Hermanos

En las – gracias a Dios – esporádicas ocasiones en las que un matrimonio me pide consejo a cerca de si tener o no otro hijo mi respuesta siempre es la misma: “Lo mejor que te puede pasar en la vida es tener un hermano. Solo superable por tener dos o más”.

Lo digo con convencimiento y con conocimiento.

Y en ocasiones puntualizo. ¿Qué es lo peor que te puede ocurrir al tener un hermano? Que sea gilipollas. Pero incluso en ese caso, sigue siendo lo mejor que te podía ocurrir.

Ninguno de mis hermanos es gilipollas, lo que me ha dificultado reconocer a aquellos que se me han acercado (y con mi edad son ya unos cuantos los gilipollas a los que he tenido que soportar), pero como nunca hubo uno en mi familia he estado meses sufriéndolos hasta que he podido reconocerlos y alejarme de ellos.

Sí, lo mejor que te puede pasar en la vida es tener un hermano. Los hermanos son la esencia del amor, por eso cuando queremos referirnos al amor más puro hablamos de “amor fraterno”; por eso cuando estamos en un grupo, en una comunidad en la que no hay lazos de sangre pero hay una profunda unión tendemos a llamarnos “hermanos”.

Decimos que los amigos “son hermanos que hemos podido escoger”, porque sabemos que por muy fuerte y sana que sea una amistad, no puede alcanzar el amor que los hermanos pueden tenerse.

Uno de mis hermanos decía “la familia te toca, los amigos se escogen”. ¡Qué razón tenía!. Esa es la virtud de los hermanos, que “te han tocado”. Por que en la vida son muy pocas las cosas que escogemos. Te tocan los padres, te tocan los hermanos, te toca el país, la ciudad y el barrio donde naces y la clase económica en la que creces. Te toca el idioma materno y la religión (hoy en día la NO religión) en la que te educan. Te toca el colegio al que te mandan, los profesores y los compañeros de clase. Y podrás escoger a tu cónyuge (hay muchos teóricos que dicen que ni siquiera eso), pero seguro que no podrás elegir ni a tus suegros ni a tus cuñados. Y te toca un hijo con discapacidad, o con un temperamento que no hay quien le aguante. Y lo raro hoy en día es que no te toque un hijo hiperactivo.  Y te toca un jefe que es un cretino. Casi lo único que escogemos en la vida es el equipo de fútbol al que admirar. Desde que somos pequeños los hermanos nos enseñan a amar lo que te ha tocado, porque si pretendes amar únicamente lo que has escogido, vas a amar muy pero que muy poco, y por tanto vas a disfrutar también muy poco.

Recientemente una madre me mostraba su preocupación por las frecuentes y violentas peleas que tenían sus hijos (el mayor tiene 18 años) y yo me permitía quitarle importancia.

Las peleas entre hermanos cuando son niños carecen de importancia. Lo grave, lo dramático, lo terrible son las peleas entre hermanos cuando somos adultos.

¿Cuántas familias conoce en las que hay hermanos que no se hablan?

Los hermanos son la esencia del amor Y la esencia de la familia, por eso el demonio (sí, el demonio) hace todo lo posible por romper la relación entre hermanos, y se vale de las más variadas herramientas para lograrlo.

Por supuesto, la clásica, la más frecuente, es la herencia. Si no logramos quedarnos con la casa, con el broche de mamá, con la mitad de la empresa (o la empresa entera) o con cualquier chorrada (“sí, sí, chorrada, pero vale millones”) somos capaces de romper nuestra relación con nuestro hermano para el resto de nuestra vida.

Es la demostración repetida de que nuestro corazón da mucha más importancia al dinero y a las posesiones que al amor y a los hermanos. “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt. 6, 21).

Es asombroso cómo el ser humano está a la búsqueda constante de la felicidad y se deja distraer con las cosas materiales.

La teoría nos la sabemos perfectamente “el dinero no da la felicidad”, pero amigo, cuando nos lo ponen cerca … nos olvidamos de nuestro hermano y de la madre que le parió, aunque sea la nuestra.

En las ocasiones en que he tenido la oportunidad de hablar con alguien que había roto con sus hermanos por cuestiones de dinero siempre trasmiten un profundo pesar y dolor, aún cuando han sido los que han salido beneficiados por la herencia. Incluso se puede adivinar un sentimiento de vergüenza. Pero lo peor es que no están dispuestos a compartir. Lo mío es mío.

Y si ha sido el que ha salido perjudicado no están dispuestos a perdonar. Lo mío es mío.

Por cierto, si la familia se rompe por herencia lo raro será que hagan referencia al dinero, suelen hablar más de “lo justo” o “lo injusto”. No es la cantidad, es la justicia. ¡Ja!.

Otra herramienta que utiliza el demonio (sí, el demonio) para romper a las familias son los cuñados.

No quiero decir que los cuñados sean demoníacos – aunque puede que usted así lo crea -. Los cuñados son buenas personas, pero han tenido una educación muy diferente a la de nuestra familia y con frecuencia además de distinta, distante, lo que facilita que sus valores, su forma de pensar, sus formas de actuar nos resulten sorprendentes, chocantes e incluso incómodas y molestas.

Al ser humano nos cuesta aceptar las diferencias, pero cuando se trata de nuestros hermanos y sus cónyuges, más vale ser tolerante y generoso que perder a un miembro de nuestra familia.

Si usted está pensando “ojalá tuviera solo un mal cuñado, el problema es que lo son todos, toda mi familia política es una pesadilla”, tenga cuidado en no ser como aquella persona que iba en el coche oyendo por la radio de un loco que iba por la carretera en sentido contrario y pensaba “¿cómo un loco?, ¡todos! ¡todos están locos!”.

Otra de las herramientas del demonio (si, el demonio) son las críticas a nuestros hermanos. No hay mejor forma de endurecer nuestro corazón y alejarnos de una persona que regodearnos en lo que nos molesta de ellos hablando mal a todo el que quiera poner sus oídos. Si quiere tener una oportunidad de acercarse a alguien huya de toda crítica y ,sobre todo, evite como el peor de los venenos hacer críticas entre hermanos. No haga de cizaña, no sea cómplice del príncipe de la mentira.

En definitiva lo que nos separa de nuestros hermanos, como de cualquier otra persona, es el egoísmo.

Cuando pregunto cuál es el antónimo del amor la mayor parte de las personas dicen “el odio”, los más instruidos dicen “la indiferencia”, pero estoy convencido que lo opuesto al amor es el egoísmo.

Y no me refiero al egoísmo material, sino al moral. A considerarse a mí mismo la persona más importante en mi vida.

Hay gente puede ser enormemente generosa con sus bienes y con su dinero, pero que sigue siendo profundamente egoísta y busca imponer su razón sobre los demás.

Como dice D. José Fernando Rey Ballesteros: “Hay algo peor que tener razón, y es reclamar que todo el mundo te la de”.

Usted no puede hacer nada para que su hermano o su cuñado egoísta se vuelva generoso, que el intransigente deje de serlo, pero sí puede hacer mucho por ser una persona generosa, tolerante y aceptar al otro aunque esté en las antípodas de como a usted le gustaría.

No se trata de olvidar nuestros principios y valores, ni de aceptar cualquier conducta que usted considere inaceptable, sino de que las diferencias no sean causa de separación y de saber distinguir entre una conducta que usted rechaza y la persona a quien usted ama.

Es cuestión de NO imponer conductas: “o vives como yo creo que debes vivir o aléjate de mi”, sino de poder decir “no comparto tu conducta y tu forma de pensar a ese respecto, más aún, lo desapruebo, pero en todo lo demás estoy unido a ti y por tanto me niego a alejarme de ti”.

Conozco hermanos que se han alejado por el adulterio de uno de ellos, por alguna adicción, por ideas políticas, por prácticas religiosas, por tendencias sexuales, por dinero, porque no te ocupas nada de mamá o porque te crees el único que se ocupa de papá, te crees el salvador del mundo.

Las excusas son inacabables. Si usted cree que tiene un motivo para mantenerse alejado de su hermano no espere a que él cambie de parecer o de conducta. Eso es ridículo. El paso solo lo puede dar usted mismo. Nadie le pide que cambie de opinión, solo que acepte la discrepancia, tolere aquello que consideraba “inaceptable”, y abrace todo lo que comparte con su hermano.

Sigo pensando tal y cómo escribía a mi hija en la carta que publiqué en diciembre de 2014: “Es necesario que sepas que en una discusión siempre gana el primero que pide perdón.”

En cierta ocasión le preguntaron a Santa Teresa de Calcuta qué cambiaría de la Iglesia y su respuesta fue inequívoca: “a mí misma”. Esa es la clave.

No podemos sorprendernos, ya nos avisó el mismo Jesucristo: “De ahora en adelante cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc. 12, 52-53) y “El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir” (Mt. 10, 21).

Hablaba de lo que el demonio haría en el mundo para evitar el reino de Dios. Por eso cuando nos elevamos sobre nuestras diferencias y nos mantenemos unidos a pesar de lo que nos separa, estamos mucho más cerca, pero mucho más, de poder ser felices también en la tierra.

Insisto, lo mejor que nos puede pasar en la vida es tener un hermano, solo superable por tener dos o más. Ahora de usted depende disfrutarlos.

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