Carta a unos abuelos

Queridos abuelos,

En primer lugar quería felicitarles por la maravilla de nieta que tienen, es una niña no solo preciosa sino también divertida y simpática.

Sé que con su nieta surgen muchas dudas e incertidumbres a cerca de su desarrollo, su futuro y sus capacidades. Ante todas estas cuestiones no falta quien piensa que ese tercer cromosoma en el su mapa genético ha escrito ya cuál será en gran medida su el futuro, hasta dónde podrá llegar, qué podrá hacer (sobre todo que NO podrá hacer) y por tanto que lo más importante para ella es “que sea feliz”, como si la felicidad fuera el único objetivo vital alcanzable en las personas con síndrome de Down y como si la felicidad fuera de algún modo incompatible con la capacidad de escribir, de leer, de aprender en general. Como si el esfuerzo, el ánimo de superación, y la adquisición de cada vez mayores conocimientos y habilidades que debe caracterizar el desarrollo de todo niño estuviera limitado a los niños “normales” y además interfiriera con la felicidad.

Afortunadamente es imposible saber quién será su nieta cuando sea adulta, ni siquiera podemos intuir quién será cuando tenga 10 años o cuando tenga cinco años, y ya no queda tanto para que los cumpla. Sí sabemos, sin embargo, que quién llegue a ser y cómo se comporte depende, todavía, en gran medida de cómo la tratemos nosotros en estos vitales años de su infancia.

Su nieta, como cualquier otra niña de tres años, es una maestra en la manipulación de los adultos, es una seductora implacable que sabe exigir, en ocasiones explícitamente y en otras de manera muy sutil, lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere.

No es nada malo, tiene tres años y forma parte de las reglas del juego de crecer. Los niños tan pronto descubren que en el mundo y sobre todo en sus casas hay normas van a intentar imponer las suyas. ¿Por qué obedecer si puedo mandar?

La desobediencia de los niños a las normas de sus padres y abuelos y sus intentos de mandar a edades tan tempranas son el medio que ha establecido la naturaleza para que aprendan, de mano de aquellos que somos quienes más les queremos, que existe una jerarquía de autoridad, que las normas deben tener como objetivo el bien propio y el bien común, y no pueden tener como única justificación “porque quiero”, “porque me apetece” o, tan frecuente en los niños, “para que no olvides que aquí, mando yo”.

Si los niños no aprenden todo esto en sus casas van a sufrir la desagradable experiencia de tener que aprenderlo de manos de personas que, por mucho que les quieran, nunca lo van a hacer ni tanto ni tan bien como su familia.

Pensar que con solo tres años una niña “no se entera”, que es “demasiado pronto”, que “no pasa nada” y permitirle hacer lo que le viene en gana, no ponerle límites y cumplir siempre con su santa voluntad implica un desconocimiento de las etapas de desarrollo de los niños y, sobre todo, demuestra una baja consideración de sus habilidades intelectuales.

Les aseguro que cualquier niño de tres años, cualquiera, tiene herramientas más que suficientes para conseguir imponerse a los adultos, conseguir que le obedezcan bajo la amenaza – que siempre cumplen – de castigarnos con un berrinche de increíbles proporciones, y agotar nuestra paciencia con su aparentemente infinita terquedad.

Cuando un niño “normal” consigue doblegar a sus mayores, consigue dominar a sus papás o sus abuelos y consigue que le obedezcan crecerá para convertirse en un niño, y posteriormente un adulto, bastante desagradable, impositivo, con dificultad para establecer relaciones en las que él o ella no ejerzan el control. En resumen alguien a quien es mejor no tener cerca.

Si a este tipo de personalidad le añadimos, no la condición de trisomía 21, sino todos los prejuicios que le acompañan, estamos preparando un estrepitoso fracaso personal en todas las áreas del desarrollo.

Desgraciadamente la sobreprotección y la “pena” que muchos niños con síndrome de Down provocan en no pocos adultos hace que algunos niños y jóvenes con síndrome de Down se conviertan en personas mal educadas, de difícil trato e incluso desagradables. Este tipo de personalidad limita muchísimo más que el tercer cromosoma su acceso a la escolarización normalizada, al aprendizaje de la lectura, la escritura y las matemáticas y la capacidad para relacionarse con los demás. Realmente la falta de educación o la educación equivocada es el auténtico freno a que puedan llegar a ser felices. Viven siempre atados a sus caprichos, a la inmediatez de sus deseos, les convierte en personas egoístas, insensibles a las necesidades de los demás, muy especialmente las de sus padres, que no cesan en mantenerles contentos cediendo a todas sus absurdas demandas.

Por estos motivos es fundamental que comprendan que su nieta sí entiende todo. Con tres años, les aseguro, que ya está imponiéndose con pleno conocimiento de qué objetivos busca y cómo conseguirlos. Entiende las normas, entiende las consecuencias y puede y debe entender que hay ocasiones en las que no podemos hacer lo que nos da la gana, o cuándo nos apetece. Debe entender que somos los adultos quienes ponemos las normas ya que siempre están basadas en buscar lo mejor para ella.

Estoy seguro que otros, mamás de compañeritos del colegio, vecinos, incluso profesores, no dudarán en conceder a su nieta cualquier capricho por el mero hecho de que tiene unas facciones que delatan que tiene un cromosoma de más y dificultarán enormemente la labor educativa de sus padres. Ocurre siempre. Por ello es más importante todavía que en casa, su familia, tenga las más altas expectativas y se esfuercen en conseguir que siga siendo la niña preciosa, simpática y divertida que es hoy, pero que además sea educada, conozca la jerarquía de autoridad y sepa, a su pesar pero por su bien, que los abuelos no son ni los que obedecen ni los que malcrían a los nietos.

Reciban un cariñoso abrazo,

Nacho Calderón

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