Contra instagram

La primera en la frente. Para los que consideren que para criticar algo hay que conocerlo admito que nunca he usado instagram. Tan solo he visto un par de stories (creo que así se llaman) que me han enseñado alguna de mis hijas y poco más. Eso sí, la red social en sí, las instagramers, y muchas de las historias que ahí “se suben”, es parte de la conversación cotidiana en mi casa.

Por contextualizar, para que se pueda entender de donde vengo, cuando tenía más o menos dieciocho o diecinueve años, mucho antes de que internet estuviera disponible en ningún hogar de España, tomé la férrea decisión (y la he mantenido) de que cuando viviera en mi propia casa NUNCA entraría ninguna revista de cotilleo (pensaba entonces en la revista HOLA) – como no entraba en la casa donde crecí; ni se verían ese tipo programas en la televisión (pensaba en “Corazón, corazón”, etc.) que sí se veían en mi casa.

Ya desde entonces mirar lo que hace gente que ni conozco, – ni espero, ni deseo conocer – me provocaba una reacción de repulsa bastante fuerte. Más aún, desde entonces comprendí que si exhibir las partes íntimas del cuerpo o mostrar ante una cámara actos sexuales a cambio de dinero se considera pornografía, igualmente debería valorarse la exhibición pública de la intimidad personal y familiar.

Partiendo de esta base, consideremos instagram.

Instagram excita la actividad de dos tipos de personalidad, o más bien, dos tendencias de personalidad muy probablemente presentes en mayor o menor medida en todos.

Por un lado está el lado “exhibicionista”. El deseo de ser (ad)mirado es intrínseco al ser humano, excepciones incluidas entre las que no me encuentro. Hace ya 60 años que Vance Packard, uno de los primeros sociólogos (aunque era economista) dedicado al estudio del consumismo, publicó su obra “The status seekers” (“Los buscadores de estatus”). Lógicamente su obra se centraba en la sociedad estadounidense de aquel momento, pero ¿gracias? a la globalización sus conclusiones hoy son extrapolables a nuestro tiempo y a nuestra geografía (aunque estés leyendo este post en la India).

La búsqueda de (ad)miradores – y mejor todavía si lleva dinero asociado – mueve a publicar lo que sea con tal de ganar el reconocimiento en forma de manos con el pulgar elevado o un corazón en medio de una foto.

¿Publicar lo que sea? – lo que sea socialmente aceptable (hoy en día no son excesivas las limitaciones), cool, políticamente correcto (aquí las limitaciones se elevan tanto que alcanzan el nivel de “pensamiento único”), nice, sensiblero, o simplemente “carnaza” que gran parte del público está dispuesta a apetecer sin hacer un análisis básico de idoneidad.

Los exhibicionistas (creo que se llaman instagramers o influencers) se me antojan como la versión digital de las chicas que bailan sobre una escenario agarradas a una barra, haciendo lo posible por atraer el máximo número de miradas (y billetes) posibles.

Por otro lado está la dimensión voyeur de la personalidad. En español diríamos la dimensión “mirona” / cotilla. El ver la vida de los demás por el simple afán de “mirar”.

Sospecho, pero no lo he contrastado, que en muchas ocasiones la persona “mirona” se siente movida por dos cuestiones:

1º.- Admiración / envidia. Igual que al ver en las revistas y programas de cotilleo de “famosos” puede llevar a la admiración por estilos de vida y bienes materiales que se diferencian bastante del suyo; y simultáneamente al deseo de que su vida fuera similar a la de esas estrellas del cine y de la televisión, ex de toreros y futbolistas y demás fauna que habita y subsiste gracias a esos medios de difusión.

2º La constatación de que su vida tiene poco que ofrecer en ese orden de cosas. Quiero decir, que muchos voyeurs preferirían ser exhibicionistas si pudieran o supieran como.

La imagen que me asalta a la cabeza cuando veo a los mirones enganchados a instagram es la de la vieja del visillo, cotilleando qué hacen los demás con su vida, como si su propia vida no tuviera ya suficiente interés (¿no han descubierto lo maravilloso que es vivir, que tienen que ver cómo lo hacen otros?).

Lo más asombroso es que, al parecer, muchas personas basan una parte de su autoestima en la cantidad de mirones – viejas detrás del visillo – que tienen y, peor aún, en cuántos les dan aprobación de su conducta en forma de likes.

¡Hasta ahí podíamos llegar! A mi no me van a pillar pendiente de lo que un desconocido opina o deja de opinar de lo que hago, digo, pienso, opino o respiro.

Quizá no haya nada intrínsecamente negativo en ser un exhibicionista o un mirón en instagram, sin embargo hay dos cuestiones que provocan mi rechazo a esa “red social” y sus semejantes.

En primer lugar es el tufo a falsedad que desprende. Stories creadas para buscar admiración que aparentan una realidad y son recibidas como tal, cuando llevan detrás guiones, tomas repetidas, photoshop, censura y vaciedad.

Si las noticias falsas – fake news – están tan presentes en el periodismo digital, podemos decir que la vida falsa – fake life – es lo que se muestra en las redes sociales.

Estoy convencido de que a partir de una cierta cantidad de ¿seguidores? – creo que así se llaman – los exhibicionistas publican historias mucho más cercanas a un “reality show” que a una muestra de su vida. Y hacen bien, insisto en que considero que exhibir tu intimidad a cambio de dinero es pornografía. Y si hay quien exhiba su intimidad gratuitamente, por el simple hecho de acumular seguidores y “likes”, entonces … convendría que se lo hiciera mirar por un profesional de salud mental.

En segundo lugar es la cantidad de horas que los voyeurs dedican a vivir mirando lo que hacen los exhibicionistas en lugar de vivir su propia (y única) vida.

Mirar “la vida de los otros” – título de la excelente película alemana sobre este tema – (o lo que pretenden hacer creer que es su vida) como forma de ocio. Asombroso.

Por concluir de manera positiva, permíteme recomendar un uso de instagram – y otras redes sociales similares – que considero puede ser no solo útil y entretenido, sino incluso hasta sano socialmente hablando.

En tu cuenta de instagram, facebook o lo que sea, hazte seguidor y admite como seguidores exclusivamente a los miembros de tu familia en primer grado (abuelos, padres, hermanos, tíos, sobrinos, primos, cuñados y suegros) así como amigos con los que has compartido alguna experiencia en los últimos 6 meses.

Si tienes “amigos” con los que no ha compartido nada de tiempo en los últimos 6 meses es el momento de llamarles para quedar lo antes posible o, si te da pereza, sencillamente deja de considerarles amigos.

Si así lo haces tu cuenta quedará bastante reducida en el número de seguidores y de likes que puedas recibir, pero compartirás tu vida con personas realmente significativas. Dejará de ser una búsqueda de admiración para ser una forma de compartir afecto. Ya no será cotilleo, sino interés genuino por esos a quienes quieres.

¿Y deberías incluir a compañeros de clase o de trabajo? Solo si son de aquellos con los que has establecido una relación de afecto tan grande como para llamarles amigos. Si no has compartido nada de tiempo con ellos fuera del colegio, la facultad o el trabajo, no les admitas en instagram ni en facebook.

Al tener una cuenta tan reducida el tiempo que le podrás dedicar a ser un “mirón” de los demás, en este caso probablemente ya la palabra mirón ni siquiera sea adecuada, será muy limitado y habrás ganado muchísimo tiempo para hacer cosas significativas en TU propia vida.

Si alguien se pregunta cómo es posible que detestando tanto instagram permita que mis hijos hagan uso de esa red social diré que soy un férreo creyente en la libertad humana. Entendiendo, como tan magníficamente explicó San Pablo, que nuestra libertad consiste en elegir de qué nos hacemos esclavos (Rom. 6, 16).

Mis hijos deben elegir si se hacen esclavos del ocio mirando la vida de los demás y recibiendo recompensas sociales de personas que ni conocen ni tratan en carne y hueso o esclavos del ocio exclusivamente en vivo y en directo, con gente a las que pueden tocar, abrazar, y compartir mucho más que manitas con pulgares elevados o corazoncitos.

Esta entrada fue publicada en Educación, Familia, Libertad, Neuroeducación y tecnología y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Contra instagram

  1. Eugenia dijo:

    Gracias por plasmar de forma clara, concreta y sensata la relación y el uso de Instagram (extrapolable a otras redes como Facebook).
    Grande Nacho Calderón!!

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