muy pequeño, de poco valor o por muy poco tiempo. Pero todo lo que yo poseo, en realidad, toda mi vida, y por tantos años, sin duda me pedirían algo.

Y pensé de inmediato, sin la más mínima duda, sin mediar medio segundo desde la pregunta hasta la respuesta: “la voluntad”.

Decir “deme la voluntad” en español significa: “deme usted lo que quiera”, lo que considere oportuno. Y pensé que sería un muy generoso por parte del dueño pensar que yo le pusiera precio a todo, pero también me di cuenta que, en realidad, yo no podría dar nada, ya que nada me pertenecería. No podría pagarlo de ninguna forma.

Y volvió a mi la idea: “quiero TÚ voluntad”. Entonces tuve una sensación de claridad pero también de agobio. No se trataría de dar lo que yo quisiera, sino de que MI voluntad fuera la del dueño. Yo debería cumplir y hacer exactamente lo que deseara aquel que me había prestado todo.

Y sin solución de continuidad comencé a repasar el Padre Nuestro, y pensé que todo lo que tengo, en concreto mi familia, sería el cumplimiento del “venga a nosotros tu reino”, y que todo lo que poseo se acomodaría a “danos hoy nuestro pan de cada día”, pero que por eso, entre las dos oraciones está el “hágase tu voluntad”.

Pensé que para poder cumplir Su voluntad yo tendría que “entregar” la mía. Que mi voluntad fuera exactamente la Suya.

Pero ¿cómo podría yo cumplir su voluntad?, primero tendría que conocerla, y para ello tendría que … ¡a sí!, rezar. Pero debería entonces rezar mucho.

Fue entonces cuando pensé: “todo esto es pura imaginación”, ya que en realidad, aunque procuro “cumplir su voluntad”, nunca he supeditado la mía, nunca, realmente, me he planteado dejar de tener “mi voluntad”, y a pesar de ello nunca se me ha reclamado nada de lo que tengo y que, supuestamente, sería prestado. Así que todo el recorrido que había hecho estaba completamente equivocado, nada de lo que yo tengo sería prestado, ya que nunca habría cumplido con el pago, y nunca jamás se me ha reclamado.

Y fue cuando entendí que no estaba imaginando nada, sencillamente, llevaba un rato rezando.

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